miércoles 7 de marzo de 2012

Libros viejos




Tengo por costumbre creer que las cosas que me pasan no son comunes al resto de las personas, sobre todo en lo que respecta a los sentimientos —en tiempos idos, creía lo contrario y me encontré con desilusiones de no baja talla.

Por ejemplo: la sensación que me invade al leer un libro usado, sobre todo si es viejo —y, cuando digo viejo, me refiero a esos libros que tienen fechas de imprenta anteriores a mi nacimiento o de los años cuando estaba en la escuela primaria.

Ahora, estoy leyendo un ejemplar de “Far Away and Long Ago”, de Hudson, que tiene un sello de Mackern’s, la vieja librería de la calle Sarmiento a la que papá solía ir cuando nos pedían lecturas desde la escuela o, cada tanto y sencillamente, porque le quedaba cerca cuando salía del trabajo.

La edición es de 1947 por lo que es de suponer que fue comprado en algún momento posterior a ese año aunque cercano; y tiene en la primera hoja, esa hoja blanca de rigor que va pegada a las tapas, duras en este caso, escrito en tinta el nombre de uno de sus lectores, una mujer: Myra Glotkin —este nombre está en birome, lo cual me hace pensar que no fue su primer lector (este pensamiento fue exagerado; supuse que la birome no se había inventado en 1947, pero resulta que sí, que fue inventada en 1938, en Hungría, por Ladislao Biro; así que bien pudo haber sido la señorita Glotkin su primera lectora allá por el ’47 o poco después).

También tiene diversas anotaciones en lápiz a lo largo de sus páginas: significados de palabras y fonéticas para pronunciación; lo cual indica que esta lectora o algún otro lector utilizó este libro en su aprendizaje del idioma inglés tal como yo lo hice con otros libros cuando tenía entre cinco y diez años.

La edición es de J M Dent and Sons —de la calle Bedford, en Londres— y en la retiración de la portada interior dice: “This book is produced in complete conformity with the authorized economy standards”, leyenda obligatoria y que recuerda la economía de post-guerra: duros años para el pueblo británico —lo cual lleva a pensar acerca de las contraindicaciones que presenta ganar una guerra.

Después de la hoja blanca mencionada más arriba, viene una página en blanco y, en su retiración, hay una lista de títulos publicados por la editorial. Lo interesante de esta lista es que se trata de libros destinados a los jóvenes adolescentes, y ¿qué autores incluye?: Thackeray, Dickens, Conrad, Eliot, Austen, Scott, Brontë (Charlotte), Bunyan, Swift... de este último se anuncia “Gulliver’s Travels” y se aclara: “Passages unsuitable for school use deleted” (decíme si no es devastador) —a pesar de la salvedad relacionada con Swift, cabría preguntarse por qué los adolescentes de entonces no frecuentaban las mismas lecturas que los de hoy.

Ahora bien, lo que viene a cuento de mis sensaciones es esta cosa de cómo el tiempo tiene su estilo: el modo como deja sus marcas.

Esas personas que leyeron este libro comenzando hace más de 60 años, son también yo. Con la diferencia que viene de tomar como referente al mismo Hudson: la edición fue impresa más de 100 años después de su nacimiento (que fue en 1841), pero ahora hace ya 90 de su muerte. Y en esas páginas cuenta cómo eran sus días cuando tenía 6 años y pocos más; o sea que estamos hablando de los últimos días del gobierno de Rosas: había niños jugando por las pampas mientras que otros, humanos de más edad, se mataban a cuchillo en las calles de Buenos Ayres y de otras ciudades y pueblos no muy lejanos.

Así, estas sensaciones y pensamientos que se me vienen no son comunes al resto de las personas; nada más tengo que salir a la calle para comprobarlo.





















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domingo 19 de febrero de 2012

Algún día me lo dirá



Baires; 11 de marzo de 2007
Estimada Inés:

Silvia y yo nos encontramos este año en Mar del Plata. Y fue lo más cercano a un milagro...
Paula, Migui y yo habíamos llegado hacía un rato a la playa, temprano, a eso de las nueve de la mañana, como era nuestra costumbre aunque estuviera nublado; y estaba nublado, claro que en Mar del Plata puede estar nublado y ser un día completamente distinto a la media hora, tanto para bien como para mal... Bueno... Te decía que habíamos llegado hacía un rato y estábamos ya en el agua. Paula miraba atentamente porque había plantitas verdes y moradas por todas partes. Migui ya se me quería ir derechito al África, si es que me descuidaba, y tenía que alcanzarlo para traerlo de vuelta a profundidades menos riesgosas.
En eso estábamos cuando escuchamos el grito de Paula. Me di vuelta para mirarla y vi que chapoteaba sin que se pudiera entender cuál era el problema dado que lo que decía a los gritos era un enredo, cualquier cosa menos palabras. Le dije a Migui que volviera hacia la playa, cosa que comenzó a hacer, y nadé hacia Paula como alma que lleva el diablo. Una mujer que andaba más cerca la alcanzó primero. Para cuando llegué yo, tanto Paula como la mujer se estaban riendo a las carcajadas: una bolsa de las compras, de esas de plástico que dan en Toledo, le había rozado la pierna y de ahí el escándalo. Un chica, algo más grande que Paula se acercó también y le preguntó a la mujer: ¿Todo bien, mamá? Mejor vayamos a secarnos, propuse, y le hice señas a Migui para que se nos uniera o se quedara en la orilla. Como no me hacía caso, me fui a buscarlo. Lo convencí de salir del agua después de un rato de negociaciones de las que no faltó la ida a Sacoa y el paso previo por Manolo y la compra de un Torpedo Bubaloo y no recuerdo ahora qué más.
Cuando por fin llegamos al sitio donde estaban nuestras cosas, Paula y su nueva amiga —la hija de la señora que tan gentilmente había acudido en nuestra ayuda—  charlaban hacia un costado. Fue ahí cuando la miré, hasta ese momento no le había prestado mucha atención, y descubrí que ella me estaba mirando del mismo modo; lo que descubrí me erizó hasta los pelitos de las cejas. Ablandó el gesto escrutador y me preguntó: ¿Daniel? ¿Sos vos? Con cierta picazón en los costados de la cara le respondí: No pensé que te acordarías... Ha pasado mucho tiempo; ¿no, Silvia? Sonrió y me dijo: Yo fui la que pensó que no me recordarías. No se lo dije en ese momento, pero no creo que ninguna persona fuera capaz de olvidar esos ojos ni de confundirlos con los de alguien más.
Silvia y yo nos habíamos conocido en Necochea. Ella tenía 13 años y yo 16. Y nos habíamos visto por última vez en la confitería del hotel San Martín, también de Necochea, el que está en la esquina frente a la plaza, cuando teníamos 15 y 18, sobre el fin del verano justo antes de que cada quien regresara a sus rutinas anuales, las que, en nuestro caso, por supuesto, eran los estudios, los interminables estudios. Siempre hubo una atracción entre los dos, pero cada vez que llegaba el verano cada quien estaba en pareja con alguien más. Aquella última vez que nos vimos casi llegamos a besarnos, pero un desvío de las caras en el último segundo hizo que la despedida fuera un abrazo, un poco más largo que el de dos amigos, es cierto, pero abrazo y nada más.
Así que ahí estábamos, Silvia y yo, 35 años después, mirándonos a medias entre lo verosímil y la fantasía; ella con una hija de 17 años y yo con la mía de 14 y el rebelde de 12. Charlamos como dos personas que recién terminaban de conocerse, lo cual no estaba lejos de la verdad, salvo por alguno que otro chispazo que la memoria nos fue acercando. Por ejemplo, no podíamos creer que los dos recordáramos que ella siempre hacía bromas con respecto a mis piernas peludas y amenazaba con afeitármelas. Curiosamente, ahora parecen mucho menos peludas que entonces, hasta podría decirse que son de lo más normales, me aseguró sin disimular una sonrisa.
Me contó que no dejó de ir a Necochea ningún verano desde entonces, aun cuando fuera por dos o tres días antes de irse a veranear a otra parte. Por mi parte, le conté que yo había vuelto por allí en contadas ocasiones —creo que fueron tres. Clara era su única hija, su marido había muerto hacía tres años, estaba enfermo del corazón —como la mayoría de nosotros, recuerdo que pensé justo ahí.
Nos seguimos encontrando en la playa, fuimos a cenar, los cinco, en tres oportunidades, y conseguimos, dado que las chicas parecían conocerse desde siempre, que nos dejaran salir solos una noche, a costa de unas cuantas miradas burlonas, una sola noche que se alargó más de lo que cualquiera habría supuesto antes de comenzado este verano. Anduvimos por los puestos callejeros, revisamos librerías, nos compramos una docena de cosas —pulseras, colgantes, libros y hasta un mate—, cenamos en el puerto y nos fuimos a caminar por la costa ya pasada la medianoche. Sí, tal cual, como un par de pendejos a quienes sus padres dejaron solos durante todo un fin de semana.
Me dijo que, cuando éramos chicos, le hacía acordar a Robert Wagner, no porque me pareciera pero porque hacía un gesto arrugando el entrecejo y entreabría la boca... La verdad es que no le entendí muy bien. Pero me dio gracia puesto que siempre pensé que ella era parecida a Natalie Wood; pero con ojos grises, claro.
Y así llegamos al día de hoy. Todos estamos de regreso en Baires. Todos nos seguimos viendo. Y Silvia ya vino a conocer el departamento y yo el suyo —que no está lejos de acá, en Caballito—, y hasta me ha invitado a quedarme aprovechando que Clarita pasaría la noche a en casa de unas amigas.
No sé si estamos enamorados —me traiciona la edad—, pero la estamos pasando muy bien. Creo que a ella también le ocurre esto de sentir que ha recuperado un espacio que ni siquiera sabía que estaba perdido. O puede que, sencillamente, ambos estemos metidos en la fantasía de creer que somos adolescentes de nuevo. Como fuere, si es una fantasía, espero que tarde en desaparecer.
Sé que parece una historia de Paul Auster (malamente literaria en mi caso) y el hecho de ser escritor no me ayuda en nada para desprenderme de este pensamiento. Silvia sabe que escribo, pero no he entrado aún en mucho detalle a este respecto.
Es más, no me lo ha dicho, pero tengo la sensación de que ella ya nos había estado observando en la playa desde antes del susto de Paula. Probablemente tratando de ver si mis piernas eran o no lo suficientemente peludas como para ajustarse al recuerdo que tenía de mí. No sé si preguntárselo. Probablemente no lo haga; si es que fue así, algún día me lo dirá.
Ya veremos...






miércoles 1 de febrero de 2012

Semana muerta




I - David - Miércoles 31 de diciembre de 1980

Fue un aletazo de aquéllos que aparecen, sin aviso, entre el filo de dos segundos sin importancia y que, de no ser acusados, aceleran hacia la oscuridad como si nunca hubieran existido.
Fue una encrucijada exacta y, esta vez, la mariposa blanca no dudó en lanzarse al fuego.
Para David, tomó la forma de un resplandor inusual para comienzos de septiembre; lo vio llegar por el rincón del ojo derecho y el impacto apenas le produjo dolor. Quiso sacudírselo como quien espanta un insecto, pero desde un segundo antes de iniciar el movimiento, supo que era tarde. El tiempo, la parte que lo sostenía en el presente, se detuvo, y otro reloj echó a andar, aquél que llevaba detenido veinte años, desde los últimos días de 1980.
Y se encontró, tras un salto instantáneo, en su escritorio de la calle Maipú. Desde el grabador, apoyado en la mesita baja a su derecha, Joni Mitchell cantaba "River". El perfume de los pensamientos que lo cubrieron fue lo único que se mantuvo igual.

It's coming on Christmas
They're cutting down trees
They're putting up reindeer
And singing songs of joy and peace
Oh I wish I had a river I could skate away on

Sacudido por lo que, creyó, imitaba un milagro, supo que Alex lo llamaría en cualquier momento para avisarle que ya salía de la librería hacia Red, el bar donde solían encontrarse cada tarde. Sólo que, como parte de la misma parodia, supo también que ésa no sería una tarde como las otras: era el fin del año y ninguno de los dos volvería al trabajo hasta febrero —beneficios que los años por venir ampliarían y retacearían según los caprichosos vaivenes de quienes dominaran el paisaje.
La música era, sin duda, parte fundamental del resplandor que lo había regresado allí; nunca logró conseguir el disco, y la cassette estaba tan vieja que hacía años que no se atrevía a escucharla —como si aquella música pudiera conservarse intacta, allí dentro, a pesar de que el refugio ya no cumpliese con su tarea—. Pero ahora, rejuvenecida de un salto, le entregaba toda la fuerza original.
Empapado en tal inercia, recordó que Lucho también estaría en Red, pensamiento éste que fue interrumpido por el teléfono.
—¿Ya salís? Bueno; yo también. Nada más estaba haciendo tiempo.
Al colgar, aquellas palabras finales lo siguieron hasta el ascensor. Ese lugar, el pasillo, había dejado de ser neutro aquel día cuando, en medio de los arreglos de cada año, quitaron los barrotes de la ventanita de la puerta del ascensor para, a la mañana siguiente, poner vidrios; el ascensor pasó justo después de haber retirado la cabeza. Qué le había hecho, en primer lugar, asomarse, fue una pregunta que lo perseguiría por siempre; si bien es cierto que la intensidad iría disminuyendo, cada momento cuando el recuerdo le impactaba de lleno lo paralizaba en medio de un escalofrío. Así, mientras la mirada se le clavaba más y más en la ventanita, llegó el ascensor.
Desde la puerta de Red, vio que Alex estaba en la mesa de siempre, terminaba de encender un paroisienne —calculó que sería el segundo de la tarde: estaba tratando de abandonar—. Un poco por contraste, David solamente fumaba cuando se encontraban para esa suerte de merienda sui generis.
—¿Como siempre?
—Sí.
El dueño del bar se les acercó.
—¿Dos cafés, uno con leche?
—Sí, Benja; y también dos medialunas para mí, de las buenas.
—Ah... Hoy parece que estamos de festejo.
—Y... Sí. Como todos, ¿no?
—Es curioso; cambia el año y es como si el mundo se detuviera.
Benjamín lo miró con esa cara que ponía siempre que se paraba cerca de la mesa y los escuchaba conversar; pero esta vez la cambió:
—Sí; y está muy bien, hay que festejar, así que lo de hoy va por cuenta de la casa.
Ale la vio venir; la sonrisa de David fue lo suficientemente delatora:
—Ah; entonces que las medialunas sean tres, y calentitas.
Benjamín se alejó hacia detrás del mostrador, acompañándose con una carcajada. Sin perder la sonrisa, Alex y David se miraron y supieron que sus pensamientos coincidían: si era tan fácil llevarse bien, ¿qué desmoronaba el mundo?
—¿Supiste algo de Lucho?
—No. A la librería nunca llama, siempre te llama a vos. Pero ya sabemos que no es puntual.
David sacó un cigarrillo, dejó el atado sobre la mesa, y jugó con él un rato antes de tomar los fósforos que sin falta lo miraban desde el servilletero. La primera pitada siempre parecía más larga, como si le costara interrumpirse.
—¿Qué vas a hacer, Alex?
Pareció que retomaba una conversación llevada durante años; así era todo el tiempo.
—A la India; primero a Japón y después a la India. La vieja me dio parte de la guita que mandaron de Alemania; cuando vuelva, ya veremos.
David dio otra pitada y luego un toque con el cigarrillo contra el borde del cenicero de vidrio rojo. La radio del bar estaba encendida; al comenzar la siguiente canción, levantó la vista y la detuvo sobre el mostrador.

But it don't snow here
It stays pretty green
I'm going to make a lot of money
Then I'm going to quit this crazy scene

—Ya sé, no me digás: antes de salir, estabas escuchando a la Joni.
David le dirigió la mirada casi sin mover la cabeza.
—Bueno; tampoco es cosa de asombrarse... ¿Pasa un día sin que la escuches?
David dejó el cigarrillo en el cenicero:
—¿Cuántas veces viste que la pasaran por la radio?
Alex meneó la cabeza y, cuando estaba por hablar, llegó Benjamín, asomado sobre una bandeja repleta y humeante.
—A la flauta. ¿Es todo para acá?
—No levanten la perdiz.
Benja había ya apoyado la bandeja y tenía la cara suspendida sobre el centro de la mesa, hablaba en voz baja pero sin mirar a ninguno de los dos:
—¿Acaso creen que estoy invitando a todo el mundo?
—¿Y qué tenemos nosotros de especial?
Un aire de falsa ingenuidad flotó sobre la mesa, como una calesita cuyo eje era la cara del Benja.
—No creo que seamos los únicos en venir todos los días.
—Son los únicos...
Benjamín se detuvo y fue como si buscara una palabra fácil de pronunciar:
—Los únicos que me hacen tener ganas de sentarme y acompañarlos...
Dudó:
—Hay otros tres; vienen por la mañana; dos chicas y un muchacho... Medio afeminado... Pero igual cuenta como muchacho, ¿no?... Bueno, no importa... Ésos también, pero ellos y ustedes son los únicos; cinco en un total de no sé cuántos.
—Hombre...
—Nos estás metiendo en problemas, Benja; mejor por qué no te sentás y te das el gusto; después de todo, es Año Viejo y puede pasar cualquier cosa.
—No. —Benja dio un paso atrás.— De ninguna manera. Las cosas están bien así como están. Además, hay que atender el negocio.
En la bandeja había cuatro medialunas calientes, rellenas de jamón y queso, y dos tazas grandes de café-express más una jarra de leche. Como ninguno de los dos estaba acostumbrado al azúcar, enseguida tomaron el primer sorbo no sin antes alzar las tazas entre ellos y hacia Benja, quien ya estaba de regreso tras el mostrador.
—¿Me parece o afuera está más oscuro?
David estaba de frente a la entrada; Alex tuvo que darse vuelta para mirar hacia la calle.
—Sí; es cierto.
—Parece que nos vamos a pasar por agua.
—¿Tenés apuro?
—¿Eh?
Aquella pregunta había tomado a David por sorpresa, lo cual no era común:
—No; la verdad es que no. No hay mucho que hacer hoy... Salvo esperar.
Alex encendió otro paroisienne y se estiró hacia atrás en la silla.
—Éste fue un año raro.
La afirmación de David no tuvo énfasis alguno, pero hizo que las pocas horas que restaban hasta la medianoche pesaran más, en ese preciso momento y sobre él. Alex pensó en ponerlas en la balanza contra los días ya gastados de aquel año y se encontró con que le resultaba penoso adivinar la decisión del fiel. Cuando miró hacia la cara de su amigo, se dio cuenta de que no sabía cómo, o no quería, continuar con esa cuña con la que había trabado lo que restaba del año.
—Nada es igual, ¿eh? —dijo Alex.
—Siempre tuve esta sensación de que horas como las que faltan hasta la medianoche, o toda esta semana desde que terminó la Navidad, son tiempo muerto.
—Como pasa con el día de mañana, que parece el más corto del año.
—Y lo es. Tendrá veinticuatro horas, pero son las horas más cortas de todas.
—A lo que voy es a que tengo la impresión de que esta vez no va a ser así, o que vos estás como pendiente porque sabés que algo va a pasar...
Alex se quedó esperando, pero sin mirarlo:
—Todavía pensás en ella, ¿no?
—No lo puedo evitar.
—¿Y si la llamás?
—Susana ya eligió; y me quedé afuera. Pero ni se te ocurra mencionarlo delante de Lucho, ¿eh?
Alex quedó preso de pensamientos encontrados y su cara fue reflejo de ello. David alzó levemente el mentón en dirección a la calle:
—Está ahí, en la vereda, mirando hacia todas partes menos para acá.
Alex se dio vuelta, pero la sonrisa ya le había comenzado desde antes.
—Estará esperando que alguna de sus hadas le indique si éste es el bar correcto.
Sin darle más importancia, Alex volvió a sentarse dándole el frente a David:
—¿Le dijiste que se llama Red?
—Más de dos veces... Hasta se lo relacioné con Crimson.
—Mala idea.
—Sí; ya me estoy dando cuenta. Para colmo, el nombre del bar está en la marquesina y se ve nada más que desde enfrente.
—Supongo que, en vez de seguir hueveando como comadres, le podíamos pegar un chiflido...
David se sonrió, pero nada más que con los ojos:
—¿Y qué te detiene?
Alex le devolvió aquella misma mirada:
—No sé; quizás debamos pensarlo un poco más. Estas cosas son muy delicadas...
—No creo que te dé el tiempo, ahí entró.
—Che; qué difícil es llegar acá —dijo Lucho, parado junto a la mesa—. Entré para preguntar y los vi. Para colmo no dice Islas por ninguna parte.
Alex dirigió una mirada hacia David en señal de "te lo dije". Después miró hacia Lucho:
—¿Vas para Martínez, después?
Lucho se detuvo por un instante, como suspendido en el aire, antes de responder.
—Sí.
—Yo también; así que podemos ir juntos en el tren.
—¿Vas a pasar Año Nuevo con tu vieja?
—Sí; pero no en casa; reservó en el Claridge, pero tengo que pasarla a buscar y nos venimos de nuevo en el auto.
—Un viaje redondo —comentó David.
—¿Ustedes dos solos? —continuó Lucho.
—Nos vamos a encontrar con algunos conocidos ahí mismo, en la cena.
Se hizo un silencio inesperado. David se quedó como ausente, con la vista fija en la calle, aunque lo cierto era que no miraba nada salvo las imágenes de su propia mente. Justo ahí, se largó a llover. Para todo el resto del bar, la canción de Joni Mitchell había concluido hacía rato. También para Alex y Lucho; así como el día siguiente tenía esa coraza de objeto fugaz, los días desde la Navidad habían transcurrido rápidos e intrascendentes.
Lucho pidió un té con tostadas.

Oh I wish I had a river
I could skate away on

No era que David hubiese variado sus rutinas, pero la creciente intensidad atraída por aquel año que marchaba hacia afuera de sí se había concentrado en esa última semana: el motor de los días no parecía detenido sino atrancado mientras la cámara de combustión seguía presionando por liberarlo.
—¿Y vos, David? —le preguntó Lucho, justo cuando llegaba el té—. ¿Te vas mañana?
Tal cual la bandeja con el té, David también se apoyó en la mesa.
—Sí; salgo a las ocho para Punta Alta.

Y estalló; era el mismo relámpago, el frío sobre la espalda. Y fue justo ahí cuando veinte años se descargaron con toda la furia, aceleraron hacia el futuro, pegaron la vuelta y regresaron a 1980. Y también ahí, como si una mano con más poder aún quisiera contradecir lo imposible con un legado superior, David se encontró sentado frente a su escritorio de la calle Maipú y con una memoria que lo atropellaba. Alargó la mano hacia el grabador, dio vuelta la cassette y lo encendió; Alex tenía razón: en menos de un año había logrado conocerlo mejor que ningún otro de sus amigos, salvo quizás Bobby —pero de aquello hacía ya trece años, la mitad de su vida, o casi.

I would teach my feet to fly
Oh I wish I had a river
I could skate away on
I made my baby cry.

Supo que no podía ser, pero lo interrumpió el ruido del ascensor, no el usual sino uno seco, abrupto, como si alguna pieza del mecanismo se hubiese quebrado. Sin embargo, enseguida escuchó la puerta abrir y cerrarse, y pasos que se alejaban hacia las oficinas del contrafrente, un ritmo fácil de imaginar, unos tacos de mujer.

II - Fernando - miércoles 31 de diciembre de 1980

Fue un aletazo de aquéllos que aparecen, sin aviso, entre el filo de dos segundos sin importancia y que, de no ser acusados, aceleran hacia la oscuridad como si apenas hubieran existido.
Fue una encrucijada exacta y, esta vez, la mariposa blanca dudó antes de lanzarse al fuego.
Para Fernando, tomó la forma de un resplandor inusual para comienzos de octubre; lo vio llegar por el rincón del ojo derecho y el impacto casi no le produjo dolor. Quiso sacudírselo como quien espanta un insecto, pero desde un segundo antes de iniciar el movimiento, supo que era tarde. El tiempo, la parte que lo sostenía en el presente, se detuvo, y otro reloj echó a andar, aquél que llevaba detenido veinte años, desde los últimos días de 1980.
Y se encontró, tras un cambio instantáneo, en su escritorio de la calle Maipú: desde el grabador, apoyado en la mesita baja a su derecha, Joni Mitchell cantaba "River". El perfume de los pensamientos que lo cubrieron fue lo único que se mantuvo igual.
Entre la estampida de recuerdos nuevos —por más viejos que simularan ser—, estaban los de ese mismo día, interrumpido hacía minutos: la despedida de Alex y Lucho, en plena calle, casi a oscuras a pesar de que apenas daban las siete y bajo una lluvia que los llevaba por delante sin miramientos, igual que la prepotencia de ese mismo recuerdo que insistía en adelantarse al futuro.
Quería estar allí, frente a su escritorio, pero al mismo tiempo una parte de su cuerpo rechazaba ese querer; su deseo, el verdadero, se mantenía más oscuro que nunca, como si aquella tormenta que se fundiera con la despedida —o con las despedidas— lo estuviese borroneando también pero desde adentro.
Sintió frío; miró hacia la ventana, los vidrios vibraban oscuros y mojados... ¿Estaba lloviendo? ¿De nuevo? Se acercó y alcanzó a ver, en la vidriera de la farmacia de la esquina, la figura apenas iluminada de un arbolito de Navidad. "Veinte años", se dijo, de la voz hacia adentro, "nada peor que una pesadilla tanguera."
La campanilla del teléfono lo apartó de aquellos pensamientos; el sonido lo extrañó, le pareció antiguo, lejos del paisaje electrónico, pero no lo sobresaltó como era habitual desde los días de la colimba. Contra toda apariencia, aquellas sensaciones no duraron ni un segundo: atendió sin pensarlo más:
—Hola.
—¿Fer?
La voz de Cecilia se apoderó de sus ojos y no los dejó hasta que se clavaron en el dibujo de la vaquita-de-san-antonio que yacía debajo del vidrio del escritorio, casi inadvertida y alejándose de la esquina derecha de la reproducción de Magritte.

He tried hard to help me
He put me at ease
Lord, he loved me so naughty
Made me weak in the knees

Ladybird...; mezclada con la canción que nunca terminaba como si hubiese sido siempre parte de ella.
—Fer; te extraño.
Era verdad, llovía, de nuevo; las gotas pegaban, ahora con más fuerza, contra la ventana. El reloj estaba por dar las ocho, pero el segundero no se movía.
—Creí que te habías ido.
Era tarde para la oficina, ya tendría que estar en su departamento, alquilado hacía apenas quince días.
—Sí; me fui. Me fui para siempre.
Se imaginó a sí mismo parado en aquella esquina, igual que tantas otras veces en esquinas parecidas, mientras la miraba alejarse luego de que le dijera adiós, entre dudas que no fue capaz de dispersar. El teléfono nunca había sonado salvo en su deseo.
No había dejado de mirar aquel dibujo, un cuadradito recortado en cartulina, rojo con manchas negras, de espaldas a Magritte, sin cesar de alejarse al compás de sus cuatro pequeñas esquinas.
Entonces sí, dejó de adivinar acerca de los vidrios, el reloj y los fantasmas, desvió los ojos del dibujo y comprobó su acierto en todo; el viento hacía que los vidrios se curvaran hacia adentro, tendría que bajar las persianas.
Recordó a Lucho y Alex, quienes estarían en camino hacia Retiro a tomar el tren, que todos seguramente terminarían empapados para siempre en aquella última semana del año 1980, al que cada quien a su manera, algunos con grandilocuencia, otros en la intimidad de las afirmaciones secretas, le habían augurado un gran lugar, uno que pronto acabaría... Dudó, de nuevo... ¿Estarían Lucho y Alex en camino hacia Retiro? ¿Por qué dudaba ahora de haberse despedido de ellos?
Cerró las persianas ante la queja vehemente de la lluvia; tal como era su costumbre, dejó encendida la lámpara que estaba a la izquierda del escritorio... Siempre dejaba una luz antes de salir, sin importar de dónde fuera, como en aquel cuadro de la niñez con la vela en la ventana. Pero se acordó de que no volvería hasta febrero y que iba a cortar la electricidad; así que ninguna luz lo esperaría.
Oprimió el botón del ascensor y lo golpeó aquel conocido escalofrío —estaba adosado a él como una hoguera hacia el fondo de las entrañas—. Por un momento pensó en el cansancio, pero no le importó, podría aguantar un poco más; la diferencia entre una semana y veinte años fue tan abstracta como aquel poema de ecuaciones diferenciales.
Salió a la calle, se subió el cierre de la campera y comenzó a caminar hacia la avenida Santa Fe; la lluvia fue una parte más del paisaje.
Y estalló. Relámpago o derrame de hielo en su espalda, sintió que se desgarraba. David... ¿Quién era David? Su nombre era Fernando y ya caminaba por la avenida Santa Fe. David estaba en otro lado, en otro mundo, salido de su pluma; era un guerrero aunque aún no lo supiera. Fernando no lo pensó mucho: David se ancló a sí mismo en esa suerte de espera reflexiva que tan bien conocía, estaba a punto de saber lo que era una guerra.

III - Guillermo - Miércoles 31 de diciembre de 1980

Fue un aletazo de aquéllos que aparecen, sin aviso, entre el filo de dos segundos sin importancia y que, de no ser acusados, aceleran hacia la oscuridad como si nunca hubieran existido.
Para Guillermo, tomó la forma de un resplandor inusual para comienzos de noviembre; lo vio llegar por el rincón del ojo derecho y el impacto le produjo un dolor lejano, casi de otra vida. Quiso sacudírselo como quien espanta un insecto, pero desde un segundo antes de iniciar el movimiento, supo que era tarde. El tiempo, la parte que lo sostenía en el presente, se detuvo, y otro reloj echó a andar, aquél que llevaba detenido diez años, hasta los últimos días de 1990.
Y se encontró, tras un salto instantáneo, en su escritorio de la calle Maipú: desde el grabador, apoyado sobre la mesita baja a su derecha, Joni Mitchell cantaba "River". El perfume de los pensamientos que lo cubrieron fue lo único que se mantuvo igual.
La campanilla del teléfono lo apartó de aquella ensoñación; el sonido lo extrañó, le pareció antiguo, ajeno al paisaje electrónico, pero no lo sobresaltó como era habitual desde los días del servicio militar. Contra toda apariencia, aquellas sensaciones no duraron ni un segundo y atendió sin pensarlo más:
—Hola.
—¿Guille?
La voz de Silvia se apoderó de sus ojos y no los dejó hasta que se clavaron en el dibujo de la vaquita-de-san-antonio que yacía debajo del vidrio del escritorio, casi inadvertida sobre la esquina derecha de la reproducción de Magritte.
Ladybird...; mezclada con la canción que nunca terminaba como si hubiese sido siempre parte de ella.
—Guille; te extraño.
Llovía; las gotas golpeaban con fuerza contra la ventana. El reloj estaba por dar las ocho, pero el segundero no se movía.
—Creí que te habías ido.
Era tarde para la oficina, ya tendría que estar en su departamento, alquilado hacía apenas quince días.
—No; estoy en Baires. Me equivoqué. Quiero verte.
Se imaginó a sí mismo parado en aquella esquina, igual que tantas otras veces en esquinas parecidas, mientras la miraba alejarse luego de que le dijera adiós, entre dudas que no fue capaz de disipar.
—¿Desde dónde hablas?
No había dejado de mirar aquel dibujo, un cuadradito recortado en cartulina, rojo con manchas negras, de espaldas a Magritte, como si nunca cesara de alejarse al compás de sus cuatro pequeñas esquinas.
—Estoy a dos cuadras, en Florida, tengo miedo de que se corte por culpa de la tormenta.
Entonces sí, dejó de adivinar acerca de los vidrios, el reloj y los fantasmas, desvió los ojos del dibujo y comprobó su acierto en todo; el viento hacía que los vidrios se curvaran hacia adentro, tendría que bajar las persianas.
—Hay un bar, sobre Tucumán, llegando a Maipú, se llama Red; ya voy para ahí.
Dudó; la sola mención del bar le recordó a Lucho y Alex, hacía diez años, en camino hacia Retiro a tomar el tren, seguramente terminaron empapados para siempre en aquella última semana de 1980, año al que cada quien a su manera, algunos con grandilocuencia, otros en la intimidad de las afirmaciones secretas, le habían augurado un gran lugar, uno que pronto acabaría... Dudó, por tercera vez... ¿Qué habrá sido de Lucho y de Alex?
—Te espero —le respondió Silvia.
La comunicación se cortó; pero la vaquita-de-san-antonio seguía allí, bajo el vidrio, esperando a que el tiempo atado a esa línea se doblara.
Cerró las persianas; tal como era su costumbre, dejó encendida la lámpara que estaba a la izquierda del escritorio...
"Te espero" volvió a resonar cuando oprimió el botón del ascensor y también el conocido escalofrío: estaba adosado a él como una hoguera hacia el fondo de las entrañas. Por un momento pensó en el cansancio, pero no le importó, podría aguantar un poco más; la diferencia entre una semana y diez años fue tan abstracta como aquel poema de ecuaciones diferenciales, tapado debajo de otros papeles en el cajón de su escritorio. Cuando llegó, mojado a pesar de la protección buscada debajo de toldos y balcones, ella estaba en la puerta.
—Te extrañé.
No hubo abrazo.
—Estás igual.
¿Cuánto hacía desde la última vez?
Una ráfaga empujó el hilo de agua que chorreaba de la marquesina, y éste, como un látigo, arrojó a Guillermo hacia Silvia. Fue un movimiento involuntario, o casi; la memoria surgía incompleta... Alex y Lucho ya no estaban; habría jurado que hasta hacía un rato, cuando la tormenta aún se mantenía en el umbral...
—¿Me querés todavía?
Supo de inmediato que una de esas tres palabras sobraba, fue tan rápido como el latigazo de agua fría de hacía un instante, y tanto sobraba que la pregunta tuvo que hacer un esfuerzo por no consumirse a sí misma.
—Estoy igual.
Y aquel beso, el primero, fue muchos, y fue una puerta que perdía el cerrojo, derrotada por un singular hilo de agua, no por ello menos furioso, como otro beso, el último, el adiós que se doblaba, igual que la línea que ponía candado al tiempo.
—Disculpáme; soy una estúpida.
Jamás había aceptado ese llanto, ni aun descubriéndolo bajo las palabras, o a su expensa.
—No me fui; nunca me fui.
No era sólo él, estaban también los recuerdos chatos, y el atardecer que aquel día omitiera. Pero la verdad no era perfecta, lo usaba y ese gesto la manchaba. Por primera vez en aquella tarde de diez años, sonrió; o mejor sería decir que una carcajada abrupta le surgió del pecho, como un dolor bienvenido, un dolor que sólo podía escapar de aquel modo, mediante un espasmo que lo arrancara sin cuidado para que sus raíces salieran también limpiamente.
—¿Un café?
—Sí... Con algo fuerte.
—Sí; algo que sacuda.
—Guille... No te podés imaginar cuánto te extrañé.
—Yo no tuve tiempo... No me lo hice... No quise ese tiempo.
Y la verdad se hizo un poco más pura; el tiempo había doblado esa línea que le hacía de celda hasta semejarlo a las vías de un tren alrededor de una montaña... Y cuando aquella imagen se abrió en su mente, pensó en la montaña rusa que estaba cerca del río, la misma que lo atraía y espantaba: una sola vez había subido pero el recuerdo se mantenía detrás de un muro casi tan denso como la cortina de lluvia que los sitiaba en el umbral de Red.

I wish I had a river
I could skate away on

Benjamín llegó con las tazas de café y un par de vasitos rebosantes de ginebra; las luces de la barra, en particular el neón azul, se concentraron en ese líquido transparente hasta el escándalo y estallaron contra la cara de Silvia. Ambos sabían del dolor, aunque nunca lo nombraran.
—Al final no me fui.
Desde la avenida que estaba a dos cuadras, llegó un bocinazo y luego un sonido grave seguido de vidrios que se rompían. Pero la música no se detuvo, nada le importaba salvo mantenerse al acecho rondando los oídos de Guillermo. Eran dos personas y eran más. Y las palabras que no decían los esperaban afuera, mojándose en las fauces de un secreto mal guardado.
—Estás hecha sopa.
La luz del neón le bajó por la mejilla hasta la comisura y allí, resignada, desapareció.
—No importa; ni siquiera me di cuenta... Tenía miedo de que no estuvieras.
Sintió que debía explicarle, decirle que no la había llamado para despedirse porque pensó que se molestaría, pero una vez más, ante el umbral de una verdad que hablaba más que nada de carencia, la voz no pasó por encima del muro.
—Nos vamos a tener que quedar. —La tormenta se estaba poniendo peor; muchas tormentas.
El teléfono, junto al espejo, al otro lado de la barra, sonó dos veces; Benjamín lo atendió justo cuando sonaba por tercera.
—¿Te das cuenta de cómo nos vamos a jugar si salimos juntos por esa puerta?
—Muchas vidas... ¿No?
—Y todas a nuestra merced.
—A menos que finjamos.
Los ojos se le achicaron, pero no fue por el aumento en la luz, tampoco por los relámpagos que ahora eran los dueños de la calle; en realidad, ninguno de los dos sabía a qué se enfrentaban, los rondaba una sospecha como permanece de madrugada el resto de un perfume colocado la noche anterior.
—Quizás no seamos los únicos; puede que haya otros, en otros bares, tratando de enmendar sus errores... El mundo va a cambiar de todas formas.
—Silvia...
Y cuando escuchó aquel nombre abrirse paso a través de la mesa, pero no sólo el nombre sino la manera como su propia voz lo empujara, supo que la decisión ya no era suya, que quizás nunca lo había sido. Pero junto con el alivio esperable, se derramó sobre él un aceite tan denso como el espanto: cada instante era recuerdo y, como tal, sólo suyo.
Ella se estiró sobre la mesa y lo besó; la mezcla de café y ginebra fue lo más parecido que sintiera en su vida al hogar. Pero era pronto aún para sonreír.
—¿Y tus cosas?
—En Miami.
—¿Tan así fue?
—Tan así somos.
—Y puede que apenas se vea lo mínimo.
Había más palabra que la empujada por la voz; la dicha, incluso, imitaba el ritual que circulaba por la madera como cazador que, rondando su presa, posterga el ataque indefinidamente. Era probable que ni ellos mismos supieran dónde estaban, lo cual llegaba más allá de la certeza por una fecha.
—O sea que tus viejos creen que estás en Miami.
Y fue entonces cuando, por primera vez, apareció una sonrisa completa. Y el río congelado sobre el cual patinar hasta más allá del fin, desplegándose, invirtió el efecto que la canción producía sobre Guillermo. Imaginó que ella había logrado entrar, por fin, en el santuario sellado desde sus doce años. Pero la escena continuaba incompleta porque era así su naturaleza; de otro modo, se esfumaría, y ninguno sabía si no lo harían ellos también.
—¿Sabés de alguien que quiera compartir su techo por hoy?
—¿Por esta noche?
—¿Tenemos más?
Era como si cada segundo costara una fortuna. Y, a través del ruido de la lluvia sobre el techo de chapa de la estación, un ruido que sacudía su recuerdo, alcanzó a ver cómo Alex y Lucho tomaban el tren cuyo destino había cambiado. Fortunas arrancadas de cuajo, con la dureza y el valor de un diamante, hacían de cada paso un desafío a la gravedad. Lo que tenían era, ya desde el principio, un exceso por definición.
El viento agitó los vidrios y abrió la puerta de par en par; Benjamín se apuró a cerrarla y la trabó con una silla.
—Va a ser difícil que tengamos más clientes hoy, ¿eh?
Ambos se preguntaron por los alcances de ese "hoy", y fue como si aquella palabra ajena hubiera sido dicha exclusivamente para ellos.
David la miró y le dijo:
—¿Sabés que hace poco soñé con vos?

IV - David

Susana recordó cuándo lo vio por primera vez: llegó temprano y, de quienes tenían su propia oficina, era el único que no vestía traje: saco azul, pulóver celeste, pantalones vaquero y botas de un azul casi negro; la saludó como seguramente lo hacía a diario con quien estuviera en la recepción, o así lo pensó entonces, y se perdió en su oficina hasta el mediodía. Era imposible, claro, que Susana supiera que la oficina no era de él sino de su jefe inmediato quien estaba de viaje por los Estados Unidos. También le llamó la atención que se quedara hasta tarde, escribiendo en la IBM de la secretaria de esa sección. Hasta que un día, durante su segunda semana de trabajo allí, comenzaron a charlar: ella tenía un libro sobre la mesita que estaba a un costado del conmutador. David trabajaba ahí desde hacía poco más de un año y se había cuidado muy bien de no establecer vínculos personales que excedieran el espacio laboral, especialmente con sus compañeras; el trabajo era terriblemente bueno, sobre todo a la hora de ir a buscar su cheque, lo cual ocurría cada quincena con puntualidad pasmosa, y no podía permitir que un paso en falso lo dejara afuera: ir más allá de aquella línea imaginaria, que él mismo se trazara, era poner en riesgo su lugar en la empresa. Pero en relación a Susana la línea se fue destiñendo hasta borrarse. El libro estaba ahí y era todo el anzuelo que precisaba.

La primera vez que David la vio, la primera cuando verdaderamente la vio, fue aquel día cuando los ascensores no alcanzaban los pisos superiores debido a un desperfecto en el sistema de control general; al llegar al último descanso de la escalera, con la puerta que daba a la recepción abierta, sólo tuvo que alzar la vista y allí estaba, de pie, hablando con alguien a quien no pudo ver pues, parado hacia la derecha, quedaba detrás de la pared. Susana estaba en sandalias y con aquel vestido corto que simulaba un marmolado rosa y celeste en tonos pastel muy claros. Sus piernas eran perfectas, le pareció estar observando una de las viejas esculturas griegas de sus libros de hacía diez años. David se quedó donde estaba, mirándola; fue más fuerte, mucho más fuerte que el temor a ser descubierto; siguió con los ojos la curva de los muslos, quería ver más, era perfecta; irresistible. Al terminar la conversación, Susana giró sobre sí misma hasta darle la espalda y se dirigió hacia la mesa del conmutador, fue un movimiento tan súbito como breve, la falda del vestido la acompañó, demorada y liviana. David tardó un minuto más en subir el tramo de escalera que le faltaba; tuvo suerte: nadie pasó por ahí. Nunca habló de aquello, ni siquiera con ella, aun cuando se moría por hacerlo.
Esa misma tarde, David la invitó a salir. Esa misma noche, soñó con ella.

Interludio - El sueño: él a ella

Llegué al Puerta del Sol un rato ante de la hora que fijamos y me pedí una cerveza. Algo me decía que ibas a querer un licuado, pero preferí no pedirlo hasta que llegaras.
Al rato te vi entrar, venías sonriendo.
Me paré para saludarte pero no me diste tiempo, me abrazaste y me besaste; me apretabas tan fuerte que los pensamientos se me escaparon en estampida.
Habías vuelto de un viaje, de una ausencia; meses, tal vez años, habían pasado entre los dos.
—¿Sos de verdad? —me preguntaste, pero había un tono afirmativo en tu voz.
Al segundo siguiente, estábamos en la cama, vos arriba mío. Una luz amarilla y turbia venía de la puerta que daba a la sala. Estábamos en tu departamento de Rivadavia.
Hablabas; pero era un idioma que no pude entender. Como si la voz, en lugar de salir, se metiera dentro tuyo. Estabas agitada.
Enseguida, miraste hacia el techo y dejaste de respirar... Cómo podía saberlo, no lo sé aun hoy, pero habías dejado de respirar, como si la garganta se te hubiera cerrado.
Te agitaste, dos, tres veces, me golpeaste el pecho, hacia mi izquierda, justo debajo del corazón, apretaste las piernas, una vez, otra, y de nuevo más fuerte.
Dejaste de mirar hacia arriba, bajaste la cara hasta ponerla pegada a la mía... Y te pusiste a llorar.

V - Guillermo

—Es extraño el ambiente cada vez que se pasa de un año al otro.
—Yo solía pensar que era nada más que un cambio de número.
—¿Y ya no?
—El cambio de número es lo de menos, por un lado. Pero por el otro...
—Es eso justamente.
—Algo así. El modo como los números pesan sobre nosotros.
—Y sí. Una cosa es tener veinte; y otra, cuarenta.
—¿Años?
Por segunda vez, Silvia estiró el cuerpo por sobre la mesa hasta los labios de Guillermo. Él no se movió; la manera como ella parecía nadar en el aire le seguía produciendo el mismo efecto que aquella vez en el descanso de la escalera. Más ahora, incluso, que sabía que era bailarina, o lo había sido, en Queens, antes de volver junto con su familia a Baires. El baile lo derrotaba, era uno de esos desprendimientos de la música que, llegado cierto punto, ya no la necesitaba aunque la aceptara como excusa, o hasta como un adorno, detrás, hasta opacarse.
—Si hubieses visto la cara de mi tía cuando le dije que me volvía...
—¿Pero ella se quedó?
—Sí; me dijo que con una loca en la familia ya era bastante. Vine con lo justo; espero que se ocupe bien de las valijas y el resto de mis cosas, dado el humor que debe de tener.
—Seguro que te las manda en cuanto se calme.
—No creo; los vuelos deben de estar repletos; yo conseguí pasaje gracias a una amiga que trabaja en la aerolínea. Supongo que mi tía va a esperar para mandarme las cosas hasta después de Reyes; o más...
—Primero habría que ver si llega el fin del año.
—Estaría bárbaro, ¿no?
—¿Fin de Año?
—Que no llegue. Que tengamos siempre esta semana.
—¿Una y otra vez?
—No; no entendés. Esta semana.
—¿Veinte años de la misma semana?
—Ya te dije lo que opina mi tía de mí. ¿Querés que lo repita?
—¿Veinte veces?
Silvia bebió el tercio de ginebra que le quedaba en el vaso y llamó a Benja.
—¿Vamos? Parece que llueve menos.
—¿Y si desaparecemos al cruzar el umbral de esa puerta?
—¿No es eso lo que pasa siempre?

It's so hard to handle
I'm selfish and I'm sad
Now I've gone and lost the best baby
That I ever had

Pero no llovía menos, el ruido sobre las chapas de la calle crecía y la canción apenas se escuchaba, pero ninguno de ambos había desaparecido del todo, nada más que un poco de atención era capaz de mantenerlos en el mundo para lo irremediable tanto como para lo perdido.
Benjamín los observó alejarse desde detrás de la puerta; la lluvia seguía pero el viento había cesado; se quedó ahí hasta verlos desaparecer en la oscuridad; murmuraba en la penumbra solitaria de su bar. Guillermo y Silvia caminaban abrazados y muy cerca de la pared. Las despedidas exigen un ritual exacto, pero cumplirlo a rajatabla entraña un conocimiento, y acceder a él pone al filo de un riesgo: acostumbrarse. Cada despedida contiene una dosis que el organismo asimila con dolor; y la adicción a ese dolor es la llave hacia la puerta que separa tiempos diferentes, rodeos y atajos.
Silvia también escuchaba aquella canción, pero al principio creyó que salía de la radio del bar. Ahora, bajo la lluvia, abrazada a Guillermo, la escuchaba como si fluyera desde las gotas mismas. Pero ya sabía ella que lo extraño rondaba los pasos de Guillermo y eso precisamente la había alejado de él hasta ese día; se había dicho a sí misma que estar de novia con otro era la razón, que no podía jugarle sucio a Diego, y necesitó de aquel año largo para darse cuenta de que no era así, de que lo que siempre había sentido a su lado: ser una compañera ocasional, era tal cual como ella lo veía a él. Antes de conocer a Guillermo, no había sido capaz de darse cuenta, pero las cosas cambiaron; el correr de los días se había topado con un final, el mundo entero, y no sólo el suyo, había mutado. Este cambio era más notorio cuando estaba con él, una liviandad en el aire se lo decía a cada minuto; los gestos de las personas ya no le eran indiferentes, aun cuando se tratara de perfectos desconocidos; la manera como un perro o un gato hurgaban entre los desperdicios, buscando comida, la llamaba como si alguien le hubiese dejado ahí un mensaje a descifrar; una música que nunca escuchara antes y, si se repetía dos o más veces en un lapso breve, la dejaba en un estado de inquietud que le duraba varios días. Para colmo, ocurría cada vez que una palabra dicha por él, como al pasar, ataba aquellas escenas como si hubiesen sido creadas no sólo con un vínculo entre sí, sino para que ella, ajena hasta ese instante, les diera un destino. Así, con un día tras otro sobre su espalda, con cada paso compartido en las cortas charlas con Guillermo, el miedo se le apareció sin más disfraces; y aun cuando lo natural hubiese sido tratar de evitarlo, había en él una atracción que la intoxicaba; esto la espantó y entonces sí decidió aceptar la invitación de la tía Rosa para regresar a los Estados Unidos; no a Nueva York, donde pasara la adolescencia, sino a Miami, ciudad donde disfrutara un par de veranos.
¿Qué la había hecho cambiar? Aquella pregunta se le imponía como un misterio salvo por las imágenes borrosas que la rodeaban. No había sido por temor, como supusiera la tía; o sí pero de otra clase. Al tiempo... Temor al tiempo... Aquella frase le resonaba, pero sólo cuando en inglés: time fear; y lo hacía de la misma manera que la canción, desde la cortina de lluvia, desde una grieta en el mismo tiempo del que emanara ese temor. Lo curioso era que no había cesado con el cambio en su decisión, aunque, aun así, la compañía de Guillermo, abrazado como nunca antes, le decía que había hecho bien. Casi sin proponérselo, comenzó a canturrear en un murmullo.

I wish I had a river
I could skate away on
Oh I wish I had a river so long
I would teach my feet to fly

VI - Fernando

Durante aquel año que terminaba, Fernando había reflexionado sobre muchos puntos oscuros, propios y ajenos, aun cuando estos últimos no eran tan de muy allá como su denominación parecía indicar. Y con cada reflexión fue capaz de tironear de la hebra de un aprendizaje en particular; veinte años de reflexiones y aprendizajes para que aquellas hebras fueran tejiendo una manta incompleta. Y así, allí estaba, abrazado al recuerdo de Cecilia, caminando bajo la lluvia, una lluvia que no terminaba de mostrarse como inofensiva, preso de la incómoda pesadez de no acertar con un número que no fuera el veinte, uno que lo ubicara de nuevo, pero en un lugar geográfico, a menos, claro, que pasar de un año a otro implicara aceptar una mudanza similar a un cambio de domicilio. Y fue entonces cuando, como impactado por una voz superior a su voluntad, supo que amaba el terreno brumoso adonde lo conducían sus pensamientos, porque aun por contradictorio que pudiera parecer, conocía los recodos de aquella niebla mejor que los de cualquier casa donde hubiera vivido. Y así era su amor por Cecilia, un abrazo de bruma. Se detuvo; la canción ya no nacía de la lluvia, las luces de Córdoba y Callao no brillaban como de costumbre, no podía estar seguro pero era como si el voltaje hubiera descendido a la mitad; la intensidad subió bruscamente para desembocar por fin en apagón.

Oh I wish I had a river
I made my baby say goodbye

VII - Guillermo

Silvia interrumpió el canturreo pero inmediatamente lo continuó, la luz era lo de menos.
—No estamos lejos de casa —le dijo Guillermo
A lo que Silvia respondió:
—Estamos en casa.

IX - Fernando

La lluvia sobre las chapas de la estación Retiro se fue haciendo más leve hasta desaparecer por completo. El tren con sus amigos se había perdido de vista; pensó en caminar hasta el departamento, nada lo apuraba, podía subir por la barranca de la plaza hasta la avenida Santa Fe y recorrer aquellas veredas tan conocidas, acoplar un ritual al otro. Si la lluvia decidiera regresar, nada más tendría que aprovechar los balcones y demás salientes para mojarse un poco menos. Pero antes de que pudiera echarse atrás, se vio a sí mismo caminar por Maipú en dirección a la oficina; el pecho se le hundía y apenas alcanzó a preguntarse qué lo arrastraba.

X - David

Se había levantado temprano esa mañana; se había duchado, preparado un café con leche y unas galletas con dulce, y cuando quiso acordarse estaba detenido frente al espejo de la puerta, con los ojos fijos en la imagen que, a su vez, lo escrutaba desde el otro lado. Era la semana muerta, los días que separaban la Navidad del cambio de año; del 26 al 31 de diciembre todo era memoria, pero no como en el resto de los días, sino bajo presión, como le ocurriría a un pez obligado durante seis días a vivir al doble o más de la profundidad habitual. Bajo esta presión, las imágenes de la semana muerta de 1980 lo invadían despiadadamente, todos los años igual; y a tal punto se cumplía el ciclo que, ni bien amanecía el 26, ya no era capaz de precisar en qué año se encontraba.
Remordimiento; ésa era su palabra preferida de esos días. Por no haber tenido el valor, por haber preferido esperar, pero fundamentalmente porque la sombra de lo que podría haber sido su vida, de haber seguido el otro camino, lo rondaba como un hechizo, una obsesión, como lo haría una pandilla de fantasmas con una casa vieja; la palabra en inglés le vino a la cabeza: haunted, y no encontró una que fuera equivalente en castellano.
Una vez pasada la medianoche del 25, el número correspondiente al año se evaporaba; pero no sólo de su cabeza, sino de todo lugar donde se lo pudiera buscar: almanaques, agendas, calendarios... Miraba y nada más veía un hueco; profundo, borroso, los signos de una ausencia.
Pronto haría veinte años de lo ocurrido en Miramar; pero aquello seguía pareciéndole un sueño... La verdad era que no estaba seguro y, desde 1986, nunca más le había contado nada a nadie.
Ahora, estaba de vuelta; o, al menos todo, parecía darle esa indicación. Y Susana había vuelto.

It's coming on Christmas
They're cutting down trees
They're putting up reindeer
And singing songs of joy and peace

Las luces volvieron a brillar por la mitad; cruzaron Callao y siguieron hacia Santa Fe. Susana se puso a pensar en su vida y con qué exactitud el camino la había llevado a reencontrarse con David hacía once días exactos, una exactitud, por supuesto, que donde menos valía era en el tiempo o, para expresarlo mejor, para con su transcurrir, la idea de línea con que lo vemos pasar. Ya tenía todo listo para el viaje y sólo le cabía esperar el día de la partida cuando lo vio: sentado junto a la ventana, con una cerveza a medio tomar, fumando y, como habría sido lo esperable, escribiendo en un cuaderno de pocas páginas. Lo vio y trastabilló; todo ocurrió en un segundo, la idea de retroceder sobre sus pasos fue fugaz pero apareció, no podía negarlo; sin embargo, mientras las ideas la asaltaban, entró al bar. David no demostró sorpresa; por el contrario, alzar la vista y sonreír fueron poco menos que una misma cosa.
—Se te ve bien.
—Vos estás igual.
—¿Te parece?
—Veo lo que quiero ver; ¿no fue así como me dijiste, aquella vez?
—Nunca dije que fuera un defecto.
—Para algunas cosas, lo es.
—No conmigo.
—¿Y será bueno seguir iguales?
Estuvieron en el café hasta la hora de cerrar; ninguno quería irse. Susana le contó sobre la operación, también que ya estaba mejor; David, sobre sus planes como escritor y cómo hacer aquella música ya no era tan importante, que hoy su música era otra. Hasta que, de improviso, se miraron: un sonido más que familiar había irrumpido, los ojos fijos en los del otro. David quiso seguir el recorrido de aquella lágrima, pero no pudo: estaba detenida justo antes de tocar la mejilla, como si un hilo apenas visible la sujetara del rincón del ojo. Susana quiso apartarle con una caricia el mechón de pelo que siempre se le venía sobre la frente, pero al tocarlo apartó la mano de inmediato: estaba rígido, como si acabara de transformarse en piedra. Las semanas dejaron de serlo para expandirse hasta la dureza de los meses, y éstos hasta la superficie irregular de un mármol tallado con memorias desordenadas, y luego, en movimiento al principio de apariencia invertido, aquel segmento de historia se desdobló una y otra vez. En un arrebato sordo, David se dio cuenta de que aquella caminata desde Retiro hacia la oficina de Maipú había demorado veinte años, desde una semana muerta a otra; pero no sólo eso, los años se habían comprimido desde 1980 como atraídos por un agujero negro ávido de emociones.

XI - Guillermo

Cuando llegaron a Santa Fe y doblaron hacia la izquierda, Silvia y Guillermo supieron que eran dueños de un don poco usual, podrían construir una nueva memoria al costado de la que ya poseían, revisar cada error antes de cometerlo.
Llegando a la disquería de Uriburu, reconocieron la voz y se detuvieron; siguiendo los pasos de un plan trazado por las artes de aquella semana, Guillermo entró mientras Silvia lo esperaba a un costado de la puerta. Tardó apenas unos minutos; al salir, llevaba un estuche que dejaba pasar aquella foto en los conocidos tonos de azul.
—Por fin lo encontraste.
—Como una pieza faltante, sí.
Ella lo guardó en el bolso de cuero rojo y, por un momento, acusó recibo del contraste de colores, bajo la oscuridad levemente burlada por la luz de la vidriera.
—¿Escuchás?
—¿No te da miedo?
—El miedo se ha vuelto una costumbre.
—¿Y eso es bueno?
—Estar está; sobre lo otro, empezaremos a saberlo pronto.

XII - David

Delante de David, Susana revisó los días de su enfermedad, el sanatorio, los ruidos nocturnos que todavía regresaban llamados por otros parecidos o por el olor de una toalla limpia, y se preguntó qué pasaría ahora que el futuro estaba en su memoria igual que en los labios de un oráculo. David presenció sin asombro cada una de las transformaciones de su nombre; lo mismo le pasó a Susana. Ahora, ambos conocían no sólo la letra de un mañana posible, sino la de varios más igualmente valiosos. Cuando cada uno pronunció el nuevo nombre del otro, sonaron viejos, como no habría podido ser de otra manera. Ahora, cada uno era dos personas; una, perdida por esos corredores que el dolor visita con frecuencia, corredores a veces construidos por el dolor mismo; la otra, ligada a la anterior como lo estuvo aquella lágrima en el rincón del ojo, dispuesta a vagar al aire libre ya no sola. La primera se alejaba con nombre ajeno; habían logrado que la segunda se quedara.

XIII - Guillermo

Veinte años después, casi en la esquina con Pueyrredón, hacia un costado de la boca del subte, alguien había pintado sobre la pared: "Tanto esperar y el 2000 fue un suspiro de alacranes".
Guillermo miró hacia la vereda de enfrente y le pareció ver a Fernando, en aquel mediodía de lluvia, cuando decidió perderse en el pasado de la esquina de la vieja casa de Austria, casi llegando al hospital, con su mundo a punto de fundirse con la niebla de todas las tristezas. Pero tenía que perderlo o jamás podría reecontrarse con David. Fernando era su entrada al infierno; David, al abrazo solidario.
—Poca justicia para con esos bichos, ¿no? —Silvia le apretó el brazo—; los alacranes...
—Sí; poca.
—Mejor vayamos para casa.
—Sí; vamos —Guillermo dejó escapar una sonrisa—. Aprovechemos que los chicos están en lo de tus viejos.

XIV - Fernando

En su escritorio del séptimo piso de la calle Austria, Fernando encendió un cigarrillo y vio la imagen de Cecilia en el vidrio de la ventana, por un momento creyó que se trataba de un reflejo y se dio vuelta; el sonido de la lluvia le mojó la mirada.

I wish I had a river
I could skate away on. 

Eligió uno de los lápices, le sacó punta, abrió un cuaderno nuevo y anotó:
«Susana y David, Silvia y Guillermo... Notas para una historia... O dos historias, pero relacionadas por un origen común... David escribe la historia de Guillermo y Guillermo la de David; personajes y autores cruzados... Ellos, los cuatro, hablan lo que yo no... Yo que, tan acostumbrado estoy a no tener con quién hablar, hablo conmigo mientras espero el día de mi amor, detrás de la última barrera.»
Y de nuevo le cayó el escalofrío, el ascensor, aquel maldito ascensor a tres centímetros de la cabeza.



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domingo 29 de enero de 2012

Fragmentos sin futuro 02



Durante los últimos tiempos, distintos fragmentos —voces de ninguna parte bien cercana— me dieron plenamente en la cara; algunos son principios de historias, otros son finales, y los más: interrupciones a la mitad; historias todas ellas que nunca escribiré. Imágenes vagas, incompletas, bajas. Corazones de sangre apagada, detrás de unas risas, o de una burla. Para pasar y olvidar. Como los cardones de la ruta.

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Coming back is a dream; but not as much as going back.

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Y al final la muerte termina siendo unas pocas palabras mal escritas.

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Una tarde, durante la merienda, al Carlitos se le dio por preguntar: “¿Y cómo es que, si el viento es al jacarandá al que le hace cosquillas, las que se ríen son las ardillas?” Luego del estupor inicial, el ataque de cosquillas sobre su persona seguido de las risas imparables de la Blanquita y la Florinda dio por terminadas sus dudas.

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No acuerdo con quienes creen que las rutinas son malas.

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Hay un hombre que entrena perros... por el Animal Planet... pobre... lo detesto

(Bueno... Será que no estoy a favor de la esclavitud animal.)

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A quien dijo: “¿Y si resulta que los cuentos no tienen dueño, ni carcelero, ni autor?
”


Tengo la sospecha de que ha estado usted conversando con un art. No que éste le haya confiado su condición; puede incluso que él mismo no la conociera.

Así son las cosas con esta gente pequeña.

Les gusta tejer sargazos en los mares y arenas movedizas en tierras ya no tan firmes.

Eso sí: prepárese a las reacciones de sus amigos.

En fin... todos estamos a prueba (cuando no a préstamo).

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A quien dijo: “Fui a ver las arenas movedizas. Ya no estaban.”


Siempre pasa lo mismo: los chicos llegan primero y las convierten en castillos

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¿Queda alguna duda de que lo que no se entiende no existe?

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A quien dijo: “El eco insiste en sus oficios: ‘sólo el que busca puede encontrar lo que no busca’.”



Eso ya lo sabían los chinos: encontrarás lo que no busques cuando no lo precises... (está junto a la caja del súper de acá enfrente)...

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Así son las cosas con la gente pequeña: les gusta tejer sargazos en los mares y arenas movedizas en tierras ya no tan firmes.

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Claro que hay gente que prefiere hacer como si no entendiera lo que no le conviene... (en algunas tribus se le llama “miedo al cambio”).

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Lo que más le cuesta al estafado es dar el primer paso: reconocerlo.

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Retrato del estafado: habiendo querido obtener mucho a cambio de muy poco, terminó obteniendo muy poco a cambio de mucho.

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La persona que explica por qué le gusta algo (o, especialmente, por qué no) no tiene la menor idea de lo ridícula que se ve.

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Basta de guerra !!! ... (cri - cri - cri) ...

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Hay gato encerrado en esto de que el día del maestro sea en la fecha cuando Sarmiento se muere y no en la que nace... ¿no?

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Lastraganimibyersatancada . . .

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Me han pedido un aporte a la confusión general; así que, manteniendo mi habitual carisma venido de dones gentiles, diré que estaríamos mejor en un mundo sin tanta baba.

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Si; me gusta Sabina... ¡Y qué!

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Dentro de poco la culpa la va a tener quien inventó la locomotora.

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Al final, este lugar es como cualquier otro: lo que pasó ayer se esfumó ayer.

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Cuando el lobo señala hacia la luna, es mejor seguirle mirando la garra.

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Cuando ofrecés dinero en lugar de trabajo, la cosa termina mal.

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Mientras haya un niño solo, tener un perro será un atentado contra el equilibrio ecológico.

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Soy un viajero entre viajeros; y vamos de un vacío viejo a un vacío nuevo.

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En las relaciones públicas no sé si me molesta más el público que las relaciones o si no será al revés.

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Los hay que leen cien palabras seguidas y se agotan... de acá el auge de la narrativa breve.

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Otro manto de neblina
de Drumour Colman, el Martes, 20 de septiembre de 2011 a la(s) 19:30

Hasta hace un tiempo, pensaba que las Malvinas no podían pertenecer al Reino de la Gran Bretaña debido a la distancia; pero que eso de que estuvieran bajo la soberanía argentina estaba por verse.

Ahora bien; si uno mide la distancia a la que se encuentran Canadá o Australia, la misma no pareciera importar.

En todo caso, me pregunto cuánto importa la decisión de quienes habitan las islas. Y me pongo en su lugar: si viviera ahí, ¿querría estar bajo el ir y venir del poder que manda en la Argentina? ¿Para qué me querría la Argentina: para hacer conmigo lo mismo que hace con Jujuy, por ejemplo?

Alguna que otra cosa sí está clara: que acá se juegan intereses económicos relacionados con el petróleo y la pesca. Intereses de los que, llegado el caso, el pueblo argentino, la parte de menos recursos monetarios, poco beneficio va a obtener —igual que pasa ahora con el petróleo que sí se extrae o con la forma como se trata a los pescadores.

Y, además, que esta puja por la soberanía siempre va a ser una carta comodín a ser utilizada por el poder de turno —tal como pasó en el ‘82, cuando terminaron muriendo pibes que en su vida habían visto el mar; enredados en una idea de patria que, igual que la que tienen las fuerzas armadas del universo, es la misma que nos contaban en la escuela primaria.

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Babas... Babas... Mareas de babas...

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You shall love your crooked neighbour

With your crooked heart



(Aye — well — good luck with that, W.H.)

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Muchas veces en el pasado me moví a contracorriente de aquel consejo que habla de no avivar giles; ahora bien, no obstante mi sospecha de que debe de haber algo de cierto en las consecuencias de hacerlo en ciertos círculos o ciertas circunstancias, he tenido que aceptar que hacer como si tal consejo no existiera no trae mayores catástrofes: sin importar lo que se le diga, no hay nada que un gil quiera más que seguir siendo gil.

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A río revuelto... —comenzaba aquel refrán que me recitaron cuando chico. Y puede que sea por aquel recuerdo que hubo un tiempo cuando me asombraba al ver que nadie atendía a quién sacudía las aguas.

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Antes era yo un alfeñique de 47 kilos; ahora, no me engancho en cualquier cosa... —parece difícil; pero, con un poco de gimnasia usted también podría lograrlo.

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Con los años, cada quien a su manera se va dando cuenta de que los poetas no son buenas personas.

(Me guardo las excepciones y las cuento siniestramente.)


(Por eso siempre digo que el poeta bueno es el poeta muerto.)

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Acá lo que se ha vuelto imprescindible es un compás de espera.

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Hay veces cuando te reís; no lo tenés planeado, no es tu intención, pero te reís. Y no falta quien te reclame por esa risa, porque ve que te reís de él y se indigna; otros, más recatados, optan por la queja que les resbala desde la comisura, te señalan en voz baja al de la silla de al lado. Te reís sin haberlo planeado, sin intención, y los mirás, sin mucho que decirles porque sabés que las explicaciones no son tu fuerte. Te reís porque se ponen en situaciones risibles, hacen el ridículo, nadie los obliga pero lo hacen; y así te reís, no lo tenés planeado, no es tu intención, es un... acto fisiológico.

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Ahora resulta que si un profesor bocha a Juancito, Juancito va y lo muele a palos, y también ya que estamos lo fajan la madre de Juancito y el padre de Juancito... Burros de mierda... Angarren lo libros, angarren... Qué basura de gente...

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La pavada nos aplasta; es el amo.

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Así que ahora tenemos Atrucha 2... ¿Es cierto que los que intervinieron en la instalación son los mismos que antes instalaban semáforos? (!)

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Nuclear no. Greenpeace tampoco.

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Trato de poner distancia con las organizaciones que me ofrecen “protección”.


(La culpa la tienen las películas.)

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Nótese cómo los rebeldes y revolucionarios defensores de los derechos de pobres y ausentes de salón se mueven sin salirse de la salvaguarda que les ofrece el patio de la mayoría sensata que se aferra a la familia, la sociedad y la madre patria. Entre eso y un click en “me gusta” hay la distancia de un pelito (acá iba a poner una guarangada, pero no quiero que se me espanten ya; para eso prefiero que pasen unos minutos más). Claramente les digo (como se decía en Hair): nada de eso hagan por mí, puesto que yo no movería un dedo por ustedes.

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FB se repite... FB se repite... FB se repite... ... ...

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Falta cintura...

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Espacio publicitario.

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Quien no quiera salir de la caja que avise —así ya la vamos tapando.

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Vaya esta sonrisa para quienes hablan del FB como si tuviera conciencia de sí.

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Cuando alguien dice que va a seguir hasta las últimas consecuencias... ¿de qué “últimas consecuencias” está hablando?

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Anoche soñé que me despertaba en la Argentina...

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Todos los gurúes son flacos —menos Claudio M Domínguez (que es un gordito disfrazado).

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Hay veces cuando tengo la sensación de estar sobrepasando la velocidad límite.

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Anduve pensando largo rato en eso del calentamiento global, por aquello de que cada cosa mala tiene su lado bueno (silver lining le dicen por allá); y pudiera ser que viniera bien, al final de cuentas, para contrarrestar la gran cantidad de cerebro congelado que anda dando vueltas.

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Hay

palabra de lo oscuro donde la luz insiste — y hay

palabra de lo oscuro en lo oscuro

ninguna cruza la frontera

no dialogan

sus lenguas no se tocan

y tu nombre no me duele

por un rato

beneficios de una celda sobre otra

cuestión de altura donde la voz

no se alza

no sube

ni cae


. . .

May the road rise to meet you 

May the wind be always at your back

The sun shine warm upon your face 

The rains fall soft upon your fields 

And until we meet again,

May God hold you in the hollow of his hand.


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¿Eh?... perdón... estaba distraído...

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Suponer

dibujar el perfil de quien no soy

atado

ramo de flores sin ambición

pasar la tarde en la plaza de hamacas solitarias

un niño juega

ahora que no está

ojo sin brillo plantado en mi cara

pico de herramienta

fina

noble por dependencia


. . .

La pequeña — de nariz manchada

funda la hamaca

diversiones

seis colores suben

cuatro bajan

y — en el cielo

nadie diría que es invierno


. . .

Escribir no

dejar — que se escriba

sin pausa

el río

limo de casta marrón

cadencia y terrones

el alma del barro

voluntad de archipiélago

hongo

dejarse tironear — hacia abajo

fondo — y más fondo

la forma — lo impuro y exacto


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Tanto tira y afloje, a la final, con el Maconals cuando cualquiera con tres dedos de frente sabe que es mucho mejor el Berrequín.

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Convengamos que condenar una injusticia que ocurre al otro lado del planeta es un movimiento seguro.

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Sabemos — ahora

estos caminos apurados

rompieron con nosotros — con rodeos

noches tristes — veredas solas

suma de lo que — dicho — no prospera

flecha de cazador — lo apuntado

cava su peldaño — prolijo

y recuerda — aquel paisaje

el pie que no pisa — y duele

pozo mudo — mejor

o nada


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La Torre Eiffel; Roland Barthes:




El viaje saca

una galera de las tintas

y suspira


. . .

¿A nadie más le parece que a los fabricantes de zapatillas se les subieron los cordones a la cabeza?

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All we hear is tele-gaga...

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Qué bárbaro: estamos blindados !!!

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El oído marcaba — reloj y visita

la vida revuelta — sábana en extremo

limpia — y sí

más

para recibir papeles que exigen

firma y sello — presiones de pulgar

permisos — la curva de látigo

que corta y de nuevo — interrumpe

aplasta las fotos en una — sola

fina — exilio sin arrugas

transparente — clara no

distinta del oído — que se agota

ya desde antes — para poder

seguir sin nombre

azuzando

los despojos — los ladrillos

que dan marco — a la ventana


. . .

Qué tristeza la cantidad de pelotudeces que se están diciendo por la radio y la televisión sobre Steve Jobs.

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Decía Eliot que el final llegaría con un suspiro... tal como se ven las cosas, no habría mucho riesgo en asegurar que llegará con una risotada...

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Hablar del revés — lo esperado

ahí donde — nadie

pista de paseo

distracciones

vidrio esmeril — la córnea

agotada su atmósfera

canta

subsuelo — aguas sin disturbio

fáciles — de archivo no menos

exhausto — salón lleno

público y alcohol


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¿Hay corbatas con la imagen famosa del Che?

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Con un poco de suerte todos moriremos antes que Ray Bradbury.

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Hasta la llegada del FB nunca antes había tenido estado.

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Me levanto por la mañana y pienso: “A ver... ¿qué no me duele?...”

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I Sing the Body Electric!; Ray Bradbury:




Se detiene ...

El viaje de la luz se detiene

para nadie


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Ahora que pasó la tormenta me voy a caminar por la costa.

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La playa es uno de esos lugares sin edad.

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Lennon no es santo de mi devoción.

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Is it not hard to turn the tide?

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Inocencia e ingenuidad no son la misma cosa; quiero el poema que habla de la inocencia.

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Ah... Tal parece que el mito del buen salvaje insiste en volver...

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La rueda y el poema son la misma cosa; quiero algún día poder leer algunos versos de la rueda.

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Hay días cuando estoy tan contento, tan drogado por mis propias boludeces, que no tengo lugar para prestar atención a las boludeces ajenas.

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The Pocket Book of Short Stories




Las persianas me agitan la noche

temprano aún

entre tantas voces


. . .

Cuando el dolor va creciendo despacio, ya no se llama así; cambia de nombre todos los días. Se puede buscar su nombre nuevo desde temprano pero, cuando entre sueños parece que lo tenemos a mano, cambia de nuevo porque ya amanece otro día. Para conocer su nombre, hay que esperar que crezca rápidamente, de un tirón. Muchos lo han intentado pero nada de sabe acerca de cómo les fue: ya no hablan con nadie. (Appoliniare)

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La gratuidad es una trampa; en la mayoría de las veces, salta a largo plazo. Un regalo tiene más de un envoltorio.

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La persona que miente cree que el otro no se da cuenta. Muchas veces lo hace porque siente que decir la verdad la pondría en una situación vergonzosa. A la larga termina creyendo que eso que dice es la verdad. La mayoría de las personas miente varias veces al día. (Appoliniare)

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Hablo y no sé — quién

me responde — vértigo fuera de sí

pozo de víboras — irracional

la curva — un sábado

cuando la noche se hundía — descanso

filtro tirado al sur

melancolabios

. . .

y aquel reloj — vestibular

contaba al son — remedios

cajas escondidas — lo que — dicen

te redime

si lo seguís — cinco o más veces

. . .

las vueltas — mano invisible que empuja

afuera — dormir

único patio donde sé — quién sos

purpurada — culpa de la luz

la farola del pasá — bifurcaciones

la pila de botellas — en el fondo

margen de la siesta — tu pensar en mí

que me aturde — más — cuando lejos

como si — de tal modo — posible

salto — ¿me ves

parque de la lluvia — a medias tuyo?

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Toda maquinaria que se pone en marcha para el beneficio del prójimo termina haciendo del prójimo un engranaje de dicha maquinaria. (Appoliniare)

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Miles de personas en pos de las causas buenas; y ninguna dispuesta a dar la vida por ninguna...



Ah... Cómo envidio tanta sed solidaria...

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Si hay dos bandos; y, en cada uno, personas malas; el resultado de la lucha por el poder no puede ser bueno.

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También está ese temita del odio —la ignorancia que trae el odio, y viceversa.

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La verdad me encontró una noche, parado entre el mar y la tierra; se me vino de las estrellas a medio camino entre allá y acá. De entonces me queda un montón de palabras en desorden entre las cuales, cada tanto, alcanzo a leer tres, cinco o hasta siete. Me llegaron de las estrellas y, mientras llegaban, supe que solamente seguirían conmigo si me quedaba ahí. Pero no me quedé; y por eso, claro, estoy ahora acá. Igual, cada tantos veranos, o inviernos a veces, vuelvo a pararme entre el mar y la tierra, y espero, callado, tan callado. Y el desorden cambia de nombre por un rato.

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Después de tenerme varios días con las barreras bajas, el FB finalmente se dio cuenta de que el Expreso del Norte ya no pasaba más por acá.




(Quien no comprenda, está invitado a darse una vuelta por el DruMuro)


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y el disimulo — aquel aceite

agitado entre alas — el calor sin voz ...

¿vos — pudor de novicia

dura y esperando

me provocás?

ensimismada — casi perdida

hablando no sé qué — los fluidos

si miedo — o tren final

muy

pero muy

vigilado

. . .

Si digo — y paso — de mí

la carga — lo que asusta

contamina — para oír

de canto

los traspiés

¿hace falta — más de uno

para tu celo — la clausura?

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las cajas pintadas — a soplo

el marco trabajado — allá lejos

cuando jugábamos — vos y yo

bosque de fantasmas — ancla de vapor

en la repisa — los remedios

la cinta gris — apenas verde
res
guardo y más allá — del invierno

los barquitos pescadores — mundo amarillo

pegado a la textura — de nuevo — vidrios

y todo negro — a treinta pasos

menos uno

. . .

Mejor solo — dije

cuando no estabas — y estiré

las almas — el codo ajeno

el yeso y herencia — de viernes

a martes y guerra — humaradas — tabaco

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¡Basta de poetas! Quiero manos encendidas, caricias saludables en medio de este mundo irrompible, juguetes Duravit lanzados fieramente a través del patio de casa :



Un rugido. Cada tanto : un rugido.


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Una boca dentro de una boca — los ojos apretados

las lecciones a sumar — mientras tu padre no miraba

muerto como el mío — su mano propia

vergüenza — el pozo de la condena

filtro grave — te lo dije

pulsera de plata — para usar de noche

reloj — negro

. . .

Notas bajo las costillas — decir adiós

atados — los brazos

diagonal de vagabundo — corte

cambio de luces — la cena fría

la pieza

colchón de pliegues

arruga sola — esta frente

ardor de mí — que no piensa

no vuelve

respira

secreto

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Nada es como antes : da gracias si el caramelo media hora te dura cinco minutos.


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Cada vez que alguien saca una antología de textos eróticos, ya sabemos.




(nota : erótico y sus derivados, aun cuando invisibles, siempre andan con comillas —igual que le pasa a otro montón de palabras que se han vendido al mejor postor.)


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Alcanza con el circo...

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¿Hay algún candidato que haya propuesto prohibir la pascualina?

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Cuando de habla de aborígenes, de comunidades indígenas, de pueblos originarios... se me ponen los pelos de punta... ¿Cómo es que nadie se da cuenta de que ESO es la discriminación?



Son personas, señoras y señores, PERSONAS.



Ahí lo tienen. A ver con qué lo digieren.


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FB : miles de personas que tratan de pasar por lo que no son.

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¿Hay algún candidato que diga: “Vótenme; soy buena persona”?

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Hace unos días aparecieron unos carteles que anunciaban que Scioli le había regalado a la bonaerense 7000 autos-patrulla... ¿Y el calentamiento global?

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Cada vez que alguien me viene con eso de que no es cierto que los tiempos del pasado fueron mejores, me es imposible no recordar que antes las personas decían permiso en lugar de empujarte y pasar.

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Éste pudiera ser un buen momento para leer sobre la historia alemana desde 1930 hasta 1945.

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Es de esperar que la democracia no esté para garantizar el poder de la mayoría, sino para asegurar que las minorías no sean avasalladas.

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Today I entered the hall of a song — the Song of Ice and Fire

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Hay veces cuando entro al FB y tengo la sensación de estar atrapado en una canción de Marilina Ross .

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La justicia es un concepto y, como tal, abstracto; esto lo vuelve propenso a los vaivenes de intereses e interesados. Ofreced pan y circo y obtendréis romanos borrachos al fin de la jornada.

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No hay caso: este mundo no me gusta ni medio... Lo mejor es sentarse en los acantilados a dejar que se ponga el sol más allá de la espalda, muy allá.

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Decir hombre, después de todo, es decir bastante poco.

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Blanco, dice uno. Negro, dice el otro. En fin; la pobreza reina.

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Qué ensalada se les arma en la cabeza con este asuntito de la muerte, ¿eh?

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En mi mundo tinelli no existe, pero dado que últimamente todos andan dale que dale con los números me dio curiosidad por saber qué rating andará teniendo... ¿qué país era el de tinelli?...

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Me cruzo de vereda cada vez que se viene alguien que no puede pronunciar más de tres palabras sin decir boludo, carajo o mierda.


Nota: Por ahí, en alguna parte, anda la definición de la ignorancia.



(Por pedido de los damnificados, en el barrio tenemos calles de cinco veredas.)

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Todos conocemos aquel consejo ancestral que dice que hay que mantener a los amigos cerca y a los enemigos más cerca aun... pero lo de boudou es ridículo...

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Traditions come and go.

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De nuevo: si no pueden hablar de la muerte llamándola por su nombre, sepan que los eufemismos llaman al ridículo.

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Qué se le va a hacer: prefiero pasar por malo y sorprender a pasar por bueno y defraudar.

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Año tras año

las canciones tienen las mismas letras

y nuestro lujo : ver que las voces nos digan adiós


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La Pachamama no festeja que se ataque Halloween.

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Hice una limpieza de “amistades”: borré a quienes, dado que bombardean con propaganda sobre ello, creen que se puede ser peronista, kirchnerista y montonero al mismo tiempo.

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Me encanta cuando hay silencio de radio... esa elocuencia...

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La Tierra se achica pero, al parecer, el tiempo se expande; de otro modo no se explica tanta gente que lo usa al pedo . . . (aclaro, por las dudas y para que nadie se lo vaya a tomar a mal, que me refiero en primer lugar al FB; ¿’tamos?)

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Hoy es un buen día para leer aquellos cuentos del Rayo de Illinois.

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El artista sólo ve verdades antiguas con una nueva luz, porque no hay nuevas verdades. Henri Matisse


Sobre la afirmación de Matisse : Hubo un tiempo cuando decir cosas por el estilo asombraba y hasta causaba admiración; pero si nos ponemos a pensarlo se trata de una afirmación grandilocuente, que contiene poco; porque cualquiera podría contestarle, por ejemplo, que una nueva verdad es justamente eso: lo que se ve bajo una nueva luz —y habrá otras variantes seguramente. Hay que tener cuidado con esas frases que suenan bien, especialmente cuando tienen pretensiones poéticas; hay que detenerse por lo menos un momento y PENSAR. Porque, si no, se van a agotar todas las ediciones de Narosky.

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Se equivoca usted si cree que recurriendo a una imagen logrará escapar de las palabras; dicho de otro modo: sin palabras no habría imagen (en esto hay que detenerse, no es un concepto intuitivo; como pasa con muchos de los conceptos matemáticos).

Creo que ganarán las imágenes, siempre, si no les adosa frases pretenciosas.

En cuanto a los artistas que utilizan las imágenes (o creen que eso es lo que hacen), en la mayoría de los casos, cada vez que abren la boca, mean fuera del tarro.

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A Game of Thrones tiene como 800 páginas; todavía no llegué a la mitad y ya tengo tristeza porque sé que se me va a terminar.

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Al parecer hay personas que creen que por la noche no soy el mismo que por la mañana. Si bien hubo ocasiones cuando esto ocurrió efectivamente así, debo reconocer que no me ocurre TODOS los días; lo que es más: me ha ocurrido pocas veces —MUY pocas.



Dicho lo cual, me ato el puñal a la cintura y salgo a la calle.



A grabar historias en los árboles —claro.


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Bono ya no sabe qué hacer para llamar la atención :



Hace unos días convocó a una sesión de espiritismo con la intención de grabar una canción a dúo con Edith Piaf.



—Puede fallar —le dijo la médium después del desbande.


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Qué manera de comprar buzones, ¿eh?



Ahora no solamente le sonreímos al vendedor sino que lo salimos a buscar.



Y le damos una medalla por hacernos sentir que podemos ser como él.


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Me asomé al FB y tuve la sensación de que el tiempo se había detenido...



¿Alguno sabe dónde anda Michael Rennie?


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Variaciones acerca del infierno : Nro 187 :



Me despierto y estoy atrapado, pegado a una butaca durante una función del Cirque du Soleil.


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Variaciones acerca del infierno : Nro 93 :



Estoy en un cuarto cerrado; hay una ventana y está abierta, no tiene barrotes y permite que vea una parte del cielo: es de noche; la ventana está a cuatro metros por encima de mi cabeza.



Estoy sentado en una de las esquinas; en la oscuridad.



En la esquina opuesta, alumbrada por un reflector, está Björk.



Björk habla de ella misma; sin parar.


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Variaciones acerca del infierno : Nro 63 :



Estoy en el asiento trasero de una 4x4; vamos por la autopista. En los asientos delanteros van dos personas; el acompañante, luego de mirarme, le pregunta al conductor:



—Che, Rodrigo; ¿y éste quién es?



El conductor me echa una mirada por el espejo y le dice:

—Ni idea...



El acompañante, un muchacho delgado y de ojos inteligentes, me mira, me resulta cara familiar pero no consigo ubicarlo, y me pregunta:



—¿Vos quién sos?



Siento el impulso de responderle: “Coquito”; pero no le digo nada; en realidad no sé quién soy.



Escucho un lamento que viene desde atrás; me doy vuelta para mirar y lo que veo me da curiosidad pero no me sorprende: en el baúl hay un policía, está herido; agoniza.


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La soledad no tiene nada que un buen libro no pueda curar.

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Que bueno : ninguno de los políticos argentinos tiene cuentas en el exterior !!!

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Pasó el 11.11.11 y provocó miradas diagonales y no pocas sonrisas de comisura estirada; yo mismo tengo poco margen para andar creyendo en los reyes-magos y en el profesor-X.



Pero, seamos honestos, ¿cuánto hace que no se ve a 12.000 personas juntas, la mayoría sentadas, en silencio o hablando sin levantar la voz?


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Como decía el Viejo, siempre hay que llevar un buen rompeportones en el bolsillo de las monedas.

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Variaciones sobre el infierno. Nro 13
de Drumour Colman, el Martes, 15 de noviembre de 2011 a la(s) 19:03

No tengo amigos. Tampoco los busco. Hace años que no busco amigos.

La amistad es cosa seria.

Un amigo siempre se lleva más de lo que trae.

Llega un momento cuando el amigo siente el impulso de poner su amistad sobre la mesa como una manera de inclinar la balanza... claro que mientras sienta el impulso y nada más, todo estaría bien: no pasa un día sin que yo mismo le desee la muerte a alguien... Pero, claro, cuando es impulso se le sube a la boca y se hace afuera, me vienen a la cabeza aquellas palabras del Tata: Señal de que va siendo hora de lanzarlo sobre la borda sin demora.

Por eso prefiero quedarme en el medio de este parque, justo en el hueco que se forma debajo de la corona-de-cristo; y, salvo que el hambre me reseque las entrañas, tengo toda la intención de no moverme hasta que desaparezcan esas personas que se la pasan abrazándose unas a otras. Aunque, ahora que lo estoy pensando y miro hacia afuera, las entrañas resecas no parecen cosa tan mala realmente.

Y, sobre todo, porque en este sector somos todos puercoespines.

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No hay caso... le das a un pelagatos un metro cuadrado de poder y se te convierte en un galtieri...

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El que habla mal piensa mal

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Un policía no debería indignarse cuando se le dice que pertenece a una organización fascista.

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Tanto mejor el exilio que una mesa rodeada de poetas.

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Bad things run slow when ahead and fast when behind.

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El perro-negro se equivoca cuando juzga mis acciones bajo la baba de su propio deseo.

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Nací y quedé atrapado.

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‎”¡Qué país! ¡Qué país! ¡No me explico por qué nos despelotamos tanto... si somos multimillonarios! Usted va, tira un granito de maíz y ¡paf!, le crecen diez hectáreas... Siembra una semillita de trigo y ¡ñácate!, una cosecha que hay que tirar la mitad al río porque no tenemos donde meterla. Compra una vaquita, la deja sola en medio del campo y al año se le formó un harén de vacas. Créame... lo malo de esta fertilidad es que una vez, hace años, un hijo de puta sembró un almácigo de boludos y la plaga no la pudimos parar ni con DDT. Aunque la verdad es que no me acuerdo si fue un hijo de puta que sembró un almácigo de boludos, o un boludo que sembró un almácigo de hijos de puta ...”
 (Tato Bores)


Nota : Me inclino a que apostar que fue un hijo de puta sembró un almácigo de boludos... (porque no se puede ser hdp si se es un ignorante y para salir de la ignorancia hay que saber qué hacer con la inteligencia)

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Se me dio por echar una mirada a la revista del diario del domingo... ¡Qué constancia!: podría haber sido la de hace 10 ó 20 años y ni me habría dado cuenta.

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Godless
de Drumour Colman, el Domingo, 20 de noviembre de 2011 a la(s) 18:38

Andar solo tiene sus ventajas: el pensamiento se afila (por mencionar una), tanto que hay veces cuando estoy seguro de cortar un idea en ocho de un solo tajo.
       Tiene también sus desventajas, claro: esos momentos cuando extraño lo que se siente al ser abrazado.
       Igualmente, al fin del día sé que un don tiene un precio; y saberlo es parte de él.

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This Tyrion character I like him more and more the one copper a day !!!

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Pobres los esclavos.

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Si el lunes es el día del pulgar, eso explica aquello de “qué día de miércoles”.

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I’m trying not to rock my chair over water.

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As Samuel Beckett didn’t quite say, the tears will come anyway.

 (Lewis; Quality of Mercy
)

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When I was a boy 

there were books 

and we shared them

Now

there are books


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Disfrazado de evento cultural te venden lo que fuere.



Como si la cultura tuviera un vínculo necesario con la inteligencia.



No hay cultura más verdadera que la manera como nos sentamos en el bidet.


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Impuesto municipal mínimo : $ 600 por año !!!



Cómo si los servicios de la ciudad fueran cosa de alquilar balcones !!!


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Muchos dicen esto y dicen aquello acerca de los dichosos subsidios, pero nadie dice de dónde sale el dinero. Porque, si sale de los impuestos, es un dinero que ya era nuestro de todos modos. Ahora bien, queda ahora la pregunta acerca de adónde va a ir a parar esa plata una vez que ya no vaya para los subsidios...



No hay caso: el dinero es una maldición.

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Once a superhero, always a superhero...

(bullocks !!! but it’s all right — I guess)...

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La noche de las librerías es una suerte de Jaoluín venido a menos.


Notas :
No me olvido de qué librerías aceptaban los libros de poesía de buena gana y cuáles los miraban con asco. Lamentablemente, las de autor han ido desapareciendo.

Las librerías de hoy se mantienen vendiendo porquerías... bueno: no habría que descartar la posibilidad de que anduvieran lavando dinero... (ups... ¿escribí eso en voz alta?)


Pobre Blaisten... Mire que poner una librería al fondo de una galería en Boedo... Para mí que lo asesoró Piglia...


“Laya similar” no implicaba que fuera una librería; cualquier sujeto dispuesto a sacar provecho de la palabra “cultura” cabe para la prueba del sayo...

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Acabo de bajar las Aventuras del Capitán Maravilla, filmadas en el año ‘41... la televisión se me puso en blanco y negro... me faltan las galletas marineras y la bidú.

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Quiere salvar el mundo y no pudo salvar la enredadera del fondo del jardín.

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Escuché por ahí que mañana va a refrescar... (no puedo parar de reírme).

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De chico me dijeron que para saber dónde vivía lo mejor era preguntarle a un policía... Nunca lo hice, siempre me dieron la impresión de que mejor no... Tanto que una vez me perdí y encontraron a otro (pero creo que esta historia ya se la conté, ¿o no?)

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Hay algunos más iguales que otros... ¿Qué más decir si hace años que renuncié a la otredad y ni siquiera soy igual a mí?

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La fama me arranca lágrimas...

Sobre todo la mala.

(Soy un gorrión perdido en el gallinero del fondo.)

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Hacía rato que no me sentaba frente a un televisor conectado a la red, tanto de aire como de cable... lo hice hará como media hora... 



La verdad, no sé en pos de qué se gastan quienes defienden la ecología...



Si todo está mejor que bien; creo que la humanidad está a un paso de la perfección.


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Yo, con el fútbol, nada.



Y si usted, sí con el fútbol, mejor no me venga a vender nada —sobre todo en política.



(Un cerebro lavado siempre quiere tener un hermanito.)



Nota :
Justo me estaba lavando la cabeza y cortaron el agua.

Para mí que fue un grondona.

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Que por un día un cretino se ponga tu perfume no justifica que le dores la píldora.

En el final quienes se la bancan son muy pocos.


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A ver si alguno adivina lo que hago con las publicaciones de poesía que me llegan por correo electrónico . . . ( ??? ) . . .

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Ahora están que pin que pon, que pun que pan con la ceremonia de asunción de la presidente; que si la jura, que si el bastón, que si la banda...



Todo muy interesante; sí...



Si hasta el Paraíso se ha devaluado !!!


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Insisto :



Hay que leer la historia de Alemania desde el final de la Primera Guerra hasta 1945 !!!


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Una editorial me envió hoy un mail donde me informaba del lanzamiento de sus nuevos títulos...



Tuvieron la precaución de no decirme hacia dónde los pensaban lanzar...



Al menos durante unos días, cuando vaya al parque a leer, voy a mirar cada tanto hacia arriba; no vaya a ser cosa...


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Sería el año 1950 y estaba el abuelo de los chicos con el hermano en la parada del colectivo. Para amenizar la espera se habían puesto a charlar sobre el gobierno y a criticar esto y aquello. En eso estaban cuando se les acercó un policía y les dijo:



—Muchachos; si siguen hablando así, me los voy a tener que llevar.



La conversación cambió de inmediato y, por suerte, el colectivo ya estaba ahí nomás, a media cuadra.


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Las nuevas monedas de dos pesos ¿tienen banda magnética?

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Sabido es (o a estas alturas debería serlo) que la humanidad se viene masacrando de una vereda a otra (cuando no en las famosas cinco esquinas) desde que se tiene memoria.



Y cuando los dos últimos se agarren a patadas poco va a importar que sea en un planeta limpio o sucio.



(No te vayas a olvidar tampoco que para el fundamentalista el otro siempre está sucio.)


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Se puede opinar mucho sobre Guillermo Vilas; que como telonero de Spinetta se quedaba un tanto ajeno, que sus libros de poemas no son muy buenos que digamos, que la idea del Museo Vilas en MdP fue estirar la media diez números de más... Pero hay que reconocerle que el tipo nunca se fue de la cancha llorando (!!!)


Notas :
Es un partido; alguno de los dos tiene que ganar lo cual implica que el otro debe perder. No importa que se trate de un varoncito o de una dama. Hay que hacerse un nudo en el lugar que corresponda y bancársela. Al menos hasta llegar al baño donde se puede quedar a llorar todo lo que quiera sentado ya sabemos dónde. El que llora es una mal perdedor; es lo mismo que los que se hacen la señal de la cruz: o los que creen que ese dios que veneran como si estuviéramos en la Edad Media fuera de verdad argentino; como si haber nacido en un determinado lugar significara por sí solo, o fuera un privilegio, o una ventaja de antemano.

Se puede NO llorar y CERRAR la boca; una cosa no quita la otra. ESO significa Bancársela.

Reconocer que el otro jugó mejor no desmerece. Llorar es un acto que sí se desmerece cuando se utiliza de ese modo. Hay que llorar por lo que vale la pena y no por estas pelotudeces.


Lo que se diga del otro no lo vuelve ni mejor ni peor; eso es para quienes creen en el poder mágico de la palabra.

Cerrar la boca cuando corresponde abrirla, eso sí tiene nombre.

Hay personas, modos, conductas que desprecio. Lo reflexiono y llego a ese lugar. No lo hago a priori; lo pienso primero y, si cabe, las desprecio después.

En especial estos deportistas que se llenan de dinero y no son capaces de gastar ni unas monedas en pagarle a alguien para que los desasne por lo menos un poco.

Eso sí: mucho llanto a la hora de dar la cara. Como ese gordito que ahora de las da de zurdo y tiene el cerebro quemado por el uso desinformado de la droga.

Silvia: Lamento que para vos esto sea una cuestión personal. Para mí no lo es; ni siquiera se le acerca. Son una manga de ignorantes que no merecen piedad.

Ahora bien, para ser arrogante, no cualquiera. Pero creo que no conviene creer que es lo mismo que la soberbia; porque NO es lo mismo.

Eso sí: creer que se trata de falta de sensibilidad es no escuchar la voz de la percepción. Tendería a creer que es justo lo contrario.

Y ojo con las frases hechas: hay que rastrear su origen o se corre el riesgo de usarlas mal; inoportunamente. Y creer que son el estandarte de alguna regla divina.

De alguna forma, hablar del otro es ponerlo por debajo; de esto no hay manera de escapar —aunque conviene saberlo; tanto cuando se lo alaba como cuando se lo acusa. Sobre todo cuando se habla de este dios o de aquél.

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Siendo que tanta gente se fue de BA aprovechando estos cuatro días de feria y que casi se puede cruzar la Av del Trabajo con los ojos cerrados, me fui a comprar manzanas al puesto del parque, que las tenía a $6 el kilo, y me encontré con que estaban a $10...



Y pensé, pobres lo que están en Mar del Plata, porque vaya a saberse a qué precio las estarán pagando...



¿No?


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Los periodistas tendrían que pensarlo mejor antes de utilizar un adjetivo... (bueno; también algunos escritores)...



(Allí donde dice “algunos”, se podría poner: 37.967.319.)

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El problema con los huevos es que o sobran o faltan.

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Estaba escribiendo una de las partes claves de esta historia de suspenso en la que me encuentro enfrascado y tenía que hacer que un personaje fuera torturado.



Entonces se me ocurrió que lo podían encerrar en una habitación durante tres horas para ininterrumpidamente pasarle esas publicidades de perfumes que pasan por la tele.



Finalmente, me di cuenta de que no me iba a servir porque el personaje tenía que sobrevivir y nadie se lo iba a creer.


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La cosa es sencilla: el que afana es ladrón.

(y no importa cómo se llame o lo que haya representado alguna vez.)

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Todos renuncian a los cargos; pero jamás a la guita.

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No hay caso: al fundamentalista le cae la pera y no hay que esperar mucho.



Ahí está el caso de esta vecina del barrio que odiaba el tabaco y evangelizaba hasta al rabino. No nos dejaba fumar ni sentados en el parque.



Hasta que un día se negó a fumar la pipa-de-la-paz; y así le fue.


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Justo se me dio por encender la tele y me encontré con la manifestación de los hinchas de San Lorenzo...



De pronto, me agarraron unas ganas bárbaras de poner un shopping acá en la Avenida La Plata...


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Le digo la verdad (honestamente y no como algunos), que el tiempo pase no me hace mella; el verdadero problema con el paso del tiempo es que llegan las facturas.

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Ah; Marosa... otro error del establishment...

Sus mejores líneas aparecen cuando se equivoca.

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Lo mío no es fácil; es transparente.

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¿Qué es lo primero que usted pregunta cuando le ofrecen a probar un queso de cuya existencia nunca había escuchado antes?


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La gran mayoría de quienes no acuerdan conmigo no tiene la menor idea de lo que pienso.


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Por ejemplo: Ahí donde uno gobierna a otro, ni uno ni otro valen mi pena.


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Otro ejemplo: Esas personas que hablan de la democracia y me recuerdan a cuando, en la primaria, nos hacían aprender esos poemas que habríamos de recitar en las fiestas patrias.

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Otro ejemplo: Cuando te resulte difícil ubicar al boludo, lo más probable es que seas vos. Cuando te resulte fácil encontrar al boludo, lo más probable es que haya dos.


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Otro ejemplo: Sin lugares comunes el mundo se caería a pedazos.


(El origen de la gravedad a la mano de cualquiera.)

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Otro ejemplo: Ahí donde se encuentran dos desconocidos la navaja es más probable que el abrazo.


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Pasa que las palabras andan por ahí, huérfanas e inocentes, hasta que son atraídas como brújulas por alguna boca que se abre y hace creer que ya eran de ella desde antes.

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Otro ejemplo: En toda multitud que vitorea circula el germen del fascismo.


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Ojo que ahora mirar mal pudiera se considerado un acto de terrorismo ocular.

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Otro ejemplo: Admitir al propio fascista es el paso previo a destruirlo.


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Esta mañana, caminata por la playa hasta Aguas Verdes y regreso, un chapuzón, momentos para despedirme... sin olvidar que una de estas despedidas será la última.



Un montón de caracoles para mirar después y, sobre todo, oler. Caracoles rotos por el mar. O esculpidos.



La sal en el aire. Mi aire. Desde hace tanto.


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Sí... El mar es mi cardinal pendiente...

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Mientras volvía de la costa por la ruta pude presenciar un gran desfile de pelotudos.


(Esos ases del volante que se te pegan a la cola del auto como perro en celo.)

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Otro ejemplo: Me pregunto a veces qué estarán pensando esas personas que cierran el portón de sus garages manipulando el control remoto como si se tratara de una pistola de rayos.

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¿Me darán un bono de fin-de-año si corto la circulación del Pasaje Matorras?

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Una persona que andaba por el puerto cuando el Viejo y yo parábamos por ahí en nuestras caminatas decía que lo mejor contra la resaca era seguir tomando.

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Otro ejemplo: Cualquiera agarra una guitarra y es Clapton.

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Otro ejemplo: Quien al menos no se sonría cuando lea lo que aparece acá que no me venga con merengues.

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Otro ejemplo: Una persona trata amablemente a otra cuando espera algo de ella; en cuanto se da cuenta de que no va a obtener eso que desea, la amabilidad va disminuyendo; y puede incluso convertirse en hostilidad.


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Y de la soledad del mediodía, ¿qué? !!!

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Ah... Buen momento del año para recordar al Rayo de Illinois... Ya tiene más de 90, ¿no?...

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Cuando el espejo se queda sin palabras es porque está reflexionando en otra parte.

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Otro ejemplo: Es una pena... tanto precipicio en desuso...


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Otro ejemplo: Me apabulla la inteligencia que vaga en estampida por las hojas del FB.



(Explico:

Es como cuando está tratando de clavar dos maderas en ángulo y se da un martillazo en el dedo... bueno... es lo mismo... a usted le sale una puteada y a mí me sale en la forma de un rezo dominical... la diferencia es que, si me estufa de más, voy y lo pongo de cabecera en mi FB; como si creyera de verdad en los exorcismos...

Una manía más. Inofensiva como toda manía.)

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Otro ejemplo: La poesía está sobrestimada.




(No es la única subestimación que anda por ahí, vamos; pero hoy me estufé con ésta.

Yo (ya se sabe) con los grupos poco y nada... con el tiempo, lograré borrar esa palabra de los diccionarios del barrio.

Y no porque los grupos esté sobrestimados, sino porque están en cruel descomposición.

Nota: nótese que quienes más defienden la poesía son pésimos escritores (hablo del presente; en otras épocas estaba permitido dada la inocencia de las pre-guerras).

Nota 2: a los surrealistas se les puede perdonar casi todo (puede que no aquel inodoro famoso); unos pocos dicen que también a mí... pero NO les crean.)

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31 de diciembre


Fíjese (ya que andamos en tema o por ahí)... Me acaba de llegar un mail para aprender inglés durmiendo. Dice ahí que en 30 días se lo habla al toque...

Lo que no dice es cómo hace uno para pasarse 30 días durmiendo...

Y así el mundo va... (que vaya nomás; que vaya).

(Me voy preparando para los cuetes) (la vecina dice que le espantan al perrito... lo que nunca dice es cómo puede ser que ese perrito desembocó en su casa) (animalito ‘e dió.)

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Otro: Los festivales son para esas personas que viven en otra parte.


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Otro : El éxito de los músicos y de los grupos musicales se basa principalmente en la demagogia.


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Me preocupa esto de la ley del terrorismo... (no sé si dije ya que me dedico a vender libros).

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Otra: La soledad termina por ser una bendición.

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According to Einstein I was born on the wrong side of the block.

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Y así fue que, al ver lo que se venía, el pequeño cromagnon anunció que mejor se iba.


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Día de Reyes


Por las dudas, ya refloté tres pares de zapatos que tenía en el roperito; y junté un tachito con agua y un atado de acelga.

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No le abro.



Pero el mundo sigue golpeando.



Los sueños del otro son así.


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Celebrar la palabra


Si la quiere celebrar, hágalo como quien lo haría con un puñado de cenizas.

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Hoy, como casi todos los días antes de sentarme a leer a la sombra de alguno de mis árboles (los más amables), estaba caminando por el parque bajo el sol de la mañana cuando una mujer algo más joven que yo se me acercó y me preguntó qué me pasaba, por qué andaba con esa cara, si podía ayudarme en algo...



Como era de esperarse, le sonreí.



Y seguí mi camino.



(Nada termina como se cree . . .)

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Hay quien dice por ahí que soy complicado... Lo cierto es que tengo alguna que otra característica que hace que se me preste una atención excesiva. No sabría decir con exactitud cuándo fue que comenzó, pero tengo, aquí y allá, algún recuerdo que pudiera ser tomado como referencia.



Me viene a la memoria uno que ocurrió en los primeros años de escuela, no sé bien en cuál pero no sería raro que hubiera sido en 1961, en el primer grado superior; aquel mismo año cuando la pared del patio grabó su nombre en mi cara.



Estaba la maestra dándonos algunos datos sobre el uso de la conjunción “y”... no sé si llegó hasta decirnos que era una conjunción copulativa, no lo creo; pero sí nos advirtió que, cuando la palabra que seguía comenzaba con “i” o con “y”, la conjunción cambiaba y se usaba “e”.



Y fue ahí cuando levanté la mano para preguntar por qué no cambiaba cuando la palabra anterior terminaba en “i” o en “y”.


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Volviendo a aquello de que alguno por ahí dice que soy complicado... Hay una confusión: no es lo mismo complicado que difícil. Te cuento que soy difícil, sí, pero no soy misterioso, para nada. Soy totalmente previsible, transparente; puede ser que no todo lo que pienso esté a la vista, pero es muy fácil darse cuenta de lo que ando sintiendo: me resulta casi imposible disimular mis malestares. Cualquiera puede saber de antemano si algo que me va a decir me va a caer bien, o mal; o muy mal. Y, para no hacértela lunga, la cosa se podría resumir así: el que me insulta se muere; ¿qué podría ser más transparente?


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No soy feliz. Se puede vivir sin ser feliz. No es difícil. El mundo se va acomodando; y de las partes del mundo que no se acomodan se puede ir prescindiendo. Eso sí: hay que ir haciéndolo de a poco; de a un paso por vez. Como hacíamos en los subtes viejos cuando había que ir por el pasillo hasta la puerta para bajar, y los pasamanos se bamboleaban como locos, y había que esperar el momento justo para agarrar el siguiente y poder así avanzar un poco. La felicidad no es indispensable para vivir (esto lo saben bien los que se dedican a la política). Hay rutinas que ayudan a desestimar aquel beso, una caricia determinada, el abrazo del amor. Los días felices son riquezas de los recuerdos; y no nos abandonan... y, si lo hacen alguna vez, ni siquiera nos enteramos. La verdadera felicidad es no necesitarla; no saber siquiera si existe.


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Llega la noche y apago todo; todo menos esta luz que me habla y me dice que todavía estoy por acá: reflejo de mí en el vidrio de un cuadro de costado donde la foto de un verano ya frío me sirve de espejismo... me habla casi de esto mismo que escribo entre los ruidos que llegan desde la calle, como si ella misma lo hubiera escrito antes en esos ruidos. Lo digo en voz baja a veces —me pasa esto de hablar en voz baja cuando no hay nadie más... Y también me pasa de interrumpirme y dejar incompleto lo que digo; puede que sea mi forma de restarle importancia, igual que la luz lo hace conmigo. Lo cierto es que eso que la luz dice cuando me habla tampoco tiene importancia, como tampoco la tienen estas palabras que le copio; puede que sea por eso que la luz se apaga sin avisarme, sin que me dé cuenta siquiera, y me deja suspendido hasta el día siguiente, sin nombre o con el nombre cambiado, en el barrio de un desconocido que se despierta y nada quiere con volver ni recordar las caras de quienes lo sujetaban para que no se despertara, para que no se fuera.


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Es una lástima; el movimiento obrero está condenado: carece de imaginación.

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Nuevo latiguillo del barrio: Desubicado como periodista movilero.

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Escuchado acá a la vuelta: el FB emboludece.

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Quienes convocan a concursos literarios ¿cuándo van a dejar de pedir que los textos les sean enviados en papel?




Nota: A esta altura del partido habría jurado hace años que tal requisito sería arcaico.


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Pensar que hace un mes andaba preparando el bolso.

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Comienzo a creer que la sencillez apabulla.


(O amenaza.)

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Por suerte la confusión no tiene grises.

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Del Viejo :



La guerra no comienza con dos tipos que se pelean; la guerra empieza cuando otros tratan de sujetar a los dos tipos que se están peleando.


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Cuando la democracia se presenta como el gobierno del pueblo, está pensando en un pueblo instruido; cuando el pueblo está formado por un montón de ignorantes, la democracia es un chiste... un chiste cruel.


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En vez de venirme con cancioncitas “en contra” de la minería a cielo abierto, por qué mejor no apagan el aire acondicionado.

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A pesar de lo que dicen por ahí, pareciera que si algo le falta al cielo eso es paciencia.

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Yesterday was a very nice day — but, well, there you know, the thing with yesterdays is the yester part.

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No tengo término medio; los payasos se visten de payaso y los médicos de guardapolvo: no permitiré que ningún payaso me quiera operar ni del apéndice; o, como decía Olmedo: si lo hacemos, lo hacemos bien... Y, si no, mirá cómo quedaron los sindicatos después de haberle pedido ayuda a la mafia. (!!!)

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No escucho la radio. Tampoco miro programas de TV. Leo; y me gusta la narrativa visual también. Y me banco bien que las personas piensen de otro modo, aun cuando estén equivocadas. Total, ya veremos qué le toca a cada quién con sus decisiones.

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No conviene confiar en nadie así como así: pintan la pared con el cepillo y le hacen mella con el mango.

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En Famatina, los pobladores defienden el agua; entre tanto, en Baires, los encargados de los edificios barren las veredas a manguerazos.

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I may loose everything but my laughing.

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