sábado, 30 de julio de 2011

Que el corazón escriba



No había caso: Hueso no quería saber nada con escribir, con volver a escribir. Alguna vez lo había hecho —así me lo confiaba cada tanto— pero de aquello no quedaba nada: algo acerca de una guerra o casi una guerra —había cosas que parecía que comenzaba a contarme sin darse cuenta, pero enseguida se callaba; o desviaba la conversación hacia otro lado. Por las cosas que sí me contaba —cuando estaba en vena —y esto muchas veces ocurría después de la segunda botella de cerveza— no me resultaba extraño imaginar que debía de haber sido un escritor bastante bueno —al menos según los standards de lo que se veía por ahí —y que se siguen viendo a pesar de los buenos lectores.

Aun así —quiero decir: a pesar de su negativa total a no escribir— ni bien se dio cuenta de que lo mío podía llegar a ir por ahí, por los caminos de la escritura —se negaba a hablar de literatura—, nunca dudó en alentarme; muchas veces de maneras duras y hasta despiadadas.

—Que el corazón escriba y la cabeza lea —me decía. Y no le faltaba oportunidad para hacerlo. Cualquier excusa era buena.

Toda vez que le mostraba algo, miraba a lo lejos y me repetía:

—Que el corazón escriba y la cabeza lea... —Muchas veces, durante muchos años.

Hasta aquella vez cuando le llevé el cuento que había escrito sobre él y lo que me había contado de La Manzanares y los discos de Zabala. Me escuchó, tranquilo, mientras fumaba y tomaba la cerveza de a sorbos, como era su costumbre mientras el sol bajaba. Fue ahí, cuando terminé de leérselo, que me dijo:

—Claro que habría que tener en cuenta la posibilidad de que pudiera, un día, aparecer un corazón inteligente... Algún día; sí. Alguna tarde que se fuera muriendo.



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