martes, 13 de diciembre de 2011
Lágrimas que veas correr...
Cada muerte de obispo, al Viejo se le daba por decir: “Si el cura se calza la sotana será que está por hablar de su dios y quiere que lo tomen en serio.”
De todos los dichos del Randall, no te voy a decir que ése fuera mi preferido; de hecho, estaba bien lejos de serlo; y calculo que no se le debe de haber ocurrido a él, seguramente se lo había escuchado decir a otro; y este otro vayamos a saber de qué calaña sería. Lo cierto es que aquello del cura y la sotana parece venir a cuento de lo que te dije los otros días aun cuando ni los curas ni las sotanas se lleven bien conmigo —me refiero, claro, al campo de las oficialidades; porque, si se me viniera alguien que, siendo cura, no me lo confiara, para mí sería lo mismo que si fuera el mismísimo Nerón.
Dicho lo anterior, ya podés sonreír viendo que estoy entrando a los tribunales con el pie izquierdo —dicho, éste último, que no le recuerdo al Viejo ni una sola vez (por suerte para él).
Dicho lo anterior (de nuevo), voy al punto de lo que me interesa; una afirmación (animosa, si se quiere): Más importante que ponerse a pensar críticamente sobre la existencia de un dios (cualquiera), es hacerlo acerca de las circunstancias que vuelven dicha existencia, si no necesaria, al menos posible.
Lo anterior se podría tratar desde las arcas de la sociología, desde las de la psicología, de las de la política... pero básicamente (y traigo este adverbio de modo bien literal) se trata de una cuestión ética.
Ahora bien, así como es clarísima la línea donde hay que dejar de hablarle al cirujano cuando está por operar del corazón a un pobre bendito, y de ninguna manera decir si el corte tiene que ser longitudinal o en cruz, o si la costura tiene que ser tipo hilván o en la forma de una trenza reforzada, no es tan clara la línea donde el cirujano debe callarse frente a un pensador a la hora de discutir un problema ético.
Porque a la hora de la ética pareciera que lo que tiene para decir quien sale a la luz de la calle luego de estar diez horas dentro del boliche emborrachándose y la opinión de quien ha pasado ese mismo lapso leyendo Foucault valen lo mismo.
Esto último pareciera ser parte de la herencia de la democracia; de uno de sus costados más perversos. Esta democracia que nos dice que el voto de cada quien vale lo mismo; el de quien alquila su DNI por $100 y el del cirujano de quien te hablaba hace un ratito, el del barra-brava que le saca filo al cepillo de dientes que el de la hermana enfermera, el de la señora que se ha pasado la tarde tomando el té con sus compañeras de la secundaria que el del astrofísico. Y allá vamos por el mundo creyendo que podemos decir lo se nos cantara el antojo, lo cual está muy bien; el problema es que cada quien pretende que se le dé a sus palabras el mismo valor —y así es como termina el futbolista dando cátedra de poligamia.
En el sentido de lo anterior, hay personas que parecen creer que, como han pasado de moda, mis lecturas de 1980 ya no tiene peso en lo que pienso y, luego, en lo que digo o, para decirlo con propiedad, en lo que aprecio, sostengo y defiendo porque su lugar es alto. Y aquellas lecturas de 1980 no se detuvieron ahí sino que continuaron y se fueron acompañando de otras que no las depreciaron... ¿cuántos años han pasado?...
Por esto es que, cuando digo que no les tengo afecto a quienes lloran por cualquier cosa y vos escuchás que lo que digo es que llorar está mal, no soy yo quien se equivoca en lo que dice sino que sos vos quien escucha una voz que no es la mía —no perdamos de vista el poder de lo simbólico, ¿sí?: aun cuando hablo acá de la cuestión del llanto, lo mismo ocurre con otras de las que he hablado y a las que he tirado para que se estrellaran contra la pared. En cuanto a la otra voz, ésa que no es la mía, no me interesa saber de quién es, aunque pudiera ser que sí a vos averiguarlo.
Hay momentos cuando el llanto tiene valor y mucho; y para que lo tenga es que no hay que llorar por cualquier cosa: o caemos en lo que se cuenta en la fábula del pastor y el lobo. Y para no llorar por cualquier cosa hay que poner esfuerzo; un esfuerzo que hay cueros que no soportan.
¿Quiero decir que lo que sostengo y hago público es para convencer a otros para que hagan lo mismo, que lo hago con la esperanza de cambiar el mundo?
Mirá; si hay algo de lo que estoy convencido es que una de las primeras cosas de las que hay que desprenderse para ser libre es de la esperanza. Así que difícilmente me vas a poder correr por ese lado. La esperanza es la cuerda que nos tiran al cuello tanto lo religiosos como los políticos —quienes vendrían a ser religiosos sin pudor.
¿Quiero decir ahora que me librado de la esperanza?
No; la verdad sea dicha: todavía me produce urticarias por acá y por ahí. Pero el solo hecho de estar ocupado en la tarea de librarme de ella ya me deja en una mejor posición que ésa en la que están quienes creen que perder la esperanza es lo peor que les podría pasar, que es la antesala del fin-del-mundo... —esto último pudiera ser cierto, la cuestión en todo caso es pensar qué mundo se termina y cuál comienza.
Sostengo lo que aprecio y lo hago público por una cuestión de soledades. Sí; soledades. Porque así como quienes no aceptan los grilletes, que los distintos sacerdotes quieren imponerles, se quedan solos de dios, hay quienes se quedan solos de palabras: no tienen a quién hablarle, no tienen de quién dejarse hablar. Y algunos de ellos pudiera cruzarse con alguna de esas palabras que hablan de lo que aprecio y pudiera significar la diferencia entre una cena fría y un bife de chorizo cocido a punto y recién sacado de la parrilla. Estoy hablando, claro, de palabras que no se escuchan en cualquier parte.
Por eso, cuando digo que el lugar del llanto no puede ser cualquiera, estoy defendiendo a quien llora mejor que vos.
Y, con toda seguridad, no espero que nadie llore por eso.
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