viernes 30 de septiembre de 2011

Una cura para el lunes



Iba hoy, como todas las mañanas de clase, llevando a Tatu en el Rovertino a la escuela mientras escuchaba, como lo vengo haciendo desde la semana pasada, la voz de Dylan Thomas que me lee —o recita, o cuenta... cada quien le podrá poner la acción que mejor prefiera (en lo personal, tengo esta sensación de que lo que hace, lo cual especialmente se nota en los poemas, es cantar... según una melodía cuyo origen solamente él podría conocer y cuya referencia seguramente anda entramada con sus palabras compartidas)...

Bien... Te contaba que estaba escuchando esa voz tan particular y entrañable, y lo que me contaba era la misma historia que ya me había contado el viernes pasado pero decidí solicitarle de nuevo hoy: “A Story”; mejor conocida como “The Outing” —podría pensarse en alguna traducción al castellano, pero dudo que haya alguna que satisfaga los múltiples ángulos que se trae; al principio pensé en “La excursión”, pero no hay caso siempre me vuelve al cabo de un rato esa oleada de insatisfacción que me habla del fracaso... o puede que se trate de un triunfo... del triunfo de una mirada mejor, más alta o más baja pero sin duda mejor, como muchas veces ocurre con lo inalcanzable.

Y estaba escuchando esta historia, mientras Tatu se empeñaba en andar por otro lado con su mp4 atado a los audífonos y con Sting y REM y vaya a saber yo qué otros sonidos que también escuché, y escucho cada tanto, y me observaba de rato en rato presa de una carcajada que no podría pagar aun si quisiera. Y, al verme así, me acariciaba el brazo en gesto de sanador empedernido.

Y allá me llevaba Thomas con su tío y los amigos de su tío en ese recorrido de una taberna a otra y por el medio de la tierra galesa, borrachos y más locos que las cabras del Thames, y el Rovertino —más sutil que nunca— avanzaba por Yatay como si el tránsito pesado de la mañana no estuviera ahí, avanzando igual que una burla a la que siempre se le puede encontrar lugar para otro remache.

Pensé en pasarte estas grabaciones, pero las busqué durante el fin-de-semana en la internet sin suerte —encontré, en cambio, una versión leída por un señor que no me gustó ni medio, así que no la tuve en cuenta—; tampoco encontré el texto del relato. Así que voy a hacer un paquete con mi colección de discos de Caedmon y te lo voy a dejar en alguna parte donde puedas encontrarlo. Avisáme cuando lo hayas hecho.

Entretanto, voy a seguir haciendo de cuenta que el mundo se hace a un lado por las mañanas, para dejarnos pasar al Rovertino, a Tatu y a mí con la preciada carga de cada uno, como si nosotros también fuéramos parte de aquel outing, y la luna acechara para salir de entre las grietas del asfalto de cualquier esquina para que Will Sentry le grite: “Who goes there?”









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