viernes, 6 de diciembre de 2013

A tomar el té con Virginia y de regreso

Baires; lunes 21 de abril de 2008

Hace como un año que no te escribo —los duelos tienen estas cosas. Y hace un año también que no vengo por el Paseo Alcorta —supongo que hay veces cuando, para no pensar, sacamos lugares del mundo, los ponemos a un costado, en el punto ciego del ojo, como en los experimentos que preparábamos para la escuela... sehp... me doy cuenta ahora de que ésos tampoco funcionaban.
Este lugar no ha cambiado; o, si lo ha hecho, no ha sido de manera que me permita notarlo a simple vista... Pero no vine para contarte cómo está el shopping. En realidad, ahora que lo pienso, no sé muy bien qué vine a contarte. Ha sido un año largo. Pasó, finalmente. Es lo que el tiempo hace con nosotros: pasar; no importa si el lapso es largo, un año, tres o doce, no; al final, pasa y este hueso, del que no tenía noticias, ahora me anuncia que ahí está —ésta podría considerarse una enseñanza colateral del Viejo, con guiño incluido. Sehp; ha sido un año largo: muchas lecturas, ni un solo día sin escribir, libros comprados y libros vendidos, algunas notas dejadas para quien me toque ser mañana —algunas ya son para hoy, podría suponer; tendré que revisar. El tiempo pasa, te decía, no sé si tiene otra tarea que ésa; y, simultáneamente, usa la memoria para quedarse —por ejemplo: ahora que estoy acá bien podría ser que fuera abril del ’07, al menos durante un rato, hasta las 12:00, cuando junte las cosas y me vaya—; si hasta el dedo que tengo roto se ve igual, ni peor ni mejor: la misma molestia —o al menos así me lo dice la memoria—, la misma exigencia de cuidados a riesgo de provocar una revuelta en toda la mano. Un dedo propenso a la sedición, sí, eso es lo que es; si hasta me provoca cierta envidia, como cuando escucho que alguien habla de amor... Lo atiendo con envidia por la felicidad que le produce su error y pienso que tendrá suerte si nunca se da cuenta; o como cuando alguno se pone a hablar de poesía... Es genial adónde puede llevar un malentendido, las idas y vueltas de las distintas sobrestimaciones que nos rondan y, muchas veces, nos saturan; yo sé, por ejemplo, que no puedo estar sin escribir pero, por cada persona a la que le pase como a mí, debe de haber mil o más a las que les importa un bledo... ¿Sabías lo que quiere decir?... ¿bledo?... te cuento: es el nombre de unas plantas; ahora bien, cómo llegó a significar poco y nada, la verdad es que no sé, pero si continuamos por la línea de lo que la escritura significa para quienes no son nosotros, bueno, supongo que nuestro bledo bien podría ser su interés por la escritura —ahora que lo vuelvo sobre lo anterior, me encuentro con que algo similar pasa con “pepino”... ¿qué pasa con los vegetales que andan tan menospreciados?...
Me quedé pensando en esas “mil o más” personas; dicho así, pierde su vértigo, ¿eh? Debe de ser que cualquier número, cuando dicho, pierde su vértigo; se me ocurre que el vértigo depende, en buena medida, de un bloqueo en el decir, de un vacío de palabras; no que las palabras no anden por alguna parte, sino que se nos vuelvan inalcanzables, lo cual, se me ocurre también, es peor que si no existieran.
Hace poco me llegó una circular que convocaba a un encuentro mundial de “poesía para un futuro mejor”: lecturas de poesía realizadas simultáneamente en varias ciudades de países diferentes... Ya sé que te podés imaginar mi cara... Ahora que, ponéte una mano en el corazón: ¿no te resulta, ya, sospechoso que estas propuestas nazcan de personas que no escriben bien; excelentes en lo demás, sobre todo en lo que hace a sus intenciones, el deseo de que el mal esté en la vereda de enfrente, y se quede ahí? Como si la poesía y el mal no pudieran mezclarse, como si la existencia del mal no fuera garante para que tengamos poesía... Claro, sí; ya lo pensaste: la prueba viviente de ello te está escribiendo estas líneas.
Por un lado, millones de personas para las que la escritura termina su utilidad en la lista para el mercado —es decir: en eso mismo: en su ser útil—; por otro, esas personas que usan la poesía como herramienta en pos de un mundo mejor. Esto me hace recordar a aquella piba que, en una lectura, dijo que para su futuro aspiraba a ser “la mejor poeta del país”... Algunos la defendieron diciendo que era “una pendeja” —espero nunca tener que contar con ellos para defenderme—; en tanto, yo pensaba que para decir eso había que tener claro, previa reflexión, qué era lo que quería decir “país”", qué “poesía”, y, sobre todo, qué significaba “mejor” —se me presenta ahora también la necesidad de preguntarme también por “futuro”; palabras que damos por hechas y volvemos, así, dibujos que, si no vacíos, están bastante menos llenos de lo que quienes los usan parecieran creer. Debo reconocer, no obstante, que hay escrituras que hacen de la lectura un movimiento trabajoso, tantas veces comparados a los ejercicios de la primera clase de gimnasia; la diferencia está, creo, en que los músculos incluidos no resultan apreciados en la misma medida que unos bíceps acostumbrados a las pesas. Se podría pensar también, mirado como crítica, que escribir es una manera de no pensar, un recurso tan utilitario como cualquiera para no detenerme a revisar las cosas malas de mí... Claro que acá habría que ver cuánto peso tiene el que a vos te guste cuando me pongo malo. Podría ocurrir que creas que me hago el malo, como oposición a que lo fuera realmente, pero ¿hay mérito para semejante sutileza?: cuando me hago el malo, soy malo, a los efectos del momento y sus consecuencias; habría que ver qué objetos o personas resultan los destinatarios de esa maldad: hubo un tiempo cuando te tocó el número ganador y no dudo de que, de haber podido, me habrías colgado de las pestañas. ¿O no?... vamos... Así y todo, espero nunca ser responsable de la salvación del mundo.

Jueves 24

Me parece que la mano se me está poniendo peor; ahora es el anular: antes no me dolía, pero ahora tengo un dolor perceptible apenas, una cosa de nada, tan así que hasta se me ocurre que pudiera ser mi fantasía; pero una fantasía que antes no estaba. Pensé en volver a la guitarra, un poco cada día, pero me doy cuenta de que me cuesta; y lo más curioso es que, cuando logro pasar esa barrera, la cruzo bien; como el otro día: si hasta podría asegurar que toqué mejor de lo que esperaba. El tema acá, también, es que tocar la guitarra, el movimiento, podría hacerle bien a mis dedos; algo así dijo el médico, la última vez que lo vi, hará cosa de seis meses... Al final, me las arreglé, de nuevo, para hablarte del dolor; más o menos, no importa que se trate de una cosa física y pequeña, al menos por ahora, si hasta espero que desaparezca, como la mancha en el pómulo, debajo del ojo izquierdo: ya no está, es decir: se ve, pero hay que buscarla, hacer fuerza para verla, nada que ver con cómo estaba hace dos años: “una peca” había dicho la dermatóloga que consulté por entonces, “no se exponga al sol, use protector UV cada vez que salga a la calle”... y yo pensaba en mi mundo y en el de ellas, y me alegraba de estar en retirada; ya sé que no pensás como yo, pero hace dos años estábamos más lejos que ahora: ¿qué habría pensado tu yo de entonces de tu yo de ahora?... ¿y tu yo poético?... ah; te hice reír, ¿o no? ¿Seguirán, aquellos abanderados, diciendo estupideces al respecto? La verdad es que estaban muy embalados en su travesía por la mediocridad en busca de más; ahora se han aquietado, supongo que el negarles respuesta tiene algún efecto a la larga, y alguna señal me dice que no he sido el único.
El año recién comienza, apenas está por abrirse la nueva feria del libro; claro que decir “nueva” es una exageración —vieja costumbre, costumbre de piedra. Estamos finalizando abril y los motores se han venido calentando; con un poco de suerte, la regularidad nos cubrirá para las vacaciones de invierno.
¿Sabés qué es lo mejor del SyC?: que todavía te dan otro vaso de café sin cargo, recién me lo fui a buscar, y para colmo son tan amables: la encargada se había acercado hace un rato para preguntarme y le dije que ya iba, y eso que no soy habitué... ¿Estará el mundo tratando de hacer las paces conmigo, darme una señal de buena fe, decirme que las cosas no andan tan mal, o que podrían andar mejor?... mmm... no. No creo. Que algunas personas son buenas, ya lo sabía de antes; el secreto —o pudiera llamarlo “el arte”— está en compartimentar; en otras palabras: en no pedir peras al olmo —te imaginarás que llegar hasta acá no me ha sido fácil, suponiendo que haya llegado hasta acá, o ahí; porque acá seguramente que estoy, pero este acá pudiera no ser el que supongo —o quiero—, ni siquiera puedo saber si a ese ahí le gustaría ser mi acá... Sí; puede ser que esté jugando un poco, nada más que un poco, así queda margen para más, para que la cintura tenga lugar donde moverse... ¿Cuánto hace de aquella noche que pasamos juntos? Fue hace siete años, y hace mil, y anoche; no tuvimos necesidad de ser sabios, el cosmos decidió por nosotros, nos puso en esquinas distintas: fue su modo de mantenernos juntos.
Estoy leyendo “Orlando”; lo compré hace más de un año, lo encontré en una mesa de usados, un ejemplar como nuevo, seguro de que nadie lo había leído, muy barato ($10), en Miramar —mi vida, sí, es un circuito—; pero lo tuve en el estante, junto con otros comprados el mismo verano, a la espera... no sabía de qué hasta que la señal llegó. Y fue un ejemplar de “Crítica”, que arribó hace unos días y que contenía un artículo, el primero de la revista, sobre Virginia Woolf. En realidad, no sé si el artículo era sobre ella o sobre su situación en el mundo masculino, o el de cualquiera otra mujer... El asunto es que el artículo en cuestión citaba una parte de “Orlando” que me ganó; y creo que lo comencé a leer porque quería encontrar esa cita, pero ahora casi me olvidé y sencillamente leo. Tengo esta idea de que Virginia Woolf se debe de haber divertido mucho mientras lo escribía y, después, al escuchar a sus amigos —sus lectores cercanos— y, más tarde, al imaginar las reacciones frente al libro publicado. Lo cierto es que tiene muchas miradas reflexivas dirigidas al momento de la escritura y su entorno, sobre todo el entorno, las idas y vueltas, las ambiciones, las abundancias y las bajadas a tierra, más algunas apreciaciones sobre “los poetas” que no quiero apresurarme a tener por burlas. Todavía no me crucé con la cita que buscaba al iniciar la lectura —salvo que la haya pasado sin estar atento— pero, cuando la encuentre, te la voy a copiar —igualmente, no creo que vaya a despachar esta carta en estos días, ya sabés que me gusta hacerte una copia lo más prolijamente que pueda, y no me gusta encontrar errores después de habértela enviado, mucho menos descubrir que estoy en desacuerdo con algo de lo escrito en ella, esas cosas que nos pasan a quienes no estamos firmemente agarrados al uno-mismo, sino más bien al uno-otro.
A esta altura, estarás echando chispas porque te dejé colgada con lo del SyC, y la taza extra de café, y la encargada... sehp... los dos sabemos bien que así nos conocimos; vos eras la encargada del SyC hace siete años —puede que un poco más—: rubia, ojos azules —muy pintados para mi gusto—; te convencí de que no te hacía falta, que si te pasabas en la suma terminabas en una resta, esas contradicciones —hermosas— del álgebra —te gustaba esa palabra y hacías que la repitiera. Resultó que estabas leyendo a Conrad (nada menos), “El duelo”; y te conté que había una película, de Scott, anterior a “Älien”, y la alquilamos, y la vimos en tu casa, y me dijiste que me quedara... ya lo sabés... sí... te lo digo para que veas que yo también lo sé; y que me acuerdo. Era otro mundo; lo fundamos nosotros, egoístamente, y ahora está suspendido como quien cierra una botella opaca y no recuerda, pasado un tiempo, si había o no un mensaje adentro. Aquella noche fue la primera y única vez que me contaste que escribías a duras penas; alguna vez espero que me mandes algo, unas líneas de un relato, o un poema, o lo que quieras. Prometo no asustarme. De la misma forma que prometí no ir a buscarte; y sabés muy bien que he cumplido; y que no ha sido poco el esfuerzo. Ahora es un poco más fácil. Fijáte que casi logré que pasara un año sin escribirte. Puede que sea por la carta de Chani; me llegó hace unos días; viene a Baires, a visitar a la hija, y a la madre, y quiere que nos veamos, pero no sé... Que haya logrado que pasara un año no significa que no tenga la sensación de que estás mirando por sobre mi hombro. Y, si Chani y yo nos encontramos, pudiera no haber vuelta atrás, y me sentiría como un traidor por el resto de los días... Mi término medio necesita más trabajo... aunque tengo para mí que me gusta como está, hace más fáciles algunas decisiones, no importa qué tan bien se vistan de difíciles, o hasta de imposibles.

Viernes 25

Ayer te escribí mal el nombre de Virginia Woolf; ahora ya lo arreglé: vale decir que ni te vas a dar cuenta, pero me pareció importante decírtelo, puede que como un pedido de disculpas a la escritora; lo menos que se puede hacer por los autores es escribir bien sus nombres; después de todo es lo único que nos queda de ellos: su nombre es su obra y viceversa.
Hay una parejita besándose en la cola del SyC, ni se mueven, parece que se hubieran quedado pegados por la boca y eso los hubiese convertido en estatuas; me caen bien, armonizan, entre ellos y bajo la luz del shopping... mientras que no se muevan... el mundo es hermoso cuando está quieto, salvo (podría ser) por el agua, los líquidos en general... ¿Te acordás de aquella vez cuando nos quedamos todo el día mirando el Discovery Channel? Todo un día dedicado a los desastres naturales; me habías confiado que te atraían y no sabías por qué... bueno... a lo mejor yo soy una suerte de desastre; no sé si natural, me inclino a pensar que no, pero no en natural como opuesto a artificial, no; otra cosa, desastre a secas, sin agua. Mirabas la tele y me hablabas, señalabas hacia la pantalla como si, desde el sofá hasta el vidrio, tu dedo indicara una precisión. Vos mirabas la tele, y yo te miraba a vos: la remerita sin mangas, floja encima de las tetas, las piernas estiradas una sobre la otra; otro mundo, sí; otro mundo. Y nosotros: su desastre protector.
¿Viste que ayer te contaba sobre la cita de Virginia Woolf? Bueno; por la noche retomé la lectura y apareció. Comencé a leer en la página 160 y en la 163: ahí estaba: hace una acotación sobre la inteligencia (como cosa de la mente) y en especial sobre los poetas... sehp... en ese contexto o en cualquier otro, habría que ponerse de pie y ovacionarla, parar los relojes, ofrecerle nuestra más delicada reverencia. Por supuesto, seríamos mal interpretados, pero quién nos quitaría después tamaño placer. Mirá; te copio el fragmento y su versión castellana:

(...) the intellect, divine as it is, and all-worshipful, has a habit of lodging in the most seedy carcases, and often, alas, acts the cannibal among the other faculties so that often, where the Mind is biggest, the Heart, the Senses. Magnanimity, Charity, Tolerance, Kindliness, and the rest of them scarcely have room to breathe. Then the high opinion poets have of themselves; then the low one they have of others; the enmities, injuries, envies, and repartees in which they are constantly engaged; then the volubility with which they impart them; then the rapacity with which they demand sympathy for them; all this, one may whisper, lest the wits may overhear us, makes pouring out tea a more precarious and, indeed, arduous occupation than is generally allowed.

(...) si el genio, divino como es y adorable, suele alojarse en las envolturas más sórdidas y a veces, ¡ay de mí!, devora las otras facultades, de suerte que donde la Mente es mayor, el Corazón, los Sentidos, la Grandeza del Alma, la Caridad, la Tolerancia, la Buena Voluntad, y el resto casi no pueden respirar. De ahí la alta opinión que tienen de sí mismos los poetas; de ahí la tan baja que tienen de otro; de ahí las enemistades, injurias, envidias y epigramas que los atarean continuamente; de ahí la rapidez con que los reparten, de ahí su rapacidad para exigir simpatía; todo esto, lo diremos en voz baja, para que los intelectuales no se enteren, hace que servir el té sea un ejercicio más problemático, y en verdad, más arduo de lo que suele suponerse.

(La versión castellana la copié tal cual aparece en la revista Crítica Nro 123, de septiembre – octubre de 2007, en el artículo firmado por Eve Gil. Graciosamente, al final de la cita, aparece que está tomada de la página 147, pero no se agrega de qué edición ni quién la tradujo, por lo que es una referencia vacía. En cuanto a la traducción en sí, tengo mis discrepancias (algunas no poco jocosas) pero las pasaremos por alto para no desviar el nudo de la cuestión, el cual —creo— se divisa no obstante.)

(pausa)

Estoy preocupado por la venida de Chani; puede que innecesariamente. En una de ésas ni me llama. Puede que se haya dado cuenta de mi incomodidad y supongo que poco importa que se equivoque en cuanto a sus causas. La verdad es que tengo miedo. Un miedo que no se queda quieto cuando quiero ver qué lo desencadena.
¿Cómo sería no pensar más en vos; sería eso “dejarte ir” —como decía Bobby en la historia de David en relación a su recuerdo de Lila? Ya sé que te la conté muy por encima, pero vos pescás estas cosas al vuelo, ¿o no? Imaginar que me despierto una mañana y no pienso en vos me entrega al vértigo, pierdo el pie, y no es que mi vínculo con el mundo importe mucho, pero ¿qué puedo hacer sin aquel día mirando el Discovery en la memoria? No se trata de olvidar, ¿verdad? Decíme que no se trata de olvidar... Me gustaría que se tratara de ser muchas personas; soy feliz siendo muchas personas, aquella tarde fui muchas personas, algunas para mí y algunas para vos, no sé si habrá quedado alguna fuera de esa cuenta.
El otro día había arreglado para encontrarme con Guille en el Fíu (el café de Yatay y Corrientes), pero al final no vino, y me quedé ahí hasta el mediodía. Había una chica, en una de las mesas contra la ventana del otro lado que me hizo acordar a vos; la verdad es que al principio se me heló la sangre, o se me aceleró, no sé muy bien qué diferencia hay en estos casos o si es relevante... Estabas leyendo con un lápiz en la mano y hacías marcas en el libro y anotabas en una libreta; como yo —o casi—, o como vos —después de aquel día—; me acuerdo ahora que, mientras tomábamos mate, en una pausa de la maratón (la del Discovery), te mostré mi cuaderno y me pediste que te leyera un poco. Cuando paré, te pusiste a hojearlo; creo que no te gustó; no la idea de tener un cuaderno donde poder escribir sin que importe dónde se esté, lo que no te había gustado era lo que te había leído, lo que estaba escrito en aquellas hojas... A Chani, en cambio, le gusta; no sé si está contenta con que le guste, creo que se huele que soy un problema... un bicho, me llamaste vos, una vez, antes de entrar a ese café donde iban a leer los de la revista que te había publicado; me causó mucha gracia, y vos te reíste mucho también cuando te hice reparar en que la revista se llamaba “El Caracol”; y más todavía te reíste cuando te dije que el día que hiciera una revista con características similares (aunque puede que, en rigor, deba decir intenciones similares) la iba a llamar “Berberechos”... Ese otro mundo, ¿eh?; no cualquiera. “Soy un bicho”, le dije una vez a Chani, y creo que tuvo el impulso de abrazarme, pero se contuvo; fue como si una señal le hubiese advertido, y fue una suerte (supongo) porque no habría sabido yo qué hacer; probablemente la hubiese abrazado más fuerte y ello habría suspendido mi capacidad para reflexionar, ya me ha pasado antes —supongo que no necesitás que te lo aclare—, como pasaba con esos poemas en los que mencionabas la lengua y todos creían que te referías al lenguaje o al idioma y vos me guiñabas por detrás de las luces... Aquel mundo anda desolado, y no sería justo que se la desquitara con Chani. A lo mejor tengo que echarle cerrojo —a ese mundo— y perder la llave. Pero una parte de mí se quedaría encerrada y no sería otro —pobre Rimbaud: transformado en lugar común; tal parece que la alcurnia también se nos ha venido abajo. Ya decía Cioran que hablar de cualquier cosa es mirarla desde arriba; pero también desde abajo, digo yo, como quien se resiste a ser aplastado; hablar de lo que fuere es desde otra parte menos desde ese mismo lugar, fuera por elección o por haber sido marginado, aunque sospecho que alguna clase de elección anda por ahí, aun cuando las consecuencias no hubieran resultado las apetecibles —sí; tenés razón: por ahí anda también la definición de bicho.

Viernes 2 de mayo

Ayer me encontré de nuevo con tu fantasma... te vas a reír, ya lo sé... no me importa... Bueno; sí me importa, pero quizás no como se pudiera creer. Tu fantasma no sos vos, eso también lo sé; o lo adivino; o puede que hasta lo desee. Lo que quiera yo no cambia las cosas, me refiero a todas las cosas; supongo que sí cambia algunas, sobre todo si son cosas cercanas; cuando están entre vos y yo, importa tu deseo también, una conjunción de fuerzas, las tuyas, las mías, y las de nuestras sombras. Como ves, algunas lecciones aprendí; como la del miedo; que no te lo reconozca de entrada no significa que no lo sepa.
Y, sí; estoy hablando de Chani. Va ser mejor que no la vea; mis cicatrices todavía se parecen más a heridas a punto de sangrar en cualquier momento. Y me doy cuenta de que me quiere, y se da cuenta de que la quiero; pero mi amor (ya está probado) no es de los mejores; no, seguramente, de los que se nos dan en la literatura, tanto la de los libros como la filmada. Lo más probable es que termine en mi cueva, bajo siete cerrojos, sufriendo de miedo y avergonzado como en los primeros días.
¿Te acordás de la segunda vez que nos vimos? Habíamos quedado en encontrarnos en el shopping pero vos entendiste en un piso y yo en otro y, como tardabas, me senté a tomar una pepsi y te vi, en el piso de abajo, y te seguí mirando. No reaccioné enseguida, como para llamarte: me quedé mirándote y pensando en tu belleza hasta que me di cuenta de que me estabas haciendo señas; no supe desde hacía cuánto; te estabas sonriendo y eso no podía ser mala señal —me pregunto si te estarás sonriendo ahora, o si te habrás reído abiertamente con eso de esconderme en la cueva y bajo llave; supongo que bien podrías reírte; a mí, más que nada, me da pena; no tanto pena por mí sino por el patetismo de la escena, su no tener remedio; no que no lo tendría para otro: para otros, seguir sin mirar atrás es su pan de cada día.
El barrio ya no me entristece, no tanto como hace un par de años; tampoco se ha vuelto un festival de la alegría, pero es como si hubiésemos llegado a un acuerdo: él me deja caminar un rato, dar unas vueltas, visitar los besos de la ignorancia; y yo no lo difamo, ni le pinto cruces en las columnas, ni le planto maldiciones en los canteros.
Algo así podrían hacer vos y tu fantasma, digo: llegar a un acuerdo, ponerse unos límites, mutuamente, medir las consecuencias de andar llamando a elegir bandera y cuidar eso que alguna vez amaron —suponiendo que no lo sigan amando aún—; se podrían complementar muy bien, ¿sabés?, ambos: vos, con tu manía de estar callada; y ella, con su no parar de insinuarme lo que me espera si no le prendo fuego... Y pensar que, para incendiarla, bastaría con estirar el brazo y tocarla —no digamos si le diera un abrazo—; ¿te acordás?; ¿te permiten acordarte, podés? Lo podríamos llamar “álgebra”.
Nuestros abrazos, a la vuelta del día, cuando el mar se ponía gris y comenzaba el frío... Pienso ahora que debo de sonar tan injusto cuando me quejo por los huesos, ese momento de ninguna parte cuando me levanto a la mañana y veo los libros, las páginas leídas la noche anterior —mis maneras de no dejarte ir.
Recién fui a buscar más café; las pibas del SyC ya me reconocen (ahora estoy en el Abasto); en otro tiempo habrían sido tus compañeras; pensar que me llevaba mejor con ellas que con los escritores que asistían a aquellas reuniones. Todavía siguen (te cuento) las reuniones; la calidad ha descendido —no fuera alta que digamos por entonces, así que imagináte.
Ya son más de las 11:00, la mañana se me va a los piques; sobre todo cuando imagino que estamos hablando, porque... esto es pura imaginación... no vayas a creer ni por un solo minuto que andás por acá.
Desde que te empecé a escribir —hoy— que tengo la sensación de que mi carta se termina. Me pregunto si pasará otro año hasta que lo haga de nuevo, y cómo me las veré con tu fantasma entretanto.
Cuando llegué —esta mañana, temprano—, pasé por Bess&Jim y tienen el mismo tipo de campera que no me pude comprar hace un año pero con los colores invertidos: bordó por afuera y con el forro azul; enseguida me puse a pensar si esto no significaría alguna cosa, si no estarías tratando de decirme que andás cerca —cosas de escritor, manías, old ways...
Creo que no te conté que me llegó otra tanda de libros para mi estante del tesoro: tres de Le Guin que me faltaban, los poemas completos de Anne Sexton (siempre me decías lo mucho que le gustaba a tu mamá) y uno con cuentos, artículos y poemas de Carson McCullers... ¿Por qué tengo la sensación de que ya sabés todo esto? ¿Te lo habré contado ya, acaso? ¿Lo llevo escrito en la frente?
No tenés idea de la sensación de marea sin luna que me da esto de que nadie sea capaz de predecirme; o puede que sí. Ha de ser parecido a ser capaz de predecir cualquier cosa y que ninguna te importe. Creo que parte de lo que me retiene es que no quiero perderme la muerte de los indeseables; ¿será esto igual de malo que desearles la muerte? —fue una ocurrencia nomás: en realidad, no creo que me importe... señal de que es hora de irme.
Espero que a Virginia no le importe que no haya terminado la taza de té; puede que otro día las cosas sean diferentes; u otra tarde. No hay mejores amigos que los fantasmas; especialmente los que le dan forma al vapor que sube cuando el té está bien caliente.







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