martes, 17 de enero de 2012

En torno al Árbol (porque sigue en nosotros)



Necochea; 4 de febrero de 1998
Querido Bobby:
            Se cumplen otros cinco años y, tal como lo vengo haciendo desde la última vez que nos vimos, te escribo estas líneas casi de manera automática. Pero no lo tomes como cosa peyorativa; el que me salgan automáticamente tiene más que ver con la confianza que siempre hubo entre nosotros antes que con falta de sentimiento.
            También igual que siempre, estoy sentado bajo el alero de tu casa, la que fuera de tu abuelo; y, cada tanto, levanto la vista hacia la avenida por donde ya casi nadie circula. La villa costera está prácticamente abandonada, quedan algunas pandillas de chicos vagabundos, los traficantes que andan de paso y los que todavía vienen al casino —aunque, te aclaro, que más parece un tugurio de los que supimos conocer en la Patagonia.
            Esta mañana anduve caminando por la playa... Te juro que hay momentos cuando, al mirar hacia las dunas, todo parece igual. Y —¿para qué te voy a mentir?— me persigue aquella sensación de que vas a aparecer en cualquier momento. Pero los dos sabemos que no ocurrirá, no podemos arriesgarnos... ¿Cuántos años faltan? ¿Diez? Bueno, ya sé; eso depende de cómo —y dónde— los contemos... Como ves, todavía no me acostumbré del todo a pensarlo de esa manera.
            Mientras caminaba, me estuve acordando de la última vez: de aquel verano del '78... Yo no tenía planeado venir, pero estaba escrito que nos teníamos que encontrar, ¿no? Al menos, en eso estuvimos de acuerdo, las señales no nos dejaron otra alternativa.
            Mis viejos habían alquilado aquella casita, cerca de la Diagonal... Si la vieras ahora, es una ruina; ayer pasé, de puro melanco nomás, y casi me agarra la noche de lo pasmado que me puse. En el baldío lindante, estaban acampando unos gitanos; de no haber sido por ellos, me habría congelado sin remedio... Esa sopa que me dieron fue lo más delicioso que he probado en mucho tiempo. Me pregunto si el Colman seguirá abierto... Vos te vas a reír, pero la sopa de ayer me hizo acordar a la Mónika... Supongo que, puesto que no tengo nada para hacer hasta que pase el verano, me voy a mandar hasta Miramar; con suerte, no puede ser más de un día de camino, aunque, claro, podría toparme con algún imprevisto... ¿Perderme? No; no creo... No es que el paisaje sea el mismo de hace veinte años, pero por el camino de la costa, ése que los dos conocemos, no hay muchas desviaciones que digamos, ¿eh?
            Sí, sí, ya sé; te estaba diciendo del verano del '78... Mis viejos insistieron tanto... No sé por qué mi cumpleaños 24 era tan importante para ellos; a mí, me parecía como si los años no pasaran. Ser maestro de música me había dado la independencia que tanto buscaba, pero cuando Carolina me dijo que se iba a Bahía Salvador, con las amigas, y que no quería encontrarme a su regreso, el mundo se me vino abajo, como reseco. No fue que me sorprendiera; lo que realmente me alarmó fue darme cuenta de que habría querido estar con ella más tiempo, demostrarle que era mejor de cómo me había comportado en los dos años compartidos... Pero, hermano, es inútil, las oportunidades son precisamente eso, y si se dejan pasar, sonaste... Pero mirá a quien se lo estoy diciendo; vos lo sabés mejor que nadie, y aquel febrero yo también me lo aprendí a fuego.
            Mis viejos habían alquilado la parte de atrás; en la del frente, estaban esos muchachos: Pablo —el armenio, Claudia— la hermana de Pablo, Fernando —el novio de Claudia, y Teresa— estoy seguro de que te acordás de ella, pero por las dudas te cuento que era prima de Fernando —al parecer, el armenio la miraba con ojos de enamorado sin suerte. Eran muy buenas personas, hasta le cayeron bien a mi vieja, quien para esas cosas era más difícil que clavar un clavo en cemento armado. Yo había ido de paso, para estar con ella y el viejo el día de mi cumple, pero esos atorrantes me cayeron tan bien que al final me quedé hasta el último día de enero, y un poco más, como ya sabés.
            Había llevado el grabador, ¿te acordás?, y una pila de cassettes grabadas prolijamente a lo largo del año anterior: la colección de discos de Carolina era impresionante... Los armenios se habían re-copado con el "Déjà Vû" de CSN&Y... Digo "los armenios" porque fue como vos mismo los bautizaste, ¿te vas acordando? De no haber sido por ellos, las cosas habrían resultado mucho peor; eso es algo que nunca les podremos pagar.
            Yo tenía esta maldita idea de "grabar la costa"... Pero no en el balneario; lo que menos quería era conservar una cinta repleta de gritos, música de radios y risas ajenas... No; eso no. Lo había planeado muy bien mientras viajaba en el micro: me iba a ir caminando hacia el sur, hasta donde ya no hubiera más nadie... Pensar que, sin saberlo, estaba haciendo el Camino del Pez dos años antes que él.
            Pero vos, Bobby, ya lo sabías, habías estado ahí... Hoy lo entiendo bien y comprendo por qué no podías decírmelo: por un lado, no te hubiese creído una sola palabra; por el otro, habría sido muy peligroso si hubiese llegado a creerte... Así eran las cosas entonces, no solamente fragmentarias, como algunas lo siguen siendo aun hoy, en cambio, estaban partidas en pedazos incompletos. Hoy, los fragmentos están enteros; lo que está partido es el mundo.
            Así fue que aquella mañana de mi cumpleaños, me fui con el grabador hasta la costa... Cuando lo compré, fue toda una fiesta: hacía mucho que tenía ganas de organizar una colección con mi música preferida, y fue recién a principios del '77 que pude juntar la guita. Ganaba bien, pero por aquel entonces aquellos aparatos eran mucho más caros que cuando los mercados se vinieron abajo. Era un pequeño tesoro: un sharp monoaural con radio incluida, hasta podía grabar directo de la FM, toda una maravilla. En casa de Carolina, claro, había un sistema de sonido de puta madre, pero no era mío; en este sentido, las cosas entre ella y yo siempre estuvieron claras; tanto que aun hoy, si me preguntás qué pasó para que la hiciera a un lado justo en ese momento, no te lo sabría contestar... A menos, claro, que se tratara de esas amigas de la secundaria...
            Pero volvamos a la mañana de mi cumple... Había algunas nubes, pero no tantas como para asustar a nadie. Los veraneantes habían salido hacia la playa como en las mejores épocas, y yo, después del desayuno, me dije que ése era el día indicado: qué mejor que mi cumpleaños; aquello le daría a la grabación un elemento extra, uno que podría compartir secretamente sólo con quienes estuvieran al tanto del valor de esa fecha.
            Después de una hora de caminata, empezó a soplar el conocido viento necochense y, lejos de parar como solía hacer imprevistamente, fue en aumento; las nubes que flotaban allá a lo lejos se vinieron de golpe y la lluvia se desencadenó a lo loco. Encontré una bolsa de plástico... No; más preciso sería decir que la guacha me dio en plena cara justo antes del aguacero... En fin... Me vino bárbaro: envolví el grabador para que no se mojara y empecé a grabar.
            Me quedé un rato sentado cerca de las rocas, pero cuando la lluvia fue amainando, me acerqué hasta la orilla. Todavía tengo aquella cassette, se acaba justo cuando aparece tu voz diciendo: "Once años no te han vuelto menos loco." El mes pasado quise escucharla, pero la cinta está tan estirada que da pena... No te preocupes: no tengo intenciones de tirarla.
            Cuando pienso que al terminar de escribirla, voy a dejar esta carta en el hueco que está en las rocas, más allá de Playa Florida, la piel se me pone fría, otra vez... Tengo que hacerte una confesión: la vez pasada, en el '93, regresé al día siguiente de dejar la carta... Quería estar seguro, ¡qué se yo!... Por supuesto ya no estaba; pero me pasó algo inolvidable: sobre el borde del acantilado, había un pájaro muy parecido al que encontramos en el '78, ¿te acordás ?... Sí, ya te vas a acordar: tenía el pecho rojo como una llamarada... Si bien no son muy comunes por esta zona, hasta ahí, ver uno igual podía pasar; pero resulta que se largó en contra del viento y, cuando estuvo sobre mi cabeza, lanzó un grito que fue como un trueno, y dando una vuelta desapareció siguiendo la playa, hacia el sudoeste. Si eso no fue una señal para indicarme que no debía estar allí, me daría gran placer que alguien me lo explicara.
            Ah; pero si aquello hubiese sido todo... Cuando volví para acá, a lo de tu abuelo, sobre el cartel donde dice "O'Connor", había dos abadejos de lo más enamorados. Se quedaron ahí hasta la noche; lo sé porque los estuve mirando, sentado en el mismo sillón donde estoy ahora, mientras me tomaba un café y disfrutaba uno de los últimos luckies que me quedaban. En un descuido —habrá sido que me distraje por las explosiones que aquel año ya llegaban más al sur— desaparecieron... No sé por qué insisto en usar este verbo, "desaparecer"... Lo más probable es que se volaran... ¿No?
            Te contaba de la cinta, del momento cuando aparece tu voz... Seguro que sigue siendo igual de grave, casi cascada, con ese salto de tono que, tal como imaginé luego de tu relato, se te pegara en los años cuando viviste en las afueras de Dublín, y nunca quisiste abandonar. A los pocos días, me confesaste que esperabas que saliera rajando, pero yo tenía ya esta lentitud que me hace mirar primero, muy quieto, y esperar el próximo movimiento; la misma que nos salvó cuando apareció la brigada y la Tere reaccionó primero.
            "Once años", dijiste; pero vos estabas más viejo, como de cuarenta y pico. Sin embargo, me fue imposible dudar, no podías ser otra persona. "Te vengo a salvar", me anunciaste, "para que me puedas salvar a mí." Y no te voy a mentir diciendo que sonó de lo más raro, sigue sonando así; sin embargo, quedan pocas cosas normales en mi vida.
            A Teresa, le gustaste en cuanto te vio: un tipo maduro, rubio, de voz grave; creo que ni siquiera se dio cuenta de que te raleaba el cabello. Supongo que fue por eso que le pateó las bolas al milico; y de no haber sido por aquella patada...
            Cuando te fuiste para el hotel, el armenio me hizo todas las preguntas que se le ocurrieron... ¡Como si yo hubiese tenido las respuestas! Claro que, de haberlas tenido, habría arruinado todo; hiciste bien en esperar hasta el final. Y no lo digo porque desconfiara de vos —ahí estaban tus 44 años para probarlo— sino porque el miedo es muy traicionero: vos ya lo sabías, y yo lo aprendí en los años que siguieron. Pensar que ahora soy casi tan viejo como vos entonces.
            Aquel verano del '68 cuando, después de un año de no vernos, te viniste hasta casa para decirme que te ibas a vivir a Córdoba, con tu viejo, supe que tu niñez había terminado, y no sé por qué, sentí que también te llevabas la mía. Supongo que por eso dijiste "once años", porque no contaste aquella visita de despedida. No conduce a ninguna parte que nos pongamos a pensar cómo habría sido de otro modo; los dos sabemos que ese "otro modo" jamás habría sido posible: estábamos ya marcados para lo que somos.
            ¿Te acordás de la primera vez que nos vimos?: vos tenías seis años recién cumplidos, y yo, hacía dos meses. Llovía. Vos tenías aquellos pantalones grises que te llegaban casi a las rodillas, y el pelo tirado para atrás, a la gomina, cosa que parecía abrirte la cara hacia el mundo entero. Claro que, en ese momento, el mundo era aquel despelote de madres y maestras que, con tal de no mojarse, se apiñaban a la entrada, junto a la puerta de la secretaría. No nos dimos mucha bola, yo había llegado en uno de los micros y estaba mudo como lombriz; vos te despedías de tu vieja y gozabas la ventaja de tener dos hermanas mayores ya en la escuela. Ninguno de los dos sospechaba que los siete años siguientes serían algunos de los mejores de nuestras vidas. Vos y el Francés tuvieron uno de yapa, ése durante el cual no nos vimos... Qué curioso: nosotros no lo llamábamos así, "Francés", eso era en su barrio —me enteré una vez que lo fui a visitar, creo que estábamos en segundo grado... ¡Quién se iba a imaginar nuestros destinos, colgados ahí arriba, casi pegados al techo, junto a la puerta de la secretaría, como una red ineludible!
            Yo tenía todo planeado para salir esa noche a festejar mi cumpleaños con los armenios, y no me sorprendí cuando Teresa te invitó a venir; yo mismo te había dicho que trataría de convencerlos de incluirte en la salida, y cuando vi cómo te miraba, supe que el asunto estaba arreglado desde el principio. Lo que jamás habría podido adivinar era que tu venida sería imprescindible para que la brigada no nos acribillara esa noche.
            Teresa nunca se habría jugado de semejante manera por el armenio, le tenía afecto, pero no como para arriesgar su propia vida; con vos fue distinto, pareció como si te conociera desde siempre, y aun cuando no me quisiste decir nada al respecto, juraría que algo de eso hubo.
            Claudia se había puesto algo incómoda, creo que ya se había imaginado una boda doble, pero no fue para tanto, creo que a ella también le gustaste, pero hacía ya tres años que salía con Fernando, y no era una mujer intempestiva, jamás se habría arriesgado a un escándalo. El que verdaderamente me dio un poco de lástima fue Pablo, pero lo cierto es que ya parecía pollo mojado desde antes, no sé si tanto porque Teresa le daba la bola justa, o porque así había sido durante toda su vida; y podés creerme que, por las pocas veces que lo volví a ver a lo largo de los años, ese gesto en su cara no cambió mucho.
            Claro que vos y yo nos habríamos podido ir a festejar por nuestra cuenta, total qué te importaba que los mataran a ellos, al que tenías que salvar era a mí. Nunca me dijiste nada sobre esto, pero con lo que fue pasando después, me di cuenta de que los necesitabas también a ellos: unos perfectos extraños en mi vida hasta ese verano.
            Y los milicos no se nos cruzaron de casualidad, ¿no? Ésos sabían muy bien lo que hacían, tenían órdenes precisas; pero esperaban a cinco y se toparon con seis... Ese momento de duda anterior a que el sargento te apuntara, la reacción de Teresa y esa pistola que nunca supe dónde mierda tenías escondida resolvieron la noche, los meses que siguieron y la suerte, o casi, de toda la guerra, la maldita guerra cuyas secuelas todavía nos acechan.
            Supongo que también sabías lo que vendría después... Rompiste el corazón de Teresa en miles de pedazos, así como así, a la semana de haber aparecido, y te esfumaste de sus vidas como el fantasma que fuiste por pocos días. De otro modo, ella jamás se habría fijado en mí cuando nos volvimos a ver, a mi regreso de la Patagonia. Al principio creí que ocurrió así porque yo era el único eslabón que la conectaba con vos, pero al mes de andar juntos, ninguno de los dos se preocupó más por que tu espíritu se apareciera de improviso.
            Claudia se casó con Fernando en el invierno y la fiesta fue descomunal, estos armenios, aun con el pasado tan triste que les tocó, sí que saben divertirse sin ataduras. Al verano siguiente, Fernando murió en el ataque a Misiones, pero Clau ya estaba embarazada, esperando a Guille. La Tere y yo nunca nos casamos, pero estuvimos juntos hasta el '95; esparcí sus cenizas, tal como me lo pidiera, en Punta Negra, alguna vez te contaré por qué ahí. No tuvimos chicos, yo no puedo; pero sospecho que eso es algo que también sabías, lo mismo que la habilidad de Guille con las computadoras, yo mismo le enseñé las primeras mañas, fue como un hijo para mí; el pibe se unió a la resistencia hace dos años y no tengo la menor idea de dónde estará, pero sé que anda por ahí, le tengo una confianza ciega a sus habilidades; además, las malas noticias se saben rápido, se lo repito a Claudia cada vez que puedo.
            Guille siempre andaba con su ejemplar de la novela de tu amigo encima, ésa donde te nombran como si fueses un personaje de fantasía: ¡si hasta estás con tu nombre verdadero! Cuando me la mostró, casi me caigo de culo; estamos todos, especialmente David, ya sabés, el amigo del Francés... Otra vez; es como si no pudiera decir su nombre, a esta altura, me da la sensación de estar hablando conmigo mismo, esto nunca me pasó en la escuela; yo, por suerte, aparezco en ese libro con otro apellido, pero creo que el pibe se dio cuenta, algún gesto me debe de haber traicionado... Sí, tiene que haber sido un gesto, porque irme de boca no es mi estilo, en eso sigo tal cual.
            Me pregunto de dónde me habrá venido esta idea de ir para Miramar... La Tere y yo estuvimos ahí hace unos tres años, fue entonces que conocí a la Mónika, y te aclaro que no me sorprendí de más cuando caí en la cuenta de que ustedes ya se conocían, era lógico, fue como cerrar otra vuelta de la espiral. Parece buena mina, nos trató de lo mejor, supongo que algo se olió aun cuando nada más le conté que habíamos sido compañeros de escuela. De todos modos, no me pareció que estuviera interesada en vos —ya sabés, más allá de una amistad —aunque, bueno, las amistades ya no son como solían ser, hay otros valores mezclados, sin olvidar la supervivencia —Claudia y yo lo sabemos muy bien. Ahora recuerdo que nos presentó a un tipo, un viejo, que estaba ahí todas las noches: llegaba después de la cena, se pedía un jarro de cerveza negra, hablaba con cualquiera que se le acercara —era como si estuviera esperando a alguien. Habrá estado ahí unos veinte días, y de pronto no lo vimos más; la Nika nos contó, justo antes de irnos, que se había vuelto a su trabajo, creo que en una de las provincias de más al norte, en una estancia —los datos que nos dio la Nika no fueron muy precisos, la verdad. La Tere y yo estuvimos hablando con él una sola noche, y fue suficiente: le entendimos menos de la mitad de lo que nos dijo, era como si, en lo que nosotros le decíamos, él escuchara ecos que venían desde otra parte, una parte demasiado "otra" para nuestra paciencia. No me extrañaría que a ése también lo conozcas; mirá, hermano, parecemos salidos del mismo zoo, aunque de jaulas diferentes.
            Aquel 28 de febrero, los armenios se fueron antes del mediodía; y mis viejos, un rato después. Yo tenía planeado pasar la tarde en la playa, esperar la caída del sol, igual que solía hacer cada vez que las vacaciones llegaban a su fin, ése había sido siempre, para mí, el fin del verano... Pero apareciste de nuevo, otra vez desde la nada, como si hubieses pegado un salto de tres semanas, estabas con la misma ropa, con la barba crecida igual que la noche cuando le dijiste adiós a la Tere... Y así había sido, ¿no?, como en un salto, como pasar por una puerta que en su frente dijera 11 de febrero, y 28 en el dorso... Ya me falta menos para probar otra vez lo que se siente; pero no importa, lo importante es mantener este ritual, que vos puedas estar seguro de que estaré en el lugar y el momento indicados, tal como me lo pediste. Y así será, hermano; así será. Después de esos dos meses en Trelew, podés estar seguro. ¿Sabés? Varias veces estuve tentado de decirle a la Tere que visitáramos esa ciudad, aun cuando sabía que no sería la misma a la que fuimos vos y yo, que la posada del Oso Gemelo se llamaría de otra manera, que el dueño no sería ese barbudo que... ¿Dónde es que está ahora?... Ah, sí: en el Oso Negro, esa pulpería de... ¿Gualeguay? Ahora recuerdo que nos contó que la había heredado de su padre, el viejo Magrego. Me hacía sentir aquel escalofrío cada vez que me miraba de esa manera escrutadora, era como si me conociera pero no atinara a ubicar de dónde, o como si se resistiera a hacerlo. Solía anunciar la llegada de alguien que nunca aparecía, lo cual provocaba las risas de los presentes, lo hacía cada viernes, y era entonces que me echaba aquel ojo inquietante, como si creyera que yo sabía por qué su amigo no llegaba... Bueno; en realidad, nunca dijo que fuera su amigo, éstas son suposiciones mías. Y es lo que más tengo: suposiciones; es la única manera como me las ingenio para juntar los pedazos de todo este asunto y, así, poder pasar de uno a otro; puentes construidos con suposiciones, la mayoría de ellos: incompletos, no alcanzan para cruzar el espacio negro que me queda cada vez que intento ir más allá. Ah; pero ya me conocés: lo seguiré intentando, y así seguiré hasta el mismísimo día cuando nos volvamos a encontrar.
            Tenés mi abrazo, como siempre,
            Daniel.





---

0 mensajes y comentarios:

Related Posts with Thumbnails