viernes, 26 de abril de 2013

On the road sideline [1]


Baires; lunes 22 de abril de 2013

Ayer vi la nueva película producida por Coppola, “On the Road”, basada en el libro de Kerouac y dirigida por Walter Salles. La vi por la tarde, cómodamente instalado en mi sillón preferido y en la pantalla gigante de alta definición; no es lo mismo que en el cine, pero ya sabés que me salva de soportar a quienes pudieran estar en los asientos vecinos. Hacia la nochecita me fui a encontrar con la Juani y nos quedamos charlando en ese café nuevo, o nuevo al menos para mí, que está en Goyena y Cachimayo. Me dijo que tenía ganas de verla pero que unos cuantos de sus conocidos, algunos de ellos escritores, le habían dicho que no valía la pena, que era mala, que se habían aburrido de lo lindo. Cuando me dijo esto, la miré y dejé pasar un rato; la Juani se dio cuenta de que había en esa mirada más de lo que mi encanto natural mostraba de buenas a primeras, así que ella también dejó pasar un rato, segura de que yo mismo me encauzaría de nuevo —cosa, esta última, en la que estuvo, como es lo usual, acertada por completo.
Así fue que le dije que no hiciera caso, que fuera a ver la peli y después me contara, que por mi lado iba a escribir al respecto, para ver si me ordenaba un poco porque aquellos comentarios me habían parecido que pisaban mal. Esto último no lo pude cumplir, por más que traté cuando volví a casa... eso es, claro, a menos que lo que te relato ahora cuente de alguna manera.
Lo que sí hice, desde ayer y hoy también, ha sido pensar. Y este asunto no me suena a cosa nueva, es como si ya lo hubiese presenciado antes. Claro que pensar así no ayuda gran cosa a echar luz sobre la cuestión.
Quiero decir. Se estrena una película, basada en un libro literariamente prestigioso, y se alzan voces para denigrar la película, para decir que no está a la altura del libro, para condenar su existencia... esto sí que es novedoso, nunca antes nadie condenó ninguna película basada en un libro prestigioso. Es una actitud tan original que casi me estremece.
Ahora bien, dejando lo anterior de lado, lo que se me ocurre hacer es separar a quienes levantan voces para señalar esto o aquello en dos grupos: los que leyeron On the Road, de Kerouac, por un lado; y por el otro los que leyeron En el camino, libelo escrito por Martín Lendínez, un español según quien Sal Paradise dice cosas como: “¡Hostias! Esto es la tierra prometida.”[2] Y Dean Moriarty algo como: “¡Oh, tío, qué gusto!”[3]
En cuanto a los de este último grupo: es lógico que les parezca que la película poco y nada tiene que ver con el libro que leyeron, sobre todo si son cincuentones pasados de la decena y leyeron aquel libro en los ochenta, dado que la memoria suele jugar malas pasadas. A éstos les recomendaría una lectura que les refresque el texto. Si me dejaran ir un poco más lejos, lo que en verdad les recomendaría es dejar de soñar que están leyendo el texto de Kerouac y que se pongan a estudiar inglés.
Lo anterior me hace recordar el viejo asunto que se arrastra entre las fidelidades y lo verídico. Para algunos lo verídico es lo que pasó en los viajes de Kerouac y no lo que está en el libro. Suerte con eso.
Como pasó recientemente: se publicó en el 2006 una edición “sin censura” de On the Road cuyo texto remite al famoso rollo de papel donde Kerouac escribió su original. Es decir: el texto de este nuevo libro es copia fiel del texto del rollo. Una versión en español de este último texto se publicó en el 2009, pero no sé el nombre de quien hizo la traducción. El libro On the Road, el que hizo famoso a Kerouac y que conmovió a tantos lectores fue el otro; éste, el nuevo, el que “no tiene censura”, es otro libro que no se sabe qué peso tendría sin el publicado en 1957, el cual sí tuvo (peso) y lo sigue teniendo desde su aparición.


Volviendo a la película: es difícil que pueda entender a quienes dicen que los aburrió, se me da a pensar que si volvieran a leer el libro de Lendínez también les parecería aburrido. Te aclaro que yo también leí el libelo, en una edición de Bruguera de tapas duras y de un color amarillo furioso —es más: lo tengo acá al costado mientras te escribo esto—; y eso fue en 1986, y de nuevo en 1990, y lo sufrí igual que algunos meses después me pasó con Lord Jim —libro éste que arrojé contra la pared cuando estaba por llegar a la mitad (también era una edición de Bruguera).
Por mi parte, he tenido la suerte de volver a leer On the Road hace muy poco, lo comencé el 11 de enero de 2013 y lo terminé el 29 del mismo mes. Hay que tener en cuenta que fui leyendo otros libros al mismo tiempo —ya sabés que nunca leo un solo libro por vez—; o sea que, de esos 19 días, podemos tomar como promedio una hora por día, a veces puede que un poco más, y también que hubo días cuando seguramente no lo leí; dado lo cual podría dar que para la lectura del libro habré dedicado unas diez horas de tiempo neto —sí; ya te lo comenté otras veces: leo despacio (que no te importe lo que te digan otros, malintencionados como seguramente son).
La película dura poco más de dos horas y cuarto; lo cual inmediatamente nos da a pensar que no está ahí todo el libro, no todo lo que se cuenta en el libro, no puede estar: no cabe. El guionista y el director habrán tenido en algún momento que reunirse a decidir qué es lo que iba y qué no. Porque, suponiendo que la mitad del libro se ocupe de las descripciones de esto y aquello, quedan todavía cinco horas de lectura que deben ser comprimidas dentro de esas dos horas y cuarto y un poco más. Ya con esto solo podemos estar seguros de que quien diga que en la película faltan cosas va a estar en lo cierto: vaya entonces un gran premio para este iluminado.
Supongo que, al igual que pasa con las traducciones, quien va a realizar una película a partir de un libro tiene que decidir qué es lo que va a traducir: si las anécdotas, si el clima general, si un peso extra que no se sabe de dónde viene ni para dónde va pero que anda por ahí dando vueltas como un desarreglo del universo, porque todo no va a poder, para cumplir con ese todo ya tenemos el libro.
Tengo que reconocer, no obstante lo que ya he dicho, que en la película hay rincones flojos. Por un lado, una cierta tendencia a que sea digerible, fácilmente, por el público joven... vaya uno a saber hoy en día lo que pudieran esas dos últimas palabras querer decir; pero me arriesgo: podría ser el público que ha seguido las sagas de esos vampiros jóvenes, y de acá bien pudiera provenir la elección de la protagonista que hace de Marylou[4]. No nos olvidemos de que fue el público más joven también el que se lanzó sobre la novela en 1957 de una manera voraz. Tampoco nos olvidemos de que USA no es el mundo entero.


Están los que miran y están los que ven; y cuando se trata de una película pasa lo mismo. No se puede condenar una obra de arte porque no se hizo como nos hubiera gustado; muchas veces un objeto se convierte en obra de arte precisamente por lo opuesto. No voy a asegurar que “On the Road”, la película, sea una obra de arte —me falta un plato de sopa y algunas lonjas de cuero—, dejémoslo en que se trata entonces de una obra del séptimo arte.
Lo que sí puedo asegurar: es una película dirigida a personas que sí leyeron el libro, no creo que vaya a significar gran cosa para quienes no. Acá, por fuera de la división que ya hice más arriba, podría hacer otra: los que tienen menos de 20 años, los que tienen más de 30 y los que están entre los 20 y los 30. Sobre los primeros y los segundos creo que lo dicho en el texto presente les cabe; sobre los que están entre los 20 y los 30, no creo que estén en un período de sus vidas cuando en sus cerebros exista el grisado necesario para una crítica decente —salvo unas contadas excepciones; muy contadas—; algunos científicos han propuesto incluso que es de sus cabezas de donde proviene la mayor parte de los residuos cósmicos.
Prueba de que la película fue hecha pensando en quienes leyeron el libro es la parte cuando se observa a Sal Paradise preparando el rollo de papel donde después escribirá el primer borrador de la novela. Esto no está en el libro; lo del rollo es parte de la anécdota que rodea la figura de Kerouac —cabe pensar que su inclusión obedece a una dosis de cholulismo adolescente por parte del director o del productor. Y puede que esta escena, la del rollo, sea una de las partes flojas: el rollo que se ve es muy corto, imposible que el texto del libro pueda caber en ese rollito que se ve en la escena correspondiente —mi edición, que es la de Penguin de 1991, tiene 310 páginas, en un formato un poco más grande que un pocket.
Por último, tengo que reconocer que tuve algunos problemas con el personaje de Sal Paradise. Esto fue porque no hace mucho vi la película “Brighton Rock”[5], basada en un libro, también prestigioso aunque puede que no tanto como el de Kerouac, escrito por Graham Greene; y el actor, Sam Riley, interpreta a Pinkie, que es el personaje principal; sí: confieso que por momentos se me cruzaban los roles.


Antes de terminar, me gustaría hacerte una referencia al grupo de los que leyeron el libelo de Lendínez. Sé que dirán que, como ellos no saben inglés, ésa es la única edición que estaba a su alcance; que es sucio de mi parte señalarles que aprendan inglés antes de hacer cualquier comentario sobre el libro y, mucho menos, sobre esta película; que es de mala leche dejar fuera a mucha gente de la posibilidad de leer autores que escriben originalmente en inglés diciendo que las traducciones no son el verdadero libro. También que son lo suficientemente inteligentes como para poder realizar la traslación desde Lendínez a Kerouac, usar la imaginación para darse cuenta de cómo debía de sonar, si no en inglés, sí en lo que hace al ambiente y a las acciones que el libro nos da.
Voy a dejar de lado eso de que puedo darles el crédito de la inteligencia y la imaginación; sé que mi forma de pensar puede parecerles prejuiciosa —aun cuando la ley de la probabilidades está por completo a mi favor; con lo cual no sería prejuicio sino una deducción educada.
Lo que les sugiero, entonces, vendría a ser lo siguiente: si tienen la inteligencia y la imaginación para realizar la traslación de Lendínez a Kerouac, ¿por qué no darle el mismo beneficio a la película y aprovechar lo que tiene para darnos?
Ahora bien, con el aburrimiento hay que tener cuidado porque las más de las veces resulta en una bala que busca la culata.
Conste que nada he dicho de quienes dedican momentos preciosos en leer los subtítulos, y se pierden así de lo que ocurre en las imágenes.


La opinión de muchos florece porque tienen la palabra como cosa gratis; deseo que las palabras que te doy en esta carta valgan un poco más —calculo que lo sabés, pero me da bienestar dejarlo por escrito.


Así que, acá tenés, esto fue lo que anduve haciendo y pensando este fin-de-semana que pasó y no volverá, o al menos parte de él. Puede que tenga que hacer copia de estas líneas y dárselas a la Juani; sería una manera de cumplir con lo que le dije.
Espero que tanto ella como vos vayan a ver la peli y saquen sus conclusiones; aun cuando pudieran ser contrarias a las mías. No tengo ningún inconveniente en seguir siendo amigo de ustedes: no me va a importar que estén equivocadas.
Nos veremos a la vuelta de la próxima película.




[1] En el flanco del camino.
[2] En el libro de Kerouac: “Damn! Hooee! It is the promised land.”
[3] En Kerouac: “Oh man, what kicks!”
[4] Kristen Stewart; famosa entre los adolescentes por haber interpretado a Bella Swan en “The Twilight Saga”.
[5] Película de Rowan Joffe; 2010.

Notas finales:
1. Para esta carta, utilicé en parte como bibliografía de soporte el texto “Spanish Translations of On the Road”, de Alberto Escobar de la Garma; el mismo está publicado en inglés en la Internet en el sitio “European Beat Studies Network”. Hay en el texto de Escobar de la Garma otros ejemplos jugosos de tropiezos en la traducción de On the Road.

2. Editorial Losada de Buenos Aires publicó esta novela en 1959, con el título de “En el Camino”. El traductor fue Miguel de Hernani. Losada sacó otras ediciones, al menos hasta 1977. No conozco esta versión, pero le cabe, como a la película, que es otra versión desprendida del original.











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jueves, 25 de abril de 2013

Orwell : Negocios tirando a sucios


   
Winston immediately paid over the four dollars and slid the coveted thing into his pocket. What appealed to him about it was not so much its beauty as the air it seemed to possess of belonging to an age quite different from the present one. The soft, rainwatery glass was not like any glass that he had ever seen. The thing was doubly attractive because of its apparent uselessness, though he could guess that it must once have been intended as a paperweight. It was very heavy in his pocket, but fortunately it did not make much of a bulge. It was a queer thing, even a compromising thing, for a Party member to have in his possession. Anything old, and for that matter anything beautiful, was always vaguely suspect. The old man had grown noticeably more cheerful after receiving the four dollars. Winston realized that he would have accepted three or even two.



Winston pagó enseguida los cuatro dólares y se deslizó el objeto codiciado en su bolsillo. Lo que le atrajo de él no fue tanto su belleza como el aire que parecía poseer de ser parte de una época muy diferente de la actual. El vidrio suave y llovido no era como cualquier vidrio que hubiera visto nunca. La cosa era doblemente atractiva por su aparente inutilidad, aunque podía adivinar que debía de haber servido alguna vez como pisapapeles. Pesaba mucho en el bolsillo, pero afortunadamente no abultaba demasiado. Era una cosa rara, una cosa incluso comprometedora, para estar en la posesión de un miembro del Partido. Todo lo antiguo, y por eso mismo cualquier cosa hermosa, siempre era vagamente sospechosa. El viejo se había vuelto notablemente más alegre después de recibir los cuatro dólares. Winston se dio cuenta de que habría aceptado tres o incluso dos.




George Orwell
Nineteen Eighty-four
Penguin, GB, 1954









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lunes, 22 de abril de 2013

Orwell : Unidades


   
‘Ark at ‘im! Calls ‘isself a barman and don’t know what a pint is! Why, a pint’s the ‘alf of a quart, and there’s four quarts to the gallon. ‘Ave to teach you the A, B, C next.’
‘Never heard of ‘em,’ said the barman shortly. ‘Litre and half litre -- that’s all we serve. There’s the glasses on the shelf in front of you.
‘I likes a pint,’ persisted the old man. ‘You could ‘a drawed me off a pint easy enough. We didn’t ‘ave these bleeding litres when I was a young man.’



—¡Mirenló! ¡Se llama’ sí mism’un barman y no sabe lo qu’es una pinta! Vamoh, una pinta’s la mitá d’un cuarto, y hay cuatro cuartos en un galón. Lo próximo será que l’enseñe el ABC.
—Nunca he oído hablar de eso —dijo el barman sin más—. Litro y medio litro; eso es todo lo que servimos. Ahí están los vasos en el estante frente de usted.
—Me gust’una pinta —insistió el viejo—. Podrí’haberme tirad’una pinta sin tanta vuelta. No teníamos’tos malditos litros cuando era joven.








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domingo, 21 de abril de 2013

Orwell : 2 + 2


   
In the end the Party would announce that two and two made five, and you would have to believe it. It was inevitable that they should make that claim sooner or later: the logic of their position demanded it. Not merely the validity of experience, but the very existence of external reality, was tacitly denied by their philosophy. The heresy of heresies was common sense. And what was terrifying was not that they would kill you for thinking otherwise, but that they might be right. For, after all, how do we know that two and two make four? Or that the force of gravity works? Or that the past is unchangeable? If both the past and the external world exist only in the mind, and if the mind itself is controllable — what then?



Al final, el Partido anunciaría que dos y dos hacen cinco, y habría que creerlo. Era inevitable que habrían de hacer esa afirmación tarde o temprano: la lógica de su posición lo exigía. No sólo la validez de la experiencia, sino la existencia misma de la realidad externa, se negaba tácitamente según su filosofía. La herejía de herejías era el sentido común. Y lo aterrador no era que le fueran a matar por pensar de otra manera, pero que podrían estar en lo cierto. Porque, después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son cuatro? ¿O que la fuerza de la gravedad funciona? ¿O que el pasado no se puede cambiar? Si el pasado y el mundo exterior sólo existen en la mente, y si la mente misma es controlable, ¿entonces qué?




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Robert Louis Stevenson : Catriona

   
   
Una lectura que comienza

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Orwell : Desapariciones


   
One of these days, thought Winston with sudden deep conviction, Syme will be vaporized. He is too intelligent. He sees too clearly and speaks too plainly. The Party does not like such people. One day he will disappear. It is written in his face.



Uno de estos días, pensó Winston con una convicción repentina y profunda, Syme será evaporado. Es demasiado inteligente. Ve con demasiada claridad y habla con demasiada llaneza. Al Partido no le gusta esa clase de gente. Un día va a desaparecer. Está escrito en su cara.








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jueves, 18 de abril de 2013

El fantasma de Escher

   

Foto : Colman
Serie : El camino de Elpez - Escher entre cortinas
Lugar : Bosque de Miramar
Provincia de Buenos Aires (RA)
Enero de 1980



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jueves, 11 de abril de 2013

George Orwell (por boca de Syme) : Es una tarea hermosa, la destrucción de palabras


   
‘It’s a beautiful thing, the destruction of words. Of course the great wastage is in the verbs and adjectives, but there are hundreds of nouns that can be got rid of as well. It isn’t only the synonyms; there are also the antonyms. After all, what justification is there for a word which is simply the opposite of some other word? A word contains its opposite in itself. Take “good”, for instance. If you have a word like “good”, what need is there for a word like “bad”? “Ungood” will do just as well — better, because it’s an exact opposite, which the other is not. Or again, if you want a stronger version of “good”, what sense is there in having a whole string of vague useless words like “excellent” and “splendid” and all the rest of them? “Plusgood” covers the meaning, or “ doubleplusgood” if you want something stronger still. Of course we use those forms already, but in the final version of Newspeak there’ll be nothing else. In the end the whole notion of goodness and badness will be covered by only six words — in reality, only one word. Don’t you see the beauty of that, Winston? It was B.B.’s idea originally, of course,’ he added as an afterthought.



—Es una tarea hermosa, la destrucción de palabras. Por supuesto, el gran despilfarro está en los verbos y adjetivos, pero hay cientos de sustantivos que podemos librarnos también. No sólo los sinónimos; también los antónimos. Después de todo, ¿qué justificación hay para una palabra que es simplemente lo contrario de alguna otra palabra? Una palabra contiene su contrario en sí mismo. Tomá ‘bueno’, por ejemplo. Si tenés una palabra como ‘bueno’, ¿qué necesidad hay de una palabra como ‘malo’? ‘Nobueno’ servirá igual de bien, mejor, porque es un contrario exacto, lo cual el otro no es. O bien, si querés una versión más fuerte que ‘bueno’, ¿qué sentido tiene tener en toda una serie de vagas palabras inútiles como ‘excelente’ y ‘espléndido’ y todo el resto de ellas? ‘Másbueno’ cubre el significado, o ‘doblemásbueno’ si querés algo todavía más fuerte. Por supuesto que usamos esas formas ya, pero en la versión final de la Neolengua no habrá nada más. Al final, la noción misma de bondad y maldad será cubierto por sólo seis palabras —en realidad, sólo una palabra. ¿No ves la belleza de eso, Winston? Fue una idea original de H.M., por supuesto —añadió en el último momento.





George Orwell

Nineteen Eighty-four
Penguin, GB, 1954












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martes, 9 de abril de 2013

George Orwell : But where did that knowledge exist?


   
But where did that knowledge exist? Only in his own consciousness, which in any case must soon be annihilated. And if all others accepted the lie which the Party imposed — if all records told the same tale — then the lie passed into history and became truth.



Pero ¿dónde existía ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, que en todo caso pronto debería ser aniquilada. Y, si todos los demás aceptaban la mentira que el Partido imponía —si todos los registros contaban la misma historia—, entonces la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad.




George Orwell
Nineteen Eighty-four
Penguin, GB, 1954







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Ray Bradbury : Let's All Kill Constance

   

Una lectura que comienza

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domingo, 7 de abril de 2013

Absolute evil


   
Oceania was at war with Eurasia: therefore Oceania had always been at war with Eurasia. The enemy of the moment always represented absolute evil, and it followed that any past or future agreement with him was impossible.



Oceanía estaba en guerra con Eurasia; por lo tanto, Oceanía había estado siempre en guerra con Eurasia. El enemigo del momento siempre representaba el mal absoluto, y de ello cualquier acuerdo pasado o futuro con él era imposible.



George Orwell
Nineteen Eighty-four
Penguin, GB, 1954







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De la literatura nipona


   
Tsé-Hu-Tchen, mandarín de Kiusiu, se hallaba reposando en los jardines de su palacio. De repente, apareció un caballo y le mordió una rodilla.
Min-Tsú, esposa de Tsé-Hu-Tchen, acudió presurosa, dispuesta a espantar al corcel con una palmeta.
—Déjalo. Déjalo —le dijo Tsé-Hu-Tchen. Poco después el animal se marchó tan sigiloso como había llegado.
—Debiste haberme permitido que lo asustase —reprochó Min-Tsú a su marido.
—Bien sabes —dijo entonces Tsé-Hu-Tchen— que ese caballo puede ser la reencarnación de nuestro amado hijo Ho-Knien-Tsí, muerto en el combate naval de Ngen-Lasha.
—¡Sigue, sigue! —se quejó la mujer—. ¡Sigue malcriándolo!




Roberto Fontanarrosa
«El mundo ha vivido equivocado»;
Baires, 1983; Ediciones de la Flor








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sábado, 6 de abril de 2013

Recortando a Rimbaud


desde la  traducción de
Raúl Gustavo Aguirre
de «Una temporada en el infierno»


Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
Tomé las armas contra la justicia.
Huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh rencor, a vosotros fue confiado mi tesoro!

Logré que se desvaneciera de mi espíritu toda esperanza humana. Salté sobre toda alegría, para estrangularla, con el silencioso salto de la bestia feroz.
Llamé a los verdugos para morder, al morir, la culata de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme con arena, con sangre. La desgracia fue mi dios. Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y jugué una cuantas veces a la demencia.
Y la primavera me trajo la horrible risa del idiota.

Ah, demasiado harto estoy de eso: Pero, querido Satán, te conjuro: ¡una pupila menos irritada! Y, en espera de algunas pequeñas infamias que se demoran, para ti que prefieres en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, desprendo estas horrendas hojas de mi cuaderno de condenado.

Siento horror por todos los oficios. Amos y obreros, todos ellos rústicos, innobles. La mano que escribe es igual a la mano que ara. ¡Qué siglo de manos! Yo nunca tendré mano. Después, la domesticidad lleva demasiado lejos. La honestidad de la mendicidad me aflige. Los criminales repugnan como los castrados: en cuanto a mí, estoy intacto, y no me importa.

Estoy en la playa armoricana. Que las ciudades se iluminen al atardecer. Mi jornada está cumplida; me voy de Europa. El aire del mar abrasará mis pulmones; los climas perdidos me curtirán. Nadar, masticar la hierba, cazar, sobre todo fumar; beber licores fuertes como metal hirviente —como hacían aquellos queridos antepasados alrededor de sus fuegos.
Volveré con brazos y piernas de hierro, la piel oscura, la mirada furibunda: debido a mi máscara, me supondrán de buena raza. Tendré oro, seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a estos feroces enfermos que vuelven de los países cálidos. Intervendré en política. Me habré salvado.

Mientras, estoy maldito, siento horror por la patria. Lo mejor es dormir, completamente borracho, sobre la playa.

¡Cómo me vuelvo una vieja solterona por falta de coraje para amar la muerte!
¡Si Dios me concediera la serenidad celeste, aérea, la oración —como a los antiguos santos!¡Los santos, esos fuertes!, los anacoretas, ¡artistas como ya no los hay!

¡Farsa continua! Mi inocencia me haría llorar. La vida es una farsa que todos debemos representar.

¡Oh, la mosquita ebria en el urinario de la posada, enamorada de la borraja, y a la que un rayo disuelve!

¡Qué hablaba yo de mano amiga! Una buena ventaja es poder reírse de los viejos amores engañosos, y cubrir de vergüenza esas parejas mentirosas —vi el infierno de las mujeres allá—; y me será posible poseer la verdad en un alma y un cuerpo.








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Sabe que sabe


   
Sabe que sabe, si sabe, quien sabe
que si sabe, no sabe, si sabe;
quien sólo sabe que nada sabe,
sabe bastante más que quien sabe.



Pertenece a la ópera bufa “Il Socrate immaginario” escrita por el abate Galiani (con la ayuda, según parece, de G. B. Lorenzi.)

Silvio D’Amico,
«Historia del Teatro Universal»,
Tomo II, Losada, Buenos Aires, 1954.











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Los creadores de indudable talento


   
Han abundado y abundan los creadores de indudable talento cuyas valoraciones críticas de sus colegas son por lo menos discutibles. Schopenhauer dictaminó que Hegel, Fitche y Schelling eran farsantes de la peor especie; para Saint-Beuve no existió el talento de Stendhal; Tolstoy consideraba “King Lear” como una de las peores obras dramáticas jamás perpetradas; George Santayana tildó de “bárbara” la poesía de Whitman y de Browning; Sartre consideraba a Georges Bataille un místico de nueva ralea y no entendió a Nabokov; por su parte, Nabokov despreciaba cordialmente a Freud, Sartre, Faulkner y Conrad, entre otros; Borges deploraba a Beckett y Bertrand Russell tenía a Heidegger por un cuentista, etc... ¿Para qué seguir? Cuanta más personalidad tiene un artista o un pensador más probable es que juzgue con agresiva subjetividad a quienes practican los registros espirituales que El descarta.



Fernando Savater,
“La república de los intelectuales”,
en «Aleph», Nº 78, julio/sept. 1991,
Manizales, Colombia.







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—¿Cuáles son los rasgos definitorios de su estilo?


   
—¿Cuáles son los rasgos definitorios de su estilo?
—Pregunta de/a crítico literario.
Arriesgo: cierto embarrocamiento (no decir nada “como viene”, sino complicarlo hasta la contorsión) amanerado o manierista, y, al mismo tiempo, una voluntad de hacer pasar el aullido, la intensidad. Una forma rigurosa (volutas voluptuosas) para una forma en torbellino. Y siempre el desafío de perderme en las maromas de las letras, efluvio saltarín, en el límite de la insensatez, del sinsentido. Ya hablé de un “barroco de trinchera”, cable a tierra. O de un “neobarroso”, que se hunde en el lodo del estuario.




Néstor Perlongher,
reportaje de «Babel», Nº 9,
junio 1989, Buenos Aires.







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Yo no hablo del árbol


   
Yo no hablo del árbol
que tenía la apariencia engañosa
de un hombre
y que murió de cansancio en su bosque

hablo de una piedra
que tenía la apariencia engañosa
de una piedra
y un día me saltó a la cara.




Achille Chavee,
“Au jour la vie”,
trad.: Raúl Gustavo Aguirre.











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Escribir es darle al otro la última palabra


   
(...) escribir es darle al otro la última palabra y reconocer que la palabra le da al sujeto sus primeras certezas y sus múltiples incertidumbres. Quienes pueden escuchar aquí un fetichismo del lenguaje, quizá nunca comprendan que hay una vertiente fetichista en la escritura porque allí se anticipa la muerte y porque se llama vida al tiempo lógico de las palabras.


Palabra enuncia aquí el orden simbólico de los seres parlantes, continuidad de la historia en la discontinuidad de los cuerpos, acechanza del deseo en el hallazgo poético, sufrimiento del goce en el enigma insistente de esta necesidad que nunca terminará de escribirse.



Del artículo “La historia no es todo”,
(sin mención de su autor), “Literal”,
Nº 4/5, noviembre 1977, Buenos Aires.











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