Baires;
11 de marzo de 2007
Estimada
Inés:
Silvia y yo nos encontramos este año en Mar del Plata. Y fue lo más
cercano a un milagro...
Paula, Migui y yo habíamos llegado hacía un rato a la playa, temprano,
a eso de las nueve de la mañana, como era nuestra costumbre aunque estuviera
nublado; y estaba nublado, claro que en Mar del Plata puede estar nublado y ser
un día completamente distinto a la media hora, tanto para bien como para mal...
Bueno... Te decía que habíamos llegado hacía un rato y estábamos ya en el agua.
Paula miraba atentamente porque había plantitas verdes y moradas por todas
partes. Migui ya se me quería ir derechito al África, si es que me descuidaba,
y tenía que alcanzarlo para traerlo de vuelta a profundidades menos riesgosas.
En eso estábamos cuando escuchamos el grito de Paula. Me di vuelta
para mirarla y vi que chapoteaba sin que se pudiera entender cuál era el
problema dado que lo que decía a los gritos era un enredo, cualquier cosa menos
palabras. Le dije a Migui que volviera hacia la playa, cosa que comenzó a
hacer, y nadé hacia Paula como alma que lleva el diablo. Una mujer que andaba
más cerca la alcanzó primero. Para cuando llegué yo, tanto Paula como la mujer
se estaban riendo a las carcajadas: una bolsa de las compras, de esas de
plástico que dan en Toledo, le había rozado la pierna y de ahí el escándalo. Un
chica, algo más grande que Paula se acercó también y le preguntó a la mujer:
¿Todo bien, mamá? Mejor vayamos a secarnos, propuse, y le hice señas a Migui
para que se nos uniera o se quedara en la orilla. Como no me hacía caso, me fui
a buscarlo. Lo convencí de salir del agua después de un rato de negociaciones
de las que no faltó la ida a Sacoa y el paso previo por Manolo y la compra de
un Torpedo Bubaloo y no recuerdo ahora qué más.
Cuando por fin llegamos al sitio donde estaban nuestras cosas, Paula y
su nueva amiga —la hija de la señora que tan gentilmente había acudido en
nuestra ayuda— charlaban hacia un
costado. Fue ahí cuando la miré, hasta ese
momento no le había prestado mucha atención, y descubrí que ella me estaba
mirando del mismo modo; lo que descubrí me erizó hasta los pelitos de las
cejas. Ablandó el gesto escrutador y me preguntó: ¿Daniel? ¿Sos vos? Con cierta
picazón en los costados de la cara le respondí: No pensé que te acordarías...
Ha pasado mucho tiempo; ¿no, Silvia? Sonrió y me dijo: Yo fui la que pensó que
no me recordarías. No se lo dije en ese momento, pero no creo que ninguna
persona fuera capaz de olvidar esos ojos ni de confundirlos con los de alguien
más.
Silvia y yo nos habíamos conocido en Necochea. Ella tenía 13 años y yo
16. Y nos habíamos visto por última vez en la confitería del hotel San Martín,
también de Necochea, el que está en la esquina frente a la plaza, cuando
teníamos 15 y 18, sobre el fin del verano justo antes de que cada quien
regresara a sus rutinas anuales, las que, en nuestro caso, por supuesto, eran
los estudios, los interminables estudios. Siempre hubo una atracción entre los
dos, pero cada vez que llegaba el verano cada quien estaba en pareja con
alguien más. Aquella última vez que nos vimos casi llegamos a besarnos, pero un
desvío de las caras en el último segundo hizo que la despedida fuera un abrazo,
un poco más largo que el de dos amigos, es cierto, pero abrazo y nada más.
Así que ahí estábamos, Silvia y yo, 35 años después, mirándonos a
medias entre lo verosímil y la fantasía; ella con una hija de 17 años y yo con
la mía de 14 y el rebelde de 12. Charlamos como dos personas que recién
terminaban de conocerse, lo cual no estaba lejos de la verdad, salvo por alguno
que otro chispazo que la memoria nos fue acercando. Por ejemplo, no podíamos
creer que los dos recordáramos que ella siempre hacía bromas con respecto a mis
piernas peludas y amenazaba con afeitármelas. Curiosamente, ahora parecen mucho
menos peludas que entonces, hasta podría decirse que son de lo más normales, me
aseguró sin disimular una sonrisa.
Me contó que no dejó de ir a Necochea ningún verano desde entonces, aun
cuando fuera por dos o tres días antes de irse a veranear a otra parte. Por mi
parte, le conté que yo había vuelto por allí en contadas ocasiones —creo que
fueron tres. Clara era su única hija, su marido había muerto hacía tres años,
estaba enfermo del corazón —como la mayoría de nosotros, recuerdo que pensé
justo ahí.
Nos seguimos encontrando en la playa, fuimos a cenar, los cinco, en
tres oportunidades, y conseguimos, dado que las chicas parecían conocerse desde
siempre, que nos dejaran salir solos una noche, a costa de unas cuantas miradas
burlonas, una sola noche que se alargó más de lo que cualquiera habría supuesto
antes de comenzado este verano. Anduvimos por los puestos callejeros, revisamos
librerías, nos compramos una docena de cosas —pulseras, colgantes, libros y
hasta un mate—, cenamos en el puerto y nos fuimos a caminar por la costa ya
pasada la medianoche. Sí, tal cual, como un par de pendejos a quienes sus
padres dejaron solos durante todo un fin de semana.
Me dijo que, cuando éramos chicos, le hacía acordar a Robert Wagner,
no porque me pareciera pero porque hacía un gesto arrugando el entrecejo y
entreabría la boca... La verdad es que no le entendí muy bien. Pero me dio
gracia puesto que siempre pensé que ella era parecida a Natalie Wood; pero con
ojos grises, claro.
Y así llegamos al día de hoy. Todos estamos de regreso en Baires.
Todos nos seguimos viendo. Y Silvia ya vino a conocer el departamento y yo el
suyo —que no está lejos de acá, en Caballito—, y hasta me ha invitado a
quedarme aprovechando que Clarita pasaría la noche a en casa de unas amigas.
No sé si estamos enamorados —me traiciona la edad—, pero la estamos
pasando muy bien. Creo que a ella también le ocurre esto de sentir que ha
recuperado un espacio que ni siquiera sabía que estaba perdido. O puede que,
sencillamente, ambos estemos metidos en la fantasía de creer que somos
adolescentes de nuevo. Como fuere, si es una fantasía, espero que tarde en
desaparecer.
Sé que parece una historia de Paul Auster (malamente literaria en mi caso)
y el hecho de ser escritor no me ayuda en nada para desprenderme de este
pensamiento. Silvia sabe que escribo, pero no he entrado aún en mucho detalle a
este respecto.
Es más, no me lo ha dicho, pero tengo la sensación de que ella ya nos
había estado observando en la playa desde antes del susto de Paula.
Probablemente tratando de ver si mis piernas eran o no lo suficientemente
peludas como para ajustarse al recuerdo que tenía de mí. No sé si
preguntárselo. Probablemente no lo haga; si es que fue así, algún día me lo
dirá.
Ya veremos...

0 mensajes y comentarios:
Publicar un comentario