domingo, 10 de noviembre de 2013

Morir a tiempo

   
Baires; lunes 4 de abril de 2005

El sábado pasado hubo una lectura en La Posta de Almagro, invitaron a una “poeta” de Córdoba; el poema de muestra, incluido en la gacetilla, no me interesó y, dado que parto del supuesto de que nadie iba a elegir un poema que considerara malo para presentarla, no fui... no que esto sea una regla siempre eficiente —bien podrían haber quedado poetas de verdad por alguna parte—, pero confío en que, a la larga, este modo de pre-enjuiciar a los escritores que no conozco acertará en la mayoría de los casos.
Pero no fue éste el motivo principal para ni no concurrencia, hubo otro que considero más fuerte: ese mismo sábado se rendía homenaje a un otro “poeta”, muerto hacía poco. El tipo era, según la misma gacetilla, joven... lo cual normalmente quiere decir “joven para morir” —claro que, me pregunto, cuándo no se es joven para morir.
El punto que señalo es que, al parecer, el solo hecho de morir nos presenta un cadáver merecedor de homenajes; y para nada importa que, en este caso particular, el cuerpo en cuestión estuviera tibio aún.
Estos homenajes, no obstante no tener el mérito suficiente para atraer mi asistencia, tienen su lado positivo: pudiera ser que, en pos del mismo, no pocos “poetas” decidieran matarse.
Descanso en la tranquilidad de que así sea.[1]







[1] Nota para mis hijos: Espero —y esto lo expreso con toda sinceridad y llaneza— que a nadie se le vaya a ocurrir hacerme un homenaje; no sólo porque nunca se sabe en manos de qué pelotudo puede caer nuestro nombre, sino porque la sola situación me resulta vergonzosa y, por lo tanto, intolerable. Si alguien decidiera hacer caso omiso de lo aquí expresado, por favor díganle de mi parte que se regrese por el portal de la pobre mujer que lo parió.







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