Necochea; 4 de febrero de 1998
Querido Bobby:
Se cumplen otros cinco años y, tal como lo vengo
haciendo desde la última vez que nos vimos, te escribo estas líneas casi de
manera automática. Pero no lo tomes como cosa peyorativa; el que me salgan
automáticamente tiene más que ver con la confianza que siempre hubo entre
nosotros antes que con falta de sentimiento.
También
igual que siempre, estoy sentado bajo el alero de tu casa, la que fuera de tu
abuelo; y, cada tanto, levanto la vista hacia la avenida por donde ya casi
nadie circula. La villa costera está prácticamente abandonada, quedan algunas
pandillas de chicos vagabundos, los traficantes que andan de paso y los que
todavía vienen al casino —aunque, te aclaro, que más parece un tugurio de los
que supimos conocer en la Patagonia.
Esta
mañana anduve caminando por la playa... Te juro que hay momentos cuando, al
mirar hacia las dunas, todo parece igual. Y —¿para qué te voy a mentir?— me
persigue aquella sensación de que vas a aparecer en cualquier momento. Pero los
dos sabemos que no ocurrirá, no podemos arriesgarnos... ¿Cuántos años faltan?
¿Diez? Bueno, ya sé; eso depende de cómo —y dónde— los contemos... Como ves,
todavía no me acostumbré del todo a pensarlo de esa manera.
Mientras
caminaba, me estuve acordando de la última vez: de aquel verano del '78... Yo
no tenía planeado venir, pero estaba escrito que nos teníamos que encontrar,
¿no? Al menos, en eso estuvimos de acuerdo, las señales no nos dejaron otra
alternativa.
Mis
viejos habían alquilado aquella casita, cerca de la Diagonal... Si la vieras
ahora, es una ruina; ayer pasé, de puro melanco nomás, y casi me agarra la
noche de lo pasmado que me puse. En el baldío lindante, estaban acampando unos
gitanos; de no haber sido por ellos, me habría congelado sin remedio... Esa
sopa que me dieron fue lo más delicioso que he probado en mucho tiempo. Me
pregunto si el Colman seguirá abierto... Vos te vas a reír, pero la sopa de
ayer me hizo acordar a la Mónika... Supongo que, puesto que no tengo nada para
hacer hasta que pase el verano, me voy a mandar hasta Miramar; con suerte, no
puede ser más de un día de camino, aunque, claro, podría toparme con algún
imprevisto... ¿Perderme? No; no creo... No es que el paisaje sea el mismo de
hace veinte años, pero por el camino de la costa, ése que los dos conocemos, no
hay muchas desviaciones que digamos, ¿eh?
Sí,
sí, ya sé; te estaba diciendo del verano del '78... Mis viejos insistieron
tanto... No sé por qué mi cumpleaños 24 era tan importante para ellos; a mí, me
parecía como si los años no pasaran. Ser maestro de música me había dado la
independencia que tanto buscaba, pero cuando Carolina me dijo que se iba a
Bahía Salvador, con las amigas, y que no quería encontrarme a su regreso, el
mundo se me vino abajo, como reseco. No fue que me sorprendiera; lo que
realmente me alarmó fue darme cuenta de que habría querido estar con ella más
tiempo, demostrarle que era mejor de cómo me había comportado en los dos años
compartidos... Pero, hermano, es inútil, las oportunidades son precisamente
eso, y si se dejan pasar, sonaste... Pero mirá a quien se lo estoy diciendo;
vos lo sabés mejor que nadie, y aquel febrero yo también me lo aprendí a fuego.
Mis
viejos habían alquilado la parte de atrás; en la del frente, estaban esos
muchachos: Pablo —el armenio, Claudia— la hermana de Pablo, Fernando —el novio
de Claudia, y Teresa— estoy seguro de que te acordás de ella, pero por las
dudas te cuento que era prima de Fernando —al parecer, el armenio la miraba con
ojos de enamorado sin suerte. Eran muy buenas personas, hasta le cayeron bien a
mi vieja, quien para esas cosas era más difícil que clavar un clavo en cemento
armado. Yo había ido de paso, para estar con ella y el viejo el día de mi cumple,
pero esos atorrantes me cayeron tan bien que al final me quedé hasta el último
día de enero, y un poco más, como ya sabés.
Había
llevado el grabador, ¿te acordás?, y una pila de cassettes grabadas
prolijamente a lo largo del año anterior: la colección de discos de Carolina
era impresionante... Los armenios se habían re-copado con el "Déjà
Vû" de CSN&Y... Digo "los armenios" porque fue como vos
mismo los bautizaste, ¿te vas acordando? De no haber sido por ellos, las cosas
habrían resultado mucho peor; eso es algo que nunca les podremos pagar.
Yo
tenía esta maldita idea de "grabar la costa"... Pero no en el
balneario; lo que menos quería era conservar una cinta repleta de gritos,
música de radios y risas ajenas... No; eso no. Lo había planeado muy bien
mientras viajaba en el micro: me iba a ir caminando hacia el sur, hasta donde
ya no hubiera más nadie... Pensar que, sin saberlo, estaba haciendo el Camino
del Pez dos años antes que él.
Pero
vos, Bobby, ya lo sabías, habías estado ahí... Hoy lo entiendo bien y comprendo
por qué no podías decírmelo: por un lado, no te hubiese creído una sola
palabra; por el otro, habría sido muy peligroso si hubiese llegado a creerte...
Así eran las cosas entonces, no solamente fragmentarias, como algunas lo siguen
siendo aun hoy, en cambio, estaban partidas en pedazos incompletos. Hoy, los
fragmentos están enteros; lo que está partido es el mundo.
Así
fue que aquella mañana de mi cumpleaños, me fui con el grabador hasta la
costa... Cuando lo compré, fue toda una fiesta: hacía mucho que tenía ganas de
organizar una colección con mi música preferida, y fue recién a principios del
'77 que pude juntar la guita. Ganaba bien, pero por aquel entonces aquellos
aparatos eran mucho más caros que cuando los mercados se vinieron abajo. Era un
pequeño tesoro: un sharp monoaural con radio incluida, hasta podía grabar
directo de la FM, toda una maravilla. En casa de Carolina, claro, había un
sistema de sonido de puta madre, pero no era mío; en este sentido, las cosas
entre ella y yo siempre estuvieron claras; tanto que aun hoy, si me preguntás
qué pasó para que la hiciera a un lado justo en ese momento, no te lo sabría
contestar... A menos, claro, que se tratara de esas amigas de la secundaria...
Pero
volvamos a la mañana de mi cumple... Había algunas nubes, pero no tantas como
para asustar a nadie. Los veraneantes habían salido hacia la playa como en las
mejores épocas, y yo, después del desayuno, me dije que ése era el día
indicado: qué mejor que mi cumpleaños; aquello le daría a la grabación un
elemento extra, uno que podría compartir secretamente sólo con quienes
estuvieran al tanto del valor de esa fecha.
Después
de una hora de caminata, empezó a soplar el conocido viento necochense y, lejos
de parar como solía hacer imprevistamente, fue en aumento; las nubes que
flotaban allá a lo lejos se vinieron de golpe y la lluvia se desencadenó a lo
loco. Encontré una bolsa de plástico... No; más preciso sería decir que la
guacha me dio en plena cara justo antes del aguacero... En fin... Me vino
bárbaro: envolví el grabador para que no se mojara y empecé a grabar.
Me
quedé un rato sentado cerca de las rocas, pero cuando la lluvia fue amainando,
me acerqué hasta la orilla. Todavía tengo aquella cassette, se acaba justo
cuando aparece tu voz diciendo: "Once años no te han vuelto menos
loco." El mes pasado quise escucharla, pero la cinta está tan estirada que
da pena... No te preocupes: no tengo intenciones de tirarla.
Cuando
pienso que al terminar de escribirla, voy a dejar esta carta en el hueco que
está en las rocas, más allá de Playa Florida, la piel se me pone fría, otra
vez... Tengo que hacerte una confesión: la vez pasada, en el '93, regresé al
día siguiente de dejar la carta... Quería estar seguro, ¡qué se yo!... Por
supuesto ya no estaba; pero me pasó algo inolvidable: sobre el borde del
acantilado, había un pájaro muy parecido al que encontramos en el '78, ¿te
acordás ?... Sí, ya te vas a acordar: tenía el pecho rojo como una llamarada...
Si bien no son muy comunes por esta zona, hasta ahí, ver uno igual podía pasar;
pero resulta que se largó en contra del viento y, cuando estuvo sobre mi
cabeza, lanzó un grito que fue como un trueno, y dando una vuelta desapareció
siguiendo la playa, hacia el sudoeste. Si eso no fue una señal para indicarme
que no debía estar allí, me daría gran placer que alguien me lo explicara.
Ah;
pero si aquello hubiese sido todo... Cuando volví para acá, a lo de tu abuelo,
sobre el cartel donde dice "O'Connor", había dos abadejos de lo más
enamorados. Se quedaron ahí hasta la noche; lo sé porque los estuve mirando,
sentado en el mismo sillón donde estoy ahora, mientras me tomaba un café y
disfrutaba uno de los últimos luckies que me quedaban. En un descuido —habrá
sido que me distraje por las explosiones que aquel año ya llegaban más al sur—
desaparecieron... No sé por qué insisto en usar este verbo,
"desaparecer"... Lo más probable es que se volaran... ¿No?
Te
contaba de la cinta, del momento cuando aparece tu voz... Seguro que sigue
siendo igual de grave, casi cascada, con ese salto de tono que, tal como
imaginé luego de tu relato, se te pegara en los años cuando viviste en las
afueras de Dublín, y nunca quisiste abandonar. A los pocos días, me confesaste
que esperabas que saliera rajando, pero yo tenía ya esta lentitud que me hace
mirar primero, muy quieto, y esperar el próximo movimiento; la misma que nos
salvó cuando apareció la brigada y la Tere reaccionó primero.
"Once
años", dijiste; pero vos estabas más viejo, como de cuarenta y pico. Sin
embargo, me fue imposible dudar, no podías ser otra persona. "Te vengo a
salvar", me anunciaste, "para que me puedas salvar a mí." Y no
te voy a mentir diciendo que sonó de lo más raro, sigue sonando así; sin
embargo, quedan pocas cosas normales en mi vida.
A
Teresa, le gustaste en cuanto te vio: un tipo maduro, rubio, de voz grave; creo
que ni siquiera se dio cuenta de que te raleaba el cabello. Supongo que fue por
eso que le pateó las bolas al milico; y de no haber sido por aquella patada...
Cuando
te fuiste para el hotel, el armenio me hizo todas las preguntas que se le
ocurrieron... ¡Como si yo hubiese tenido las respuestas! Claro que, de haberlas
tenido, habría arruinado todo; hiciste bien en esperar hasta el final. Y no lo
digo porque desconfiara de vos —ahí estaban tus 44 años para probarlo— sino
porque el miedo es muy traicionero: vos ya lo sabías, y yo lo aprendí en los
años que siguieron. Pensar que ahora soy casi tan viejo como vos entonces.
Aquel
verano del '68 cuando, después de un año de no vernos, te viniste hasta casa
para decirme que te ibas a vivir a Córdoba, con tu viejo, supe que tu niñez
había terminado, y no sé por qué, sentí que también te llevabas la mía. Supongo
que por eso dijiste "once años", porque no contaste aquella visita de
despedida. No conduce a ninguna parte que nos pongamos a pensar cómo habría
sido de otro modo; los dos sabemos que ese "otro modo" jamás habría
sido posible: estábamos ya marcados para lo que somos.
¿Te
acordás de la primera vez que nos vimos?: vos tenías seis años recién cumplidos,
y yo, hacía dos meses. Llovía. Vos tenías aquellos pantalones grises que te
llegaban casi a las rodillas, y el pelo tirado para atrás, a la gomina, cosa
que parecía abrirte la cara hacia el mundo entero. Claro que, en ese momento,
el mundo era aquel despelote de madres y maestras que, con tal de no mojarse,
se apiñaban a la entrada, junto a la puerta de la secretaría. No nos dimos
mucha bola, yo había llegado en uno de los micros y estaba mudo como lombriz;
vos te despedías de tu vieja y gozabas la ventaja de tener dos hermanas mayores
ya en la escuela. Ninguno de los dos sospechaba que los siete años siguientes
serían algunos de los mejores de nuestras vidas. Vos y el Francés tuvieron uno
de yapa, ése durante el cual no nos vimos... Qué curioso: nosotros no lo
llamábamos así, "Francés", eso era en su barrio —me enteré una vez
que lo fui a visitar, creo que estábamos en segundo grado... ¡Quién se iba a
imaginar nuestros destinos, colgados ahí arriba, casi pegados al techo, junto a
la puerta de la secretaría, como una red ineludible!
Yo
tenía todo planeado para salir esa noche a festejar mi cumpleaños con los
armenios, y no me sorprendí cuando Teresa te invitó a venir; yo mismo te había
dicho que trataría de convencerlos de incluirte en la salida, y cuando vi cómo
te miraba, supe que el asunto estaba arreglado desde el principio. Lo que jamás
habría podido adivinar era que tu venida sería imprescindible para que la
brigada no nos acribillara esa noche.
Teresa
nunca se habría jugado de semejante manera por el armenio, le tenía afecto,
pero no como para arriesgar su propia vida; con vos fue distinto, pareció como
si te conociera desde siempre, y aun cuando no me quisiste decir nada al
respecto, juraría que algo de eso hubo.
Claudia
se había puesto algo incómoda, creo que ya se había imaginado una boda doble,
pero no fue para tanto, creo que a ella también le gustaste, pero hacía ya tres
años que salía con Fernando, y no era una mujer intempestiva, jamás se habría
arriesgado a un escándalo. El que verdaderamente me dio un poco de lástima fue
Pablo, pero lo cierto es que ya parecía pollo mojado desde antes, no sé si
tanto porque Teresa le daba la bola justa, o porque así había sido durante toda
su vida; y podés creerme que, por las pocas veces que lo volví a ver a lo largo
de los años, ese gesto en su cara no cambió mucho.
Claro
que vos y yo nos habríamos podido ir a festejar por nuestra cuenta, total qué
te importaba que los mataran a ellos, al que tenías que salvar era a mí. Nunca
me dijiste nada sobre esto, pero con lo que fue pasando después, me di cuenta
de que los necesitabas también a ellos: unos perfectos extraños en mi vida
hasta ese verano.
Y
los milicos no se nos cruzaron de casualidad, ¿no? Ésos sabían muy bien lo que
hacían, tenían órdenes precisas; pero esperaban a cinco y se toparon con
seis... Ese momento de duda anterior a que el sargento te apuntara, la reacción
de Teresa y esa pistola que nunca supe dónde mierda tenías escondida
resolvieron la noche, los meses que siguieron y la suerte, o casi, de toda la
guerra, la maldita guerra cuyas secuelas todavía nos acechan.
Supongo
que también sabías lo que vendría después... Rompiste el corazón de Teresa en
miles de pedazos, así como así, a la semana de haber aparecido, y te esfumaste
de sus vidas como el fantasma que fuiste por pocos días. De otro modo, ella
jamás se habría fijado en mí cuando nos volvimos a ver, a mi regreso de la
Patagonia. Al principio creí que ocurrió así porque yo era el único eslabón que
la conectaba con vos, pero al mes de andar juntos, ninguno de los dos se
preocupó más por que tu espíritu se apareciera de improviso.
Claudia
se casó con Fernando en el invierno y la fiesta fue descomunal, estos armenios,
aun con el pasado tan triste que les tocó, sí que saben divertirse sin
ataduras. Al verano siguiente, Fernando murió en el ataque a Misiones, pero
Clau ya estaba embarazada, esperando a Guille. La Tere y yo nunca nos casamos,
pero estuvimos juntos hasta el '95; esparcí sus cenizas, tal como me lo
pidiera, en Punta Negra, alguna vez te contaré por qué ahí. No tuvimos chicos,
yo no puedo; pero sospecho que eso es algo que también sabías, lo mismo que la
habilidad de Guille con las computadoras, yo mismo le enseñé las primeras
mañas, fue como un hijo para mí; el pibe se unió a la resistencia hace dos años
y no tengo la menor idea de dónde estará, pero sé que anda por ahí, le tengo
una confianza ciega a sus habilidades; además, las malas noticias se saben
rápido, se lo repito a Claudia cada vez que puedo.
Guille
siempre andaba con su ejemplar de la novela de tu amigo encima, ésa donde te
nombran como si fueses un personaje de fantasía: ¡si hasta estás con tu nombre
verdadero! Cuando me la mostró, casi me caigo de culo; estamos todos,
especialmente David, ya sabés, el amigo del Francés... Otra vez; es como si no
pudiera decir su nombre, a esta altura, me da la sensación de estar hablando
conmigo mismo, esto nunca me pasó en la escuela; yo, por suerte, aparezco en
ese libro con otro apellido, pero creo que el pibe se dio cuenta, algún gesto
me debe de haber traicionado... Sí, tiene que haber sido un gesto, porque irme
de boca no es mi estilo, en eso sigo tal cual.
Me
pregunto de dónde me habrá venido esta idea de ir para Miramar... La Tere y yo
estuvimos ahí hace unos tres años, fue entonces que conocí a la Mónika, y te
aclaro que no me sorprendí de más cuando caí en la cuenta de que ustedes ya se
conocían, era lógico, fue como cerrar otra vuelta de la espiral. Parece buena
mina, nos trató de lo mejor, supongo que algo se olió aun cuando nada más le
conté que habíamos sido compañeros de escuela. De todos modos, no me pareció
que estuviera interesada en vos —ya sabés, más allá de una amistad —aunque,
bueno, las amistades ya no son como solían ser, hay otros valores mezclados,
sin olvidar la supervivencia —Claudia y yo lo sabemos muy bien. Ahora recuerdo
que nos presentó a un tipo, un viejo, que estaba ahí todas las noches: llegaba
después de la cena, se pedía un jarro de cerveza negra, hablaba con cualquiera
que se le acercara —era como si estuviera esperando a alguien. Habrá estado ahí
unos veinte días, y de pronto no lo vimos más; la Nika nos contó, justo antes
de irnos, que se había vuelto a su trabajo, creo que en una de las provincias
de más al norte, en una estancia —los datos que nos dio la Nika no fueron muy
precisos, la verdad. La Tere y yo estuvimos hablando con él una sola noche, y
fue suficiente: le entendimos menos de la mitad de lo que nos dijo, era como
si, en lo que nosotros le decíamos, él escuchara ecos que venían desde otra
parte, una parte demasiado "otra" para nuestra paciencia. No me
extrañaría que a ése también lo conozcas; mirá, hermano, parecemos salidos del
mismo zoo, aunque de jaulas diferentes.
Aquel
28 de febrero, los armenios se fueron antes del mediodía; y mis viejos, un rato
después. Yo tenía planeado pasar la tarde en la playa, esperar la caída del
sol, igual que solía hacer cada vez que las vacaciones llegaban a su fin, ése
había sido siempre, para mí, el fin del verano... Pero apareciste de nuevo,
otra vez desde la nada, como si hubieses pegado un salto de tres semanas,
estabas con la misma ropa, con la barba crecida igual que la noche cuando le
dijiste adiós a la Tere... Y así había sido, ¿no?, como en un salto, como pasar
por una puerta que en su frente dijera 11 de febrero, y 28 en el dorso... Ya me
falta menos para probar otra vez lo que se siente; pero no importa, lo
importante es mantener este ritual, que vos puedas estar seguro de que estaré
en el lugar y el momento indicados, tal como me lo pediste. Y así será,
hermano; así será. Después de esos dos meses en Trelew, podés estar seguro.
¿Sabés? Varias veces estuve tentado de decirle a la Tere que visitáramos esa
ciudad, aun cuando sabía que no sería la misma a la que fuimos vos y yo, que la
posada del Oso Gemelo se llamaría de otra manera, que el dueño no sería ese
barbudo que... ¿Dónde es que está ahora?... Ah, sí: en el Oso Negro, esa
pulpería de... ¿Gualeguay? Ahora recuerdo que nos contó que la había heredado
de su padre, el viejo Magrego. Me hacía sentir aquel escalofrío cada vez que me
miraba de esa manera escrutadora, era como si me conociera pero no atinara a
ubicar de dónde, o como si se resistiera a hacerlo. Solía anunciar la llegada
de alguien que nunca aparecía, lo cual provocaba las risas de los presentes, lo
hacía cada viernes, y era entonces que me echaba aquel ojo inquietante, como si
creyera que yo sabía por qué su amigo no llegaba... Bueno; en realidad, nunca
dijo que fuera su amigo, éstas son suposiciones mías. Y es lo que más tengo: suposiciones;
es la única manera como me las ingenio para juntar los pedazos de todo este
asunto y, así, poder pasar de uno a otro; puentes construidos con suposiciones,
la mayoría de ellos: incompletos, no alcanzan para cruzar el espacio negro que
me queda cada vez que intento ir más allá. Ah; pero ya me conocés: lo seguiré
intentando, y así seguiré hasta el mismísimo día cuando nos volvamos a
encontrar.
Tenés
mi abrazo, como siempre,
Daniel.
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