domingo, 27 de octubre de 2013

Take a walk on the wild side

Baires; lunes 11 de julio de 2011


Algunas personas que me son cercanas, vos incluida, que me conocen desde hace ya bastantes años, saben que soy una persona amistosa, pero no amigable. Pocos buscan la amistad de quien dice la verdad. Y no es que ande yo por ahí diciéndole a todo el mundo lo que pienso sin mayores preámbulos, no —esto lo sabés también—; pasa que, lisa y llanamente, se me nota. Y lo que no se dice, cuando percibido por otro, impulsa a este otro a pasarlo a palabras; y ya sabemos, sobre todo los escritores, que encontrar las palabras justas para eso que se quiere decir o, como sería el caso, lo que suponemos que el otro nos está diciendo nada más que con el aura que lo rodea, no es moco de pavo, requiere de mucha práctica, de mucha gimnasia; y sabido es también que la gimnasia cobra caro la entrada con dolores de grueso calibre, por lo cual pocos avanzan más allá de primer día. De ese modo, el interesado en cuestión siempre yerra, sin excepción, elige mal las palabras y termina en otro lado, suponiendo que la cosa está muy mal pero en el sitio equivocado. Por esto es que la incomodidad que percibo cuando se me pregunta por lo de aquí o lo de más allá me inclina a evitar que se llegue ahí; no siempre se me da la solución feliz para eludir tales momentos, en consecuencia no me acerco demasiado a nadie. (Esto tiene un desarrollo que vas más allá, pero a los efectos de este día, lo voy a posponer.)
Dicho lo anterior y con Lou Reed que insiste en cantar asomado detrás de tu oreja; te cuento:
Era miércoles y había llegado el mediodía, así que, mientras dejaba ir lo que estaba haciendo en la compu, me puse a pensar en qué me gustaría comer, qué de lo que había en casa, claro está, además de la manzana y la mandarina que había sacado de la heladera mientras desayunaba y que, era de esperarse, ya estarían a temperatura ambiente... Te decía, entonces, que cantaba el pleno mediodía cuando sonó el timbre.
Te hago una aclaración: cuando suena el timbre en casa nunca puede saberse a ciencia cierta si es el de casa... Esto se debe a que, por alguna conexión de la que no sabría explicar, podría haber sido el de algún vecino —tanto del costado como de abajo o de arriba. Así, ante la duda, es preferible atender y equivocarse que dejar pasar y que pudiera tratarse, como en mi caso, de alguien que viene a buscar un libro y que me perdiera la venta. Normalmente quienes vienen a buscar libros me avisan antes, para asegurarse de que habrá alguien, pero aun cuando no espero a nadie, como ocurría ahora, atiendo y pregunto.
Así que levanté el auricular del portero-eléctrico y pregunté quién era; una voz desde la vereda preguntó si conocía a alguien cuyo nombre, si bien no encajaba del todo, se parecía demasiado al mío. Cuando pregunté quién era, la voz me respondió que la policía...
No es fácil escuchar que unos metros más allá y hacia abajo (recordarás que vivo en el primer piso) te está buscando la policía. No tanto porque creyera que iba a terminar en el calabozo —difícilmente, creo, la policía te vaya a tocar el timbre tan amablemente, equivocando tu nombre aun cuando fuera por poco, para arrestarte—, sino porque enseguida se tiene la certeza de que se aproximan malas noticias —malas de las gruesas. Así que le dije que ya bajaba.
Me armé no sé si de valor pero de lo más parecido que encontré y allá fui (esto de armarse para ir al encuentro de la policía no sonó nada bien; pero así estaban las cosas). Bien sabido es, también, que la policía no llama por teléfono cuando, ocurrido un accidente, encuentran algún papel con tu nombre; la policía va personalmente a darte la noticia. Como mis queridos cercanos estaban todos a buen recaudo, pensé que podría tratarse de alguno de esos familiares dejados en el camino como manera de ejercer la defensa propia —este pensamiento me fue poniendo los pelos de punta. En la puerta de calle me encontré con un agente en bicicleta y otro que pasaba hacia la izquierda en otra; ambos con un manojo de papeles agarrados con bandas elásticas.
—Le traigo una citación —me anunció; y acá medio me congelé— de la junta electoral... —Acá, gracias a los dones de mis guardianes, como un relámpago relacioné que al siguiente domingo eran las elecciones para jefe de gobierno y demás funcionarios de la ciudad y, a contrapelo de lo que pudiera esperarse, recuperé el aliento. Le mostré mi documento, firmé unos papeles y subí con la citación y un montón de instructivos de todo tipo: el domingo debía presentarme en la escuela que está en el parque, cruzando la calle, a las 7:30 de la mañana, para ejercer como segundo suplente en una de las mesas que se dedicarían a recibir los sufragios de los radicados en la ciudad.
No sabría ahora, como no lo supe entonces, por qué me sentía alegre; se trataba de una alegría extraña. Pero puedo suponer que el ingreso a un territorio desconocido por mí hasta entonces tenía mucho que ver en aquello —además de que todos los malos pensamientos que me acosaron hasta llegar a la puerta de calle estaban ya casi borrados. Nunca antes había sido convocado para cumplir con ninguno de los deberes que se puede imponer sobre cualquiera solamente por residir en un sitio determinado —a excepción de cuando me tocó ir al servicio militar, en 1975, hace más de 36 años; cosa que me empapó aquel año de un sufrimiento que ahora no era más que una pequeña parte de la memoria (puede que alguna vez deba revisar qué quise decir ahí con “pequeña”...)
También pudiera ser que no había rédito en sufrir de antemano por tener que pasar todo un domingo a merced de lo imprevisible; lo cual, por otra parte, prometía, como si dijéramos “de costado”, materia cruda para lo que ya se vería qué.
En la cena de esa noche —la cual es una suerte de hito familiar de cada miércoles—, anuncié lo acontecido y entre bromas y advertencias un susurro del aire presagiaba que no sería tan mala cosa y con ese pensamiento volví a casa, me fui a la cama, leí como es lo usual y me dormí sin más vueltas. En los días siguientes, salvo por haber pasado los ojos por encima de los instructivos, las cosas cotidianas transcurrieron como siempre —y digo “pasar los ojos por encima” porque aquello no fue realmente leer; estaba claro que ser el segundo suplente no ameritaba responsabilidad y que, seguramente, habría allí personas con experiencia a las que recurrir en caso de emergencia —¿además... qué tan difícil podía ser aquella tarea?
Todo transcurrió como siempre, decía, salvo por esto que recuerdo ahora: en la noche del viernes, y lo mismo en la del sábado, me desperté a las tres de la mañana con dolor de muelas... al menos, se trataba de un dolor que tenía toda la forma de provenir de una muela, aun cuando no pude precisar cuál; me acosaba desde la derecha y arriba, y habría podido jurar que era de la corona que tengo por ahí... pero esa muela, antes de ser coronada, había sufrido un tratamiento de conducto, cosa que indicaría que el nervio había pasado a mejor vida... Bueno; estas son minucias que no sé si importan mucho; lo que importa que, aun cuando no suelo tomar calmantes, y luego de haber esperado como media hora a ver si me dormía de nuevo, me fui a la cocina a tomar uno —esto ocurrió en la noche del viernes, como te decía, y lo mismo en la del sábado. En ambas ocasiones, al poco rato ya estaba dormido de nuevo y apenas un poco del dolor se mantenía cuando me desperté.



Y llegó el domingo...
Me levanté a las siete, casi como si fuera un domingo cualquiera, me lavé los dientes y la cara, me preparé el café con leche, me serví algunos cereales, desayuné y a las 7:30 en punto estaba mostrándole al gendarme de la entrada de la escuela la citación, y éste me indicaba hacia dónde tenía que ir. Llegué a un aula, que estaba ahí nomás, donde una chica con una especia de camisa confeccionada en dos partes, de color amarillo, y atada con unas cintas a los costados del cuerpo, me pidió la citación y, dado que era suplente, me indicó que esperara a que llegase el presidente de mi mesa. Cuando fueron las 7:50, no habiendo llegado ni siquiera el primer suplente y quedando sólo la urna de mi mesa, me dijo que firmara un papel y que me la llevara, que si el presidente no llegaba a las ocho, el cargo era mío. Y así ocurrió.
Llegué al aula que me correspondía y reconocí que las cosas no iban a ser como las recordaba de la elección pasada. La mesa no estaba fuera del aula sino adentro, y el cuarto oscuro era un cubículo limitado por mamparas cuya entrada estaba casi contra la pared opuesta a la mesa —de este modo, nadie podía ver lo que fuera a ocurrir allí adentro. Cuando pegué la vuelta para mirar cómo era la cosa, me encontré con las boletas debían colocarse en unos colgantes de plástico transparente que tenían bolsillos a tal efecto.
Junto con la urna, me habían dado una bolsa negra, de ésas que se usan en los edificios de departamentos —de consorcio, creo que se las llama—, y ahí estaban las boletas de los distintos partidos... curioso lugar para ponerlas, recuerdo que pensé, claro que hasta pudiera ser que fuera parte de un mensaje subliminal —o del más allá. Cada juego de boletas estaban en una bolsa de plástico transparente, algunas cerradas con una cinta adhesiva, otras, de modo hermético, casi al vacío —cosas que la tecnología deja más cerca de los más pudientes. Fui sacando las boletas de sus envases y poniéndolas en los bolsillos que colgaban del interior del cubículo. Tengo que señalar acá que uno o dos partidos se tenían mucha fe: la cantidad de boletas a su nombre duplicaba o hasta triplicaba el número de las de sus adversarios; esto mismo hizo que las dividiera por la mitad y las colocara en dos bolsillos diferentes, dado que en uno solo no cabían.
Repartiendo las boletas en los bolsillos estaba cuando comenzaron a llegar otras personas, se presentaron como fiscales... recién acá comprendí que pasaría muchas horas en su compañía —esto, que debería haber sido cosa obvia para mí desde el primer día, me produjo no poca inquietud. Ahora bien, para que me entiendas: no es que no supiera que iba a estar en compañía de otros, que no iba a estar solo, pero una cosa es tener una vaga idea acerca de un escenario posible sin detenerse a mirarlo con atención y otra es que el escenario resulte no tener salida; una cosa es saber que las nubes son, al fin y al cabo, agua en estado de vapor y otra que se te venga encima una tormenta de los mil demonios... tampoco que sea yo persona de salir a los gritos cuando algo por el estilo ocurre cerca de mí... como aquella vez cuando, a la salida del súper, comenzó a llover y, mientras íbamos cruzando el parque, la lluvia fue en aumento, a tal punto que decidimos quedarnos debajo de la autopista para ver si amainaba; fue en la época cuando el parque estuvo parcialmente cerrado y no se podía pasar por el medio y había que dar un rodeo por Emilio Mitre. Y ahí estábamos, debajo de la autopista, frente a las puertas de donde reclutan para la metro, y seguía llegando gente a guarecerse, y el nivel del agua ya había superado el cordón y se nos venía por la vereda, y los dos nos dimos cuenta de que era mejor salir de ahí antes de que nos arrastrara la correntada; y salimos a la lluvia, y llegamos al departamento hechos sopa de cabo a rabo...
Bueno... te decía que fue llegando gente: dos mujeres que se presentaron como fiscales designadas por sus respectivos partidos para estar en esta mesa; después aparecieron una chica y un muchacho que lo hicieron como delegados de no recuerdo ahora qué —si el gobierno de la ciudad o la junta electoral o de la fundación papeles y cartones —la chica de modales suaves, el muchacho un tanto atropellado. Mientras que los anteriores hablaban entre sí y trataban de conversar conmigo (yo seguía dentro del cubículo, a buen recaudo, sabiendo que no podría durar), apareció una mujer con porte de autoridad que recorrió el aula desde la puerta hasta el extremo de la mesa de sufragio, que era donde había dejado yo la urna y las bolsitas de implementos varios —cinta adhesiva, birome, tijerita (de una pobreza notable)—, y se quedó ahí como si le faltara algo (podía verla por la hendija que dejaban las mamparas en la esquina donde se unían en ángulo recto)... o alguien... y fue ese pensamiento el que dio por tierra con mi refugio. Salí del cubículo y fui hacia ella, resultó ser algo así como la fiscal del distrito —claro que podría estar confundiéndome con alguna serie de la tele y su título fuera similar pero totalmente otro. Parecía estar en mucha confianza con una de las fiscales de mesa, la que provenía del FPLV, pero se me ocurrió que tal vez se conocieran de alguna otra elección.
A las 8:15, aun cuando seguía faltando el presidente original de la mesa y también el primer suplente, la fiscal grande dictó que comenzáramos y así lo hicimos. Me senté a la mesa, a mi izquierda se ubicó la fiscal del FPLV, a mi derecha la del PRO, e inmediatamente al lado un muchacho recién llegado que dijo venir de SUR. Vamos a ponerles nombre para que sea más fácil ubicarlos de acá en más; respectivamente: Graciela Dammi, Aurora Salvatierra y Rubén Santos.
Graciela y yo votamos en primer lugar, Aurora dijo que más tarde iría a votar a la mesa que le tocaba —que era por Recoleta— y Rubén votaría también, en la mesa donde le indicaba el padrón, más cerca del mediodía. Me resultó cosa extraña eso de sellar y firmar mi propio DNI; pero no me detuve mucho a mirarlo porque comenzó a llegar gente.
La votación en sí no tuvo mayores variantes desde el lugar de los votantes, siguió el camino que cualquiera podría haber fantaseado sin necesidad de haber sido nunca elegido como autoridad de mesa. Así que me voy a concentrar en describirte las cosas que fueron sobresalientes de este lado de la mesa.
A poco de comenzado los comicios —notá cómo ya estaba impregnado de la jerga pertinente a la oportunidad—, noté que Graciela me hablaba casi todo el tiempo... al principio al menos, supuse que me hablaba, pero con el pasar del tiempo me percaté de que era una suerte de monólogo. No te voy a negar que este monólogo pudo haberse producido dada mi parquedad, pero tené en cuenta que también tenía la alternativa de callarse o hablar con algún otro de quienes estaban en la mesa, aun cuando, para hacerlo, tuviera que arreglárselas para que sus palabras me esquivasen por el costado o por arriba. Esto fue así hasta que apareció José Ortegante con su libreta y listo para votar...
Cuando el nombre de Ortegante fue dicho por mí en voz alta para que los fiscales lo pudieran tildar en sus planillas, Graciela recordó a su profesora de Geografía, la señora Paz de Ortegante y se lo hizo saber a nuestro recién llegado; éste la miró y por unos segundos un silencio de no poca intensidad se nos vino encima.
—Sí —le respondió—; era la esposa de mi primo... Se divorciaron hace unos quince años, puede que veinte.
De aquí en más, cualquier persona sensata habría cerrado la boca; pero no fue así. Graciela comenzó a ponderar a la señora Paz de Ortegante de una docena de modos posibles. Ante esto, el señor Ortegante no dijo ni mu; mientras nuestra fiscal recordaba las costas de Europa y Asia en los mapas que se colgaban de los pizarrones de su colegio, el señor Ortegante fue dando pasos lentos hacia atrás, alejándose de la mesa hasta desaparecer detrás de las mamparas que delimitaban el cuarto oscuro; no te vayas a creer que esto intimidó a Graciela: lo esperó sin reparar en que el resto de la mesa ya estaba controlando los datos de la siguiente persona y, cuando regresó a colocar el sobre en la urna, le dijo:
—Si la  llega a ver, dígale que sus alumnas nunca nos olvidamos de ella. —El señor Ortegante salió del aula y se perdió en el patio de la escuela; me resulta difícil darte una idea del gesto en su cara, de ese último gesto mientras se iba, así que deberé apelar a tu imaginación.
Una vez más, cualquiera hubiera creído que ahí se había terminado aquel asunto, pero resultó que había otros siete ciudadanos de apellido Ortegante y, cada vez que llegaba uno, la historia se iba repitiendo sin mayores modificaciones. Así fue hasta que llegó el último: un muchacho de 18 años que votaba por primera vez y quien, ante la pregunta por la profesora Paz de Ortegante, se limitó a decir que no tenía la menor idea de quién era; este cierre inesperado de aquella situación generó un aplauso secreto por parte del resto de la mesa, sí: una fiesta muda.
Llegado el turno de Aurora, convendría asentar su predisposición hacia cierta rigidez; baste que te diga de entrada que cada nueva persona que se acercaba a la mesa era dirigida hacia mí, cuando extendía su libreta, con las palabras: “Al señor presidente de mesa”; esto, al principio, no causó mayor impresión, pero a la entrada del votante número cien te podrás imaginar que encendía el ambiente de notas incómodas.



Luego tuvimos el firmado de los sobres...
En la cara de los sobres, venía impreso un lugar para que firmara el presidente de mesa y, debajo, dos lugares para que firmaran los fiscales. A poco de comenzada la firma de la segunda tanda de sobres (los íbamos firmando de a diez como para tenerlos ya listos antes de que cada votante entrara al aula), notamos la demora con que regresaban al costado de la urna; la causa: Aurora firmaba con su nombre completo, lo cual, sobre todo al ver el resultado en el papel, me recordó la primera vez que saqué la cédula de identidad, a los cinco años.
Cuando Graciela observó la firma, le sugirió que escribiera algo más breve, las iniciales por ejemplo; a lo que aurora respondió:
—Pero ésa no sería mi firma, mi firma es ésta.
El diálogo continuó un poco más, muy poco, porque al ver que la cosa podía subir de tono, intervine y dije que dejáramos que hiciera su firma tal como era —estaba claro que no se iba a avanzar nada en otro sentido y ya bastante teníamos con aquello de “al presidente de mesa”.
En cuanto a Rubén, te voy a ser franco, fue como si no existiera, el hombre se dedicó a hacer el trabajo que le había asignado su partido y no abrió la boca salvo para las cosas que así lo ameritaban; supongo que se habrá hecho su composición de lugar de lo que veía y escuchaba a su alrededor, pero hizo lo posible por pasar inadvertido y lo consiguió.



La nota pintoresca la daban los fiscales ambulantes —los llamo así para diferenciarlos de los que estaban sentados a la mesa conmigo—; cada hora o cosa por el estilo aparecían para revisar las boletas, las que, como ya indiqué al principio, estaban colgadas de las paredes interiores de la mampara. Desde ya, cada vez que aparecían —lo cual se hacía notar por un montículo de personas, la mayoría jóvenes, que se apretaba contra el marco de la puerta— había que parar la votación para que entraran a realizar su control; a esto se agregaban los fiscales de la mesa, parándose de manera automática ni bien entraban los ambulantes a mi señal y siguiéndolos hasta que el grupo completo desaparecía detrás de la mampara. No me preguntes cómo hacían para entrar todos —eran como siete u ocho— en aquel espacio de cuatro metros cuadrados ni qué hacían ahí exactamente; lo cierto es que a los cinco minutos salían como habían entrado y los locales regresaban a sus sillas y la demora iba sumando sus efectos en el ánimo de los votantes que esperaban haciendo fila.
Te decía que la mayoría de los fiscales ambulantes eran jovencitos de no más de veinticinco años, algunos ni llegaban a veinte. Más tarde, en un descanso porque no había nadie para votar, una joven de unos diecinueve nos contó que era de la izquierda; y pensé que no podía ser de otra manera a esa edad y me acordé de otras jóvenes parecidas, allá por el año ’74, que nunca llegaron a los veinticinco. Claro que después fueron apareciendo otros jóvenes que no llegaban tampoco a los veinte y que eran del PRO o de los radicales, con lo que mi teoría sobre la izquierda como patrimonio de los más jóvenes se anegó.
Cada vez que los ambulantes invadían el aula, me hacían acordar a un dibujo animado de unos personajes que andaban de un lado al otro fundidos en una nube negra a las corridas y a los gritos y, creo que también, dando palos a diestra y siniestra. Ya me dirás si esta descripción te hace sonar alguna campana.
A las once de la mañana, un acontecimiento nos tomó por sorpresa: llegó un muchacho de unos veinticinco años y se presentó como el presidente de mesa. Los delegados de la junta llegaron inmediatamente después, llamados por Graciela, la fiscal del FPLV; tanto ella como los demás fiscales estuvieron de acuerdo en que no debía acomodarse como parte de la mesa, sobre todo luego de que explicó que había llegado tarde porque se había quedado dormido. Los delegados, si bien no lo indicaron como que debía ser así, le sugirieron al recién llegado que fuera hasta la seccional de policía a informar sobre su situación. A la hora regresó e insistió en formar parte de la mesa; como al llegar yo había firmado cuando recibí la urna, el presidente debía seguir siendo yo, así que firmamos un escrito en la misma hoja donde después se anotarían los resultados del recuento y se sentó como suplente. Más tarde, Graciela me explicó que seguramente no quería perder el dinero que le pagarían; también nos enteramos al rato, dado que no figuraba como votante en nuestra mesa, de que se había anotado como voluntario para ser autoridad de mesa. La verdad es que fueron momentos incómodos y que, desde ya, volvieron a demorar la votación. En este sentido, los delegados actuaron de manera un tanto débil; sobre todo uno de ellos, a quien le exigí que también él firmara el escrito donde se establecía que el joven podría incorporarse, esto porque, a todas luces, iba a quedar como que había sido una decisión mía —por lo que pasó unas dos horas después, esta exigencia no le cayó muy bien que digamos.



Serían pasadas la una y media cuando el delegado entró al aula con gesto imperativo para demandarme que apurara la votación porque la cola era larga. En primera instancia, me quedé mirándolo sin alcanzar a comprender qué era lo que me estaba pidiendo; al mirar a mis compañeros de mesa, comprendí que ellos tampoco. Al ver esto, el delegado señaló que había que hacer pasar a los votantes de a tres. Los integrantes de la mesa, nos miramos.
—Mire —le dije—; si quiere que vayamos más rápido, ¿qué le parece si controla que no nos interrumpan tanto?
A esto, me respondió:
—Más vale que no me hable en ese tono.
—Mire —le respondí—; si no le gusta el tono, se puede ir a quejar donde mejor le quepa, a la Junta Electoral, o los gendarmes o se puede ir hasta la seccional de policía, pero por favor déjenos hacer este trabajo.
—Claro que me voy a quejar; usted no tiene idea el problema en el que está.
—¿El problema en el que estoy? —le repliqué poniéndome de pie—. Yo puedo hacer entrar a los votantes de a diez, pero al cuarto oscuro solamente pueden pasar de a uno, así que seguramente va a conseguir achicar la cola, pero eso va a pasar a cambio de amontonar gente acá adentro.
No dijo nada. Me miró todavía más furioso. Se dio media vuelta, fue hasta la puerta como para irse pero se detuvo ahí y les dijo a quienes estaban en la fila:
—Esta mesa no va más rápido por culpa del presidente de mesa. —Y ahí, sí, se fue.
Me quedé estupefacto. Miré al primero de la fila y le dije:
—Adelante, por favor.



Tal como ya te conté, el presidente de mesa original estaba sentado a la mesa con el resto de nosotros pero sin hacer nada, en parte porque no teníamos más copias de la lista de votantes, y otro poco porque sus servicios no eran necesarios. Claro que, cuando llegó el mediodía y Aurora anunció que se iba a votar a Recoleta, el presidente fallido —a quien llamaré Adrián Pérez— ocupó su lugar. Al rato, Rubén también se fue, pero regresó al rato dado que le tocaba votar en una escuela que estaba ahí nomás, al otro lado del parque.
En general, debo decir que los votantes nos trataban excesivamente bien, sospecho que porque no envidiaban nuestra tarea, o incluso por una suerte de culpa de la que no sabían cómo desprenderse —esto último, claro, es pura especulación de mi parte. Algunos padres y algunas madres concurrieron con sus hijas e hijos pequeños y les explicaban lo que estaban haciendo; esto, por suerte, en ningún momento provocó demoras —las que, al parecer por comentarios escuchados en el patio en los momentos cercanos al cierre cuando ya casi no venía nadie, sí se habían producido en otras mesas (y daba por tierra con las ínfulas del delegado prepotente).
Ya hacia media tarde las colas habían desaparecido de las distintas mesas y, salvo cuando se acercaba alguien que resultaba venir hacia la nuestra, me quedaba en la patio de la escuela, tratando de imaginar cómo serían ahí los recreos mientras me fumaba un pucho de la paz apoyado en una de las columnas que sostenía el cerramiento de zinc que hacía las veces de techo. En uno de esos recreos mezcla de realidad y fantasía se acercaron los fiscales, los mismos que entraban y salían de las aulas como si fueran siameses pegados por la militancia. La chica rubiecita, la que no podía tener más de 20 años, me habló pero, como estaba distraído en mis cosas, no entendí lo que me había dicho y me la quedé mirando sin saber qué decirle; esto, la quietud del cuerpo y del alma, me duró muy poco y, supongo que comprendiendo que estaba yo recién regresando de nunca sabría ella dónde, me volvió a preguntar:
—¿Todo bien? ¿Pasó la peor parte? ¿Pronto empieza el recuento?
—Sí; todo bien —le respondí—; teniendo en cuenta... —No sé si me entendió; así que le seguí con otra cosa—: ¿Para ustedes, todo anduvo normal?
—Y; sí... No esperamos gran cosa; apenas juntar para una banca... Es por el proletariado, ¿sabés; no?
Sin saber muy bien por dónde agarrar, le contesté:
—Vos eras de la izquierda, ¿no?...
—Claro; nos ocupamos de los que menos tienen.
—Todavía sos joven —le dije como si le estuviera aclarando que conocía su secreto—; ya vas a tener tiempo de ver si eso es así.
—Si la izquierda no se ocupa de eso, ¿de qué; eh?
—¿De destruir la derecha...?
Acá; me miró mal. No sé si de verdad entendió; o escuchó lo que pudo y torció el resto para pasarlo a palabras del enemigo, pero ya desde sus palabras anteriores, había venido subiendo la voz y me sospechaba, o sabía pero me lo negaba íntimamente, que no era ése el lugar para tal conversación... lo cierto es que el delegado de la junta electoral venía hacia nosotros acompañado por un gendarme, mientras que otro se quedaba un poco más atrás apoyado en la columna próxima a la mía. Ya me estaba dando por preso cuando, una vez más, la fortuna desequilibró el universo para darme una vía de escape.
Primero escuchamos unos gritos mezclados con risas. Lo primero que vi fue a unos muchachos que, a primera vista, parecían estudiantes secundarios; habían entrado a las corridas. Tenían tambores, tres tambores, del tipo al que los bateristas llaman redoblantes; y se pusieron a armar un bochinche padre. Desde el fondo, desde el otro patio, uno más chico hacia el que daban los baños, apareció otro con un bombo y se les unió en esa suerte de batucada renga. Inmediatamente recordé haber visto ese bombo en una de las esquinas de aquel patio, cuando había ido al baño un rato después del mediodía. Desde ya que los gendarmes salieron corriendo para detenerlos; al menos eso pensé. Claro que, en seguida, me puse a pensar cómo fue que habían logrado pasar: se suponía que dos o tres gendarmes debían estar apostados a la entrada. El delegado de la junta quedó en medio del patio, solo; y, por supuesto, quienes habíamos estado infringiendo la ley electoral nos fuimos cada cual para donde mejor nos pareció; en mi caso, hacia el aula donde estaba mi mesa.
El ruido que quería ser rítmico pero al que no le alcanzaba cesó de a un instrumento por vez y al rato el silencio se hizo notar. Durante unos quince minutos no apareció nadie más para votar; en cambio, uno de los gendarmes vino hasta la mesa a pedirnos por favor que hiciéramos como si no hubiese pasado nada, que si no iban a tener problemas graves, el por favor que acompañaba el pedido estaba siendo subrayado fuertemente... Los de mi mesa no tuvieron ningún inconveniente; así que aproveché a acompañar al gendarme hasta la puerta y le señalé que esperaba que ellos también nos hicieran la vista gorda, que “una mano lava la otra” fue la parte resaltada... a lo que me respondió que estaba de acuerdo y agregó que “a ese delegado igual ya no se lo banca nadie”.



Así nos fuimos acercando a las seis de la tarde, mientras iban llegando a votar algunos rezagados y los fiscales de cabecera del FPLV nos traían unos juguitos de naranja y otro gusto que era una mezcla un tanto inusual y muy dulce en envases de cartón que más parecían para chicos, de ésos que se llevan a la escuela, siendo esto último significativo (para mí) ya que estábamos en una, y también unos sandwiches prolijamente envasados al vacío y que habrían sido mejor bienvenidos al mediodía pero que ninguno rechazó. A mí me tocaron tres, así que me guardé dos en el bolso, con la idea de comérmelos esa noche. (Recuerdo que reparé especialmente en esta capacidad que tenía el FPLV para obtener estas cosas; lo fácil que parecía. Evidentemente, estas organizaciones tienen capacidad para llegar lejos si se lo proponen, y pude que apreciar que se lo proponen cuando ven que les conviene.)



Así llegó el momento de cerrar la mesa y ponernos a contar los votos. Cualquiera, incluido yo, supondría que aquello no podía tener complicaciones, que contar unos papeles luego de organizarlos en pilas tomaría su tiempo pero nada fuera de este mundo. Bueno... ya lo podés ir pensando de nuevo.
Tal como lo imaginaba, la cosa comenzaba por sacar las boletas de la urna y juntar iguales con iguales, revisar las que estuvieran cortadas y separar las que pudieran contener detalles sospechosos para decir, al final, si se las descartaba o si se las incluía y, en caso de incluirlas, de qué manera, cosa que permitiría consultar con alguno de los fiscales en caso de tener dudas.
Así continuó la tarde, que ya se había vuelto casi noche —cosa que podía constatarse en la cada vez menos luz que entraba por las banderolas de las ventanas, las cuales (no sé si ya te lo dije) estaban tapadas con papeles que impedían mirar hacia adentro del aula.
Según me indicaran los delegados, esa tarea la debían realizar el presidente y los suplentes, no los fiscales de los partidos que nos habían acompañado durante la tarde. Así fue que Adrián Pérez se ofreció a colaborar en esa tarea. Los fiscales sí podían, que para eso estaban, observar que todo se hiciera correctamente.
Adrián y yo fuimos organizando las boletas luego de contar los sobres para ver que coincidieran con la cantidad de votos que teníamos anotados en las planillas. Después fui contando las boletas y él fue pasando los datos a una tabla en el pizarrón —esto de usar el pizarrón nos fue sugerido enfáticamente por la delegada mayor del FPLV, diciendo que era un método mucho mejor que utilizar las hojas donde la tabla estaba ya impresa.
Bien, para no hacerlo más extenso de lo necesario, voy al grano: sucedió que los datos del pizarrón no coincidieron con los valores que ya habíamos tomado como referencia, las cantidades no coincidían. Había una margen de tolerancia —esto hay que decirlo porque es lo justo para con quien organizó los pasos a seguir—, pero estábamos bien lejos del límite de tolerancia. Esto, claro está, cayó, me cayó, como un rayo en una noche sin tormenta.
Y así estuvimos como una hora, vaciando la urna de nuevo y contando los votos y revisando los sobres a ver si habían quedado todos vacíos, mientras los delegados que iban de un aula a la otra nos golpeaban la puerta a ver por qué estábamos retrasados... El clima se iba poniendo denso y peor; los golpes en la puerta de uno de los empleados del correo, más fuertes de lo que los buenos modales hubieran recomendado, casi hacen saltar los tapones, especialmente los míos, pero llegar hasta la puerta me dio el tiempo necesario para frenar y colocar tapones nuevos.
Y en ese ambiente de malos augurios fue que se me dio por mirar hacia el pizarrón, hacia la tabla que Adrián Pérez había ido armando, no con total prolijidad aunque la suficiente como para que se pudiera entender lo que ahí decía, y casi con la misma fuerza con la que me había pegado aquel rayo vi que uno de los números parecía ajeno al resto. Efectivamente, no hubo que revisar mucho más allá para descubrir que estaba mal y que era el causante de las diferencias que nos tuvieron a mal traer hasta ahí. Ahí fue cuando Adrián comprendió que era hora de retirarse y lo hizo sin que mediaran palabras que lo demoraran.
Los números seguían sin cerrar pero ahora sí estábamos dentro del margen de tolerancia, así que me despedí de cualquier ambición que se inclinara hacia el escenario perfecto y decidí que ahí mismo se levantara el campamento.



Finalmente, siendo casi las 21:00, entregué la urna cerrada junto con toda la papelería de rigor, dije buenas noches, ni me acordé del empleado del correo que tan buenamente nos había golpeado la puerta y me encaminé hacia la salida. Entre la puerta del edificio de la escuela y la puerta de salida a la vereda, hay una suerte de patio y la noche estaba linda como para quedarme ahí parado unos momentos —no sé decirte ahora si la noche estaba verdaderamente linda o si su lindura fue tan sólo el efecto de verme libre de toda aquella jornada. Un gendarme que venía entrando me miró y me dijo:
—¿Ya está liquidado, eh?
—Así es —le respondí, sonriendo ante la posibilidad de que se estuviera refiriendo a mí—; que tenga buenas noches.
Y allá se fue, hacia adentro de la escuela, a escoltar las urnas que en un rato se llevarían los de correo. Y recuerdo que observé por un momento la pistola que tenía colgada a un costado del cinturón. Y me di cuenta de que aquella misma persona tan amable no dudaría en pegarme un tiro si así le fuera ordenado por sus superiores. Y, escuchando a Lou Reed y dándome cuenta de que el dolor de mi muela había regresado, salí hacia la vereda mientras me encendía un cigarrillo, el tercero de aquel día que ya se terminaba.







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