lunes, 21 de mayo de 2012

Jazz-Blues en el Trampa Bar




Jazz-Blues en el Trampa Bar
Poema de D.R.Mourelle



Durante 37 noches, a lo largo de poco más de tres años, fui al Trampa Bar a escuchar música; y cada noche a las doce unas líneas me fueron dadas por aquellas notas benditas de humo; unas líneas que se me cuelan con éstas.


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Este libro es de lectura libre, con salida a la gorra.
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miércoles, 9 de mayo de 2012

Take a walk on the wild side


Baires; lunes 11 de julio de 2011

Algunas personas que me son cercanas, vos incluida, que me conocen desde hace ya bastantes años, saben que soy una persona amistosa, pero no amigable. Pocos buscan la amistad de quien dice la verdad. Y no es que ande yo por ahí diciéndole a todo el mundo lo que pienso sin mayores preámbulos, no —esto lo sabés también—; pasa que, lisa y llanamente, se me nota. Y lo que no se dice, cuando percibido por otro, impulsa a este otro a pasarlo a palabras; y ya sabemos, sobre todo los escritores, que encontrar las palabras justas para eso que se quiere decir o, como sería el caso, lo que suponemos que el otro nos está diciendo nada más que con el aura que lo rodea, no es moco de pavo, requiere de mucha práctica, de mucha gimnasia; y sabido es también que la gimnasia cobra caro la entrada con dolores de grueso calibre, por lo cual pocos avanzan más allá de primer día. De ese modo, el interesado en cuestión siempre yerra, sin excepción, elige mal las palabras y termina en otro lado, suponiendo que la cosa está muy mal pero en el sitio equivocado. Por esto es que la incomodidad que percibo cuando se me pregunta por lo de aquí o lo de más allá me inclina a evitar que se llegue ahí; no siempre se me da la solución feliz para eludir tales momentos, en consecuencia no me acerco demasiado a nadie. (Esto tiene un desarrollo que vas más allá, pero a los efectos de este día, lo voy a posponer.)
Dicho lo anterior y con Lou Reed que insiste en cantar asomado detrás de tu oreja; te cuento:
Era miércoles y había llegado el mediodía, así que, mientras dejaba ir lo que estaba haciendo en la compu, me puse a pensar en qué me gustaría comer, qué de lo que había en casa, claro está, además de la manzana y la mandarina que había sacado de la heladera mientras desayunaba y que, era de esperarse, ya estarían a temperatura ambiente... Te decía, entonces, que cantaba el pleno mediodía cuando sonó el timbre.
Te hago una aclaración: cuando suena el timbre en casa nunca puede saberse a ciencia cierta si es el de casa... Esto se debe a que, por alguna conexión de la que no sabría explicar, podría haber sido el de algún vecino —tanto del costado como de abajo o de arriba. Así, ante la duda, es preferible atender y equivocarse que dejar pasar y que pudiera tratarse, como en mi caso, de alguien que viene a buscar un libro y que me perdiera la venta. Normalmente quienes vienen a buscar libros me avisan antes, para asegurarse de que habrá alguien, pero aun cuando no espero a nadie, como ocurría ahora, atiendo y pregunto.
Así que levanté el auricular del portero-eléctrico y pregunté quién era; una voz desde la vereda preguntó si conocía a alguien cuyo nombre, si bien no encajaba del todo, se parecía demasiado al mío. Cuando pregunté quién era, la voz me respondió que la policía...
No es fácil escuchar que unos metros más allá y hacia abajo (recordarás que vivo en el primer piso) te está buscando la policía. No tanto porque creyera que iba a terminar en el calabozo —difícilmente, creo, la policía te vaya a tocar el timbre tan amablemente, equivocando tu nombre aun cuando fuera por poco, para arrestarte—, sino porque enseguida se tiene la certeza de que se aproximan malas noticias —malas de las gruesas. Así que le dije que ya bajaba.
Me armé no sé si de valor pero de lo más parecido que encontré y allá fui (esto de armarse para ir al encuentro de la policía no sonó nada bien; pero así estaban las cosas). Bien sabido es, también, que la policía no llama por teléfono cuando, ocurrido un accidente, encuentran algún papel con tu nombre; la policía va personalmente a darte la noticia. Como mis queridos cercanos estaban todos a buen recaudo, pensé que podría tratarse de alguno de esos familiares dejados en el camino como manera de ejercer la defensa propia —este pensamiento me fue poniendo los pelos de punta. En la puerta de calle me encontré con un agente en bicicleta y otro que pasaba hacia la izquierda en otra; ambos con un manojo de papeles agarrados con bandas elásticas.
—Le traigo una citación —me anunció; y acá medio me congelé— de la junta electoral... —Acá, gracias a los dones de mis guardianes, como un relámpago relacioné que al siguiente domingo eran las elecciones para jefe de gobierno y demás funcionarios de la ciudad y, a contrapelo de lo que pudiera esperarse, recuperé el aliento. Le mostré mi documento, firmé unos papeles y subí con la citación y un montón de instructivos de todo tipo: el domingo debía presentarme en la escuela que está en el parque, cruzando la calle, a las 7:30 de la mañana, para ejercer como segundo suplente en una de las mesas que se dedicarían a recibir los sufragios de los radicados en la ciudad.
No sabría ahora, como no lo supe entonces, por qué me sentía alegre; se trataba de una alegría extraña. Pero puedo suponer que el ingreso a un territorio desconocido por mí hasta entonces tenía mucho que ver en aquello —además de que todos los malos pensamientos que me acosaron hasta llegar a la puerta de calle estaban ya casi borrados. Nunca antes había sido convocado para cumplir con ninguno de los deberes que se puede imponer sobre cualquiera solamente por residir en un sitio determinado —a excepción de cuando me tocó ir al servicio militar, en 1975, hace más de 36 años; cosa que me empapó aquel año de un sufrimiento que ahora no era más que una pequeña parte de la memoria (puede que alguna vez deba revisar qué quise decir ahí con “pequeña”...)
También pudiera ser que no había rédito en sufrir de antemano por tener que pasar todo un domingo a merced de lo imprevisible; lo cual, por otra parte, prometía, como si dijéramos “de costado”, materia cruda para lo que ya se vería qué.
En la cena de esa noche —la cual es una suerte de hito familiar de cada miércoles—, anuncié lo acontecido y entre bromas y advertencias un susurro del aire presagiaba que no sería tan mala cosa y con ese pensamiento volví a casa, me fui a la cama, leí como es lo usual y me dormí sin más vueltas. En los días siguientes, salvo por haber pasado los ojos por encima de los instructivos, las cosas cotidianas transcurrieron como siempre —y digo “pasar los ojos por encima” porque aquello no fue realmente leer; estaba claro que ser el segundo suplente no ameritaba responsabilidad y que, seguramente, habría allí personas con experiencia a las que recurrir en caso de emergencia —¿además... qué tan difícil podía ser aquella tarea?
Todo transcurrió como siempre, decía, salvo por esto que recuerdo ahora: en la noche del viernes, y lo mismo en la del sábado, me desperté a las tres de la mañana con dolor de muelas... al menos, se trataba de un dolor que tenía toda la forma de provenir de una muela, aun cuando no pude precisar cuál; me acosaba desde la derecha y arriba, y habría podido jurar que era de la corona que tengo por ahí... pero esa muela, antes de ser coronada, había sufrido un tratamiento de conducto, cosa que indicaría que el nervio había pasado a mejor vida... Bueno; estas son minucias que no sé si importan mucho; lo que importa que, aun cuando no suelo tomar calmantes, y luego de haber esperado como media hora a ver si me dormía de nuevo, me fui a la cocina a tomar uno —esto ocurrió en la noche del viernes, como te decía, y lo mismo en la del sábado. En ambas ocasiones, al poco rato ya estaba dormido de nuevo y apenas un poco del dolor se mantenía cuando me desperté.

Y llegó el domingo...
Me levanté a las siete, casi como si fuera un domingo cualquiera, me lavé los dientes y la cara, me preparé el café con leche, me serví algunos cereales, desayuné y a las 7:30 en punto estaba mostrándole al gendarme de la entrada de la escuela la citación, y éste me indicaba hacia dónde tenía que ir. Llegué a un aula, que estaba ahí nomás, donde una chica con una especia de camisa confeccionada en dos partes, de color amarillo, y atada con unas cintas a los costados del cuerpo, me pidió la citación y, dado que era suplente, me indicó que esperara a que llegase el presidente de mi mesa. Cuando fueron las 7:50, no habiendo llegado ni siquiera el primer suplente y quedando sólo la urna de mi mesa, me dijo que firmara un papel y que me la llevara, que si el presidente no llegaba a las ocho, el cargo era mío. Y así ocurrió.
Llegué al aula que me correspondía y reconocí que las cosas no iban a ser como las recordaba de la elección pasada. La mesa no estaba fuera del aula sino adentro, y el cuarto oscuro era un cubículo limitado por mamparas cuya entrada estaba casi contra la pared opuesta a la mesa —de este modo, nadie podía ver lo que fuera a ocurrir allí adentro. Cuando pegué la vuelta para mirar cómo era la cosa, me encontré con las boletas debían colocarse en unos colgantes de plástico transparente que tenían bolsillos a tal efecto.
Junto con la urna, me habían dado una bolsa negra, de ésas que se usan en los edificios de departamentos —de consorcio, creo que se las llama—, y ahí estaban las boletas de los distintos partidos... curioso lugar para ponerlas, recuerdo que pensé, claro que hasta pudiera ser que fuera parte de un mensaje subliminal —o del más allá. Cada juego de boletas estaban en una bolsa de plástico transparente, algunas cerradas con una cinta adhesiva, otras, de modo hermético, casi al vacío —cosas que la tecnología deja más cerca de los más pudientes. Fui sacando las boletas de sus envases y poniéndolas en los bolsillos que colgaban del interior del cubículo. Tengo que señalar acá que uno o dos partidos se tenían mucha fe: la cantidad de boletas a su nombre duplicaba o hasta triplicaba el número de las de sus adversarios; esto mismo hizo que las dividiera por la mitad y las colocara en dos bolsillos diferentes, dado que en uno solo no cabían.
Repartiendo las boletas en los bolsillos estaba cuando comenzaron a llegar otras personas, se presentaron como fiscales... recién acá comprendí que pasaría muchas horas en su compañía —esto, que debería haber sido cosa obvia para mí desde el primer día, me produjo no poca inquietud. Ahora bien, para que me entiendas: no es que no supiera que iba a estar en compañía de otros, que no iba a estar solo, pero una cosa es tener una vaga idea acerca de un escenario posible sin detenerse a mirarlo con atención y otra es que el escenario resulte no tener salida; una cosa es saber que las nubes son, al fin y al cabo, agua en estado de vapor y otra que se te venga encima una tormenta de los mil demonios... tampoco que sea yo persona de salir a los gritos cuando algo por el estilo ocurre cerca de mí... como aquella vez cuando, a la salida del súper, comenzó a llover y, mientras íbamos cruzando el parque, la lluvia fue en aumento, a tal punto que decidimos quedarnos debajo de la autopista para ver si amainaba; fue en la época cuando el parque estuvo parcialmente cerrado y no se podía pasar por el medio y había que dar un rodeo por Emilio Mitre. Y ahí estábamos, debajo de la autopista, frente a las puertas de donde reclutan para la metro, y seguía llegando gente a guarecerse, y el nivel del agua ya había superado el cordón y se nos venía por la vereda, y los dos nos dimos cuenta de que era mejor salir de ahí antes de que nos arrastrara la correntada; y salimos a la lluvia, y llegamos al departamento hechos sopa de cabo a rabo...
Bueno... te decía que fue llegando gente: dos mujeres que se presentaron como fiscales designadas por sus respectivos partidos para estar en esta mesa; después aparecieron una chica y un muchacho que lo hicieron como delegados de no recuerdo ahora qué —si el gobierno de la ciudad o la junta electoral o de la fundación papeles y cartones —la chica de modales suaves, el muchacho un tanto atropellado. Mientras que los anteriores hablaban entre sí y trataban de conversar conmigo (yo seguía dentro del cubículo, a buen recaudo, sabiendo que no podría durar), apareció una mujer con porte de autoridad que recorrió el aula desde la puerta hasta el extremo de la mesa de sufragio, que era donde había dejado yo la urna y las bolsitas de implementos varios —cinta adhesiva, birome, tijerita (de una pobreza notable)—, y se quedó ahí como si le faltara algo (podía verla por la hendija que dejaban las mamparas en la esquina donde se unían en ángulo recto)... o alguien... y fue ese pensamiento el que dio por tierra con mi refugio. Salí del cubículo y fui hacia ella, resultó ser algo así como la fiscal del distrito —claro que podría estar confundiéndome con alguna serie de la tele y su título fuera similar pero totalmente otro. Parecía estar en mucha confianza con una de las fiscales de mesa, la que provenía del FPLV, pero se me ocurrió que tal vez se conocieran de alguna otra elección.
A las 8:15, aun cuando seguía faltando el presidente original de la mesa y también el primer suplente, la fiscal grande dictó que comenzáramos y así lo hicimos. Me senté a la mesa, a mi izquierda se ubicó la fiscal del FPLV, a mi derecha la del PRO, e inmediatamente al lado un muchacho recién llegado que dijo venir de SUR. Vamos a ponerles nombre para que sea más fácil ubicarlos de acá en más; respectivamente: Graciela Dammi, Aurora Salvatierra y Rubén Santos.
Graciela y yo votamos en primer lugar, Aurora dijo que más tarde iría a votar a la mesa que le tocaba —que era por Recoleta— y Rubén votaría también, en la mesa donde le indicaba el padrón, más cerca del mediodía. Me resultó cosa extraña eso de sellar y firmar mi propio DNI; pero no me detuve mucho a mirarlo porque comenzó a llegar gente.
La votación en sí no tuvo mayores variantes desde el lugar de los votantes, siguió el camino que cualquiera podría haber fantaseado sin necesidad de haber sido nunca elegido como autoridad de mesa. Así que me voy a concentrar en describirte las cosas que fueron sobresalientes de este lado de la mesa.
A poco de comenzado los comicios —notá cómo ya estaba impregnado de la jerga pertinente a la oportunidad—, noté que Graciela me hablaba casi todo el tiempo... al principio al menos, supuse que me hablaba, pero con el pasar del tiempo me percaté de que era una suerte de monólogo. No te voy a negar que este monólogo pudo haberse producido dada mi parquedad, pero tené en cuenta que también tenía la alternativa de callarse o hablar con algún otro de quienes estaban en la mesa, aun cuando, para hacerlo, tuviera que arreglárselas para que sus palabras me esquivasen por el costado o por arriba. Esto fue así hasta que apareció José Ortegante con su libreta y listo para votar...
Cuando el nombre de Ortegante fue dicho por mí en voz alta para que los fiscales lo pudieran tildar en sus planillas, Graciela recordó a su profesora de Geografía, la señora Paz de Ortegante y se lo hizo saber a nuestro recién llegado; éste la miró y por unos segundos un silencio de no poca intensidad se nos vino encima.
—Sí —le respondió—; era la esposa de mi primo... Se divorciaron hace unos quince años, puede que veinte.
De aquí en más, cualquier persona sensata habría cerrado la boca; pero no fue así. Graciela comenzó a ponderar a la señora Paz de Ortegante de una docena de modos posibles. Ante esto, el señor Ortegante no dijo ni mu; mientras nuestra fiscal recordaba las costas de Europa y Asia en los mapas que se colgaban de los pizarrones de su colegio, el señor Ortegante fue dando pasos lentos hacia atrás, alejándose de la mesa hasta desaparecer detrás de las mamparas que delimitaban el cuarto oscuro; no te vayas a creer que esto intimidó a Graciela: lo esperó sin reparar en que el resto de la mesa ya estaba controlando los datos de la siguiente persona y, cuando regresó a colocar el sobre en la urna, le dijo:
—Si la  llega a ver, dígale que sus alumnas nunca nos olvidamos de ella. —El señor Ortegante salió del aula y se perdió en el patio de la escuela; me resulta difícil darte una idea del gesto en su cara, de ese último gesto mientras se iba, así que deberé apelar a tu imaginación.
Una vez más, cualquiera hubiera creído que ahí se había terminado aquel asunto, pero resultó que había otros siete ciudadanos de apellido Ortegante y, cada vez que llegaba uno, la historia se iba repitiendo sin mayores modificaciones. Así fue hasta que llegó el último: un muchacho de 18 años que votaba por primera vez y quien, ante la pregunta por la profesora Paz de Ortegante, se limitó a decir que no tenía la menor idea de quién era; este cierre inesperado de aquella situación generó un aplauso secreto por parte del resto de la mesa, sí: una fiesta muda.
Llegado el turno de Aurora, convendría asentar su predisposición hacia cierta rigidez; baste que te diga de entrada que cada nueva persona que se acercaba a la mesa era dirigida hacia mí, cuando extendía su libreta, con las palabras: “Al señor presidente de mesa”; esto, al principio, no causó mayor impresión, pero a la entrada del votante número cien te podrás imaginar que encendía el ambiente de notas incómodas.

Luego tuvimos el firmado de los sobres...
En la cara de los sobres, venía impreso un lugar para que firmara el presidente de mesa y, debajo, dos lugares para que firmaran los fiscales. A poco de comenzada la firma de la segunda tanda de sobres (los íbamos firmando de a diez como para tenerlos ya listos antes de que cada votante entrara al aula), notamos la demora con que regresaban al costado de la urna; la causa: Aurora firmaba con su nombre completo, lo cual, sobre todo al ver el resultado en el papel, me recordó la primera vez que saqué la cédula de identidad, a los cinco años.
Cuando Graciela observó la firma, le sugirió que escribiera algo más breve, las iniciales por ejemplo; a lo que aurora respondió:
—Pero ésa no sería mi firma, mi firma es ésta.
El diálogo continuó un poco más, muy poco, porque al ver que la cosa podía subir de tono, intervine y dije que dejáramos que hiciera su firma tal como era —estaba claro que no se iba a avanzar nada en otro sentido y ya bastante teníamos con aquello de “al presidente de mesa”.
En cuanto a Rubén, te voy a ser franco, fue como si no existiera, el hombre se dedicó a hacer el trabajo que le había asignado su partido y no abrió la boca salvo para las cosas que así lo ameritaban; supongo que se habrá hecho su composición de lugar de lo que veía y escuchaba a su alrededor, pero hizo lo posible por pasar inadvertido y lo consiguió.

La nota pintoresca la daban los fiscales ambulantes —los llamo así para diferenciarlos de los que estaban sentados a la mesa conmigo—; cada hora o cosa por el estilo aparecían para revisar las boletas, las que, como ya indiqué al principio, estaban colgadas de las paredes interiores de la mampara. Desde ya, cada vez que aparecían —lo cual se hacía notar por un montículo de personas, la mayoría jóvenes, que se apretaba contra el marco de la puerta— había que parar la votación para que entraran a realizar su control; a esto se agregaban los fiscales de la mesa, parándose de manera automática ni bien entraban los ambulantes a mi señal y siguiéndolos hasta que el grupo completo desaparecía detrás de la mampara. No me preguntes cómo hacían para entrar todos —eran como siete u ocho— en aquel espacio de cuatro metros cuadrados ni qué hacían ahí exactamente; lo cierto es que a los cinco minutos salían como habían entrado y los locales regresaban a sus sillas y la demora iba sumando sus efectos en el ánimo de los votantes que esperaban haciendo fila.
Te decía que la mayoría de los fiscales ambulantes eran jovencitos de no más de veinticinco años, algunos ni llegaban a veinte. Más tarde, en un descanso porque no había nadie para votar, una joven de unos diecinueve nos contó que era de la izquierda; y pensé que no podía ser de otra manera a esa edad y me acordé de otras jóvenes parecidas, allá por el año ’74, que nunca llegaron a los veinticinco. Claro que después fueron apareciendo otros jóvenes que no llegaban tampoco a los veinte y que eran del PRO o de los radicales, con lo que mi teoría sobre la izquierda como patrimonio de los más jóvenes se anegó.
Cada vez que los ambulantes invadían el aula, me hacían acordar a un dibujo animado de unos personajes que andaban de un lado al otro fundidos en una nube negra a las corridas y a los gritos y, creo que también, dando palos a diestra y siniestra. Ya me dirás si esta descripción te hace sonar alguna campana.
A las once de la mañana, un acontecimiento nos tomó por sorpresa: llegó un muchacho de unos veinticinco años y se presentó como el presidente de mesa. Los delegados de la junta llegaron inmediatamente después, llamados por Graciela, la fiscal del FPLV; tanto ella como los demás fiscales estuvieron de acuerdo en que no debía acomodarse como parte de la mesa, sobre todo luego de que explicó que había llegado tarde porque se había quedado dormido. Los delegados, si bien no lo indicaron como que debía ser así, le sugirieron al recién llegado que fuera hasta la seccional de policía a informar sobre su situación. A la hora regresó e insistió en formar parte de la mesa; como al llegar yo había firmado cuando recibí la urna, el presidente debía seguir siendo yo, así que firmamos un escrito en la misma hoja donde después se anotarían los resultados del recuento y se sentó como suplente. Más tarde, Graciela me explicó que seguramente no quería perder el dinero que le pagarían; también nos enteramos al rato, dado que no figuraba como votante en nuestra mesa, de que se había anotado como voluntario para ser autoridad de mesa. La verdad es que fueron momentos incómodos y que, desde ya, volvieron a demorar la votación. En este sentido, los delegados actuaron de manera un tanto débil; sobre todo uno de ellos, a quien le exigí que también él firmara el escrito donde se establecía que el joven podría incorporarse, esto porque, a todas luces, iba a quedar como que había sido una decisión mía —por lo que pasó unas dos horas después, esta exigencia no le cayó muy bien que digamos.

Serían pasadas la una y media cuando el delegado entró al aula con gesto imperativo para demandarme que apurara la votación porque la cola era larga. En primera instancia, me quedé mirándolo sin alcanzar a comprender qué era lo que me estaba pidiendo; al mirar a mis compañeros de mesa, comprendí que ellos tampoco. Al ver esto, el delegado señaló que había que hacer pasar a los votantes de a tres. Los integrantes de la mesa, nos miramos.
—Mire —le dije—; si quiere que vayamos más rápido, ¿qué le parece si controla que no nos interrumpan tanto?
A esto, me respondió:
—Más vale que no me hable en ese tono.
—Mire —le respondí—; si no le gusta el tono, se puede ir a quejar donde mejor le quepa, a la Junta Electoral, o los gendarmes o se puede ir hasta la seccional de policía, pero por favor déjenos hacer este trabajo.
—Claro que me voy a quejar; usted no tiene idea el problema en el que está.
—¿El problema en el que estoy? —le repliqué poniéndome de pie—. Yo puedo hacer entrar a los votantes de a diez, pero al cuarto oscuro solamente pueden pasar de a uno, así que seguramente va a conseguir achicar la cola, pero eso va a pasar a cambio de amontonar gente acá adentro.
No dijo nada. Me miró todavía más furioso. Se dio media vuelta, fue hasta la puerta como para irse pero se detuvo ahí y les dijo a quienes estaban en la fila:
—Esta mesa no va más rápido por culpa del presidente de mesa. —Y ahí, sí, se fue.
Me quedé estupefacto. Miré al primero de la fila y le dije:
—Adelante, por favor.

Tal como ya te conté, el presidente de mesa original estaba sentado a la mesa con el resto de nosotros pero sin hacer nada, en parte porque no teníamos más copias de la lista de votantes, y otro poco porque sus servicios no eran necesarios. Claro que, cuando llegó el mediodía y Aurora anunció que se iba a votar a Recoleta, el presidente fallido —a quien llamaré Adrián Pérez— ocupó su lugar. Al rato, Rubén también se fue, pero regresó al rato dado que le tocaba votar en una escuela que estaba ahí nomás, al otro lado del parque.
En general, debo decir que los votantes nos trataban excesivamente bien, sospecho que porque no envidiaban nuestra tarea, o incluso por una suerte de culpa de la que no sabían cómo desprenderse —esto último, claro, es pura especulación de mi parte. Algunos padres y algunas madres concurrieron con sus hijas e hijos pequeños y les explicaban lo que estaban haciendo; esto, por suerte, en ningún momento provocó demoras —las que, al parecer por comentarios escuchados en el patio en los momentos cercanos al cierre cuando ya casi no venía nadie, sí se habían producido en otras mesas (y daba por tierra con las ínfulas del delegado prepotente).
Ya hacia media tarde las colas habían desaparecido de las distintas mesas y, salvo cuando se acercaba alguien que resultaba venir hacia la nuestra, me quedaba en la patio de la escuela, tratando de imaginar cómo serían ahí los recreos mientras me fumaba un pucho de la paz apoyado en una de las columnas que sostenía el cerramiento de zinc que hacía las veces de techo. En uno de esos recreos mezcla de realidad y fantasía se acercaron los fiscales, los mismos que entraban y salían de las aulas como si fueran siameses pegados por la militancia. La chica rubiecita, la que no podía tener más de 20 años, me habló pero, como estaba distraído en mis cosas, no entendí lo que me había dicho y me la quedé mirando sin saber qué decirle; esto, la quietud del cuerpo y del alma, me duró muy poco y, supongo que comprendiendo que estaba yo recién regresando de nunca sabría ella dónde, me volvió a preguntar:
—¿Todo bien? ¿Pasó la peor parte? ¿Pronto empieza el recuento?
—Sí; todo bien —le respondí—; teniendo en cuenta... —No sé si me entendió; así que le seguí con otra cosa—: ¿Para ustedes, todo anduvo normal?
—Y; sí... No esperamos gran cosa; apenas juntar para una banca... Es por el proletariado, ¿sabés; no?
Sin saber muy bien por dónde agarrar, le contesté:
—Vos eras de la izquierda, ¿no?...
—Claro; nos ocupamos de los que menos tienen.
—Todavía sos joven —le dije como si le estuviera aclarando que conocía su secreto—; ya vas a tener tiempo de ver si eso es así.
—Si la izquierda no se ocupa de eso, ¿de qué; eh?
—¿De destruir la derecha...?
Acá; me miró mal. No sé si de verdad entendió; o escuchó lo que pudo y torció el resto para pasarlo a palabras del enemigo, pero ya desde sus palabras anteriores, había venido subiendo la voz y me sospechaba, o sabía pero me lo negaba íntimamente, que no era ése el lugar para tal conversación... lo cierto es que el delegado de la junta electoral venía hacia nosotros acompañado por un gendarme, mientras que otro se quedaba un poco más atrás apoyado en la columna próxima a la mía. Ya me estaba dando por preso cuando, una vez más, la fortuna desequilibró el universo para darme una vía de escape.
Primero escuchamos unos gritos mezclados con risas. Lo primero que vi fue a unos muchachos que, a primera vista, parecían estudiantes secundarios; habían entrado a las corridas. Tenían tambores, tres tambores, del tipo al que los bateristas llaman redoblantes; y se pusieron a armar un bochinche padre. Desde el fondo, desde el otro patio, uno más chico hacia el que daban los baños, apareció otro con un bombo y se les unió en esa suerte de batucada renga. Inmediatamente recordé haber visto ese bombo en una de las esquinas de aquel patio, cuando había ido al baño un rato después del mediodía. Desde ya que los gendarmes salieron corriendo para detenerlos; al menos eso pensé. Claro que, en seguida, me puse a pensar cómo fue que habían logrado pasar: se suponía que dos o tres gendarmes debían estar apostados a la entrada. El delegado de la junta quedó en medio del patio, solo; y, por supuesto, quienes habíamos estado infringiendo la ley electoral nos fuimos cada cual para donde mejor nos pareció; en mi caso, hacia el aula donde estaba mi mesa.
El ruido que quería ser rítmico pero al que no le alcanzaba cesó de a un instrumento por vez y al rato el silencio se hizo notar. Durante unos quince minutos no apareció nadie más para votar; en cambio, uno de los gendarmes vino hasta la mesa a pedirnos por favor que hiciéramos como si no hubiese pasado nada, que si no iban a tener problemas graves, el por favor que acompañaba el pedido estaba siendo subrayado fuertemente... Los de mi mesa no tuvieron ningún inconveniente; así que aproveché a acompañar al gendarme hasta la puerta y le señalé que esperaba que ellos también nos hicieran la vista gorda, que “una mano lava la otra” fue la parte resaltada... a lo que me respondió que estaba de acuerdo y agregó que “a ese delegado igual ya no se lo banca nadie”.

Así nos fuimos acercando a las seis de la tarde, mientras iban llegando a votar algunos rezagados y los fiscales de cabecera del FPLV nos traían unos juguitos de naranja y otro gusto que era una mezcla un tanto inusual y muy dulce en envases de cartón que más parecían para chicos, de ésos que se llevan a la escuela, siendo esto último significativo (para mí) ya que estábamos en una, y también unos sandwiches prolijamente envasados al vacío y que habrían sido mejor bienvenidos al mediodía pero que ninguno rechazó. A mí me tocaron tres, así que me guardé dos en el bolso, con la idea de comérmelos esa noche. (Recuerdo que reparé especialmente en esta capacidad que tenía el FPLV para obtener estas cosas; lo fácil que parecía. Evidentemente, estas organizaciones tienen capacidad para llegar lejos si se lo proponen, y pude que apreciar que se lo proponen cuando ven que les conviene.)

Así llegó el momento de cerrar la mesa y ponernos a contar los votos. Cualquiera, incluido yo, supondría que aquello no podía tener complicaciones, que contar unos papeles luego de organizarlos en pilas tomaría su tiempo pero nada fuera de este mundo. Bueno... ya lo podés ir pensando de nuevo.
Tal como lo imaginaba, la cosa comenzaba por sacar las boletas de la urna y juntar iguales con iguales, revisar las que estuvieran cortadas y separar las que pudieran contener detalles sospechosos para decir, al final, si se las descartaba o si se las incluía y, en caso de incluirlas, de qué manera, cosa que permitiría consultar con alguno de los fiscales en caso de tener dudas.
Así continuó la tarde, que ya se había vuelto casi noche —cosa que podía constatarse en la cada vez menos luz que entraba por las banderolas de las ventanas, las cuales (no sé si ya te lo dije) estaban tapadas con papeles que impedían mirar hacia adentro del aula.
Según me indicaran los delegados, esa tarea la debían realizar el presidente y los suplentes, no los fiscales de los partidos que nos habían acompañado durante la tarde. Así fue que Adrián Pérez se ofreció a colaborar en esa tarea. Los fiscales sí podían, que para eso estaban, observar que todo se hiciera correctamente.
Adrián y yo fuimos organizando las boletas luego de contar los sobres para ver que coincidieran con la cantidad de votos que teníamos anotados en las planillas. Después fui contando las boletas y él fue pasando los datos a una tabla en el pizarrón —esto de usar el pizarrón nos fue sugerido enfáticamente por la delegada mayor del FPLV, diciendo que era un método mucho mejor que utilizar las hojas donde la tabla estaba ya impresa.
Bien, para no hacerlo más extenso de lo necesario, voy al grano: sucedió que los datos del pizarrón no coincidieron con los valores que ya habíamos tomado como referencia, las cantidades no coincidían. Había una margen de tolerancia —esto hay que decirlo porque es lo justo para con quien organizó los pasos a seguir—, pero estábamos bien lejos del límite de tolerancia. Esto, claro está, cayó, me cayó, como un rayo en una noche sin tormenta.
Y así estuvimos como una hora, vaciando la urna de nuevo y contando los votos y revisando los sobres a ver si habían quedado todos vacíos, mientras los delegados que iban de un aula a la otra nos golpeaban la puerta a ver por qué estábamos retrasados... El clima se iba poniendo denso y peor; los golpes en la puerta de uno de los empleados del correo, más fuertes de lo que los buenos modales hubieran recomendado, casi hacen saltar los tapones, especialmente los míos, pero llegar hasta la puerta me dio el tiempo necesario para frenar y colocar tapones nuevos.
Y en ese ambiente de malos augurios fue que se me dio por mirar hacia el pizarrón, hacia la tabla que Adrián Pérez había ido armando, no con total prolijidad aunque la suficiente como para que se pudiera entender lo que ahí decía, y casi con la misma fuerza con la que me había pegado aquel rayo vi que uno de los números parecía ajeno al resto. Efectivamente, no hubo que revisar mucho más allá para descubrir que estaba mal y que era el causante de las diferencias que nos tuvieron a mal traer hasta ahí. Ahí fue cuando Adrián comprendió que era hora de retirarse y lo hizo sin que mediaran palabras que lo demoraran.
Los números seguían sin cerrar pero ahora sí estábamos dentro del margen de tolerancia, así que me despedí de cualquier ambición que se inclinara hacia el escenario perfecto y decidí que ahí mismo se levantara el campamento.

Finalmente, siendo casi las 21:00, entregué la urna cerrada junto con toda la papelería de rigor, dije buenas noches, ni me acordé del empleado del correo que tan buenamente nos había golpeado la puerta y me encaminé hacia la salida. Entre la puerta del edificio de la escuela y la puerta de salida a la vereda, hay una suerte de patio y la noche estaba linda como para quedarme ahí parado unos momentos —no sé decirte ahora si la noche estaba verdaderamente linda o si su lindura fue tan sólo el efecto de verme libre de toda aquella jornada. Un gendarme que venía entrando me miró y me dijo:
—¿Ya está liquidado, eh?
—Así es —le respondí, sonriendo ante la posibilidad de que se estuviera refiriendo a mí—; que tenga buenas noches.
Y allá se fue, hacia adentro de la escuela, a escoltar las urnas que en un rato se llevarían los de correo. Y recuerdo que observé por un momento la pistola que tenía colgada a un costado del cinturón. Y me di cuenta de que aquella misma persona tan amable no dudaría en pegarme un tiro si así le fuera ordenado por sus superiores. Y, escuchando a Lou Reed y dándome cuenta de que el dolor de mi muela había regresado, salí hacia la vereda mientras me encendía un cigarrillo, el tercero de aquel día que ya se terminaba.














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viernes, 20 de abril de 2012

Cornisa



Otra colección de poemas para quien quiera pasar un rato de lectura inocente.

Se la puede bajar de

http://www.autorexus.com.ar/xmoure/120412_cornisa.pdf

Se lo puede compartir o subir adonde fuera apropiado sin restricciones.

Gracias y hasta la pröx.






jueves, 29 de marzo de 2012

Heisenberg y tus cortinas


Ha llegado el día:

El interesado puede bajar esta colección de poemas desde
http://www.autorexus.com.ar/xmoure/120327_heisenberg.pdf

Es un PDF y probablemente se lo pueda ver desde dentro del navegador; no obstante lo cual recomiendo bajarlo a la compu y leerlo mediante el Acrobat: se verá mejor.

Quien así lo desee puede compartirlo, tanto privada como públicamente, en blogs y en muros de vecinos, también en grupos a los que asista.
En unos días habré terminado la confección de un libro artesanal presentado en una caja. Lo podrá pedir también cualquiera; pero advierto que éste habrá que comprarlo. Si los poemas resultaran agraciados, esta caja pudiera resultar un buen regalo.

Bien; tampoco tardará otra colección contemporánea de la presente y se la podrá ver en este mismo álbum de fotos.

Nos vemox.









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miércoles, 7 de marzo de 2012

Libros viejos




Tengo por costumbre creer que las cosas que me pasan no son comunes al resto de las personas, sobre todo en lo que respecta a los sentimientos —en tiempos idos, creía lo contrario y me encontré con desilusiones de no baja talla.

Por ejemplo: la sensación que me invade al leer un libro usado, sobre todo si es viejo —y, cuando digo viejo, me refiero a esos libros que tienen fechas de imprenta anteriores a mi nacimiento o de los años cuando estaba en la escuela primaria.

Ahora, estoy leyendo un ejemplar de “Far Away and Long Ago”, de Hudson, que tiene un sello de Mackern’s, la vieja librería de la calle Sarmiento a la que papá solía ir cuando nos pedían lecturas desde la escuela o, cada tanto y sencillamente, porque le quedaba cerca cuando salía del trabajo.

La edición es de 1947 por lo que es de suponer que fue comprado en algún momento posterior a ese año aunque cercano; y tiene en la primera hoja, esa hoja blanca de rigor que va pegada a las tapas, duras en este caso, escrito en tinta el nombre de uno de sus lectores, una mujer: Myra Glotkin —este nombre está en birome, lo cual me hace pensar que no fue su primer lector (este pensamiento fue exagerado; supuse que la birome no se había inventado en 1947, pero resulta que sí, que fue inventada en 1938, en Hungría, por Ladislao Biro; así que bien pudo haber sido la señorita Glotkin su primera lectora allá por el ’47 o poco después).

También tiene diversas anotaciones en lápiz a lo largo de sus páginas: significados de palabras y fonéticas para pronunciación; lo cual indica que esta lectora o algún otro lector utilizó este libro en su aprendizaje del idioma inglés tal como yo lo hice con otros libros cuando tenía entre cinco y diez años.

La edición es de J M Dent and Sons —de la calle Bedford, en Londres— y en la retiración de la portada interior dice: “This book is produced in complete conformity with the authorized economy standards”, leyenda obligatoria y que recuerda la economía de post-guerra: duros años para el pueblo británico —lo cual lleva a pensar acerca de las contraindicaciones que presenta ganar una guerra.

Después de la hoja blanca mencionada más arriba, viene una página en blanco y, en su retiración, hay una lista de títulos publicados por la editorial. Lo interesante de esta lista es que se trata de libros destinados a los jóvenes adolescentes, y ¿qué autores incluye?: Thackeray, Dickens, Conrad, Eliot, Austen, Scott, Brontë (Charlotte), Bunyan, Swift... de este último se anuncia “Gulliver’s Travels” y se aclara: “Passages unsuitable for school use deleted” (decíme si no es devastador) —a pesar de la salvedad relacionada con Swift, cabría preguntarse por qué los adolescentes de entonces no frecuentaban las mismas lecturas que los de hoy.

Ahora bien, lo que viene a cuento de mis sensaciones es esta cosa de cómo el tiempo tiene su estilo: el modo como deja sus marcas.

Esas personas que leyeron este libro comenzando hace más de 60 años, son también yo. Con la diferencia que viene de tomar como referente al mismo Hudson: la edición fue impresa más de 100 años después de su nacimiento (que fue en 1841), pero ahora hace ya 90 de su muerte. Y en esas páginas cuenta cómo eran sus días cuando tenía 6 años y pocos más; o sea que estamos hablando de los últimos días del gobierno de Rosas: había niños jugando por las pampas mientras que otros, humanos de más edad, se mataban a cuchillo en las calles de Buenos Ayres y de otras ciudades y pueblos no muy lejanos.

Así, estas sensaciones y pensamientos que se me vienen no son comunes al resto de las personas; nada más tengo que salir a la calle para comprobarlo.





















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domingo, 19 de febrero de 2012

Algún día me lo dirá



Baires; 11 de marzo de 2007
Estimada Inés:

Silvia y yo nos encontramos este año en Mar del Plata. Y fue lo más cercano a un milagro...
Paula, Migui y yo habíamos llegado hacía un rato a la playa, temprano, a eso de las nueve de la mañana, como era nuestra costumbre aunque estuviera nublado; y estaba nublado, claro que en Mar del Plata puede estar nublado y ser un día completamente distinto a la media hora, tanto para bien como para mal... Bueno... Te decía que habíamos llegado hacía un rato y estábamos ya en el agua. Paula miraba atentamente porque había plantitas verdes y moradas por todas partes. Migui ya se me quería ir derechito al África, si es que me descuidaba, y tenía que alcanzarlo para traerlo de vuelta a profundidades menos riesgosas.
En eso estábamos cuando escuchamos el grito de Paula. Me di vuelta para mirarla y vi que chapoteaba sin que se pudiera entender cuál era el problema dado que lo que decía a los gritos era un enredo, cualquier cosa menos palabras. Le dije a Migui que volviera hacia la playa, cosa que comenzó a hacer, y nadé hacia Paula como alma que lleva el diablo. Una mujer que andaba más cerca la alcanzó primero. Para cuando llegué yo, tanto Paula como la mujer se estaban riendo a las carcajadas: una bolsa de las compras, de esas de plástico que dan en Toledo, le había rozado la pierna y de ahí el escándalo. Un chica, algo más grande que Paula se acercó también y le preguntó a la mujer: ¿Todo bien, mamá? Mejor vayamos a secarnos, propuse, y le hice señas a Migui para que se nos uniera o se quedara en la orilla. Como no me hacía caso, me fui a buscarlo. Lo convencí de salir del agua después de un rato de negociaciones de las que no faltó la ida a Sacoa y el paso previo por Manolo y la compra de un Torpedo Bubaloo y no recuerdo ahora qué más.
Cuando por fin llegamos al sitio donde estaban nuestras cosas, Paula y su nueva amiga —la hija de la señora que tan gentilmente había acudido en nuestra ayuda—  charlaban hacia un costado. Fue ahí cuando la miré, hasta ese momento no le había prestado mucha atención, y descubrí que ella me estaba mirando del mismo modo; lo que descubrí me erizó hasta los pelitos de las cejas. Ablandó el gesto escrutador y me preguntó: ¿Daniel? ¿Sos vos? Con cierta picazón en los costados de la cara le respondí: No pensé que te acordarías... Ha pasado mucho tiempo; ¿no, Silvia? Sonrió y me dijo: Yo fui la que pensó que no me recordarías. No se lo dije en ese momento, pero no creo que ninguna persona fuera capaz de olvidar esos ojos ni de confundirlos con los de alguien más.
Silvia y yo nos habíamos conocido en Necochea. Ella tenía 13 años y yo 16. Y nos habíamos visto por última vez en la confitería del hotel San Martín, también de Necochea, el que está en la esquina frente a la plaza, cuando teníamos 15 y 18, sobre el fin del verano justo antes de que cada quien regresara a sus rutinas anuales, las que, en nuestro caso, por supuesto, eran los estudios, los interminables estudios. Siempre hubo una atracción entre los dos, pero cada vez que llegaba el verano cada quien estaba en pareja con alguien más. Aquella última vez que nos vimos casi llegamos a besarnos, pero un desvío de las caras en el último segundo hizo que la despedida fuera un abrazo, un poco más largo que el de dos amigos, es cierto, pero abrazo y nada más.
Así que ahí estábamos, Silvia y yo, 35 años después, mirándonos a medias entre lo verosímil y la fantasía; ella con una hija de 17 años y yo con la mía de 14 y el rebelde de 12. Charlamos como dos personas que recién terminaban de conocerse, lo cual no estaba lejos de la verdad, salvo por alguno que otro chispazo que la memoria nos fue acercando. Por ejemplo, no podíamos creer que los dos recordáramos que ella siempre hacía bromas con respecto a mis piernas peludas y amenazaba con afeitármelas. Curiosamente, ahora parecen mucho menos peludas que entonces, hasta podría decirse que son de lo más normales, me aseguró sin disimular una sonrisa.
Me contó que no dejó de ir a Necochea ningún verano desde entonces, aun cuando fuera por dos o tres días antes de irse a veranear a otra parte. Por mi parte, le conté que yo había vuelto por allí en contadas ocasiones —creo que fueron tres. Clara era su única hija, su marido había muerto hacía tres años, estaba enfermo del corazón —como la mayoría de nosotros, recuerdo que pensé justo ahí.
Nos seguimos encontrando en la playa, fuimos a cenar, los cinco, en tres oportunidades, y conseguimos, dado que las chicas parecían conocerse desde siempre, que nos dejaran salir solos una noche, a costa de unas cuantas miradas burlonas, una sola noche que se alargó más de lo que cualquiera habría supuesto antes de comenzado este verano. Anduvimos por los puestos callejeros, revisamos librerías, nos compramos una docena de cosas —pulseras, colgantes, libros y hasta un mate—, cenamos en el puerto y nos fuimos a caminar por la costa ya pasada la medianoche. Sí, tal cual, como un par de pendejos a quienes sus padres dejaron solos durante todo un fin de semana.
Me dijo que, cuando éramos chicos, le hacía acordar a Robert Wagner, no porque me pareciera pero porque hacía un gesto arrugando el entrecejo y entreabría la boca... La verdad es que no le entendí muy bien. Pero me dio gracia puesto que siempre pensé que ella era parecida a Natalie Wood; pero con ojos grises, claro.
Y así llegamos al día de hoy. Todos estamos de regreso en Baires. Todos nos seguimos viendo. Y Silvia ya vino a conocer el departamento y yo el suyo —que no está lejos de acá, en Caballito—, y hasta me ha invitado a quedarme aprovechando que Clarita pasaría la noche a en casa de unas amigas.
No sé si estamos enamorados —me traiciona la edad—, pero la estamos pasando muy bien. Creo que a ella también le ocurre esto de sentir que ha recuperado un espacio que ni siquiera sabía que estaba perdido. O puede que, sencillamente, ambos estemos metidos en la fantasía de creer que somos adolescentes de nuevo. Como fuere, si es una fantasía, espero que tarde en desaparecer.
Sé que parece una historia de Paul Auster (malamente literaria en mi caso) y el hecho de ser escritor no me ayuda en nada para desprenderme de este pensamiento. Silvia sabe que escribo, pero no he entrado aún en mucho detalle a este respecto.
Es más, no me lo ha dicho, pero tengo la sensación de que ella ya nos había estado observando en la playa desde antes del susto de Paula. Probablemente tratando de ver si mis piernas eran o no lo suficientemente peludas como para ajustarse al recuerdo que tenía de mí. No sé si preguntárselo. Probablemente no lo haga; si es que fue así, algún día me lo dirá.
Ya veremos...






miércoles, 1 de febrero de 2012

Semana muerta




I - David - Miércoles 31 de diciembre de 1980

Fue un aletazo de aquéllos que aparecen, sin aviso, entre el filo de dos segundos sin importancia y que, de no ser acusados, aceleran hacia la oscuridad como si nunca hubieran existido.
Fue una encrucijada exacta y, esta vez, la mariposa blanca no dudó en lanzarse al fuego.
Para David, tomó la forma de un resplandor inusual para comienzos de septiembre; lo vio llegar por el rincón del ojo derecho y el impacto apenas le produjo dolor. Quiso sacudírselo como quien espanta un insecto, pero desde un segundo antes de iniciar el movimiento, supo que era tarde. El tiempo, la parte que lo sostenía en el presente, se detuvo, y otro reloj echó a andar, aquél que llevaba detenido veinte años, desde los últimos días de 1980.
Y se encontró, tras un salto instantáneo, en su escritorio de la calle Maipú. Desde el grabador, apoyado en la mesita baja a su derecha, Joni Mitchell cantaba "River". El perfume de los pensamientos que lo cubrieron fue lo único que se mantuvo igual.

It's coming on Christmas
They're cutting down trees
They're putting up reindeer
And singing songs of joy and peace
Oh I wish I had a river I could skate away on

Sacudido por lo que, creyó, imitaba un milagro, supo que Alex lo llamaría en cualquier momento para avisarle que ya salía de la librería hacia Red, el bar donde solían encontrarse cada tarde. Sólo que, como parte de la misma parodia, supo también que ésa no sería una tarde como las otras: era el fin del año y ninguno de los dos volvería al trabajo hasta febrero —beneficios que los años por venir ampliarían y retacearían según los caprichosos vaivenes de quienes dominaran el paisaje.
La música era, sin duda, parte fundamental del resplandor que lo había regresado allí; nunca logró conseguir el disco, y la cassette estaba tan vieja que hacía años que no se atrevía a escucharla —como si aquella música pudiera conservarse intacta, allí dentro, a pesar de que el refugio ya no cumpliese con su tarea—. Pero ahora, rejuvenecida de un salto, le entregaba toda la fuerza original.
Empapado en tal inercia, recordó que Lucho también estaría en Red, pensamiento éste que fue interrumpido por el teléfono.
—¿Ya salís? Bueno; yo también. Nada más estaba haciendo tiempo.
Al colgar, aquellas palabras finales lo siguieron hasta el ascensor. Ese lugar, el pasillo, había dejado de ser neutro aquel día cuando, en medio de los arreglos de cada año, quitaron los barrotes de la ventanita de la puerta del ascensor para, a la mañana siguiente, poner vidrios; el ascensor pasó justo después de haber retirado la cabeza. Qué le había hecho, en primer lugar, asomarse, fue una pregunta que lo perseguiría por siempre; si bien es cierto que la intensidad iría disminuyendo, cada momento cuando el recuerdo le impactaba de lleno lo paralizaba en medio de un escalofrío. Así, mientras la mirada se le clavaba más y más en la ventanita, llegó el ascensor.
Desde la puerta de Red, vio que Alex estaba en la mesa de siempre, terminaba de encender un paroisienne —calculó que sería el segundo de la tarde: estaba tratando de abandonar—. Un poco por contraste, David solamente fumaba cuando se encontraban para esa suerte de merienda sui generis.
—¿Como siempre?
—Sí.
El dueño del bar se les acercó.
—¿Dos cafés, uno con leche?
—Sí, Benja; y también dos medialunas para mí, de las buenas.
—Ah... Hoy parece que estamos de festejo.
—Y... Sí. Como todos, ¿no?
—Es curioso; cambia el año y es como si el mundo se detuviera.
Benjamín lo miró con esa cara que ponía siempre que se paraba cerca de la mesa y los escuchaba conversar; pero esta vez la cambió:
—Sí; y está muy bien, hay que festejar, así que lo de hoy va por cuenta de la casa.
Ale la vio venir; la sonrisa de David fue lo suficientemente delatora:
—Ah; entonces que las medialunas sean tres, y calentitas.
Benjamín se alejó hacia detrás del mostrador, acompañándose con una carcajada. Sin perder la sonrisa, Alex y David se miraron y supieron que sus pensamientos coincidían: si era tan fácil llevarse bien, ¿qué desmoronaba el mundo?
—¿Supiste algo de Lucho?
—No. A la librería nunca llama, siempre te llama a vos. Pero ya sabemos que no es puntual.
David sacó un cigarrillo, dejó el atado sobre la mesa, y jugó con él un rato antes de tomar los fósforos que sin falta lo miraban desde el servilletero. La primera pitada siempre parecía más larga, como si le costara interrumpirse.
—¿Qué vas a hacer, Alex?
Pareció que retomaba una conversación llevada durante años; así era todo el tiempo.
—A la India; primero a Japón y después a la India. La vieja me dio parte de la guita que mandaron de Alemania; cuando vuelva, ya veremos.
David dio otra pitada y luego un toque con el cigarrillo contra el borde del cenicero de vidrio rojo. La radio del bar estaba encendida; al comenzar la siguiente canción, levantó la vista y la detuvo sobre el mostrador.

But it don't snow here
It stays pretty green
I'm going to make a lot of money
Then I'm going to quit this crazy scene

—Ya sé, no me digás: antes de salir, estabas escuchando a la Joni.
David le dirigió la mirada casi sin mover la cabeza.
—Bueno; tampoco es cosa de asombrarse... ¿Pasa un día sin que la escuches?
David dejó el cigarrillo en el cenicero:
—¿Cuántas veces viste que la pasaran por la radio?
Alex meneó la cabeza y, cuando estaba por hablar, llegó Benjamín, asomado sobre una bandeja repleta y humeante.
—A la flauta. ¿Es todo para acá?
—No levanten la perdiz.
Benja había ya apoyado la bandeja y tenía la cara suspendida sobre el centro de la mesa, hablaba en voz baja pero sin mirar a ninguno de los dos:
—¿Acaso creen que estoy invitando a todo el mundo?
—¿Y qué tenemos nosotros de especial?
Un aire de falsa ingenuidad flotó sobre la mesa, como una calesita cuyo eje era la cara del Benja.
—No creo que seamos los únicos en venir todos los días.
—Son los únicos...
Benjamín se detuvo y fue como si buscara una palabra fácil de pronunciar:
—Los únicos que me hacen tener ganas de sentarme y acompañarlos...
Dudó:
—Hay otros tres; vienen por la mañana; dos chicas y un muchacho... Medio afeminado... Pero igual cuenta como muchacho, ¿no?... Bueno, no importa... Ésos también, pero ellos y ustedes son los únicos; cinco en un total de no sé cuántos.
—Hombre...
—Nos estás metiendo en problemas, Benja; mejor por qué no te sentás y te das el gusto; después de todo, es Año Viejo y puede pasar cualquier cosa.
—No. —Benja dio un paso atrás.— De ninguna manera. Las cosas están bien así como están. Además, hay que atender el negocio.
En la bandeja había cuatro medialunas calientes, rellenas de jamón y queso, y dos tazas grandes de café-express más una jarra de leche. Como ninguno de los dos estaba acostumbrado al azúcar, enseguida tomaron el primer sorbo no sin antes alzar las tazas entre ellos y hacia Benja, quien ya estaba de regreso tras el mostrador.
—¿Me parece o afuera está más oscuro?
David estaba de frente a la entrada; Alex tuvo que darse vuelta para mirar hacia la calle.
—Sí; es cierto.
—Parece que nos vamos a pasar por agua.
—¿Tenés apuro?
—¿Eh?
Aquella pregunta había tomado a David por sorpresa, lo cual no era común:
—No; la verdad es que no. No hay mucho que hacer hoy... Salvo esperar.
Alex encendió otro paroisienne y se estiró hacia atrás en la silla.
—Éste fue un año raro.
La afirmación de David no tuvo énfasis alguno, pero hizo que las pocas horas que restaban hasta la medianoche pesaran más, en ese preciso momento y sobre él. Alex pensó en ponerlas en la balanza contra los días ya gastados de aquel año y se encontró con que le resultaba penoso adivinar la decisión del fiel. Cuando miró hacia la cara de su amigo, se dio cuenta de que no sabía cómo, o no quería, continuar con esa cuña con la que había trabado lo que restaba del año.
—Nada es igual, ¿eh? —dijo Alex.
—Siempre tuve esta sensación de que horas como las que faltan hasta la medianoche, o toda esta semana desde que terminó la Navidad, son tiempo muerto.
—Como pasa con el día de mañana, que parece el más corto del año.
—Y lo es. Tendrá veinticuatro horas, pero son las horas más cortas de todas.
—A lo que voy es a que tengo la impresión de que esta vez no va a ser así, o que vos estás como pendiente porque sabés que algo va a pasar...
Alex se quedó esperando, pero sin mirarlo:
—Todavía pensás en ella, ¿no?
—No lo puedo evitar.
—¿Y si la llamás?
—Susana ya eligió; y me quedé afuera. Pero ni se te ocurra mencionarlo delante de Lucho, ¿eh?
Alex quedó preso de pensamientos encontrados y su cara fue reflejo de ello. David alzó levemente el mentón en dirección a la calle:
—Está ahí, en la vereda, mirando hacia todas partes menos para acá.
Alex se dio vuelta, pero la sonrisa ya le había comenzado desde antes.
—Estará esperando que alguna de sus hadas le indique si éste es el bar correcto.
Sin darle más importancia, Alex volvió a sentarse dándole el frente a David:
—¿Le dijiste que se llama Red?
—Más de dos veces... Hasta se lo relacioné con Crimson.
—Mala idea.
—Sí; ya me estoy dando cuenta. Para colmo, el nombre del bar está en la marquesina y se ve nada más que desde enfrente.
—Supongo que, en vez de seguir hueveando como comadres, le podíamos pegar un chiflido...
David se sonrió, pero nada más que con los ojos:
—¿Y qué te detiene?
Alex le devolvió aquella misma mirada:
—No sé; quizás debamos pensarlo un poco más. Estas cosas son muy delicadas...
—No creo que te dé el tiempo, ahí entró.
—Che; qué difícil es llegar acá —dijo Lucho, parado junto a la mesa—. Entré para preguntar y los vi. Para colmo no dice Islas por ninguna parte.
Alex dirigió una mirada hacia David en señal de "te lo dije". Después miró hacia Lucho:
—¿Vas para Martínez, después?
Lucho se detuvo por un instante, como suspendido en el aire, antes de responder.
—Sí.
—Yo también; así que podemos ir juntos en el tren.
—¿Vas a pasar Año Nuevo con tu vieja?
—Sí; pero no en casa; reservó en el Claridge, pero tengo que pasarla a buscar y nos venimos de nuevo en el auto.
—Un viaje redondo —comentó David.
—¿Ustedes dos solos? —continuó Lucho.
—Nos vamos a encontrar con algunos conocidos ahí mismo, en la cena.
Se hizo un silencio inesperado. David se quedó como ausente, con la vista fija en la calle, aunque lo cierto era que no miraba nada salvo las imágenes de su propia mente. Justo ahí, se largó a llover. Para todo el resto del bar, la canción de Joni Mitchell había concluido hacía rato. También para Alex y Lucho; así como el día siguiente tenía esa coraza de objeto fugaz, los días desde la Navidad habían transcurrido rápidos e intrascendentes.
Lucho pidió un té con tostadas.

Oh I wish I had a river
I could skate away on

No era que David hubiese variado sus rutinas, pero la creciente intensidad atraída por aquel año que marchaba hacia afuera de sí se había concentrado en esa última semana: el motor de los días no parecía detenido sino atrancado mientras la cámara de combustión seguía presionando por liberarlo.
—¿Y vos, David? —le preguntó Lucho, justo cuando llegaba el té—. ¿Te vas mañana?
Tal cual la bandeja con el té, David también se apoyó en la mesa.
—Sí; salgo a las ocho para Punta Alta.

Y estalló; era el mismo relámpago, el frío sobre la espalda. Y fue justo ahí cuando veinte años se descargaron con toda la furia, aceleraron hacia el futuro, pegaron la vuelta y regresaron a 1980. Y también ahí, como si una mano con más poder aún quisiera contradecir lo imposible con un legado superior, David se encontró sentado frente a su escritorio de la calle Maipú y con una memoria que lo atropellaba. Alargó la mano hacia el grabador, dio vuelta la cassette y lo encendió; Alex tenía razón: en menos de un año había logrado conocerlo mejor que ningún otro de sus amigos, salvo quizás Bobby —pero de aquello hacía ya trece años, la mitad de su vida, o casi.

I would teach my feet to fly
Oh I wish I had a river
I could skate away on
I made my baby cry.

Supo que no podía ser, pero lo interrumpió el ruido del ascensor, no el usual sino uno seco, abrupto, como si alguna pieza del mecanismo se hubiese quebrado. Sin embargo, enseguida escuchó la puerta abrir y cerrarse, y pasos que se alejaban hacia las oficinas del contrafrente, un ritmo fácil de imaginar, unos tacos de mujer.

II - Fernando - miércoles 31 de diciembre de 1980

Fue un aletazo de aquéllos que aparecen, sin aviso, entre el filo de dos segundos sin importancia y que, de no ser acusados, aceleran hacia la oscuridad como si apenas hubieran existido.
Fue una encrucijada exacta y, esta vez, la mariposa blanca dudó antes de lanzarse al fuego.
Para Fernando, tomó la forma de un resplandor inusual para comienzos de octubre; lo vio llegar por el rincón del ojo derecho y el impacto casi no le produjo dolor. Quiso sacudírselo como quien espanta un insecto, pero desde un segundo antes de iniciar el movimiento, supo que era tarde. El tiempo, la parte que lo sostenía en el presente, se detuvo, y otro reloj echó a andar, aquél que llevaba detenido veinte años, desde los últimos días de 1980.
Y se encontró, tras un cambio instantáneo, en su escritorio de la calle Maipú: desde el grabador, apoyado en la mesita baja a su derecha, Joni Mitchell cantaba "River". El perfume de los pensamientos que lo cubrieron fue lo único que se mantuvo igual.
Entre la estampida de recuerdos nuevos —por más viejos que simularan ser—, estaban los de ese mismo día, interrumpido hacía minutos: la despedida de Alex y Lucho, en plena calle, casi a oscuras a pesar de que apenas daban las siete y bajo una lluvia que los llevaba por delante sin miramientos, igual que la prepotencia de ese mismo recuerdo que insistía en adelantarse al futuro.
Quería estar allí, frente a su escritorio, pero al mismo tiempo una parte de su cuerpo rechazaba ese querer; su deseo, el verdadero, se mantenía más oscuro que nunca, como si aquella tormenta que se fundiera con la despedida —o con las despedidas— lo estuviese borroneando también pero desde adentro.
Sintió frío; miró hacia la ventana, los vidrios vibraban oscuros y mojados... ¿Estaba lloviendo? ¿De nuevo? Se acercó y alcanzó a ver, en la vidriera de la farmacia de la esquina, la figura apenas iluminada de un arbolito de Navidad. "Veinte años", se dijo, de la voz hacia adentro, "nada peor que una pesadilla tanguera."
La campanilla del teléfono lo apartó de aquellos pensamientos; el sonido lo extrañó, le pareció antiguo, lejos del paisaje electrónico, pero no lo sobresaltó como era habitual desde los días de la colimba. Contra toda apariencia, aquellas sensaciones no duraron ni un segundo: atendió sin pensarlo más:
—Hola.
—¿Fer?
La voz de Cecilia se apoderó de sus ojos y no los dejó hasta que se clavaron en el dibujo de la vaquita-de-san-antonio que yacía debajo del vidrio del escritorio, casi inadvertida y alejándose de la esquina derecha de la reproducción de Magritte.

He tried hard to help me
He put me at ease
Lord, he loved me so naughty
Made me weak in the knees

Ladybird...; mezclada con la canción que nunca terminaba como si hubiese sido siempre parte de ella.
—Fer; te extraño.
Era verdad, llovía, de nuevo; las gotas pegaban, ahora con más fuerza, contra la ventana. El reloj estaba por dar las ocho, pero el segundero no se movía.
—Creí que te habías ido.
Era tarde para la oficina, ya tendría que estar en su departamento, alquilado hacía apenas quince días.
—Sí; me fui. Me fui para siempre.
Se imaginó a sí mismo parado en aquella esquina, igual que tantas otras veces en esquinas parecidas, mientras la miraba alejarse luego de que le dijera adiós, entre dudas que no fue capaz de dispersar. El teléfono nunca había sonado salvo en su deseo.
No había dejado de mirar aquel dibujo, un cuadradito recortado en cartulina, rojo con manchas negras, de espaldas a Magritte, sin cesar de alejarse al compás de sus cuatro pequeñas esquinas.
Entonces sí, dejó de adivinar acerca de los vidrios, el reloj y los fantasmas, desvió los ojos del dibujo y comprobó su acierto en todo; el viento hacía que los vidrios se curvaran hacia adentro, tendría que bajar las persianas.
Recordó a Lucho y Alex, quienes estarían en camino hacia Retiro a tomar el tren, que todos seguramente terminarían empapados para siempre en aquella última semana del año 1980, al que cada quien a su manera, algunos con grandilocuencia, otros en la intimidad de las afirmaciones secretas, le habían augurado un gran lugar, uno que pronto acabaría... Dudó, de nuevo... ¿Estarían Lucho y Alex en camino hacia Retiro? ¿Por qué dudaba ahora de haberse despedido de ellos?
Cerró las persianas ante la queja vehemente de la lluvia; tal como era su costumbre, dejó encendida la lámpara que estaba a la izquierda del escritorio... Siempre dejaba una luz antes de salir, sin importar de dónde fuera, como en aquel cuadro de la niñez con la vela en la ventana. Pero se acordó de que no volvería hasta febrero y que iba a cortar la electricidad; así que ninguna luz lo esperaría.
Oprimió el botón del ascensor y lo golpeó aquel conocido escalofrío —estaba adosado a él como una hoguera hacia el fondo de las entrañas—. Por un momento pensó en el cansancio, pero no le importó, podría aguantar un poco más; la diferencia entre una semana y veinte años fue tan abstracta como aquel poema de ecuaciones diferenciales.
Salió a la calle, se subió el cierre de la campera y comenzó a caminar hacia la avenida Santa Fe; la lluvia fue una parte más del paisaje.
Y estalló. Relámpago o derrame de hielo en su espalda, sintió que se desgarraba. David... ¿Quién era David? Su nombre era Fernando y ya caminaba por la avenida Santa Fe. David estaba en otro lado, en otro mundo, salido de su pluma; era un guerrero aunque aún no lo supiera. Fernando no lo pensó mucho: David se ancló a sí mismo en esa suerte de espera reflexiva que tan bien conocía, estaba a punto de saber lo que era una guerra.

III - Guillermo - Miércoles 31 de diciembre de 1980

Fue un aletazo de aquéllos que aparecen, sin aviso, entre el filo de dos segundos sin importancia y que, de no ser acusados, aceleran hacia la oscuridad como si nunca hubieran existido.
Para Guillermo, tomó la forma de un resplandor inusual para comienzos de noviembre; lo vio llegar por el rincón del ojo derecho y el impacto le produjo un dolor lejano, casi de otra vida. Quiso sacudírselo como quien espanta un insecto, pero desde un segundo antes de iniciar el movimiento, supo que era tarde. El tiempo, la parte que lo sostenía en el presente, se detuvo, y otro reloj echó a andar, aquél que llevaba detenido diez años, hasta los últimos días de 1990.
Y se encontró, tras un salto instantáneo, en su escritorio de la calle Maipú: desde el grabador, apoyado sobre la mesita baja a su derecha, Joni Mitchell cantaba "River". El perfume de los pensamientos que lo cubrieron fue lo único que se mantuvo igual.
La campanilla del teléfono lo apartó de aquella ensoñación; el sonido lo extrañó, le pareció antiguo, ajeno al paisaje electrónico, pero no lo sobresaltó como era habitual desde los días del servicio militar. Contra toda apariencia, aquellas sensaciones no duraron ni un segundo y atendió sin pensarlo más:
—Hola.
—¿Guille?
La voz de Silvia se apoderó de sus ojos y no los dejó hasta que se clavaron en el dibujo de la vaquita-de-san-antonio que yacía debajo del vidrio del escritorio, casi inadvertida sobre la esquina derecha de la reproducción de Magritte.
Ladybird...; mezclada con la canción que nunca terminaba como si hubiese sido siempre parte de ella.
—Guille; te extraño.
Llovía; las gotas golpeaban con fuerza contra la ventana. El reloj estaba por dar las ocho, pero el segundero no se movía.
—Creí que te habías ido.
Era tarde para la oficina, ya tendría que estar en su departamento, alquilado hacía apenas quince días.
—No; estoy en Baires. Me equivoqué. Quiero verte.
Se imaginó a sí mismo parado en aquella esquina, igual que tantas otras veces en esquinas parecidas, mientras la miraba alejarse luego de que le dijera adiós, entre dudas que no fue capaz de disipar.
—¿Desde dónde hablas?
No había dejado de mirar aquel dibujo, un cuadradito recortado en cartulina, rojo con manchas negras, de espaldas a Magritte, como si nunca cesara de alejarse al compás de sus cuatro pequeñas esquinas.
—Estoy a dos cuadras, en Florida, tengo miedo de que se corte por culpa de la tormenta.
Entonces sí, dejó de adivinar acerca de los vidrios, el reloj y los fantasmas, desvió los ojos del dibujo y comprobó su acierto en todo; el viento hacía que los vidrios se curvaran hacia adentro, tendría que bajar las persianas.
—Hay un bar, sobre Tucumán, llegando a Maipú, se llama Red; ya voy para ahí.
Dudó; la sola mención del bar le recordó a Lucho y Alex, hacía diez años, en camino hacia Retiro a tomar el tren, seguramente terminaron empapados para siempre en aquella última semana de 1980, año al que cada quien a su manera, algunos con grandilocuencia, otros en la intimidad de las afirmaciones secretas, le habían augurado un gran lugar, uno que pronto acabaría... Dudó, por tercera vez... ¿Qué habrá sido de Lucho y de Alex?
—Te espero —le respondió Silvia.
La comunicación se cortó; pero la vaquita-de-san-antonio seguía allí, bajo el vidrio, esperando a que el tiempo atado a esa línea se doblara.
Cerró las persianas; tal como era su costumbre, dejó encendida la lámpara que estaba a la izquierda del escritorio...
"Te espero" volvió a resonar cuando oprimió el botón del ascensor y también el conocido escalofrío: estaba adosado a él como una hoguera hacia el fondo de las entrañas. Por un momento pensó en el cansancio, pero no le importó, podría aguantar un poco más; la diferencia entre una semana y diez años fue tan abstracta como aquel poema de ecuaciones diferenciales, tapado debajo de otros papeles en el cajón de su escritorio. Cuando llegó, mojado a pesar de la protección buscada debajo de toldos y balcones, ella estaba en la puerta.
—Te extrañé.
No hubo abrazo.
—Estás igual.
¿Cuánto hacía desde la última vez?
Una ráfaga empujó el hilo de agua que chorreaba de la marquesina, y éste, como un látigo, arrojó a Guillermo hacia Silvia. Fue un movimiento involuntario, o casi; la memoria surgía incompleta... Alex y Lucho ya no estaban; habría jurado que hasta hacía un rato, cuando la tormenta aún se mantenía en el umbral...
—¿Me querés todavía?
Supo de inmediato que una de esas tres palabras sobraba, fue tan rápido como el latigazo de agua fría de hacía un instante, y tanto sobraba que la pregunta tuvo que hacer un esfuerzo por no consumirse a sí misma.
—Estoy igual.
Y aquel beso, el primero, fue muchos, y fue una puerta que perdía el cerrojo, derrotada por un singular hilo de agua, no por ello menos furioso, como otro beso, el último, el adiós que se doblaba, igual que la línea que ponía candado al tiempo.
—Disculpáme; soy una estúpida.
Jamás había aceptado ese llanto, ni aun descubriéndolo bajo las palabras, o a su expensa.
—No me fui; nunca me fui.
No era sólo él, estaban también los recuerdos chatos, y el atardecer que aquel día omitiera. Pero la verdad no era perfecta, lo usaba y ese gesto la manchaba. Por primera vez en aquella tarde de diez años, sonrió; o mejor sería decir que una carcajada abrupta le surgió del pecho, como un dolor bienvenido, un dolor que sólo podía escapar de aquel modo, mediante un espasmo que lo arrancara sin cuidado para que sus raíces salieran también limpiamente.
—¿Un café?
—Sí... Con algo fuerte.
—Sí; algo que sacuda.
—Guille... No te podés imaginar cuánto te extrañé.
—Yo no tuve tiempo... No me lo hice... No quise ese tiempo.
Y la verdad se hizo un poco más pura; el tiempo había doblado esa línea que le hacía de celda hasta semejarlo a las vías de un tren alrededor de una montaña... Y cuando aquella imagen se abrió en su mente, pensó en la montaña rusa que estaba cerca del río, la misma que lo atraía y espantaba: una sola vez había subido pero el recuerdo se mantenía detrás de un muro casi tan denso como la cortina de lluvia que los sitiaba en el umbral de Red.

I wish I had a river
I could skate away on

Benjamín llegó con las tazas de café y un par de vasitos rebosantes de ginebra; las luces de la barra, en particular el neón azul, se concentraron en ese líquido transparente hasta el escándalo y estallaron contra la cara de Silvia. Ambos sabían del dolor, aunque nunca lo nombraran.
—Al final no me fui.
Desde la avenida que estaba a dos cuadras, llegó un bocinazo y luego un sonido grave seguido de vidrios que se rompían. Pero la música no se detuvo, nada le importaba salvo mantenerse al acecho rondando los oídos de Guillermo. Eran dos personas y eran más. Y las palabras que no decían los esperaban afuera, mojándose en las fauces de un secreto mal guardado.
—Estás hecha sopa.
La luz del neón le bajó por la mejilla hasta la comisura y allí, resignada, desapareció.
—No importa; ni siquiera me di cuenta... Tenía miedo de que no estuvieras.
Sintió que debía explicarle, decirle que no la había llamado para despedirse porque pensó que se molestaría, pero una vez más, ante el umbral de una verdad que hablaba más que nada de carencia, la voz no pasó por encima del muro.
—Nos vamos a tener que quedar. —La tormenta se estaba poniendo peor; muchas tormentas.
El teléfono, junto al espejo, al otro lado de la barra, sonó dos veces; Benjamín lo atendió justo cuando sonaba por tercera.
—¿Te das cuenta de cómo nos vamos a jugar si salimos juntos por esa puerta?
—Muchas vidas... ¿No?
—Y todas a nuestra merced.
—A menos que finjamos.
Los ojos se le achicaron, pero no fue por el aumento en la luz, tampoco por los relámpagos que ahora eran los dueños de la calle; en realidad, ninguno de los dos sabía a qué se enfrentaban, los rondaba una sospecha como permanece de madrugada el resto de un perfume colocado la noche anterior.
—Quizás no seamos los únicos; puede que haya otros, en otros bares, tratando de enmendar sus errores... El mundo va a cambiar de todas formas.
—Silvia...
Y cuando escuchó aquel nombre abrirse paso a través de la mesa, pero no sólo el nombre sino la manera como su propia voz lo empujara, supo que la decisión ya no era suya, que quizás nunca lo había sido. Pero junto con el alivio esperable, se derramó sobre él un aceite tan denso como el espanto: cada instante era recuerdo y, como tal, sólo suyo.
Ella se estiró sobre la mesa y lo besó; la mezcla de café y ginebra fue lo más parecido que sintiera en su vida al hogar. Pero era pronto aún para sonreír.
—¿Y tus cosas?
—En Miami.
—¿Tan así fue?
—Tan así somos.
—Y puede que apenas se vea lo mínimo.
Había más palabra que la empujada por la voz; la dicha, incluso, imitaba el ritual que circulaba por la madera como cazador que, rondando su presa, posterga el ataque indefinidamente. Era probable que ni ellos mismos supieran dónde estaban, lo cual llegaba más allá de la certeza por una fecha.
—O sea que tus viejos creen que estás en Miami.
Y fue entonces cuando, por primera vez, apareció una sonrisa completa. Y el río congelado sobre el cual patinar hasta más allá del fin, desplegándose, invirtió el efecto que la canción producía sobre Guillermo. Imaginó que ella había logrado entrar, por fin, en el santuario sellado desde sus doce años. Pero la escena continuaba incompleta porque era así su naturaleza; de otro modo, se esfumaría, y ninguno sabía si no lo harían ellos también.
—¿Sabés de alguien que quiera compartir su techo por hoy?
—¿Por esta noche?
—¿Tenemos más?
Era como si cada segundo costara una fortuna. Y, a través del ruido de la lluvia sobre el techo de chapa de la estación, un ruido que sacudía su recuerdo, alcanzó a ver cómo Alex y Lucho tomaban el tren cuyo destino había cambiado. Fortunas arrancadas de cuajo, con la dureza y el valor de un diamante, hacían de cada paso un desafío a la gravedad. Lo que tenían era, ya desde el principio, un exceso por definición.
El viento agitó los vidrios y abrió la puerta de par en par; Benjamín se apuró a cerrarla y la trabó con una silla.
—Va a ser difícil que tengamos más clientes hoy, ¿eh?
Ambos se preguntaron por los alcances de ese "hoy", y fue como si aquella palabra ajena hubiera sido dicha exclusivamente para ellos.
David la miró y le dijo:
—¿Sabés que hace poco soñé con vos?

IV - David

Susana recordó cuándo lo vio por primera vez: llegó temprano y, de quienes tenían su propia oficina, era el único que no vestía traje: saco azul, pulóver celeste, pantalones vaquero y botas de un azul casi negro; la saludó como seguramente lo hacía a diario con quien estuviera en la recepción, o así lo pensó entonces, y se perdió en su oficina hasta el mediodía. Era imposible, claro, que Susana supiera que la oficina no era de él sino de su jefe inmediato quien estaba de viaje por los Estados Unidos. También le llamó la atención que se quedara hasta tarde, escribiendo en la IBM de la secretaria de esa sección. Hasta que un día, durante su segunda semana de trabajo allí, comenzaron a charlar: ella tenía un libro sobre la mesita que estaba a un costado del conmutador. David trabajaba ahí desde hacía poco más de un año y se había cuidado muy bien de no establecer vínculos personales que excedieran el espacio laboral, especialmente con sus compañeras; el trabajo era terriblemente bueno, sobre todo a la hora de ir a buscar su cheque, lo cual ocurría cada quincena con puntualidad pasmosa, y no podía permitir que un paso en falso lo dejara afuera: ir más allá de aquella línea imaginaria, que él mismo se trazara, era poner en riesgo su lugar en la empresa. Pero en relación a Susana la línea se fue destiñendo hasta borrarse. El libro estaba ahí y era todo el anzuelo que precisaba.

La primera vez que David la vio, la primera cuando verdaderamente la vio, fue aquel día cuando los ascensores no alcanzaban los pisos superiores debido a un desperfecto en el sistema de control general; al llegar al último descanso de la escalera, con la puerta que daba a la recepción abierta, sólo tuvo que alzar la vista y allí estaba, de pie, hablando con alguien a quien no pudo ver pues, parado hacia la derecha, quedaba detrás de la pared. Susana estaba en sandalias y con aquel vestido corto que simulaba un marmolado rosa y celeste en tonos pastel muy claros. Sus piernas eran perfectas, le pareció estar observando una de las viejas esculturas griegas de sus libros de hacía diez años. David se quedó donde estaba, mirándola; fue más fuerte, mucho más fuerte que el temor a ser descubierto; siguió con los ojos la curva de los muslos, quería ver más, era perfecta; irresistible. Al terminar la conversación, Susana giró sobre sí misma hasta darle la espalda y se dirigió hacia la mesa del conmutador, fue un movimiento tan súbito como breve, la falda del vestido la acompañó, demorada y liviana. David tardó un minuto más en subir el tramo de escalera que le faltaba; tuvo suerte: nadie pasó por ahí. Nunca habló de aquello, ni siquiera con ella, aun cuando se moría por hacerlo.
Esa misma tarde, David la invitó a salir. Esa misma noche, soñó con ella.

Interludio - El sueño: él a ella

Llegué al Puerta del Sol un rato ante de la hora que fijamos y me pedí una cerveza. Algo me decía que ibas a querer un licuado, pero preferí no pedirlo hasta que llegaras.
Al rato te vi entrar, venías sonriendo.
Me paré para saludarte pero no me diste tiempo, me abrazaste y me besaste; me apretabas tan fuerte que los pensamientos se me escaparon en estampida.
Habías vuelto de un viaje, de una ausencia; meses, tal vez años, habían pasado entre los dos.
—¿Sos de verdad? —me preguntaste, pero había un tono afirmativo en tu voz.
Al segundo siguiente, estábamos en la cama, vos arriba mío. Una luz amarilla y turbia venía de la puerta que daba a la sala. Estábamos en tu departamento de Rivadavia.
Hablabas; pero era un idioma que no pude entender. Como si la voz, en lugar de salir, se metiera dentro tuyo. Estabas agitada.
Enseguida, miraste hacia el techo y dejaste de respirar... Cómo podía saberlo, no lo sé aun hoy, pero habías dejado de respirar, como si la garganta se te hubiera cerrado.
Te agitaste, dos, tres veces, me golpeaste el pecho, hacia mi izquierda, justo debajo del corazón, apretaste las piernas, una vez, otra, y de nuevo más fuerte.
Dejaste de mirar hacia arriba, bajaste la cara hasta ponerla pegada a la mía... Y te pusiste a llorar.

V - Guillermo

—Es extraño el ambiente cada vez que se pasa de un año al otro.
—Yo solía pensar que era nada más que un cambio de número.
—¿Y ya no?
—El cambio de número es lo de menos, por un lado. Pero por el otro...
—Es eso justamente.
—Algo así. El modo como los números pesan sobre nosotros.
—Y sí. Una cosa es tener veinte; y otra, cuarenta.
—¿Años?
Por segunda vez, Silvia estiró el cuerpo por sobre la mesa hasta los labios de Guillermo. Él no se movió; la manera como ella parecía nadar en el aire le seguía produciendo el mismo efecto que aquella vez en el descanso de la escalera. Más ahora, incluso, que sabía que era bailarina, o lo había sido, en Queens, antes de volver junto con su familia a Baires. El baile lo derrotaba, era uno de esos desprendimientos de la música que, llegado cierto punto, ya no la necesitaba aunque la aceptara como excusa, o hasta como un adorno, detrás, hasta opacarse.
—Si hubieses visto la cara de mi tía cuando le dije que me volvía...
—¿Pero ella se quedó?
—Sí; me dijo que con una loca en la familia ya era bastante. Vine con lo justo; espero que se ocupe bien de las valijas y el resto de mis cosas, dado el humor que debe de tener.
—Seguro que te las manda en cuanto se calme.
—No creo; los vuelos deben de estar repletos; yo conseguí pasaje gracias a una amiga que trabaja en la aerolínea. Supongo que mi tía va a esperar para mandarme las cosas hasta después de Reyes; o más...
—Primero habría que ver si llega el fin del año.
—Estaría bárbaro, ¿no?
—¿Fin de Año?
—Que no llegue. Que tengamos siempre esta semana.
—¿Una y otra vez?
—No; no entendés. Esta semana.
—¿Veinte años de la misma semana?
—Ya te dije lo que opina mi tía de mí. ¿Querés que lo repita?
—¿Veinte veces?
Silvia bebió el tercio de ginebra que le quedaba en el vaso y llamó a Benja.
—¿Vamos? Parece que llueve menos.
—¿Y si desaparecemos al cruzar el umbral de esa puerta?
—¿No es eso lo que pasa siempre?

It's so hard to handle
I'm selfish and I'm sad
Now I've gone and lost the best baby
That I ever had

Pero no llovía menos, el ruido sobre las chapas de la calle crecía y la canción apenas se escuchaba, pero ninguno de ambos había desaparecido del todo, nada más que un poco de atención era capaz de mantenerlos en el mundo para lo irremediable tanto como para lo perdido.
Benjamín los observó alejarse desde detrás de la puerta; la lluvia seguía pero el viento había cesado; se quedó ahí hasta verlos desaparecer en la oscuridad; murmuraba en la penumbra solitaria de su bar. Guillermo y Silvia caminaban abrazados y muy cerca de la pared. Las despedidas exigen un ritual exacto, pero cumplirlo a rajatabla entraña un conocimiento, y acceder a él pone al filo de un riesgo: acostumbrarse. Cada despedida contiene una dosis que el organismo asimila con dolor; y la adicción a ese dolor es la llave hacia la puerta que separa tiempos diferentes, rodeos y atajos.
Silvia también escuchaba aquella canción, pero al principio creyó que salía de la radio del bar. Ahora, bajo la lluvia, abrazada a Guillermo, la escuchaba como si fluyera desde las gotas mismas. Pero ya sabía ella que lo extraño rondaba los pasos de Guillermo y eso precisamente la había alejado de él hasta ese día; se había dicho a sí misma que estar de novia con otro era la razón, que no podía jugarle sucio a Diego, y necesitó de aquel año largo para darse cuenta de que no era así, de que lo que siempre había sentido a su lado: ser una compañera ocasional, era tal cual como ella lo veía a él. Antes de conocer a Guillermo, no había sido capaz de darse cuenta, pero las cosas cambiaron; el correr de los días se había topado con un final, el mundo entero, y no sólo el suyo, había mutado. Este cambio era más notorio cuando estaba con él, una liviandad en el aire se lo decía a cada minuto; los gestos de las personas ya no le eran indiferentes, aun cuando se tratara de perfectos desconocidos; la manera como un perro o un gato hurgaban entre los desperdicios, buscando comida, la llamaba como si alguien le hubiese dejado ahí un mensaje a descifrar; una música que nunca escuchara antes y, si se repetía dos o más veces en un lapso breve, la dejaba en un estado de inquietud que le duraba varios días. Para colmo, ocurría cada vez que una palabra dicha por él, como al pasar, ataba aquellas escenas como si hubiesen sido creadas no sólo con un vínculo entre sí, sino para que ella, ajena hasta ese instante, les diera un destino. Así, con un día tras otro sobre su espalda, con cada paso compartido en las cortas charlas con Guillermo, el miedo se le apareció sin más disfraces; y aun cuando lo natural hubiese sido tratar de evitarlo, había en él una atracción que la intoxicaba; esto la espantó y entonces sí decidió aceptar la invitación de la tía Rosa para regresar a los Estados Unidos; no a Nueva York, donde pasara la adolescencia, sino a Miami, ciudad donde disfrutara un par de veranos.
¿Qué la había hecho cambiar? Aquella pregunta se le imponía como un misterio salvo por las imágenes borrosas que la rodeaban. No había sido por temor, como supusiera la tía; o sí pero de otra clase. Al tiempo... Temor al tiempo... Aquella frase le resonaba, pero sólo cuando en inglés: time fear; y lo hacía de la misma manera que la canción, desde la cortina de lluvia, desde una grieta en el mismo tiempo del que emanara ese temor. Lo curioso era que no había cesado con el cambio en su decisión, aunque, aun así, la compañía de Guillermo, abrazado como nunca antes, le decía que había hecho bien. Casi sin proponérselo, comenzó a canturrear en un murmullo.

I wish I had a river
I could skate away on
Oh I wish I had a river so long
I would teach my feet to fly

VI - Fernando

Durante aquel año que terminaba, Fernando había reflexionado sobre muchos puntos oscuros, propios y ajenos, aun cuando estos últimos no eran tan de muy allá como su denominación parecía indicar. Y con cada reflexión fue capaz de tironear de la hebra de un aprendizaje en particular; veinte años de reflexiones y aprendizajes para que aquellas hebras fueran tejiendo una manta incompleta. Y así, allí estaba, abrazado al recuerdo de Cecilia, caminando bajo la lluvia, una lluvia que no terminaba de mostrarse como inofensiva, preso de la incómoda pesadez de no acertar con un número que no fuera el veinte, uno que lo ubicara de nuevo, pero en un lugar geográfico, a menos, claro, que pasar de un año a otro implicara aceptar una mudanza similar a un cambio de domicilio. Y fue entonces cuando, como impactado por una voz superior a su voluntad, supo que amaba el terreno brumoso adonde lo conducían sus pensamientos, porque aun por contradictorio que pudiera parecer, conocía los recodos de aquella niebla mejor que los de cualquier casa donde hubiera vivido. Y así era su amor por Cecilia, un abrazo de bruma. Se detuvo; la canción ya no nacía de la lluvia, las luces de Córdoba y Callao no brillaban como de costumbre, no podía estar seguro pero era como si el voltaje hubiera descendido a la mitad; la intensidad subió bruscamente para desembocar por fin en apagón.

Oh I wish I had a river
I made my baby say goodbye

VII - Guillermo

Silvia interrumpió el canturreo pero inmediatamente lo continuó, la luz era lo de menos.
—No estamos lejos de casa —le dijo Guillermo
A lo que Silvia respondió:
—Estamos en casa.

IX - Fernando

La lluvia sobre las chapas de la estación Retiro se fue haciendo más leve hasta desaparecer por completo. El tren con sus amigos se había perdido de vista; pensó en caminar hasta el departamento, nada lo apuraba, podía subir por la barranca de la plaza hasta la avenida Santa Fe y recorrer aquellas veredas tan conocidas, acoplar un ritual al otro. Si la lluvia decidiera regresar, nada más tendría que aprovechar los balcones y demás salientes para mojarse un poco menos. Pero antes de que pudiera echarse atrás, se vio a sí mismo caminar por Maipú en dirección a la oficina; el pecho se le hundía y apenas alcanzó a preguntarse qué lo arrastraba.

X - David

Se había levantado temprano esa mañana; se había duchado, preparado un café con leche y unas galletas con dulce, y cuando quiso acordarse estaba detenido frente al espejo de la puerta, con los ojos fijos en la imagen que, a su vez, lo escrutaba desde el otro lado. Era la semana muerta, los días que separaban la Navidad del cambio de año; del 26 al 31 de diciembre todo era memoria, pero no como en el resto de los días, sino bajo presión, como le ocurriría a un pez obligado durante seis días a vivir al doble o más de la profundidad habitual. Bajo esta presión, las imágenes de la semana muerta de 1980 lo invadían despiadadamente, todos los años igual; y a tal punto se cumplía el ciclo que, ni bien amanecía el 26, ya no era capaz de precisar en qué año se encontraba.
Remordimiento; ésa era su palabra preferida de esos días. Por no haber tenido el valor, por haber preferido esperar, pero fundamentalmente porque la sombra de lo que podría haber sido su vida, de haber seguido el otro camino, lo rondaba como un hechizo, una obsesión, como lo haría una pandilla de fantasmas con una casa vieja; la palabra en inglés le vino a la cabeza: haunted, y no encontró una que fuera equivalente en castellano.
Una vez pasada la medianoche del 25, el número correspondiente al año se evaporaba; pero no sólo de su cabeza, sino de todo lugar donde se lo pudiera buscar: almanaques, agendas, calendarios... Miraba y nada más veía un hueco; profundo, borroso, los signos de una ausencia.
Pronto haría veinte años de lo ocurrido en Miramar; pero aquello seguía pareciéndole un sueño... La verdad era que no estaba seguro y, desde 1986, nunca más le había contado nada a nadie.
Ahora, estaba de vuelta; o, al menos todo, parecía darle esa indicación. Y Susana había vuelto.

It's coming on Christmas
They're cutting down trees
They're putting up reindeer
And singing songs of joy and peace

Las luces volvieron a brillar por la mitad; cruzaron Callao y siguieron hacia Santa Fe. Susana se puso a pensar en su vida y con qué exactitud el camino la había llevado a reencontrarse con David hacía once días exactos, una exactitud, por supuesto, que donde menos valía era en el tiempo o, para expresarlo mejor, para con su transcurrir, la idea de línea con que lo vemos pasar. Ya tenía todo listo para el viaje y sólo le cabía esperar el día de la partida cuando lo vio: sentado junto a la ventana, con una cerveza a medio tomar, fumando y, como habría sido lo esperable, escribiendo en un cuaderno de pocas páginas. Lo vio y trastabilló; todo ocurrió en un segundo, la idea de retroceder sobre sus pasos fue fugaz pero apareció, no podía negarlo; sin embargo, mientras las ideas la asaltaban, entró al bar. David no demostró sorpresa; por el contrario, alzar la vista y sonreír fueron poco menos que una misma cosa.
—Se te ve bien.
—Vos estás igual.
—¿Te parece?
—Veo lo que quiero ver; ¿no fue así como me dijiste, aquella vez?
—Nunca dije que fuera un defecto.
—Para algunas cosas, lo es.
—No conmigo.
—¿Y será bueno seguir iguales?
Estuvieron en el café hasta la hora de cerrar; ninguno quería irse. Susana le contó sobre la operación, también que ya estaba mejor; David, sobre sus planes como escritor y cómo hacer aquella música ya no era tan importante, que hoy su música era otra. Hasta que, de improviso, se miraron: un sonido más que familiar había irrumpido, los ojos fijos en los del otro. David quiso seguir el recorrido de aquella lágrima, pero no pudo: estaba detenida justo antes de tocar la mejilla, como si un hilo apenas visible la sujetara del rincón del ojo. Susana quiso apartarle con una caricia el mechón de pelo que siempre se le venía sobre la frente, pero al tocarlo apartó la mano de inmediato: estaba rígido, como si acabara de transformarse en piedra. Las semanas dejaron de serlo para expandirse hasta la dureza de los meses, y éstos hasta la superficie irregular de un mármol tallado con memorias desordenadas, y luego, en movimiento al principio de apariencia invertido, aquel segmento de historia se desdobló una y otra vez. En un arrebato sordo, David se dio cuenta de que aquella caminata desde Retiro hacia la oficina de Maipú había demorado veinte años, desde una semana muerta a otra; pero no sólo eso, los años se habían comprimido desde 1980 como atraídos por un agujero negro ávido de emociones.

XI - Guillermo

Cuando llegaron a Santa Fe y doblaron hacia la izquierda, Silvia y Guillermo supieron que eran dueños de un don poco usual, podrían construir una nueva memoria al costado de la que ya poseían, revisar cada error antes de cometerlo.
Llegando a la disquería de Uriburu, reconocieron la voz y se detuvieron; siguiendo los pasos de un plan trazado por las artes de aquella semana, Guillermo entró mientras Silvia lo esperaba a un costado de la puerta. Tardó apenas unos minutos; al salir, llevaba un estuche que dejaba pasar aquella foto en los conocidos tonos de azul.
—Por fin lo encontraste.
—Como una pieza faltante, sí.
Ella lo guardó en el bolso de cuero rojo y, por un momento, acusó recibo del contraste de colores, bajo la oscuridad levemente burlada por la luz de la vidriera.
—¿Escuchás?
—¿No te da miedo?
—El miedo se ha vuelto una costumbre.
—¿Y eso es bueno?
—Estar está; sobre lo otro, empezaremos a saberlo pronto.

XII - David

Delante de David, Susana revisó los días de su enfermedad, el sanatorio, los ruidos nocturnos que todavía regresaban llamados por otros parecidos o por el olor de una toalla limpia, y se preguntó qué pasaría ahora que el futuro estaba en su memoria igual que en los labios de un oráculo. David presenció sin asombro cada una de las transformaciones de su nombre; lo mismo le pasó a Susana. Ahora, ambos conocían no sólo la letra de un mañana posible, sino la de varios más igualmente valiosos. Cuando cada uno pronunció el nuevo nombre del otro, sonaron viejos, como no habría podido ser de otra manera. Ahora, cada uno era dos personas; una, perdida por esos corredores que el dolor visita con frecuencia, corredores a veces construidos por el dolor mismo; la otra, ligada a la anterior como lo estuvo aquella lágrima en el rincón del ojo, dispuesta a vagar al aire libre ya no sola. La primera se alejaba con nombre ajeno; habían logrado que la segunda se quedara.

XIII - Guillermo

Veinte años después, casi en la esquina con Pueyrredón, hacia un costado de la boca del subte, alguien había pintado sobre la pared: "Tanto esperar y el 2000 fue un suspiro de alacranes".
Guillermo miró hacia la vereda de enfrente y le pareció ver a Fernando, en aquel mediodía de lluvia, cuando decidió perderse en el pasado de la esquina de la vieja casa de Austria, casi llegando al hospital, con su mundo a punto de fundirse con la niebla de todas las tristezas. Pero tenía que perderlo o jamás podría reecontrarse con David. Fernando era su entrada al infierno; David, al abrazo solidario.
—Poca justicia para con esos bichos, ¿no? —Silvia le apretó el brazo—; los alacranes...
—Sí; poca.
—Mejor vayamos para casa.
—Sí; vamos —Guillermo dejó escapar una sonrisa—. Aprovechemos que los chicos están en lo de tus viejos.

XIV - Fernando

En su escritorio del séptimo piso de la calle Austria, Fernando encendió un cigarrillo y vio la imagen de Cecilia en el vidrio de la ventana, por un momento creyó que se trataba de un reflejo y se dio vuelta; el sonido de la lluvia le mojó la mirada.

I wish I had a river
I could skate away on. 

Eligió uno de los lápices, le sacó punta, abrió un cuaderno nuevo y anotó:
«Susana y David, Silvia y Guillermo... Notas para una historia... O dos historias, pero relacionadas por un origen común... David escribe la historia de Guillermo y Guillermo la de David; personajes y autores cruzados... Ellos, los cuatro, hablan lo que yo no... Yo que, tan acostumbrado estoy a no tener con quién hablar, hablo conmigo mientras espero el día de mi amor, detrás de la última barrera.»
Y de nuevo le cayó el escalofrío, el ascensor, aquel maldito ascensor a tres centímetros de la cabeza.



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