domingo, 19 de febrero de 2012

Algún día me lo dirá



Baires; 11 de marzo de 2007
Estimada Inés:

Silvia y yo nos encontramos este año en Mar del Plata. Y fue lo más cercano a un milagro...
Paula, Migui y yo habíamos llegado hacía un rato a la playa, temprano, a eso de las nueve de la mañana, como era nuestra costumbre aunque estuviera nublado; y estaba nublado, claro que en Mar del Plata puede estar nublado y ser un día completamente distinto a la media hora, tanto para bien como para mal... Bueno... Te decía que habíamos llegado hacía un rato y estábamos ya en el agua. Paula miraba atentamente porque había plantitas verdes y moradas por todas partes. Migui ya se me quería ir derechito al África, si es que me descuidaba, y tenía que alcanzarlo para traerlo de vuelta a profundidades menos riesgosas.
En eso estábamos cuando escuchamos el grito de Paula. Me di vuelta para mirarla y vi que chapoteaba sin que se pudiera entender cuál era el problema dado que lo que decía a los gritos era un enredo, cualquier cosa menos palabras. Le dije a Migui que volviera hacia la playa, cosa que comenzó a hacer, y nadé hacia Paula como alma que lleva el diablo. Una mujer que andaba más cerca la alcanzó primero. Para cuando llegué yo, tanto Paula como la mujer se estaban riendo a las carcajadas: una bolsa de las compras, de esas de plástico que dan en Toledo, le había rozado la pierna y de ahí el escándalo. Un chica, algo más grande que Paula se acercó también y le preguntó a la mujer: ¿Todo bien, mamá? Mejor vayamos a secarnos, propuse, y le hice señas a Migui para que se nos uniera o se quedara en la orilla. Como no me hacía caso, me fui a buscarlo. Lo convencí de salir del agua después de un rato de negociaciones de las que no faltó la ida a Sacoa y el paso previo por Manolo y la compra de un Torpedo Bubaloo y no recuerdo ahora qué más.
Cuando por fin llegamos al sitio donde estaban nuestras cosas, Paula y su nueva amiga —la hija de la señora que tan gentilmente había acudido en nuestra ayuda—  charlaban hacia un costado. Fue ahí cuando la miré, hasta ese momento no le había prestado mucha atención, y descubrí que ella me estaba mirando del mismo modo; lo que descubrí me erizó hasta los pelitos de las cejas. Ablandó el gesto escrutador y me preguntó: ¿Daniel? ¿Sos vos? Con cierta picazón en los costados de la cara le respondí: No pensé que te acordarías... Ha pasado mucho tiempo; ¿no, Silvia? Sonrió y me dijo: Yo fui la que pensó que no me recordarías. No se lo dije en ese momento, pero no creo que ninguna persona fuera capaz de olvidar esos ojos ni de confundirlos con los de alguien más.
Silvia y yo nos habíamos conocido en Necochea. Ella tenía 13 años y yo 16. Y nos habíamos visto por última vez en la confitería del hotel San Martín, también de Necochea, el que está en la esquina frente a la plaza, cuando teníamos 15 y 18, sobre el fin del verano justo antes de que cada quien regresara a sus rutinas anuales, las que, en nuestro caso, por supuesto, eran los estudios, los interminables estudios. Siempre hubo una atracción entre los dos, pero cada vez que llegaba el verano cada quien estaba en pareja con alguien más. Aquella última vez que nos vimos casi llegamos a besarnos, pero un desvío de las caras en el último segundo hizo que la despedida fuera un abrazo, un poco más largo que el de dos amigos, es cierto, pero abrazo y nada más.
Así que ahí estábamos, Silvia y yo, 35 años después, mirándonos a medias entre lo verosímil y la fantasía; ella con una hija de 17 años y yo con la mía de 14 y el rebelde de 12. Charlamos como dos personas que recién terminaban de conocerse, lo cual no estaba lejos de la verdad, salvo por alguno que otro chispazo que la memoria nos fue acercando. Por ejemplo, no podíamos creer que los dos recordáramos que ella siempre hacía bromas con respecto a mis piernas peludas y amenazaba con afeitármelas. Curiosamente, ahora parecen mucho menos peludas que entonces, hasta podría decirse que son de lo más normales, me aseguró sin disimular una sonrisa.
Me contó que no dejó de ir a Necochea ningún verano desde entonces, aun cuando fuera por dos o tres días antes de irse a veranear a otra parte. Por mi parte, le conté que yo había vuelto por allí en contadas ocasiones —creo que fueron tres. Clara era su única hija, su marido había muerto hacía tres años, estaba enfermo del corazón —como la mayoría de nosotros, recuerdo que pensé justo ahí.
Nos seguimos encontrando en la playa, fuimos a cenar, los cinco, en tres oportunidades, y conseguimos, dado que las chicas parecían conocerse desde siempre, que nos dejaran salir solos una noche, a costa de unas cuantas miradas burlonas, una sola noche que se alargó más de lo que cualquiera habría supuesto antes de comenzado este verano. Anduvimos por los puestos callejeros, revisamos librerías, nos compramos una docena de cosas —pulseras, colgantes, libros y hasta un mate—, cenamos en el puerto y nos fuimos a caminar por la costa ya pasada la medianoche. Sí, tal cual, como un par de pendejos a quienes sus padres dejaron solos durante todo un fin de semana.
Me dijo que, cuando éramos chicos, le hacía acordar a Robert Wagner, no porque me pareciera pero porque hacía un gesto arrugando el entrecejo y entreabría la boca... La verdad es que no le entendí muy bien. Pero me dio gracia puesto que siempre pensé que ella era parecida a Natalie Wood; pero con ojos grises, claro.
Y así llegamos al día de hoy. Todos estamos de regreso en Baires. Todos nos seguimos viendo. Y Silvia ya vino a conocer el departamento y yo el suyo —que no está lejos de acá, en Caballito—, y hasta me ha invitado a quedarme aprovechando que Clarita pasaría la noche a en casa de unas amigas.
No sé si estamos enamorados —me traiciona la edad—, pero la estamos pasando muy bien. Creo que a ella también le ocurre esto de sentir que ha recuperado un espacio que ni siquiera sabía que estaba perdido. O puede que, sencillamente, ambos estemos metidos en la fantasía de creer que somos adolescentes de nuevo. Como fuere, si es una fantasía, espero que tarde en desaparecer.
Sé que parece una historia de Paul Auster (malamente literaria en mi caso) y el hecho de ser escritor no me ayuda en nada para desprenderme de este pensamiento. Silvia sabe que escribo, pero no he entrado aún en mucho detalle a este respecto.
Es más, no me lo ha dicho, pero tengo la sensación de que ella ya nos había estado observando en la playa desde antes del susto de Paula. Probablemente tratando de ver si mis piernas eran o no lo suficientemente peludas como para ajustarse al recuerdo que tenía de mí. No sé si preguntárselo. Probablemente no lo haga; si es que fue así, algún día me lo dirá.
Ya veremos...






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