sábado, 9 de mayo de 2015

Ayer fui testigo de una escena que me llegó con tanta fuerza que no puedo menos que escribirte unas líneas para compartirla con vos

Tenía que llevar un libro hasta Villa Martelli, cerca del puente sobre la General Paz  que tantas veces había visto en la niñez porque, del lado de la capital, finalizaba la Avenida del Tejar, vieja conocida del barrio y de las vueltas en bici. El viaje desde Caballito hasta allá, en el 127, me iba a tomar más de una hora, así que decidí aprovecharlo. Lo primero era la travesía como evento; para ello tenía mi ejemplar de “The Penguin Book of Contemporary Verse” —hace un tiempo ya que, para mis idas y vueltas en colectivo, llevo un libro de poesía; de este modo no resulta un problema que me quede un poema por la mitad cuando llego al punto donde debo descender; al siguiente viaje, puedo retomar ese mismo poema desde el comienzo y continuar así con los siguientes. El que estoy leyendo por estos días, mencionado más arriba, es una antología de (como lo indica el título) poetas contemporáneos; claro que el libro es de 1971, por lo que estamos hablando de lo que era contemporáneo entonces; poemas que no se puede decir (aún) que sean viejos, pero que tampoco son recientes —el tiempo, en la forma de fechas y lapsos, tiñe todo lo que hoy en día pasa por mis manos; incluidos los sueños.
El 127 era un viejo conocido: pasaba cerca de donde vivía cuando las vueltas en bici eran cosa de todos los días del verano, en tiempos de la primaria; más tarde, algunos compañeros míos del secundario que vivían en San Martín lo tomaban porque pasaba justo por la puerta del colegio; yo solía ir en él hasta San Andrés durante los meses cuando estábamos preparando aquella obra de teatro de Roxlo; fue en la segunda mitad de 1969 y las chicas que participaban iban a un colegio de por allá. Recuerdo que me subía en Iberá y Bucarelli. Esta vuelta iba a ser distinto: lo tomaría en Colombres y San Juan y nada conocía del recorrido que hacía hasta llegar a Villa Urquiza; pero, de ahí en más, quería estar atento a ver si recordaba el camino. Para mi decepción el recorrido es ahora otro: no pasa más por Bucarelli e Iberá y da unas vueltas extrañas antes de cruzar la General Paz. El destino del libro era en la calle Laprida; así que me bajé cerca de ésa y Constituyentes y, desde ahí, fui caminando.
Me llamó la atención, en la zona, una costumbre que me pareció inquietante: estacionar los autos sobre la vereda; me imaginé que los carritos de bebé y los changuitos de las compras no tendrían un paso fácil, o deberían descender directamente a la calzada, para poder continuar después por la misma vereda; ni hablar, claro, de quien anduviera en silla de ruedas. Me imaginé también a un dueño, cuyo auto hubiera sido robado, quejándose en la comisaría de que ya no se podía dejar el auto en la vereda y dar por sentado que estaría seguro. Tiras y aflojes de esta patria de la que no se cansan de hablar los gobernantes.
Una vez entregado el libro, seguí por Laprida hasta Estados Unidos y por ésta última hasta Mitre, justo a unos pasos del puente donde termina la Avenida del Tejar aunque todavía en terrenos de la provincia, a tomar el 41 (otro viejo conocido); la segunda parte de mi plan para aprovechar aquel viaje era repetir uno de los tantos que desde 1967 hasta 1969 había hecho para concurrir a las clases de inglés en el Liceo Británico. Así que, luego de la caminata, allá iba yo en el 41, primero por Balbín (que es como se llama ahora la Avenida del Tejar; otro nombre de calle arruinado) hasta que tomó por Lugones. Recuerdo que, a comienzos de 1967, el 31 (que era el número que, antes del cambio de 1969, tenía el actual 41 y al que todos llamaban “el azul” porque, justamente, los coches estaban pintados de ese color) iba y volvía por Acha, la cual tenía doble mano. Pero ocurrió que Acha se volvió contramano y el tránsito comenzó a circular exclusivamente en sentido a la provincia; es decir que el azul regresaba desde Belgrano, como siempre, por Acha, pero a la ida hacia Belgrano, como circulaba por Lugones, la cual ahora era mano en el otro sentido, lo tenía que tomar cuando llegaba a la esquina con Pedraza, y así caminaba una cuadra menos; este ahorro no me resultó de importancia, al contrario: esperar el colectivo en la esquina de Acha, con la plaza desierta en el invierno y el kiosco de diarios a merced del viento y, cuando llovía, de los ramalazos de agua, sacó de mí un pedazo de vida: cosa que se iría repitiendo en días por llegar, con distintas intensidades y regalando huecos de mérito (en otra oportunidad te voy a contar del placer que me daba ir a Belgrano cuando llovía). Otra circunstancia que vale la pena mencionar es que, ahora, la línea de colectivos 41, según consta en los carteles de sus costados, pertenecen a una empresa llamada “Azul”, aun cuando los mismos están pintados de amarillo anaranjado (cosa que, lamentablemente, no parece generar inquietud en nadie). Todavía en 1967, al poco tiempo, el 31 dejó de venir por Lugones para hacerlo por Miller (te recuerdo que para el barrio era Miyer), con lo que otra cuadra se sumó al ahorro de mis pasos, al tiempo que aumentó la lejanía de la esquina con Acha; a las pocas semanas, como era de suponerse, el nuevo lugar de la parada pasó a ser de lo más normal para todo el barrio.
El 41 en el que viajaba, como te decía, había tomado por Lugones; esto indicaba sin margen de error que, en algún momento, entre los años setenta y ese día, el recorrido había regresado a esa calle, así que me desentendí del libro que tenía en las manos y presté a atención a cuando llegáramos a la esquina con Pedraza. Efectivamente, ahí estaba yo, una punta de años más joven, con mi carpeta y unos libros, listo para subir, pagar el boleto y sentarme a disfrutar del recorrido. Iba sentado en el último de los tres asientos individuales, con la ventanilla a mi izquierda, y miraba cómo pasaban las casas; algunas eran nuevas, cosa fácilmente reconocible, pero otras seguían siendo las mismas; no era que las recordara a pie juntillas, sino que su edad se dejaba leer en sus frentes. Nos fuimos aproximando a la avenida Congreso y, al llegar, para mi sorpresa, no doblamos sino que la pasamos de largo; el recorrido original indicaba que había que tomar por Congreso y, por ésta, seguir derecho hasta Cabildo; pero esto también había cambiado. El 41 dobló por Nahuel Huapi; y me pregunté qué habría producido aquella metamorfosis; recordé que por la zona estaba uno de los edificios que la universidad había incorporado hacía unos años y se me ocurrió que podría haber pasado que, al ir por Nahuel Huapi, la parada quedaba más cerca para los alumnos que tenían que tomarlo; pero aquello fue nada más que una suposición, la cual, la verdad, no sé si valía mucho dado que cambiar el recorrido de un colectivo para que unos jóvenes (y, por lo tanto, sanos y llenos de energías varias) caminaran una cuadra menos no me pareció un fundamento de mucho peso. Lo cierto fue que el 41 continuó por ahí, y luego por Ugarte (que es como se llama Nahuel Huapi luego de cruzar las vías), hasta Melián, donde dobló a la izquierda para tomar, ahora sí, por Congreso. Y fue acá donde ocurrió lo que me llevó a escribirte.
En el asiento doble que estaba junto a la puerta de subida, uno de los dos que daban hacia el fondo del colectivo (el otro estaba justo detrás del chofer), había dos personas; un señor mayor, tendría unos siete u ocho años más que yo, y a su lado un muchacho que andaría pisando los treinta o, en su defecto, poco más.
Una señora que había subido poco antes, y que se trasladaba ayudándose con un bastón, se levantó del asiento que estaba frente a las dos personas mencionadas y fue hasta donde el chofer para hablar con él; el chofer negaba con la cabeza y, finalmente, llegué a deducir, un poco porque algunas palabras llegaron hasta mí y otro poco gracias a los gestos de ambos, que le dijo que le convendría bajarse en Cabildo y tomar un colectivo cuyo número se diluyó en aquella atmósfera compartida.
Cuando la señora del bastón estaba regresando a su asiento, el hombre mayor y el muchacho, quienes habían escuchado la conversación con el chofer mejor que yo (seguramente que mucho mejor), hablaron con ella y alcancé a escuchar que tenía que ir hasta la calle Campos Salles; a la conversación se unió una chica que era la que estaba sentada frente a ellos y, antes, junto a la señora. No escuché gran cosa de lo que decían salvo el nombre de esa calle y me di cuenta, acá también por los gestos de los tres, que estaban tratando de ayudarla: me quedó claro que el colectivero no la había orientado como correspondía y ello bien podría haber sido porque tampoco tenía idea de dónde quedaba la calle en cuestión (dato faltante que no tendría por qué sorprender a nadie); la señora se bajó en Cabildo, avenida a la que llegamos enseguida, y supongo que le habrán indicado que estaba a cuatro cuadras de Campos Salles, con lo que, a pesar del bastón, si caminaba sin apuro, podría evitar el tener que subirse a otro colectivo. Y acá viene ese momento que te anticipé más arriba.
En un momento dado, mientras la señora se bajaba, el muchacho acarició el brazo derecho del hombre sentado a su izquierda, de manera descendente, desde un poco por debajo del hombro hasta casi el codo, un gesto delicado que pude ver porque justo estaba mirando hacia allá; aquello, solo, habría bastado ya para detener el mundo; pero, justo cuando la caricia llegaba a su fin, el hombre levantó la mano izquierda y la apoyó sobre la del muchacho; no hubo palabras, ni siquiera se miraron; alguno podría haber pensado otra cosa, pero estuve seguro de que eran padre e hijo; unas líneas, escritas en el aire, me lo revelaron. Aquella fue una de esas pocas escenas que me reconcilian con la vida. Como tal, fue breve; y, enseguida, el mundo reanudó su giro. El 41 tomó por Cabildo, así que me fui preparando para bajar en Monroe, y hacer mi paseo hasta la Galería Belgrano donde, en el bar que da sobre Obligado, me esperaban un tostado y un porrón de cerveza.







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