miércoles, 24 de octubre de 2012

El Fabuloso Carnaval Ambulante de la Norma Cruzada - borrador 121022




El payaso le pega
y el enano lo insulta
y se bancan la patada
la cruz indiferente
de la mula

Estoy al otro lado del barro
charco grande
pero no soy de acá
llegué por error
una broma de la Máquina

El enano se pone de pie
mira cómo se va el payaso
no llora
parece             pero no
el aire
que viene de la costa
le irrita los ojos

Para ser feliz acá
hay que estar adentro
los demás : el cotillón

Desafina sin vergüenza
el volador
y poco importa
allá arriba
en el trapecio             nadie lo escucha

La trompa
por arriba de los alambres
pura gravedad
y a ponerse a un costado
que no te salva ni el amor

Terminada la función
escribe
detalles y más detalles
la rutina minuciosa
cuaderno encontrado años después
buscando la varita
y los naipes arreglados

Antes del mate
cortar la leña
las ramas tiradas por ahí
y a cuidarse de las víboras
y los bizcochos húmedos

Sucio
siempre el lugar más sucio
al lado del puerto
o de la estación de servicio
que da la entrada al pueblo

y después dicen que lo ensuciamos nosotros
o los animales que no cuidamos
y tratamos mal
como si             hasta nosotros
llegara la vida como una fiesta

Así es
la fama de sucios nos precede
y permanece después de habernos ido
nada que alguna billetera enterrada en el barro
no cure

Las manos duelen
al principio
y también después pero ya no importa

la barra del trapecio ha olvidado su madera
y vuela
gobernada por nadie

Al final de cada cuerda
se hamacan conmigo
dos llaveritos de la suerte

Vos estabas en superior
y yo en inferior
y era de tarde
y los micros esperaban
para llevarnos al Zoo

cuando nadie te prestaba atención
te acercaste y me dijiste
que te gustaban mis ojos ...
yo te regalé mi caja
de maní con chocolate

Pasaron cinco años
antes de que habláramos de nuevo
en la sala del cine a oscuras

tenías la trenza
que te hacías después
de la hora de gimnasia

Te vi esta mañana
en la playa
de lejos
y te veo
ahora
al otro lado de la arena
bajo esta carpa de mala muerte

mientras afuera no para de garuar
ni vos             adentro             de sonreír
como si el payaso
que salta de un lado para el otro
no fuera suficiente

Te tocaba y estabas curado
de lo que fuera
no tiene importancia
eran sus manos
esas manos
y el agua que le bajaba por la frente
el cielo y las nubes
que pasaban como ganado
las patas del dios del campo
la pampa de los santos
el campito de los pecadores

Estaba en las manos            
en el gesto que las levantaba
y en la firmeza
con que se clavaban
a la cáscara de tu alma

la vibración que borroneaba
las líneas del mundo
hasta que volvía a agarrar el balde
y mojaba los trapos
y balanceaba la escoba en la entrada

justo debajo del cartel
que decía siempre igual
al tiempo que dejaba ver
el nombre de un dueño
que no estaba por ninguna parte

Va de un trapecio al otro
y de regreso y             así
divierte a todos
la ocurrencia
del conductor del programa de radio

hasta que por fin le dice que ahora podría cantar
y abre el libro en cualquier parte
y señala por el medio de la página
y los dientes del tenedor
se le quedan clavados en la frente por un rato

mismo lapso que dura la canción de los Beatles
que el operador de guardia logra encontrar
entre las marcas de la consola verde-oliva

Y sale             la Norma
y nos ve
y entre la sombra que la rodea
así de cruzada
nos ve

y saluda el aire
las espaldas
aquella polvareda que daba de comer a la ruta

y la mimaba
al fondo del camión
entre el olor de los tigres
y el aliento a león
acostumbrado a la comida pasada

su pecho libre para las manos
y la cabeza perdida
entre los sueños del escritor
que hizo añicos su nombre
después de matar al mago con su propia varita

Sale la Norma             decía
y se deja cruzar por el hilo de luz             único
que le pega desde la punta de la carpa
justo debajo del pararrayos
y a trece minutos de la tormenta

Era septiembre
y seguían sin saber
quién había pintado
aquella cruz
en la puerta de su carro

celeste con marrón
igual que una boca
apretada
cosida con los hilos olvidados
del costurero de la Patricia

Dos funciones en el verano
en los playones el puerto
como si apenas supieran de la vejez
ni de las cuentas
de los habitantes de aquel barrio

como si fueran nuevos
y abrieran ahí por primera vez
sin prestar atención a las lonas emparchadas
las costuras de hilos desprendidos
que el viento hace chillar como látigos de aplauso

de segunda función dedicada al triunfo
bajo las suelas
de las treinta personas que esperan
bajo la sirena que aprieta las nubes
justo cuando las primeras gotas se les vienen

y el malabarista sube la música
y el domador tira el cigarrillo una pitada antes
víctima de la sonrisa de un dios
( no sabe de cuál pero promete
averiguarlo )

La Norma se pregunta dónde andarán todos
adónde se habrán ido después de la función
y le cae             de pronto
la noticia de la muerte
de los años apurados a la venganza

y se recuesta en el pasto húmedo
junto a la jaula vacía
y piensa que le habría gustado un porro
a esa hora
fumado sin alarde

sin moverse del suelo
sin preocuparse por los fantasmas
que se le vuelven más nítidos

No sé por qué
te gustaba
que te contara esta historia

ya sabías que no era inventada
que me la había contada la mujer del tirapuñales
al segundo mes de cuando el marido
se fue mientras esperaba a que le quitara
la ropa
toda sostenida por piolines
y con una paciencia que no encontré en nadie más

Estos pueblos tienen todos
el mismo olor
más aun cuando se recuestan sobre un río

verdes
azules y rojos se empeñan
en sostener la especie ...

¿pero cuál?
eso
que alguien me diga cuál
que alguien se pare en el centro del ruedo
y nos lo diga

y se quede con los ojos fijos
y al frente para obligarnos
a aplaudir

Me contaste que no quisiste volver
que este año planearon la ruta sin vos
como si fueras un pedazo del público
del que poco bueno
tienen para decir
y no es que diga que lo haya
( muy al contrario )

Han pasado los años
y ninguno se acuerda             o casi
de aquel juego con los fósforos
el vuelo que hinchaba el ardor de tus chispas

el dibujo del aire que era una cuerda tirante
bien tirante o nada
porque no teníamos lugar para los juegos de otros

Han pasado             sí             los años
y de todo esto se acuerda a duras penas
algún viejo
perdido por ahí
y nadie más

Los que se acuerdan bien andan muertos
y sonríen cuando no los vemos
o cuando nos damos vuelta
porque nos llama una voz que creemos familiar
y hace que nos volvamos a subir al micro

vos con mi caja de maníes
y yo con mi rhodesia de mentira
envuelta en papel-metalizado azul

este planito que la memoria me regala
y que yo hago de cuenta que es cierto porque
de otro modo
vos no estarías
y no habría manera de encontrarnos
al costado de estas lonas
que la lluvia insiste en golpear
hasta dejarles un dibujo
muy parecido
a tu pelo
mojado

Te gustaba             allá lejos
cuando el disco de los Beatles
que suena y vuelve a sonar
contra el fondo verde-oliva
y el mundo no se importaba de nuestra timidez
que te contara las otras historias
que yo hacía como si las estuviera inventando

pero que en realidad me las había contado el tío Germán

historias que te contaba como podía
y que rellenaba de apuro
cuando la memoria me fallaba
ayudado por alguna que otra risa
que se te escapaba

y te dejaba la cara roja

Y             hoy             la Norma
recuerda estas historias
contadas por un nombre olvidado
o difícil de pronunciar
( lo cual muchas veces resulta lo mismo )

y me mira como si me conociera
pero sin aceptarlo del todo
hoy que
si hubiera llovido más temprano
hubiesen hecho una función
más
justo después de la merienda

hoy
que no podría ser menos visible
yo
entre las cabezas de esta cola
que mira el arco de luces que corona la entrada

con una cantidad imposible de madres
que hablan y hablan
y no paran
porque saben que
de ese modo
los chicos las sintonizan
igual que los barcos al faro
que está un poco más allá
después de la curva de Mogotes
todo rojo y gris
un rojo tapado por el gris

Y la Norma señala hacia los trapecios
y el mono sube a asegurarse
el mono siempre hábil
para arreglar lo que le indiquen
pero sobre todo cuando se lo dice la Norma

Y es como si la Norma no pudiera
soltar la barra que cuelga de las cuerdas
mientras los truenos aturden su preludio
y los más chicos ordenan sus canastas de chucherías
antes de atacar la fila de los futuros espectadores
entrada en mano
si escondida de la lluvia             mejor

La Norma tiene esos momentos
cuando nadie sabe por dónde anda
y aparece de sopetón con los ojos irritados

igual que aquella vez en el tren
tarde en diciembre
con la ventanilla trabada y nadie que pudiera cerrarla
detenidos en Hudson y con toda la tierra en los ojos
mientras atardecía y el cartel de la estación dejaba
que la sombra del plátano le hiciera
lo suyo

La Norma miraba hacia fuera
medio hundida en el asiento
habían estado ahí tres noches
el pasado abril
y el comisario seguramente seguía
con su cara en la pared
de su cabeza

Y todo esto pasó
y sigue pasando
mientras observo las letras de mi entrada
sin poder leerlas
y las madres auguran que la tormenta está por ceder

y me doy cuenta de que estoy apoyado
contra el carro de la Norma
como la cruz
y justo
se corta la corriente







sábado, 20 de octubre de 2012

Desde los Cuadernos de todo y nada (119)




—Mujer, ¿cuánto te ha costado esta espumadera?
—1,90.
—¿Cómo, tanto? ¡Pero es una barbaridad!
—Sí; es que los agujeros están carísimos. Con esto de la guerra se aprovechan de todo.
—¡Pues la hubieras comprado sin ellos!
—Pero entonces sería un cucharón y ya no serviría para espumar.
—No importa; no hay que pagar de más. Son artificios del mercado de agujeros.



Macedonio Fernández
Cuadernos de todo y nada (p.119)
Ediciones Corregidor. Buenos Aires, marzo de 1990










jueves, 18 de octubre de 2012

Creemos



—Todos estamos incompletos —dijo el Sabio (a Indra)—. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.




Marguerite Yourcenar
Cuentos Orientales (Kali decapitada)
Alfaguara. España, abril de 1993
Traducción de Emma Calatayud








miércoles, 17 de octubre de 2012

Desde los Cuadernos de todo y nada (132)




A la negra Tarsia, hoy de 83 años y que come todo el día, le gustó siempre la alegría: un velorio, por ejemplo, era su delicia.  (p.132)



Macedonio Fernández
Cuadernos de todo y nada
Ediciones Corregidor. Buenos Aires, marzo de 1990






lunes, 15 de octubre de 2012

Café de puerto



La puerta no se cierra ni de día ni de noche
y el mar es el cliente mejor de la taberna,
que tiene un nombre ambiguo de tienda de perfume
lejano de las algas y enemigo del viento.

—¿Mariano, a qué vienes? —Vengo de las estrellas.
Allí se bebe brisa y no cuesta nada ...
—¿Y qué buscas en la tierra? —Busco un hombro moreno
donde pueda a la noche deshojar mi cabeza.

El farol de la puerta lo ha encendido la tarde;
alguien canta lejano en idioma extranjero;
el mostrador se llena de aguardiente y de risa
y los hombres discuten de mujeres y barcos.

“Te pareces a un novio que yo tuve hace tiempo;
se tatuó mi nombre y mis dos apellidos,
y cuando no bebía en las noches de luna
me cantaba canciones de su tierra caliente ...”

Dos marinos ingleses bailan en las losetas
un loco “typperary” sin ritmo ni concierto.
La botella de vino espera destapada
la caricia de sangre de una sien dolorida.

—Oye, ¿Cómo te llamas? —¡Qué te importa mi nombre!
¡Estrella! ¡Rosa! ¡Carmen! Dime tú como quieras;
el mar nos ha quitado la patria y la memoria
y no sabemos nunca el día en que vivimos.

La vieja de las flores, en su locura mansa,
va repartiendo, alegre, billetes del tranvía.
Dicen que tuvo un hijo galán y marinero
y un día de levante le encontraron ahogado.

¿Qué quieres que te traiga? ¿Un mantón filipino?
¿Una caja de conchas? ¿La piel de una sirena?
—Tráeme una caracola grande como tus ojos
y así tendré ya siempre el mar dentro de casa.

La noche va subiendo por el acantilado,
apagando el gemido de los acordeones.
“La Camelia” se llena de marinos azules
y el dominó sonríe como una dentadura.





Rafael de León
Romance del amor oscuro
Ediciones Musicales Milco. Buenos Aires, junio de 1957