miércoles, 26 de marzo de 2014

Las luces de la sala

   
Arranqué una hoja de la libreta y escribí ahí tu nombre. Me puse el papel en el bolsillo y, durante semanas, lo llevé de un lado para otro. Un día, la Mabuela decidió que era tiempo de darle una lavada a aquel pantalón y recién descubrió el papel cuando lo estaba planchando. Me dejó el pantalón sobre la cama y el papel, planchado también pero con los efectos del tiempo, el agua y los trajines grabados en la superficie y más adentro. Al día siguiente, por la tarde, me fui hasta la zanja que había al costado de las vías, ésa donde el agua no sabíamos de dónde venía pero sí que lo hacía a buena velocidad. Llevé un barquito de papel, el cual ya tenía armado desde la mañana, puse aquella hoja de la libreta con tu nombre en él, le prendí fuego a una punta; y los dejé ir en la velocidad de las aguas. Los vi por última vez antes de pegar la curva y entrar en el caño que pasaba por debajo de las vías; el fuego ya se había contagiado a la vela y al papel con tu nombre. Avancé unos pasos y pude ver el interior del caño iluminado por aquel fuego: imaginé que allá iba mi barquito hasta que, de pronto, la oscuridad se lo tragó. Igual que con los recuerdos cuando cierran la tapa de su caja y nos hacen creer que ya no están por ninguna parte; hasta que un soplo del cosmos nos arroja la llave que quita el cerrojo de la tapa. O no; puede que el recuerdo quede ahí para siempre; tanto que ni se entera cuando su portador muere. Como cuando la película termina y la sala enciende sus luces; lámparas que iluminan otro mundo; uno que no para de repetir: La memoria no me deja ir más allá.







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domingo, 23 de marzo de 2014

Después del almuerzo

   
Fuimos juntos a almorzar, cerca de casa, y entre el flan y el café me volvió a decir que teníamos pendiente el que me hiciera una entrevista. No recordaba (ni recuerdo) cuántas veces me propuso aquella dichosa entrevista y siempre le busqué la vuelta para deslizarme afuera —creo que ésa es la palabra justa, deslizarme, ya que lo hice sin brusquedades, como si en un momento estuviera ahí y al siguiente nadie pudiera localizarme. Un aire distinto nos rodeó en esta ocasión; y me pareció que tenía que hacer un poco más que deslizarme afuera; fue como si, de pronto, a diferencia de las veces anteriores, viera con claridad que faltaba un dato, una información, y que era eso lo que hacía que me volviera a proponer una entrevista.
Así fue que le dije que no había motivos para que me hiciera una entrevista, que no tenía nada interesante que decirle.
Aquello era suficiente; ¿quién podría querer más que aquella declaración de nulidad personal?... Pero la forma como se me quedó mirando me dio la pauta de que no me había escuchado bien, que lo que había escuchado había sido una presentación de falsa modestia. No te voy a negar que un principio de irritación se me coló por entre los dedos de la mano izquierda; pero justo llegó el café, y una taza de café —el mío era doble, como siempre— no puede hacer otra cosa que ponerme de buen humor. Dejé pasar el tiempo de lo que le llevó a mi café llegar a mitad del recipiente; y, dado que no podía dejar las cosas ahí, ahora menos que nunca; agregué:
—Prácticamente nadie tiene alguna cosa interesante que decir; una sola nomás; no, ninguno tiene. Nadie.
“Lo que pasa es que no se dan cuenta; creen que sí, pero se equivocan; y nadie quiere ponerse a pensar a cerca de eso, ninguno quiere descubrir que eso que dice no es interesante. Tampoco hay nadie que se los diga; que les avise; yo menos que nadie. Por supuesto que la mediocridad viste las cosas de otro color; pero ya sabemos (o deberíamos) que siempre habrá aplauso incluso para lo más berreta; éste es (precisamente) el canto de la mediocridad.”
No tuve que mirarle la cara, el movimiento de los músculos, ni siquiera si parpadeaba o los ojos se le habían paralizado, no; enseguida me di cuenta de que ahí no podía dejar la cosa tampoco.
—Creo que acá vendría bien —continué, ayudado por el envión que traía— aclarar qué es lo interesante; ¿no? —esto último fue retórico, ya nomás con la mirada le indiqué que no se le fuera a ocurrir interrumpirme; de paso me fijé para ver dónde tenía las manos: una sostenía su platito y con la otra había llevado la taza hasta los labios y la había dejado ahí desde hacía por lo menos un minuto; de este modo estuve seguro de que no había encendido un grabador, o cosa parecida (estos días nunca se sabe en qué paso del andamiaje anda la tecnología)—. Lo interesante es eso que, cuando se te cruza en el camino, ya no te deja volver.
Acá le pesqué una sonrisa. Sí; se había sonreído. Las causas podían ser varias y esto me desorientó. Pero no podía darme el lujo de perder el paso: venía bien, o así me lo parecía, y no quería desviarme de ese punto que, al menos hasta ahí, podía ver claramente a unos pasos de distancia. Así que le dejé pasar ese gesto medio de costado, y seguí:
—Ya lo sé, no es ninguna novedad, que nunca se puede volver, no en realidad; ese verbo viene a llenar una ilusión. Nos vamos de un lugar y, cuando volvemos, no es el mismo. Si pasa poco tiempo, unas horas, unos días, apenas se nota el cambio; pero si regresamos a un lugar al cabo de varios años, digamos diez o más, nos damos cuenta enseguida de lo que falta y de lo que sobra.
Todo lo anterior lo dije con los ojos desenfocados, cosa de no ver si hacía algún gesto que pudiera sacarme de la pista por la que me movía tan cómodamente.
—Claro que —proseguí— todo esto es anecdótico y no hace ningún aporte nuevo. Lo que importa es que nadie quiere que desaparezca la cama en la que durmieron la noche anterior; o la casa. Lo interesante se ubica en la superficie del muro que llamamos realidad y le dibuja primero unas grietas y después las va alargando y ensanchando hasta que los ladrillos caen y se desparraman sin un plan previo. Ni siquiera el pasado se salva; la memoria se tuerce pero no como la aguja de un sacacorchos sino en desorden. El común de la gente no quiere saber nada de lo interesante, prefiere los relatos de oficina, seguros de que llegará la hora, sonará el timbre y se podrían ir de regreso a los lugares que tienen por seguros.
Tomé un sorbo del poquito de café que me quedaba en la taza, frío como estaba, y unos del whisky que el mozo me terminaba de traer.
—No sólo no hay nadie que tenga nada interesante que decir —agregué—; nadie quiere decir lo interesante. Incluso como acto reflejo, se huele el peligro.
Bajó la mano izquierda que todavía estaba agarrada el platito, también la derecha hasta apoyar la tacita en el platito, ninguno dudaba de que su café estaba también frío. Creo que hubiera querido tomarse un trago de mi whisky, pero lo tenía yo a buen recaudo entre las manos. Con la cara seria me dijo:
—No te convoco más para dar ninguna charla sobre nada.
Tomé otro sorbo de whisky y dije como si tal cosa, medio como al aire:
—Vos te andás mucho con delicadezas.







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J.G.Ballard : The Atrocity Exhibition

    

Una lectura que continúa

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jueves, 20 de marzo de 2014

P G Wodehouse : Blandings Castle

       

Una lectura que continúa

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Falta para la noche

   
Primer día
un paso
para colmo de lluvia

el río
en el aire cabreado
sopla y obliga
a temer             esas chapas
a ras del suelo

la jauría
huele la sudestada
y se niega al aullido

falta para la noche             mañana serán menos

acurrucado
bajo una lona

el Negro espera la señal






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martes, 18 de marzo de 2014

sábado, 15 de marzo de 2014

Theodore Sturgeon : Beyond

       
         
Una lectura que continúa

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Para olisquear más lejos

   
Lame
la grieta
sin dejar de correr
fondos y tierras
a punta de hocico

escudo en hueso
tallado
gravedad de colmillo
redento ni en sueños
fijo abandono

blanco mordaz
sube a la joroba del terraplén
para olisquear más lejos

la noche lo baja con ella
hacia trapos manchados de óxido

y sangre






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viernes, 7 de marzo de 2014

No simula rezos

   
No extraña marfil             ni jadeo
la vista apoyada en el sol
moribundo y lejos

la herida
brillante             rechaza el ardor
alivio final

ignorante
la pata se muerde
por instinto
revisa de nuevo
el entorno

no simula rezos
y aplasta
la avanzada de hormigas rojas
hasta dormir
una hora más






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