jueves, 30 de diciembre de 2010

Another one bites the dust...

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martes, 21 de diciembre de 2010

En la plaza como una ola



      Llegaron del Norte, del Sur, del Este y del Oeste.
      Traían su viejo rencor y su más vieja esperanza.
      Llegaban ahora, en este momento, pero no estaba en marcha desde hoy o desde ayer, sino desde el fondo del tiempo.
      En realidad, la mayor parte había sucumbido en esta marcha —no quedaba el más leve rastro de su dolor, de su humillación, de su fracaso— y los que llegaban ahora, llegaban para ser burlados nuevamente.
      Irrumpieron en la plaza como una ola gigantesca, una ola de rostros oscuros, sin nombres, que se hamacaba con sombría pesadez.
      Alguien, de nuevo, les iba a decir: Pueblo.



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Haroldo Conti
La causa

Cuentos completos

Emecé, BA, 1994
[ p.111 ]



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domingo, 12 de diciembre de 2010

Las resonancias



(...) confío en los duelos imposibles, que no restituyen lo perdido pero lo preservan, transformado en tristeza.



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María Negroni
Ciudad Gótica
Ensayos sobre arte y poesía
Nueva York 1985 - 1994

Bajo la Luna - BA - 2007
[ p.12 ]




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viernes, 10 de diciembre de 2010

Xahuar

( un fragmento del comienzo )



Esa pared, construida a los apurones, separaba la casa de la vereda: una muralla a través de la tarde.
      —¡Dale, metéle que nos van a ver!
      —¡Ya va, ya va! Hay que abrir un poco más —el Duardi trataba de forzar la puerta de madera que daba al jardín de la casa.
      —Vamos a ver entre los dos —el Betobe se adelantó al Francés, afirmó la zapatilla y tiró hacia afuera.
      —¡Listo! Vamos, Francés; adentro.
      Victoria: el frente de la casa era común y corriente; una puerta —la boca— y dos ojos grandes; una máscara sin gestos, dura; calcinada.
      —Shh, no hagan ruido que nos van a rajar a patadas. Me parece que esta ventana está floja.
      El Betobe se acercó, miraba a un lado y a otro, la ventana era suya. Entretanto, el Duardi revisaba la puerta: alta, verde, sucia —pintada hacía mucho—; hinchada y cumplidora: cerraba el paso.
      —Un poco más y ya está —el Betobe sabía que podía tardar, pero la madera que bloqueaba la ventana cedería.
      —¿Ustedes saben por qué cerraron la casa?
      Los otros dos no parecieron prestarle mucha atención. Al rato, el Francés dijo:
      —Yo, hasta que ustedes me dijeron de venir, ni sabía que acá había una casa abandonada. La pared que le pusieron delante la tapa toda.
      —Habría que preguntarle al Quique, los viejos hace como veinte años que viven en esta misma vereda.
      Los tres vivían enfrente. El Duardi y el Betobe eran primos y vivían en la misma casa; el Francés vivía más hacia la otra esquina:
      —Mirá, se puede ver un poco; está todo hecho un quilombo.
      El Duardi se acercó:
      —Mejor vamos a hablar con el Quique y que averigüe lo que pueda; así, cuando volvamos, ya vamos a saber si podemos encontrar algo valioso.
      —¿Algo valioso? ¿Acá? Esto ya lo deben haber pelado los del colegio.
      —¿Quiénes? ¿Los judíos?
      —¡Claro! —el Betobe hizo gala de una contundencia poco usual.
      —¿Estás loco? Los tienen a todos al trote; te imaginás si se llegan a enterar que se metieron acá, ¡los refunden!
      Los fondos del colegio lindaban con los de la casa, de ahí el origen de la cuestión.
      Eran las cuatro y cuarto de una tarde del mes de diciembre de 1965, el calor del verano podía presentirse aunque aún faltaran algunos días para su llegada. Igual que al entrar, tendrían que tener cuidado para salir sin ser vistos; aunque a esa hora, tres chicos de entre once y doce años podían pasar perfectamente inadvertidos. La única actividad se desarrollaba en la gomería que estaba justo frente al pasaje Shakespeare, pero los clientes miraban cómo el gomero hacía su trabajo, así que primero salió el Francés, después el Betobe y por último el Duardi, una fila rápida y precisa que cruzó la calle y se metió en la vieja casa de muros amarillos y abundantes plantas. Cayeron rendidos al otro lado de la parecita del jardín; la hora de la siesta estaba terminando: trataban de no hacer mucho ruido y hablaban en voz baja.
      —¡Puta-que-lo-parió; qué cagazo! Pensé que los de la gomería iban a mirar para acá en cualquier momento —el Betobe tenía el aliento entrecortado por la corrida.
      —Yo ni me paré para mirar.
      —¿Como cábala?
      —¿Qué cosa? —el Francés arrugó la cara. El Duardi no insistió.
      Se encaminaron al fondo, hasta un gran piletón donde las dos familias se turnaban para lavar la ropa, se mojaron la cabeza y sin secarse volvieron a la calle. Esta vez se sentaron en la vereda con las espaldas apoyadas contra la parecita: ya no había peligro.
      —¿Le vamos a decir al Quique?
      —Sí; me parece que él puede averiguar qué pasó en esa casa.
      El Quique vivía casi enfrente de donde estaban.
      —Yo no lo veo desde esta mañana; para mí que lo volvieron a dejar adentro.
      —¿Qué; se mandó otra macana?
      —No sé; pero no sería raro, ¿eh?
      —¿Y cómo hacemos para llamarlo?
      —Y... Vamos a ver qué pasa.
      Se mantuvieron un rato en silencio; el Betobe se paró, avanzó unos pasos, se detuvo y esperó a los otros dos, quienes no tardaron en estar a su lado. Cruzaron la calle y tocaron el timbre en la reja de entrada. La familia del Quique vivía en un caserón, viejo y descuidado, de la época cuando por ahí todas eran quintas, las rejas estaban oxidadas, lo mismo que la puerta de dos hojas; en el abandonado jardín, se erguía una palmera, la tierra estaba reseca y un camino de cemento mal alisado unía la casa con la entrada.
      —¿Tocaste, Beto?
      —Sí.
      —¿Estás seguro que sonó?
      —Siempre tardan un toco en atender; aguantá un cacho.
      De todos modos, el Betobe volvió a tocar, mientras sus amigos se volvían a acomodar a ambos lados de la puerta. La madre del Quique apareció por el costado de la casa, casi nunca usaban la puerta del frente.
      —¿Qué pasa? ¿Qué quieren? —era corpulenta y gorda, infundía temor, castigaba al Quique por todo; muchas veces lo golpeaba delante de los demás chicos, esto no los asombraba: todos eran cacheteados por sus padres, pero la Gorda podía llegar a ser brutal.
      —Venimos a buscar al Quique, ¿está? —el Duardi se animó a hablar y en seguida se arrepintió.
      —¡No, no está! ¡Y no molesten! —dio media vuelta y se fue por donde había aparecido.
      El Duardi sintió que le sobraban palabras, que se le amontonaban en la boca mientras la Gorda hacía mutis, y puteó por lo bajo. El Francés se quedó con la mirada clavada en la palmera y eso fue suficiente para notar un movimiento apenas perceptible detrás de la ventana del frente:
      —Macanas —dijo, en un susurro que sus amigos pudieron escuchar muy bien—, ahí hay alguien más, y el viejo no puede ser porque debe estar laburando el colectivo, así que...
      —Tiene que ser el Quique. El asunto es que igual no hay nada que hacerle —el Duardi se tiró al piso, sentándose con las piernas recogidas.
      —Todavía tenemos al Negro —el Betobe lo miró, mientras se sentaba también.
      —Pero ahora anda mucho con los de acá a la vuelta... —al Francés no le gustaban las lealtades repartidas—. ¿Cuándo jugó con ustedes la última vez?
      —¿Y eso qué? —el Betobe se paró frente a él, con las manos en la cintura—. Es mi amigo y le puedo avisar cuando quiera.
      —Sos un boludo, Betobe; ¿por qué no vas y se lo contás a todo el barrio, eh? —el Francés iba derecho al grano y su temperamento no lo ayudaba.
      —Pará, Francés; sos un calentón —el tono del Duardi era conciliador—. Podemos ir a buscarlo y no decirle todo de entrada.
      —Vos decís ¿esperar y ver qué pasa? —el Francés estaba un poco menos enojado.
      —Claro, gil; qué te creés que somos ¿los tres mosqueteros? —ni el mismo Betobe supo muy bien lo que había querido decir.
      El Francés lo encaró, para medirlo durante dos segundos exactos:
      —Los tres mosqueteros eran cuatro, ¡genio de los libros! —se interrumpió otros dos segundos—. ¡Y acá no necesitamos ningún D’Artagnan!
      —Más tartañán serás vos y...
      —Paren, paren; que se están yendo al carajo —el Duardi les sonrió, no quería que exageraran—. Lo que pasa, Betobe, es que vos no viste la película.
      —¡Sí! ¡Sí que la vi! —el Betobe largaba lo que decía casi directo a la cara del Francés.
      —Bueno, bueno —el Duardi le pasó el brazo sobre los hombros—; lo que pasa es que leés la mitad de las letritas y te enterás de la mitad de la historia. El Francés nos lleva ventaja en eso... Él va a una escuela finoli —hubo un brillo en los ojos del Duardi, apenas desviados hacia el Francés.
      La tensión oprimió al nombrado; los pensamientos se le apretujaron y lo aturdieron; él no iba a la misma escuela que el resto de los chicos del barrio y había momentos en que eso le pesaba; sentía una especie de culpa cuyo origen no podía precisar, lo mismo que cuando su madre le recomendaba no andar con esos “callejeros”; ¿qué tenía él de diferente? ¿Por qué, a veces, sus mismos amigos le hacían notar que no era como ellos, que no lo terminaban de aceptar?
      —Yo no vi ninguna película —el Francés achicó los ojos muy despacio—; leí el libro —lo había leído, eso era cierto; pero también había visto la película. ¿Por qué mentía?; ni él mismo podía responderlo.
      El Betobe nunca había leído un libro a excepción del de lectura de la escuela; eso sí, las historietas le fascinaban. El Duardi también tenía una pila de revistas, pero algunos libros ocupaban un estante en la pieza que compartía con su hermano mayor.
      —¿Vamos a buscar al Negro o no vamos? —el Betobe comenzó a caminar hacia la esquina.
      —Dale, vamos —el Francés aceptaba de la boca para afuera, tenía los ojos fijos en las baldosas y así los comenzó a arrastrar, junto con el resto de su cuerpo.
      El Negro vivía en el pasaje Shakespeare, en otra de esas casas que quedaban de la época de las quintas, pero no en la misma manzana donde estaba la casa deshabitada. Vivía con una hermana mayor —la Silvia—, sus padres y abuelos maternos; era un tanto retraído pero sabía jugar muy bien al fútbol, cosa que le había granjeado un lugar en la barra de Pedraza, la siguiente calle.
      El Betobe golpeó la puerta —en lo del Negro, no había timbre—; enseguida apareció la Silvia desde la cocina y, al ver a los tres, asomados por entre las rejas, volvió a entrar; sin decir una sola palabra.
      —Parece muda —se podría decir que el Francés había puesto cara de lástima, de no haber sido porque no le quitó los ojos de encima hasta que desapareció.
      —No; es una bruja —el Betobe habló, bajando la voz, sin disimular cierto temblor.
      El Duardi no dijo nada; sin embargo, el Francés sospechó que estaba de acuerdo con el Betobe. El gesto en su cara cambió e intentó pasar la cabeza por entre los barrotes para verla nuevamente; pero no lo logró.
      —¿Qué pasa? —el Negro se asomó, sacando medio cuerpo fuera de la ventana de su pieza, una especie de buhardilla puesta en la mitad de la escalera que llevaba a la terraza.
      —¿Salís?
      —¿Para qué?
      —Dejáte de joder y vení; vamos a jugar.
      —¿A la talope?
      —Vení, dale... —sin decir que no, como para que mordiera el anzuelo y haciendo señas a los otros, el Duardi desplegaba su estrategia.
      El Negro salió de la pieza y, mientras bajaba la escalera, el Francés le preguntó al Betobe:
      —¿Cómo hizo la hermana para avisarle si no subió?
      —Ya te dije —en voz muy baja—, es bruja.
      La conversación no siguió, el Negro había llegado a la puerta de calle:
      —¿Y la talope?
      —No, Negro; no hay partido, pero en una de ésas nos podés dar una mano —el Duardi ya había conseguido su atención y podía abandonar la metodología de decir a medias.
      —¿Y para eso me hicieron bajar?
      —¿Vieron? —el Francés retomaba su línea de muy poca tolerancia—; no es de la cuadra, está con los de a la vuelta.
      —¿Qué te pasa, Francés? ¿Cómo que no soy de la cuadra? Yo juego con quien se me canta, pero sigo viviendo acá; ¿o no?
      —¡Vas a tener que demostrarlo! ¡Vas a...! —el Francés no pudo terminar, el Betobe se lo llevó del hombro, mientras el Duardi se acercaba al Negro para hablarle más “en privado”:
      —Escucháme; tenemos que hacer que el Quique salga, pero parece que la Gorda lo dejó entrampado.
      —¿Y para qué?
      —Tenemos que entrar a la casa vieja.
      —¡Ahí no conviene meterse!
      —¿Por qué, vos qué sabés?
      —Yo nada.
      —¿Y entonces?
      —Me lo dijo la Silvia.
      —¿Tu hermana?
      —¡Y claro! ¿Quién iba a ser?
      —Pero... ¿Y vos no sabés por qué?
      —Ahí pasaron cosas muy fieras.
      —¿Como qué?
      —Muertos y esas cosas...
      —¿Fantasmas?
      —Y... Sí; casi seguro; pero la que sabe es la Silvia.
      —¿Y si le preguntamos?
      —¡Estás loco! La Silvia no habla de esas cosas.
      —¿Y por qué? Con vos parece que habló.
      —¿Te parece poco toda la fama que le han hecho?
      —¿Que es bruja?
      —Shh... ¡Hablá bajo! —el Negro miró hacia atrás, no sin un gesto de temor.
      —Pero entonces... ¿Es cierto?
      —Mirá; ni tanto ni tan poco. A veces me da un poco de miedo, por la forma como mira... Y además, casi ni habla.
      El Duardi se quedó pensativo; las brujas estaban bien en las funciones triples del Álvarez Thomas o del Cumbre, y a veces hasta en la tele; pero ¿en el barrio? ¿A menos de media cuadra de su casa? El pecho le pesaba, le costaba mucho saber si esa sensación era incómoda o placentera. ¿Sería el miedo? Tendría que dar muchas explicaciones si proponía echarse atrás. ¿Por qué no tendría una pelota a mano para sacar a todos de tema yéndose a la placita de la iglesia? Su pensamiento pendulaba entre seguir y renunciar, claro que su curiosidad comenzaba a crecer:
      —Bueno... ¿Nos ayudás o no?
      —¿Con qué?
      —¡Cómo ‘con qué’! —lo sujetó del brazo.
      —Claro; ¿con lo del Quique o con lo de la casa vieja?
      —Con lo del Quique —el Duardi sabía que lo primero era lo primero, no valía la pena discutir etapas a las que no les había llegado el turno; además, podía pasar que no fuera para tanto y el Negro se enganchara.
      Mientras, el Francés y el Betobe los observaban desde una distancia suficiente como para no ser escuchados.
      —Casi lo hacés calentar y ¿qué ganábamos? —el Betobe no tenía intenciones de dejarle pasar ni una al Francés.
      —Es un traidor; es porque ese Vicente de a la vuelta se compró una número cinco nueva y nosotros seguimos jugando con la de tu viejo.
      —¿Y qué tiene? El Negro puede hacer lo que se le cante.
      —¡Pero él vive acá y siempre jugó con nosotros!
      —¿Y vos acaso no vas a una escuela como a diez cuadras y que además hay que pagar?
      —Pero eso yo no lo elegí, fueron mis viejos.
      —¡Claro; y seguro que a vos la escuela ésa no te gusta y te cambiarías a la nuestra si pudieras! —el Betobe le había clavado la mirada, imitando perfectamente la cara puesta por el Duardi un rato antes.
      El Francés quería responderle pero el estómago se le contraía tanto que habría podido jurar que le apretaba el alma; amaba su escuela y, al mismo tiempo, odiaba esa barrera que no le permitía ser del todo fiel al barrio. Siempre que se mencionaba esa cuestión, quería responder, pero las palabras se le escurrían por entre los dientes y se evaporaban contra sus encías; no había modo, una palabra mayor pesaba sobre su mundo.
      —¡Eh; vengan! —el Duardi les hacía señas con los brazos—. Vamos a lo del Quique... —y no tuvo más remedio que interrumpirse—. Uuh...
      El Betobe y el Francés se dieron vuelta, al unísono, para ver al Juanca, quien terminaba de salir de su casa, encaminándose hacia ellos; como casi era verano, había reemplazado su gorra de orejeras por unos zapatones que siempre estaban sin atar: la cabeza más libre, pero los pies más pesados.
      —¡Lotería! —el Betobe masculló esa palabra varias veces.
      —Dejáte de joder que es buen pibe —el Francés, quien siempre defendía al Juanca aunque nadie supiera por qué, reaccionó automáticamente.
      —Pero seguro que se nos va a querer pegar como estampilla —el Betobe nunca hacía caso de esa defensa.
      —¿Y qué? Vos mismo decías que cada quien anda con quien quiere...
      —¡Y con quien no quiere no anda! —el arranque de lucidez del Betobe lo sorprendió; lo cual no dejó de ser un reconocimiento.
      —Hola, Juanca; ¿qué hacés? —el Francés utilizó el saludo para ganar al menos esa discusión, y se arriesgó aún más—. Vamos a lo del Quique, ¿venís?
      —Sí, pero va a ser difícil que el Quique salga —el Juanca siempre sabía un poco más, cosa que el Francés valoraría cuando y donde fuese—, la Gorda lo encadenó a la pieza.
      El Juanca tenía nueve años y vivía justo enfrente a lo del Francés, era muy robusto para su edad y por eso siempre andaba con “los más grandes”. Era un experto en saber al dedillo todo lo que pasaba en el barrio, una suerte de noticiero ambulante.
      —¿Por qué, qué pasó? —el Francés veía venir una historia jugosa.
      —La Gorda lo mandó a la lechería y él se gastó la guita en una revista.
      —¡Qué boludo! —el Betobe jamás mediría un comentario, al menos no antes de emitirlo.
      —Eso no es nada... Se fue a la placita de la iglesia y se la puso a leer, sentado en el tobogán —al Juanca le empezaban a brillar los ojos—. Como la Gorda vio que tardaba, mandó al hermanito a buscarlo; el Jogi anduvo como media hora dando vueltas pero no hubo caso, así que se volvió y le dijo a la Gorda que al Quique se lo habían llevado, y que seguro habían sido los gitanos.
      —¡Pero qué animal! —el Betobe se dio un golpe en la frente, el Francés se descosía de la risa.
      —Sí; seguro... ¿Ustedes se enteraron que ayer anduvieron los gitanos? —hizo un gesto con las cejas que, después, el Francés usaría toda la vida como si fuera propio.
      —¿Por acá? —ahora el Betobe se mostraba más interesado.
      —Sí; y resulta que...
      —¡Pará, Juanca!, pará que nos vas a dejar en bolas con lo del Quique —el Francés no quería que se fuera por las ramas; y así fue que continuó:
      —Cierto, cierto... Bueno; resulta que la Gorda salió y armó un alboroto bárbaro con el asunto de los gitanos, que ‘cómo puede ser’, que ‘es una barbaridad’, que ‘cómo nadie se fija’, que ‘a los chicos del barrio hay que cuidarlos’, y huevadas por el estilo —aquí paró para tomar aire, ante las caras encendidas de los otros dos y la curiosidad del Duardi y el Negro, quienes cansados de esperar sin saber de qué hablaban, comenzaron a acercarse—. Imagínense la que se armó; salió el lechero, vino el gomero y también el de la casa de repuestos...
      —¿Quién; el Gato? —el Duardi todavía no terminaba de llegar y ya estaba al tanto de la charla.
      —Sí, el Gato.
      —Debe haber sido un batifondo de la gran siete porque, que yo sepa, a ése nadie lo mueve del negocio —el Negro cerró la ronda.
      —¡Y qué les parece! Había un baile bárbaro... Y la Gorda que gritaba y andaba de una esquina para la otra.
      —¿Y el Quique qué hacía? —el Francés colaboraba para que los recién llegados se pusieran más al tanto de lo que estaban hablando.
      —El Quique había terminado la revista y quiso devolvérsela al quiosquero...
      —Como hace siempre —el Betobe miró al cielo.
      —Sí, claro; pero el Nacho ya está repodrido de que le haga siempre lo mismo, así que le dijo que no, que tenía la tapa arrugada o algo así, y lo sacó cagando.
      —¡Qué quilombo, che! El Quique se habrá vuelto loco, como la vez aquélla que se escondió en el palomar —al Negro se le iluminaron los ojos.
      —Sí; ¿te acordás? —el Duardi ya se estaba riendo.
      —Lo pusieron en remojo toda la semana —el Francés ya no daba más, se apretaba el estómago, cruzando los brazos.
      —¡También! Si olía que daba miedo, estaba lleno de mierda y plumas —el Betobe había puesto broche de oro, y todos soltaron tal cantidad de saltos y risotadas, que quienes estaban en la gomería se dieron vuelta para mirarlos.
      —Dale, dale; seguí Juanca —el Francés fue el primero capaz de articular unas palabras.
      —Bueno; la cosa es que al Quique no se le ocurrió mejor idea que ir a buscar al Cholo para jugarle la revista a las cartas.
      —¿Al monte?
      —Sí, sí...
      —¿Y qué pasó? —la ansiedad del Betobe quería apurar el relato.
      —Y... Que al principio el Cholo lo dejó ganar...
      —¡Como siempre! —el Betobe vuelta a mirar hacia el cielo.
      —Sí, sí, como siempre, ya sabemos, Betobe; dejálo seguir que, si no, no se termina más —se puso firme el Francés.
      —Entonces, el Quique le dijo que necesitaba guita y el Cholo aprovechó para apostarle lo que quisiera contra la revista nueva, las cuatro o cinco que llevaba ganadas y las bolitas japonesas que le habían regalado para el cumple.
      —¿Cuáles; ésas que siempre lleva encima y que se le caen dos por tres?
      —Sí, sí, Betobe; pará la mano y dejálo que cuente —nueva intervención del Francés para evitar que la cosa se fuera por las ramas.
      —Y claro... El Quique perdió todo... —el Juanca estaba muy agitado, todos notaron que faltaba todavía algo importante—. Si antes andaba como loco, imagínense ahora. Además, sospechaba que la Gorda lo debía andar buscando, así que vino por aquella esquina —señaló hacia Núñez— para ver si había toros en la costa...
      —¿Para qué? —el Betobe se había puesto bizco y el Francés vuelta a reírse como loco; el Duardi también se rió bastante y le pasó el brazo por detrás de la cabeza, lo cual hizo que el Francés se olvidara del asunto de su escuela.
      —¡Para ver si estaba la Gorda! —casi gritó el Juanca, un poco cansado de las interrupciones—. Pero, al llegar a la esquina, vio que en la lechería no había nadie y aprovechó la volada.
      —¿Se afanó una leche? —el Negro habló casi tímidamente, como no pudiendo creer lo que se le ocurriera, mezcla de afirmación y asombro.
      —¡Dos! —el Juanca levantó los dedos índice y mayor de su mano derecha; había aprendido a generar suspenso, escuchando a su madre y a las vecinas.
      —No hay duda de que el Quique debe andar mal del bocho —el Duardi, al revés que el Betobe, tenía la costumbre de bajar la mirada; uno buscaba respuestas en las nubes, el otro, en las baldosas—; pero ¿y no pasó nada más?
      —Y bueno... —el Juanca continuó cuando vio que la ronda era suya otra vez—. El Quique creyó que tenía todo bajo control y dobló la esquina, enfilando para su casa, en actitud triunfante... Claro que, cuando hizo dos o tres pasos, se encontró con todo el batifondo que se había generado: la Gorda, el Jogi, el gomero, el Gato... ¡Y el lechero! —acá el Juanca los miró a todos y, cuando estuvo seguro de haber producido el efecto deseado, concluyó—. Así fue como el Quique quedó encadenado a su pieza.
      —¿Y por cuánto tiempo? —el Duardi tenía sumo interés en esa respuesta.
      —Ah; eso no sé —el Juanca se encogió de hombros—, para mí que lo van a decidir a la noche cuando el viejo vuelva de laburar.
      —O sea —el Francés frunció el entrecejo—, que nos queda nada más que un rato.
      —Y... Más o menos hasta la hora de la cena —al Betobe se le había dado por las precisiones.
      —¿A qué hora se hace de noche? —su primo no se quedó atrás.
      —Más o menos a las ocho.
      —Bueno; lo de la casa va a tener que ser cuando esté oscuro —el Duardi daba por sentado que todos pensaban en lo mismo y del mismo modo—, pero tenemos que avisarle al Quique para que se prepare.
      —Pero no va a poder salir —el Negro expresaba su mal presentimiento.
      —Para eso estás vos —el Francés ya no lo trataba tan mal—, tenés que entrar y avisarle.
      El Negro lo miró como si le hubiesen pedido que saltara de un avión:
      —¡Estás loco! ¿Y si me agarra la Gorda?
      —Hay que buscar la manera de hacer que se vaya —el Duardi les hizo una seña con el brazo, dieron la vuelta por el pasaje y se sentaron; estaban uno al lado del otro, en el cordón la vereda y mirando hacia la casa del Negro.
      El primero en proponer algo fue el Betobe:
      —El Negro puede ir y decirle que la llama el lechero; seguro que va a pensar que es por lo de hoy a la mañana y cruza rapidito.
      —Demasiado rapidito —el Francés utilizó su tono irónico—; la lechería está en la esquina, cruzando y a tres casas... ¿Cuánto te creés que tardaría en volver? ¿Y cómo te creés que se va a poner cuando el lechero le ponga cara de ‘yo no fui’?
      —Sí, sí; el Francés tiene razón, Beto —el Duardi tenía, también, el ceño fruncido—; no va a ser tan fácil.
      Fue en ese momento que el Francés, al igual que el Duardi hacía un rato, se preguntó cuál podía ser la necesidad de entrar en esa casa. La tarde estaba calurosa, podían ir hasta la plaza y tirarse a la sombra de los árboles. Podían juntarse con los del barrio de tejas y mojarse con las mangueras de sus jardines. Sin embargo, desechó esos pensamientos, como si una voz sensata y tranquila le hubiese expuesto toda la argumentación pertinente. Habían sido unos cuantos gestos sobre su cara, y nada más.
      —Hay que hacer que la Gorda salga por un rato largo —el Negro insistía, como si eso fuera a provocar la idea que necesitaban—, para entrar sin que nos vea...
      —¿Cómo dijiste? —el Duardi, sentado y todo, pegó un brinco con la cara iluminada.
      —Que hay que hacer que la Gorda...
      —¡No, no! El final, el final.
      —Que hay que entrar sin que nos vea...
      —¡Exacto! —el Duardi se irguió—; el asunto es entrar sin que nos vea, ¿entienden?: sin-que-nos-vea; si la Gorda se va o no, es lo de menos.
      —¡Ja! ¡Lo de menos! —el Betobe se estaba abusando de su parentesco con el Duardi—. ¿Y quién se mete con la Gorda adentro?
      —Mirá —el Duardi parecía tenerla muy clara—, la Gorda siempre anda en la cocina y eso es en el fondo de la casa; la pieza de los viejos es la segunda, la que da al frente es la que comparten el Quique y el Jogi. El asunto es que, si la Gorda no se mueve de la cocina, uno de nosotros podría meterse hasta donde está el Quique.
      —¿Y si la Gorda no se queda en la cocina? —el Negro intentó imitar el gesto del Francés, pero le salió una sonrisa como la del gato de Cheshire.
      —Bueno, habrá que estar atentos para rajar a los piques —el Betobe no podía dejar de mirar la cara del Negro, tenía la sensación de que se le habían trabado los gestos.
      —¿Y quién va a entrar? —el Negro, ahora, tenía la mirada fija en el Betobe y trataba de imaginar por qué estaría con la boca abierta.
      —Y... Para eso te fuimos a buscar —el Duardi estuvo a punto de reírse.
      —¡Están del marote! —pareció que el Negro iba a ponerse de pie, pero se quedó en cuclillas, sobre el asfalto, y mirando a los otros cuatro.
      —Claro que —el Duardi siguió como si nada hubiese pasado— eso fue antes de escuchar al Juanca, cuando la cosa no parecía tan difícil. Casi, casi, parece más fácil entrar a la casa vieja sin el Quique.
      El Negro se levantó del todo:
      —Yo todavía no dije que estaba con ustedes, ni que no estoy —lo había provocado la insinuación del Duardi; porque si podían entrar a la casa sin el Quique, también podrían hacerlo sin él.
      —¿No digo? —el Francés pateó una piedra con la que había estado jugueteando—. Es un vendido... Y un quilombero... Y un cagón... Y un cagador... —abrió la boca, como si se estuviera por ahogar—. ¡Que se vaya al carajo!
      —Pará, Francés; no te calentés —el Duardi no tenía interés en que su estrategia derivara en un caos—; tenemos que ponernos de acuerdo.
      —Mirá —el Juanca los tomó por sorpresa—; si ustedes esperan a ponerse de acuerdo, se nos van a acabar las vacaciones.
      —¡Escuchálo al genio! —el Betobe nunca en su vida aceptaría ser menos inteligente que el Juanca, sobre todo porque era más chico—. Todavía no largaste tu astuto plan —había escuchado la palabra “astuto” en una serie de la tele, le había gustado y la usaba cada vez que podía, aunque a veces sin tanta suerte como en esta ocasión; el Francés miró para arriba.
      —Bueno, bueno —el Duardi intentaba de todo con tal de que nadie se enojara demasiado—; si encontramos alguna manera de hacer que la Gorda no se mueva del fondo, vamos los dos juntos.
      —¡Bien! —el Francés se apuró—; yo puedo entrar con ustedes y hacer de ‘campana’ en la puerta de la cocina —miró fijo al Negro y al Duardi—. Eso sí: si hay lío, cada uno raja como pueda y nos encontramos en la placita de la iglesia.
      —¿Y el Juanca y yo? —el Betobe sintió que le quedaba lo peor—. ¿Nos dejan de seña?
      —Ustedes se quedan en la vereda —el Duardi les guiñó el ojo— y nos ayudan a salir... Porque es seguro que vamos a salir volando.
      Ya no hacía tanto calor, los chicos de la colonia que funcionaba en el colegio judío se habían ido hacía un rato, mucha gente entraba y salía de la casa de repuestos, en la lechería había cola, dos vecinas hablaban con la madre del Juanca en la puerta de su casa; el verano se acercaba con la cautela de un xahuar que ha elegido su presa.
      —¿Listo? ¿Vamos? —el Negro estaba impaciente y con miedo al mismo tiempo, tenía las manos sucias de tanto refregarlas contra el cordón.
      —Dale —el Duardi se paró y los cinco se aprestaron en fila. Justo al doblar la esquina, vieron al Jogi que venía pateando una chapita. Se miraron entre sí, casi sin poder creerlo.
      —¡Salvados! —el Negro casi logra volar con ese suspiro desmesurado.
      —A ver, a ver —el Francés mantuvo la calma, lo suyo no era el optimismo—; vení Duardi, vamos a ver si nos hace pata.
      Los dos se adelantaron; no se apuraron mucho por temor a que el Jogi pensara que le iban a hacer una broma pesada, como las que solía jugarle el Quique cuando estaba con ellos. El Jogi estaba intentando sacar la chapita de la zanja, donde había caído, sin mojarse las manos, tenía una ramita que se le doblaba cada vez que intentaba hacer fuerza.
      —¡Eh, Jogi! ¿Qué hacés? —el Francés lo saludó moviendo las manos lo menos posible, estaba cansado de que se atajara como si fuera a pegarle, sobre todo porque era quizá el único de ese barrio que nunca había golpeado a nadie.
      —Nada —el Jogi rondaba los cinco años; de cuerpo pequeño, era todo lo contrario al resto de su familia, todos grandotes, el mismo Quique les llevaba una cabeza al Duardi y el Francés—. Hoy íbamos a ir a la placita con el Quique, pero con la que se armó, sonamos. ¡Y ni puedo prender la tele! —por un momento, dejó de lado su asunto con la chapita.
      —¿Es verdad que tienen tele nueva? —el Duardi tenía o era capaz de inventar una estrategia para cada ocasión, esta vez la cuestión era acercarse.
      —Sí, pero no se ve muy bien porque el Quique la chorreó con dulce de leche.
      El Francés tuvo que darse vuelta, por el ataque de risa que estaba por darle, y el Duardi hizo un esfuerzo por continuar el diálogo:
      —¿Y el Quique?
      —Está en la pieza y no tiene permiso para nada.
      —¿Y puedo hablar con él?
      —Mi vieja no te va a dejar entrar.
      —¿Y no se puede entrar sin que tu vieja me vea?
      —Sí, mientras se está bañando.
      —¿Y vos nos podés avisar cuando vaya al baño?
      —Ahora está; por eso es que pude salir.
      El Francés paró de reírse instantáneamente y se miró con el Duardi; el resto de la barra estaba a unos pasos, sin poderlos escuchar.
      A una mirada, el Duardi y el Francés echaron a correr hacia la casa del Quique, sin detenerse a planear nada en absoluto; pasaron por la puerta del jardín y, cuando enfilaban hacia el fondo, una voz inconfundible los detuvo en seco:
      —¡Jogi! ¡Jogi! ¿Dónde estás pendejo de mierda? ¡Cuando te agarre, te mato! —por supuesto, era la Gorda, quien en cualquier momento saldría del baño para ir hacia la calle.
      Los demás, al ver a sus amigos correr, salieron detrás sin saber hacia dónde iban, hasta que los vieron entrar en lo del Quique; llegaron justo para ver a la Gorda, asomada desde el fondo, y al Duardi y el Francés dar la vuelta como desesperados por el frente de la casa.
      —¿Lo vieron al Jogi? —la Gorda les puso gesto de pelea a los tres que podía ver.
      El Juanca, el Negro y el Betobe tenían cara de personajes de película de fantasmas.
      —¡Eh! ¡Delincuentes; es a ustedes! ¡Manga de vagos! ¿Lo vieron al Jogi?
      Los tres seguían con cara de no saber qué hacer; la Gorda se les venía hacia la calle, el Francés y el Duardi estaban apiñados contra el otro rincón del frente de la casa; el Jogi había quedado petrificado ni bien escuchara a su madre. El Betobe atinó a correrse un poco por detrás del Negro y le hizo una seña al Jogi para que se fuera; la situación comenzaba a ponerse insostenible; si la Gorda miraba hacia la derecha cuando pisara la tierra reseca del jardín, vería al Francés y al Duardi agachados uno contra el otro, y ahí sí que se armaba. El Betobe apoyó la mano en el hombro del Negro y éste casi pegó un salto; le dio un leve empujón para indicarle que se corriera hacia la izquierda de la Gorda, cosa de darle una chance a la “avanzada”. En ese momento, el Jogi entendió el gesto del Betobe y corrió hasta la esquina del pasaje, dio la vuelta y se sentó frente a la casa del Negro, temblando.
      La Gorda llegó a la puerta de calle y encaró a los tres que se habían quedado, ahí, a esperar lo que fuera; con mucho cuidado, el Francés y el Duardi se deslizaron por detrás, doblaron por el costado de la casa y entraron a la cocina.
      —Vamos a la pieza del Quique, dale, y sin ruido.
      —Dale, Francés, ¿me estás cargando?, soy una tumba.
      —¡Calláte, gil, no la llamés!
      —Toco madera.
      Pasaron el comedor y llegaron hasta la pieza donde estaba el Quique.
      —¿Qué hacen acá? —fue la sorpresa del prisionero—. Mi vieja los va a matar.
      —¡No grités! —se impuso el Duardi en un susurro—. Venimos a avisarte que te necesitamos para esta noche.
      —¿Vas a poder salir? —el Francés dio un vistazo en derredor y el miedo que sentía se fue transformando en lástima.
      —Y... De noche es más fácil —el Quique había vuelto a recostarse en la cama, como estaba antes de la irrupción de sus amigos—. ¿Y para qué?
      —Para entrar a la casa vieja —esta vez, el Duardi no tenía tiempo de andar con rodeos.
      —¡Están chiflados! —Después de decir esto, el Quique se quedó silencioso; inmediatamente, preguntó con la calma de quien siente interés pero lo disimula:— ¿Y para qué quieren entrar ahí?
      El Duardi y el Francés se miraron, dándose cuenta de que no tenían una respuesta concreta. Lo cierto era que su curiosidad había crecido muchísimo.
      —Algo nos llama —el Duardi estaba irreconocible, hasta pareció que había balbuceado.
      —¿Qué decís? —se sorprendió el Francés, pero en especial porque lo que el Duardi había hecho era adelantarse a su propio pensamiento.
      —Eso, Duardi; ¿qué decís que ‘algo nos llama’? —el Quique enfatizó las palabras utilizadas, casi juntando las pupilas.
      —Es como una voz... —el Duardi sacudió la cabeza—. No, no; es como si yo supiera que ahí hay algo de mucho valor... —mintió.
      —Sí, lo que dice el Duardi es verdad, ahí hay algo que es nuestro —el Francés sintió que redondeaba una idea fantasma.
      —Sí —el Quique se sentó en el borde de la cama—, ahora que me lo dicen, muchas veces pensé en meterme...
      —¡Bárbaro! —el Francés se había puesto alegre de pronto, no sabía por qué pero esa casa abandonada parecía un juguete nuevo—; entonces queda hecho para esta noche a las doce.
      —Tratá de averiguar, de tus viejos, todo lo que puedas acerca de esa casa —el Duardi sabía que le pedía una cautela que el Quique no podría sostener, pero algo igual obtendría—; y después nos contás.
      —Bueno, bueno... —el Quique se sobresaltó—. ¿Y ahora? ¿Cómo van a salir? Ahí viene mi vieja.
      La sombra de la Gorda pasó por la persiana que daba al jardín; después, por la del costado; y avanzaba con toda rapidez. Se detuvo, mirando hacia la reja donde estaban el Juanca, el Negro y el Betobe:
      —¡Manga de guachos, ya los voy a agarrar en alguna!
      —Metéle —el Quique levantó las piernas—, metéte abajo de la cama, Duardi; y vos, en el ropero.
      El Francés se dio vuelta despacio, lo miró y no pudo reprimirse:
      —Pero..., vos no aprendés más, Quique. ¿Te creés que me quiero quedar a vivir acá?
      Dejó de hablar por un momento.
      —Francés —el Duardi miraba hacia la ventana...
      —¡Eso! ¡La ventana!
      Forcejearon un poco hasta que consiguieron abrirla y saltar al jardín, al mismo rincón donde se escondieran de la Gorda un rato antes.
      El Duardi le susurró al Francés:
      —El Quique está loco... ¿Qué hace que no la cierra?
      —Mirá —el Francés tampoco levantaba la voz más que un murmullo, pero el tono era como si estuviera gritando—; lo que faltaba.
      Los otros tres estaban asomados a la parecita de la reja. La Gorda fue la encargada de cortar todos los posibles pensamientos:
      —¡Imbécil! ¡Cerrá esa ventana! Y ustedes —dirigiéndose a las cabezas visibles—, ¡váyanse al carajo! ¡Ya!
      A todo esto, siguió un puñetazo en la cabeza del Quique, otro golpe brutal para cerrar la ventana, y la torpe huida del Betobe y compañía hacia Shakespeare.
      —Duardi...
      —¿Qué?
      —Casi me meo, che.
      —¡Qué la parió a esta hija de puta!
      —Lo va a terminar matando.
      —Y encima es tan boludo...
      —¿Y qué querés? ¡Con los golpes que le encajan!
      —Francés; mejor vamos.
      —Sí, no sea cosa que la Gorda salga de nuevo.
      Se pusieron de pie, cuidando el silencio como si fuera el tesoro más buscado, y salieron con rapidez, casi como dos gatos callejeros. Esquivaron al Jogi, quien venía caminando con una cara de susto que daba pena, no sin acariciarle la cabeza rapada, y se acercaron al resto del grupo.
      —Listo —el Duardi resumía su informe—; esta noche a las doce.
      —¿Dónde? —el Negro ponía el dedo en la llaga al preguntar por lo obvio.
      —¡Mama mía! —el Francés ponía las cosas en su real dimensión—; no le dijimos adónde.
      —¡Pero qué salames! —el Betobe no les tuvo piedad—. Tanto quilombo para nada; ¿no se dan cuenta de que a ese boludo no le da el bocho para tener ideas propias?, seguro que se va a tocar el timbre en alguna de nuestras casas ¡y a las doce de la noche! Nos van a matar a todos...
      —Te quería ver a vos ahí adentro —lo frenó el Duardi—. Y bueh..., va a tener que ser en la puerta de lo del Quique y habrá que esperar a que salga.
      —Si es que sale —el Francés tenía, en la cabeza, la imagen de ese cuarto desarreglado y los moretones que adornaban frecuentemente los brazos del Quique y también los del Jogi.
      —¿Y por casa cómo andamos? —el Betobe aprovechó para seguir saldando cuentas.
      El Francés se quedó cortado; era cierto, tan metido estaba con lo del Quique, que había pasado por alto sus propias dificultades. Sin embargo, encaró a todo el grupo:
      —A las doce, en lo del Quique... Y el que no venga ¡es un cagón!








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