sábado, 26 de julio de 2014

Significados del paraíso

Necochea; jueves 9 de abril de 2009


Anduve escuchando los discos de Crosby, Stills, Nash & Young, los viejos, e inevitablemente volvieron a mí los días pasados en aquel departamento tipo casa en Necochea, aquel verano de 1978 —febrero de 1978, sí, para ser exacto.
Había traído el sharp —radiograbador se decía por entonces—, comprado hacía unos meses y las cassettes que me gustaban, entre ellas la que tenía “Déjà Vu”, con las canciones grabadas del disco de Marcelo, el guitarrista de Ecos. También tenía grabaciones de Genesis, de Yes y, claro de Jethro; pero quiso la fortuna que anduviéramos escuchando la de CSN&Y cuando los vecinos del departamento del frente —que eran cuatro— se acercaron a saludar. Hacía desde principios de mes que nosotros, Bobby y yo, estábamos ahí y ellos acababan de llegar para quedarse durante la segunda quincena; ellos habían alquilado desde Baires, el lugar donde estaba yo había sido alquilado por mis viejos, también desde Baires, pero para la temporada entera —así era más barato que alquilar enero y febrero, según lo que ellos mismos repetían—; y así los viejos se vinieron desde la Navidad y yo unos días antes del 21 de enero, para pasar mi cumpleaños —para ellos era importante aun cuando para mí no tanto—; lo cierto fue que, una vez ahí, la memoria de otros veranos me ganó y me quedé; y cuando los viejos se fueron a principios de enero, también me quedé...

Claro; me faltó contarte que, durante esos días finales de enero, me encontré con el Bobby, a quien no veía desde el primer año de la secundaria, en 1967, dado que al año siguiente se mudó a Córdoba y perdimos todo contacto. Bobby estaba en la casa que había sido de su familia desde que tuviera memoria, sobre la Avenida 10. Además, habíamos sido compañeros durante toda la primaria; vale decir que nos conocíamos desde 1960.
Durante la primer quincena de febrero, los inquilinos del departamento del frente habían sido una pareja cuarentona, sin hijos, y me había llevado muy bien con ellos; les gustaban los Rolling Stones así que no hubo historia cuando la música sonaba un poco más fuerte de lo aceptable, lo cual probó, ya entonces, que la convivencia depende, y mucho, del lugar y el momento, y sobre todo de los gustos particulares de los involucrados.
Y así fue, como te decía hace un rato, que estaba “Déjà Vu” sonando en el sharp cuando Claudia y Pablo se acercaron a saludar, y Teresa y Fernando desde un poco más atrás; ellos mismos se presentaron como armenios o, al menos, fue la forma como Pablo lo hizo, no sé si aprobada de inmediato por el resto, sobre todo por Fernando quien, de los cuatro, no era parte de esa colectividad. Y fue Pablo también quien, rápidamente, preguntó por lo que estábamos escuchando y quedó prendado, no sé si para el resto de su vida (calculo que podría ser), pero sí con seguridad hasta el final de aquel verano.
Volviendo a escuchar los discos, no pude evitar que la distancia me diera datos que hace 30 años no tuvieron importancia, o así lo aparentaron; como por ejemplo el aire levemente demagógico ubicado más que nada, me parece, alrededor de Nash (esto se vuelve más patente en las grabaciones en vivo) y que las canciones eran buenas hijas de su tiempo —aun cuando en el ’78 tenían ya como 10 años de estrenadas. También confirmé que Young era quien más contaba con mi adhesión —esa voz aflautada, extraña en un cowboy oriundo del Canadá. Me pasó también que, sin dejar de gustarme, las canciones se me revelaron simples y parecidas entre sí, sobre todo por los arreglos vocales, los cuales, sospecho, surgían de sucesivas improvisaciones e iban fijándose con la repetición —vale decir: por el uso y la costumbre.
Lo cierto fue que no pasaron dos días para que nos diéramos cuenta de que “Our House” era el tema preferido de Pablo: algo había tenido que ver el que lo escuchara todo el tiempo en la copia que él mismo se había hecho, de grabador a grabador, gracias a unos cables, que vaya a saberse a raíz de qué había llevado a sus dos semanas de vacaciones junto al mar. Y tanto la escuchaba que nos saturó a todos; cosa que no fue necesario decirle porque Claudia se encargaba de hacerlo cada vez que la oportunidad se lo servía en bandeja: pasada la primera semana, cada vez que el grabador de Pablo —un nacional— la arrojaba a los aires. Si bien hoy en día no puedo decir que “Our House” me canse, se me escapa una risa corta cuando le llega el turno después de “Déjà Vu”.
La verdad es que hacía mucho que no escuchaba los discos de CSN&Y porque tenía miedo de caer en la tristeza y no poder levantarme; por suerte no ha sido así. No que no cayera en la tristeza, que sí caí, sino que no fue tan malo como había creído. Puede que sea porque el alma de la mabuela me ampara mejor que hace unos años, no sólo del recuerdo de sí misma sino de los verdaderos males que andan por ahí. También me pregunto por la carta que le escribí al Bobby, si seguirá en el hueco de la pared de piedra o si ya la habrá leído —no hay caso: esto del tiempo y su valor relativo me sigue confundiendo; será por eso que no lo hablo con nadie salvo excepciones, excepciones de lujo (podría decir); y cuando hablo de excepciones ya sabés que estás ahí, entre ellas; aunque, para cuando leas los cuadernos que estoy llenando más rápido de lo que hubiera anticipado, puede que lo importante esté en otra parte... lo digo por cómo ha cambiado el mundo desde que te fuiste.
Falta poco para que se cumplan 30 años de cuando David se encontrara con Elpez y me pregunto también si todo aquello habrá servido de algo; el mundo no ha mejorado —si es que se trataba del mundo... vos me entendés: no hablo realmente del mundo sino de un espacio más pequeño, bastante más pequeño... y la verdad es que antes era más grande, incluso el mundo al que todos llamaban así y nos ocupaba a vos y a mí casi con exclusividad: la familia, algunos amigos, el barrio, la playa sobre el final del verano...
Nos gustaba venir a mediados de marzo a mirar cómo desarmaban las carpas y las guardaban del invierno, y los lugareños se iban a hacer no sabíamos qué y nos reíamos imaginando que se echaban a dormir hasta noviembre que era cuando se ponían a planear los posibles usos del sol y terminaban confirmando la rutina de todos los años anteriores.
Salíamos a caminar por la costa después de la siesta, agarrados a las camperas y mirando las cosas que habían quedado en las vidrieras. Nos sentábamos en la plaza a mirar la calesita que ahora abría nada más que los sábados y los domingos, y apostábamos al momento cuando se encenderían los faroles.
Ya no me río como entonces.
Vuelvo a Necochea con puntualidad rigurosa, es el arreglo que hice con el Bobby, es lo único que me mantiene ligado —de alguna manera— a este planeta sin tiempo para la redención. Me gusta pensar que estás por alguna parte —me contiene—, me hace creer que vamos a volver a vernos. Pero me acechan también pensamientos menos placenteros: que cada día que pasa me vuelve más distante de quien era para vos; si hasta la cara me ha cambiado. Siempre me imaginé cómo sería envejecer, y hasta le veía aspectos atractivos, sobre todo la manera que tiene la edad de tomar su independencia, de todo o de casi todo; pero nunca creí que lo haría solo... bueno; de algún modo lo sabía, pero nunca me detuve a ponerlo en primer plano.
Cuando vine hace 10 años, me pareció verlo a Pablo, pero no reaccioné bien, fue como si el dolor fuera reciente y me sacara de la realidad; para cuando miré de nuevo, ya no estaba, hasta pensé que podía no haber estado ahí de verdad, que hubiera sido un invento de mi cabeza; otras veces me ha pasado... si hasta te vi a vos, una vez, de pie sobre la parecita que bordea los balnearios, allá en la punta donde estaba el Florida —“¿Vamos a caminar hasta el Florida?”, te proponía yo; y vos me contestabas: “Claro; hasta Florida a caminar, cómo no, si es la peatonal.” Y nos reíamos en voz baja con las cabezas pegadas.
Si fue de verdad... quiero decir: si de verdad estaba ahí, supongo que me habrá visto, es posible; pero prefirió seguir su camino sin darme una señal; es comprensible: primero el Bobby y después yo te sacamos de su vida, de sus expectativas de compartirla con vos. Pero, tal como siguieron las cosas, quedó claro que no tenía lugar en semejante travesía... a lo mejor tu vida habría sido mejor sin nosotros, y seguirías viva de haber elegido a Pablo. No sé si se habrá enterado de que no te fuiste con el Bobby sino conmigo; eso sí que fue inesperado; solamente el Bobby podía saberlo... y eso porque tenía ventaja: tener conocimiento del futuro es, a veces, eso: una ventaja; no siempre, pero esa vez lo fue (creo).
Otra cosa que me pasó, escuchando a CSN&Y, fue que tuve momentos de extrañeza; ahí fue cuando me percaté de lo distinto que era, de cómo había cambiado, de que soy otra persona. No fue como si lo escuchara por primera vez, no, no fue para tanto; pero, a pesar de los sentimientos que me invadían, fue como si viera mis propios recuerdos desde afuera; como si los estuvieran pasando por la tele: una película sobre nosotros, pero sin nosotros, con actores que se ponían nuestros nombres y se negaban a soltarlos.
Escribo esto y, cada tanto, miro el mar; estoy en el bar que fuera de Raimundo, ¿te acordás?, le decíamos el Rayo... ahora es de su hijo: el Edu tendrá unos 10 años menos que yo, puede que más, pero no más de 15, y me trata como si fuera yo un personaje de su novela favorita... andá a saber lo que el Rayo le habrá contado de nosotros; no puedo conseguir que me cobre lo que consumo, así que, antes de irme, le dejo un billete en el botellón de las propinas, lo hago cuando no mira, aunque me parece que la vez anterior se dio cuenta... lo digo porque cambió el botellón de lugar: antes estaba a un costado de la salida y ahora lo puso junto a la caja. Me gustaría verle la cara, más tarde, puede que antes de irse a dormir, cuando encuentre los billetes de hoy en el cuaderno que usa para escribir sus anécdotas, las que básicamente incluyen todo lo que pasa cerca, en el bar, y lo que puede ver por las ventanas... le sigo diciendo bar aunque ahora se puede comer pizza y otros platos clásicos de la costa: hamburguesas, papas, ensaladas, milanesas... estarás pensando qué tendrá esto de importante, lo de ponerme a enumerar las comidas... nada, la verdad es que nada; es lo que hago cuando me pongo inquieto, cuando creo que se ve eso de mí que no quiero que se vea... estoy dando vueltas (supongo) para ver si encuentro lo que te quiero decir, para encontrar una pista, la punta de mi propio ovillo.
Pudiera ser que escribo esto para decirte que ya sé lo que voy a hacer después de que me haya muerto... me acuerdo ahora de Borges y lo que decía del paraíso: que para él sería una biblioteca, cuanto más grande, mejor... y ya te podés ir imaginando el tamaño de una biblioteca en el paraíso; porque, claro, no podría ser todo biblioteca, tendría que haber otras cosas, cosas que significaran el paraíso para otra gente; y acá entro yo: para mí, el paraíso sería un espacio por donde caminar de un lado a otro, caminar y detenerme a mirar, donde mirar pero también donde cerrar los ojos. Me gusta caminar cuando baja el sol, pero no me haría falta que el paraíso fuera un atardecer perpetuo, no, lo días podrían discurrir como siempre lo han hecho, no me sentiría bien si lo hicieran de otro modo; es fácil darse cuenta de que si el atardecer fuera interminable perdería su gracia; por eso también lo de cerrar los ojos, detenerme cada tanto, quebrar el ritmo. Y tiempo para pasar en la biblioteca de Borges; pudiera ser —y así no lo molesto— en los ratos cuando se va a dar una vuelta por el arrabal o a visitar a Victoria en Mar del Plata.
Te estarás dando cuenta de que no digo nada sobre si estar solo o con otras personas; si hasta mi chiste acerca de Borges subraya su modo de estar ausente. Porque, si bien estoy acostumbrado a la soledad, me gustaría encontrarte por ahí, compartir las tardes haciendo planes para el día siguiente, espiar el momento cuando encuentres mis cuadernos...
Pero ya sabés que tengo esta costumbre de no empujar las ruedas de la suerte por temor a que se rompan... o, peor, a que doblen donde se alejaran de vos.





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