domingo, 29 de mayo de 2011

Lo mejor



Estábamos en El Bucanero —Hueso y yo fuimos a parar ahí porque era el único boliche abierto aquel domingo—; la radio estaba sintonizada en el partido que jugaba Villa del Parque no me acuerdo contra quién. Como estaban en el entretiempo, había gran alboroto, todos se apuraban a llenar de nuevo sus vasos y a pedir algo para picar y nadie prestaba real atención a lo que sonaba por el parlante que, hábilmente, el griego había colocado sobre la viga que partía el techo al medio y que se conectaba a la radio por un cable sucio y bastante despellejado. Fue casi un milagro, en medio de tal batifondo, que justo se hiciera un silencio cuando el locutor de turno, entre noticias que habían sido colocadas ahí, claramente, como relleno para matar esos quince minutos de tensión, sobre todo cuando casi se daba por hecho que el León se llevaba el campeonato... Decía que, justo en medio de ese silencio, el locutor anunció que se había muerto el jefe de las patrullas que custodiaban el muelle para prevenir ataques de los viejos soldados sobrevivientes de la guerra con el Brasil y ahora puestos a traficar y piratear por esa costa.

Hueso escuchó la noticia igual que el resto de los presentes y no intervino en ninguna de las discusiones que comenzaron enseguida. Yo —como casi siempre— era mirado como un turista; todos sabían que paraba en la casa de los O’Connor, pero que no era de por ahí; así que nadie esperó que abriera la boca.

El segundo tiempo no se hizo esperar y la charla terminó y todos, igual que al principio, parecían colgados de la misma viga donde estaba el parlante.

Fue ahí cuando Hueso se me acercó inclinándose por encima de la mesa y me dijo:

—Lo mejor de no tener mucho dinero es que la muerte vale menos.



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