Mostrando las entradas con la etiqueta Alberto Gerchunoff. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Alberto Gerchunoff. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de octubre de 2009

Ver o no ver



La condujo hacia la ventana. La inmensa llanura de rastrojo llameaba bajo el sol y la luz hervía en la atmósfera diáfana.

—Abra bien los ojos. ¿Ve las nubes que se alejan allá, como ovejitas rosadas? ¿Ha visto alguna vez nubes como éstas en su podrido pueblecito de Rusia?

—Yo no tengo la costumbre de mirar las nubes. Vivo tan ocupada...

—Señora, hay que mirar las nubes. Créame; hace muy bien a la salud.



>>>

Alberto Gerchunoff
El médico milagroso

Los gauchos judíos

Aguilar - BA - 1975
[ p.161 ]

<<<

lunes, 19 de octubre de 2009

Luna para vos



Jacobo, que en su quincena de años amasó notoriedad de truhán, fama de jinete invencible y gloria de domador, miró el disco y quiso conquistar la confianza de Yarcho con un interrogatorio de índole astronómica:

—¿De qué está hecha la luna, doctor?

—De estearina y huevo duro.

—¿Nunca se cayó la luna?

—Todas las madrugadas se cae al Paraná y antes de salir las estrellas, el Pescador que está arriba la pesca y la echa a rodar. Si deseas verlo te subes al eucalipto de Balvanera y te quedas encima hasta que amanezca.

Una lechuza lanzó en la tiniebla su opaco chistido. Voló un murciélago, el ladrido del perro hendió nuevamente el silencio y del cuarto vino un grito, ahogado al principio, abierto y largo en seguida.



>>>

Alberto Gerchunoff
El médico milagroso

Los gauchos judíos

Aguilar - BA - 1975
[ p.164 ]

<<<

domingo, 18 de octubre de 2009

Un detalle contra uno



No lejos del pozo familiar, junto al endeble palenque, la muchacha ordeñaba. La vaca, buena como un pedazo de pan, permanecía inmóvil y a un metro de distancia, el ternerito, pisando la cuerda que le colgaba del cuello, mordía las hierbas diminutas. Desaparecían en su boca, sobre el rojo paladar, las gotas de cristal del rocío. En el horizonte pintábanse franjas rosadas y la colonia toda amanecía. Abríanse los corrales, y los viejos de grandes barbas aparecían en las puertas de los ranchos, masticando la oración de la mañana. Con la aurora —la aurora de Dios alabada por el verbo de los santos rabinos— brotaban los diálogos del amanecer.

( . . . )

Y junto al palenque, torcido como una vaina de algarrobo, Raquel ordeña la vaca inmóvil. Está de rodillas y sus dedos aprietan las ubres magníficas que se exprimen en chorros de espuma. La aurora otoñal envuelve en su roja palidez al grupo y la moza deja ver, por la bata entreabierta, los senos redondos y duros que el sol de los fuertes veranos ha dorado como frutas.

Cae la leche en el balde con una música suave que acorda con el resuello de la vaca y el respirar de Raquel.



>>>

Alberto Gerchunoff
Leche fresca

Los gauchos judíos

Aguilar - BA - 1975
[ pp.39-40 ]

<<<