Figuritas encontradas — imposibles de abandonar ::: Todo esto debe ser considerado como dicho por un personaje de novela — o más bien por varios. (Barthes) ::: drmoure@yahoo.com.ar ::: Las "versiones al castellano" provienen de mi gusto y parecer
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sábado, 3 de mayo de 2008
Improvisación
para el turista del cuarto del Hotel Semiramys
Hijos del azar y del desorden.
El niño egipcio jugaba con el oro de los muertos. Arenilla violeta caía de sus ojos.
¿De dónde vienen esos pájaros? Son los huesos de hueso de sus pies que se curvan, bailando en los ghetos del Cairo,
pálidos cuencos moldeados en la vieja caldera de la arena.
Una araña de lino sale de la casa de piedra.
El tiempo nos mece.
El agua sola cruza el cielo nocturno y se escurre por el vientre de la leona dormida del francés...
Alguien muerde una caña.
El junco de la memoria se mece cuando la noche
une los suburbios de mundo en una sola rosa de esquinas en donde un perro rengo, sentado sobre
el trono del rocío, inútilmente espera, atento igual que un dios egipcio,
que cambien los semáforos de Boedo y Chiclana.
Noches del Cairo. Como ganado pasamos los turistas dejando una pequeña nube de niebla verde incomprensible.
El niño faraón nos miente por medio dólar:
el tiempo, dice, nos lleva a la deriva como el loto errante del Nilo está perdido sobre el río aceitoso.
Termina el viaje.
Rosa de piedra, gato de cieno,
lirio de arena.
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Rosario Sola González
El humo de los músicos
Ediciones Ríos al Mar - 2000
Paraná - Entre Ríos - RA
[ p.43 ]
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lunes, 7 de enero de 2008
Recuerdos del desayuno
Hoy,
pasea por mis sueños el soldado que murió a los veinte con los sesos secos por la malaria rodeado de animales albinos que desenterraban las raíces transparentes de los plátanos.
Él sale de un pueblo de Nicaragua o Tailandia y entra en la torre de Segismundo enfermo por la piedra y sale. Entra en el lago de Ekebú entre los gansos sagrados de los hielos y duerme. Entra en el jardín del ruido del agua y busca y llora y por la mora traidora que se dejó matar donde nada nunca nadie escucha y después entra en el salón del príncipe de los rojos estilóbatos, con el trono del tigre y las olas de juncos tornasolados por el cobre y es el fin de la siesta que llega para siempre. Las bibliotecas se derrumban, la nieve cae en los salones y cae sobre los lomos opacos de los libros. Duerme carajo, vida que nunca fuiste. Otro milenio esperando la orquídea. Los filósofos piensan que piensan en cómo no pensar y
yo escribiendo : otro milenio esperando a los bárbaros.
Buenos Aires, precioso collar hecho con las sobras de occidente. El tiempo no es parte de las ciencias. Esta canción será la eternidad. Recuerdos del desayuno. Tajo y lirio. El mundo está perdido. Yo también quiero perderme. Bosque y tormenta. La poesía nos saquea. Recuerdos del desayuno. Recuerdos de la infancia. Recuerdos del amanecer. Humo y humo. El día se termina y la poesía nos saquea.
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Rosario Sola González
El humo de los músicos
Ediciones Ríos al Mar - 2000
Paraná - Entre Ríos - RA
[ p.39 ]
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domingo, 21 de octubre de 2007
Visitas en la noche (fragmento)
Vengan a casa.
Los invito a escuchar
unos versos robados
alrededor
del lago gris
del gato inexpugnable.
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Rosario Sola González
El humo de los músicos
Ediciones Ríos al Mar - 2000
Paraná - Entre Ríos - RA
[ p.9 ]
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sábado, 6 de octubre de 2007
Canción del viernes
Hoy no el diario, ni el trabajo, ni la rutina.
Hoy no el túnel a cielo abierto del día en donde los automóviles pasean nuestras vísceras. He escrito una canción.
Todo lo fugaz era lo eterno. Canta el pájaro del fondo de la historia. Las ruedas cruzan el aire amarillo con sus atados de humo.
Huesos de árboles de oro arden sobre cielos marrones. Luces de otros mundos. Después del delirio siempre nos miran las luces de otros mundos. Mi trabajo es estrujar el trapo de piso y fumar entre la basura. Duerman los templos y las ruinas de los templos. Duérmanse todos: los dioses y las prostitutas y sus estatuas rotas prisioneras en los museos impecables. Duerman las naves que trajeron las manos rosas de mis antepasados y las que llevarán las manos negras de mis descendientes.
Duérmase mi amor en las estrellas,
sin rey,
sin trono,
sin camisa,
sin historia,
para que sea la última cosa que se pierda.
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Rosario Sola González
El humo de los músicos
Ediciones Ríos al Mar - 2000
Paraná - Entre Ríos - RA
[ p.31 ]
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lunes, 10 de septiembre de 2007
La canción del lector
—No —dijo—. No la estopa del mar y de la lluvia y su crujido de vidrio que se lo lleva el viento.
Dame una casa de piedras tan escritas que se abran
las pupilas desoladas como se abren las puertas
de una ciudad vacía.
Dame el tesoro de la lengua dormida,
la palabra que deshiela los ovarios de las estatuas y gotea madreselva más o menos sobre los muros húmedos de mi país
o sobre
mi casa que limpio
con violines de paja en el amanecer
y que espera sin cerrar los ojos.
Yo, pobre lector,
con mi silla de caño memorable,
con la paciencia del minero,
con el palo de vidrio de las grandes ciudades, con el aburrimiento de los coleccionistas, reviso tus poemas basurales enormes, sólo porque afuera hacen
todos los fríos de todos los inviernos.
Mis sueños tienen las luces apagadas como un pueblo de horcones y tapiales de barro a las cuatro, sin luna, antes del gallo y después de los perros.
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Rosario Sola González
El humo de los músicos
Ediciones Ríos al Mar - 2000
Paraná - Entre Ríos - RA
[ p.23 ]
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sábado, 25 de agosto de 2007
Sonata doméstica
Todo está oscuro
menos la mesa con la comida servida que aún humea.
Hablo de oscuridad sencilla como una mano caída sobre un mueble después del mediodía. La niebla dentro de la casa suele ser mortal.
Se aloja como una pálida luz debajo de las cosas y luego nos recuerda que el aire y el color de la copa de vino se cerrarán con el libro. Pienso entonces en aquél que lee, acodado en la ventanilla de un tren, sin saber nada. La manga de su saco huele a tabaco y el sol lo empalidece. La mugre de los vidrios es como arenilla de oro, encaje abstracto tras el cual la realidad se empeña en colocar una escena:
hiedra, muro gris
con alabastros de humedad,
reja, herrumbre, ciprés. El tren parte entonces y hace rodar la escena que se debate por no entrar en el olvido y se aferra como una ortiga de plata detrás de la retina. El hombre se decide por fin a mirar el paisaje y cierra el libro.
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Rosario Sola González
El humo de los músicos
Ediciones Ríos al Mar - 2000
Paraná - Entre Ríos - RA
[ p.19 ]
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viernes, 22 de junio de 2007
Femeninario
Los hombres se han ido ya.
Sólo los gatos bailan,
una lúgubre danza
aman sobre el delirio con sus ojos
de muertos prematuros.
Y nosotras, aliadas,
que fumamos de espaldas a los cuartos vacíos,
unidas por el viejo testamento de la luna,
nosotras,
hembras delicadas como magnolias,
nuevas hasta no amanecer,
nuevas y atroces hembras,
que ornábamos las plazas
con aquellos perfiles entre el aire,
apenas ya si oímos a los enamorados que nos nombran,
sus lentas voces,
sus lentas y hondas voces
cavadas en el roble sonoro de la muerte.
(dulce abrigo,
sandalia de azúcar,
jaula de azúcar,
labradora de estrellas,
espejo del espejo,
agua)
Hermanas nosotras.
Amigas queridas de elegidas sonrisas.
Enterrar a los muertos
y a los corderos blancos de ojos inocentes como los de los hijos,
matar para comer, matar para comer
matar un corazón para comer,
nosotras, jazmines de la orilla
en las islas.
Ladran lejos los perros, rasgando
el aire con sus dientes fríos.
Ellos me llaman y besan mis heridas
con sus largas lenguas húmedas.
Suena
el río del tiempo
(agua sumisa, agua negra)
entre las sombras y las bellísimas paredes donde se apoyan las mujeres
del night que sonríen después de haber llorado.
Mis amigas me llaman para ver las cenizas.
Hay una larga ventana
allí nos hemos sentado para que nuestros vestidos brillen a la luna.
Mi cabellera enciende el polvo rojo de los retratos
mientras tragamos las terribles perlas que nos harán inmortales.
¡Eh melancolía!
déjala a ella
veinte años tiene
y veinte son
sin ver el mar que alza sus guiños a la muerte.
El cielo insomne
espera
y las estrellas perfuman
como el metal con que los hombres hieren.
Porque la noche está hecha
con todo aquello
que nuestras manos redondas no conocen.
Nada amaremos más que estas horas vacías
con las que nadie ha soñado
y que siempre supimos
que no debieron ser.
Es que la noche se cierra con el hierro del tiempo
como una aldaba
sobre un hijo de artistas con los ojos pintados.
SUEÑA, SUEÑA, SUEÑA,
el río del tiempo con su negro ganado
y su cascabel de dentaduras.
¡Oro para los conquistadores!
¡Oro para los altares!
¡Oro! para mis medias de oro
que voy a saltar la muerte y a comprar un candelabro en la mañana.
El dulce estío, no volverá esta madrugada,
recuerda, empieza el mes de abril,
y hace frío,
mis hermanas disponen las frazadas.
Cambiaría esta noche
por una noche verde,
mi ventana
por un balcón de transparente hielo
prendido de la roca
en la montaña.
Cambiaría esta noche por una madrugada
cambiaría mi sombra
por un caballo que venga de la vida
contra un caballo que venga de la muerte
bebiendo de mi mano.
Caen las rosas que el verano no ha usado,
caen de noche, lejos de los pájaros,
como caen
dos a la luna y otras a la sombra
nuestras sonrisas recién estranguladas.
Hilos
de mujeres que fuman de espaldas,
hebras que tejen
el recién descubierto medrar
de la filosofía.
Ya los hombres se han ido
y nadie cuidará
mi corazón despedazado en esta noche de mal cielo.
Ya los pechos discretos de las puertas
no guardan,
ya llegan las noticias,
ya vienen de matar.
Ya entran con sus pesados pies rojos
con el polvo de tierras incendiadas
a interrogarme con sus ojos neutrales.
Ya llegan las noticias. Ya vuelven y debiera estar sola.
Ellas contemplan las barcas de los tiempos
y señalan
algún brillo del aire en el azar del humo.
Veo a mi padre
volver herido en la batalla de los sueños
y a mis hermanos haciendo hermosos hijos
y me pregunto
si el día estuvo siempre a mis pies
quién abre esas pesadas puertas.
Toda la noche ladrarán los perros
toda la noche lastimarán mis huesos
toda la noche preguntarán por ellos.
El corazón en la garganta guardan
El barquero del tiempo
me sonríe con su muela lunar
Ya lo sé —le respondo— es sólo el tiempo.
ESTAMOS EN GUERRA
Estábamos en guerra
o estaremos
y las manzanas se helarán sin que nadie las junte
y caerán los picos
de los pájaros muertos
y en las canastas sonarán como cencerros.
Moriremos antes de ser madres,
dobladas a los pies de nuestros amantes
Pero hace mucho están ya las casas vacías;
tampoco era la guerra,
tampoco era el destino
y en los cajones crece la flor de los misterios.
Toda la noche ladrarán los perros,
ellos tienen el corazón en la garganta,
y sospechan.
Oyes esa extrañísima lengua?
es el final,
han llamado María a esta mujer,
es extraño
ella nada ha sembrado
pero conocer esa lengua lejana.
Mis amigas me llaman para ver las cenizas,
hasta una larga ventana
donde nos hemos sentado para que nuestros vestidos
brillen a la luna
¡Vengan a ver el futuro, la mañana que ríe de nosotras!
Tontas muchachas somos.
Tontas muchachas,
y sin embargo,
hay agua.
También más allá del agua
que creímos bella
se escapa
inútil
hacia esa reja manchada por la espuma
tras la cual
un mar pintado
se lleva nuestro perfume.
A Fernanda, Julieta y Mercedes.
La Plata, junio de 1978
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María del Rosario Sola
Música de invierno
Ediciones Último Reino
Buenos Aires - 1982
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