Durante
los últimos tiempos, distintos fragmentos —voces de ninguna parte bien cercana—
me dieron plenamente en la cara; algunos son principios de historias, otros son
finales, y los más: interrupciones a la mitad; historias todas ellas que nunca
escribiré. Imágenes vagas, incompletas, bajas. Corazones de sangre apagada,
detrás de unas risas, o de una burla. Para pasar y olvidar. Como los cardones
de la ruta.
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Andan burrazos por el mundo, y son
legión; claro que ser un burrazo no es en sí mismo un pecado; el problema
comienza cuando estos individuos echan la culpa a otro de sus traspiés, porque
acá la ignorancia se convierte no solamente en un pecado sino también en un
insulto.
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Hacer una promesa y sus variantes —hacer
un juramento, dar la palabra— es un acto fascista. Puede que no se vea de
inmediato porque no es el mero acto de prometer el que desata el fascismo sino
su cumplimiento. Porque una promesa se hace frente a alguien, real o
imaginario, encarnado o fantástico, y lo que el involucrado se propone cumplir
es una interpretación que no deja huecos; cualquier variación, cualquier
pequeño desvío, estaría delatando un incumplimiento. Es así como una acción que
la gran mayoría tiene por noble encubre un crimen. Al no haber desvíos ni
atajos, cumplir la letra de la promesa tiene que ser a rajatabla. No hay medias
tintas. Y el clímax se alcanza cuando la promesa se le hace a un moribundo;
porque, luego de muerto, no puede relevarnos de su cumplimiento, ni puede
explicar sus rincones de sombra; el involucrado tiene que hacer las cuentas que
el muerto dejó sin terminar, retomar las oraciones que dejó incompletas,
imaginar los gestos que haría cuando llegara el momento; ocupar el espacio que
su cuerpo dejó vacío. Y, cuando se ocupa el cuerpo de otro, el propio deja de
existir. Y tampoco importa que las acciones a las que el cumplimiento de la
promesa obliga sean malas; lo único que importa es no faltar a la palabra
empeñada; y que el mundo se quede sin ojos, sin manos, sin voz. Siempre se
puede faltar, no cumplir en pos de el buen camino; pero para ello habría que
romper la promesa dada, sería la única manera. Pero hay promesas que se hacen
frente al fuego, con palabras de fuego firmadas con fuego. Y se cumplen hasta
que nada más quedan cenizas; propias y ajenas. Las cenizas del mundo; las
cenizas del futuro.
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Toda vez que recuerdo que Platón echó a
los poetas de la república pienso que hizo muy bien.
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Cómo estarán las cosas que hay quien
recurre a la pornografía para ver si consigue salvar un mínimo de decencia.
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No suelo entrometerme en estas cosas del
mundo literario; y, cuando digo que no suelo meterme, digo que así ocurre
porque les escapo, me cruzo de vereda, me escondo detrás de un árbol, cavo una
fosa y me quedo adentro hasta que la muchedumbre pasa con sus ruidos hacia otra
plaza; en este caso me refiero a esa suerte de alboroto que se ha armado por el
libro de Katchadjian; y, cuando digo que se ha armado alboroto, me refiero a
eso que hace una ráfaga de viento con las hojas secas del otoño para alejarse
después, sin siquiera decir adiós, hacia el otoño siguiente o las montañas de
la luna. Tampoco puedo decir que sepa lo que dice el dicho libro (el cual se
titula algo así como “El Aleph engordado”); y no lo sé porque, con ese título,
difícilmente me habría interesado en leerlo; aun hoy, ni siquiera por
curiosidad, abriría sus páginas. Vos dirás (junto con otra muchedumbre, o la
misma) que lo mío es prejuicioso. Y claro que lo es. La diferencia conmigo es
que creo que el prejuicio está muy subestimado. El prejuicio funciona como una
campana de alarma; y, cuando suena una alarma, mi sugerencia para vos (y para
cualquiera que quiera escucharla) es salir corriendo en la dirección contraria
al lugar de donde se origina, y correr hasta haber puesto una distancia segura
con la campana; no detenerse antes ni siquiera por curiosidad; siempre habrá
tiempo después para enterarse de los porqués y los cómos. El prejuicio es una
anticipación educada que, bien usada, tiene la capacidad de hacer que evitemos
el desastre. Lo cierto es que, cuando Borges y María Kodama se casaron, uno
solo de mis amigos me dijo que se asombraba de que nadie pensara que era por
amor; todos tenían, con esa tendencia argentina (bien argentina) a ser más
despierto que el vecino, otras teorías, las cuales iban desde lo grotesco hasta
lo decididamente escatológico; un poco como ocurre con quienes dicen de Borges
poco menos que era un boludo... no voy a cargar la tinta sobre el aspecto
cobarde que hace el relleno de esos decires, pero me habría gustado ver que se
lo hubieran dicho en la cara y cómo se las arreglaban después con la
humillación que les hubiera llovido sin ningún aviso del servicio meteorológico
y sin que supieran de dónde. Aun hoy el panorama de bocas prestas al murmullo
se presenta desierto en cuanto al amor entre MK y Borges. Como contraste,
tenemos innumerables que parecen estar al tanto de los más mínimos deseos de
Borges: lo que quería editar y lo que no, las palabras que odiaba por las
noches y las que prefería para acompañar el desayuno. Como si hubieran
sostenido conversaciones de almohada con el buen Jorge. Y no quiero dejar pasar
eso que no debería sorprender a nadie: la cantidad de detractores se vería
reducida a menos de un tercio si el albacea de Borges no perteneciera al sexo
femenino. Se llega al punto de decir (no voy a decir quién porque no tiene
importancia) algo así como que, cuando MK, “se muera” no se sabe qué pasará; lo
cual, para cualquier lector de Freud, lector bien humilde, es un deseo de
muerte. Todo este barullo por un muchacho que quiso demostrar que podía ser
gracioso a expensas de un texto escrito por Borges, demostrar su picardía y su
desprecio por las formas. Pero resulta que la gracia de ese acto radica en el
riesgo que se asume. Ahora bien, si después se quiere escapar a las
consecuencias nos encontramos con un niño que, tirada la tiza al pizarrón,
llora después frente a la maestra para que no le mande una nota a sus padres.
Si se busca anular las consecuencias, si finalmente las mismas resultaren
anuladas, junto con ellas se anula el riego; y, si no hay riesgo, todo el
asunto pierde su gracia. Y ahí lo vemos al trasgresor recortado contra el muro
de los lamentos. Mención separada merecería la envidia que Borges despierta;
más ahora que no puede responder... ¿no puede? Lo que lo llaman boludo
públicamente (eufemismos al gusto de cada quien) se olvidan de esa sonrisa que
siempre se le escapaba por el costado de la boca. Habrá que leerlo mejor. Aprender
a leerlo. En cuanto a la escritura asociada a textos ya publicados, se trata de
otra cosa: quien lee no debería darse cuenta, salvo que alguna indicación,
explícita, le desvíe la atención hacia ese lado. Cuanto más se dé cuenta el
lector de que un texto fue escrito sobre otro,
menos lograda resultará la experiencia; y lo digo con conciencia de cargo
(puesto que lo he hecho innumerables veces, en ocasiones avisando de antemano,
en otras cerrando la boca apretadamente; y, en estas últimas, todavía estoy
esperando que alguien se escandalice). Quienes hacen reuniones de apoyo a Katchadjian...
y señalo las prevenciones de importancia que se toman puesto que las convocan
en lugares como la Biblioteca Nacional y no en la cocina de su casa... Decía
que quienes las convocan podían aprovechar para hacer una colecta que ayude a
este muchacho a pagar lo que debe; a menos, claro, que el apoyo sea nada más
que una cuestión de palabrerío, cosa de las modas, tan frecuente desde que se
inventó la historia. Y los astutos con paracaídas.
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Addenda al párrafo anterior:
Todos dicen
confiar en la justicia; y es así. Hasta que la justicia falla en su contra y se
convierte en un nido de corruptos. Algo así es lo que ocurre en el caso
mencionado.
Está claro que
la tarea que se ha impuesto MK, la de salvaguardar la obra de Borges de
cualquiera que pretenda sacar provecho criminal o jugar con ella de modos como
don Jorge no habría permitido, proviene de una promesa que MK le hizo al autor
cuando aún vivía. Ya he desarrollado con anterioridad lo que pienso de las
promesas y actos similares. Lo que habré de agregar en esta oportunidad es que
se trata de una promesa hecha por amor. Y cuando el amor ve amenazado el camino
de su buen andar se torna violento. Puede que hayamos visto apenas la punta del
iceberg.
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Lamentablemente, el periodismo que se
dedica a la política se ha transformado en futurología; y la gran mayoría
parece no tener problema alguno con eso.
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Por lo general, leo tres libros al mismo
tiempo (en estos días estoy leyendo cinco, pero se trata de una circunstancia
especial); de acá viene el aspecto que no puedo conciliar con mi muerte; y es
que irremediablemente voy a dejar por lo menos tres libros sin terminar.
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Ando
necesitando un doble de riesgo.
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El secreto
está (creo) en mirar lo que anda alrededor sin que se te suba a los hombros.
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Trabajé toda la mañana, abrigado en el
silencio de esas horas... y ahora, pasado el mediodía, me doy cuenta de que fue
un silencio que solamente yo pude oír.
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Estaba concentrado pensando en esto y
aquello cuando los tres acordes usuales del piano me avisaron que el día estaba
terminando.
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Be the wind on the water, she said . . .
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Lo confirmo: Más veces de las
aconsejables, tengo la sensación de estar hablando en chino en medio de una
multitud de polacos.
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Justo ahora, cosa no muy frecuente, me
pregunto por el otro, conmigo, en la pieza, mientras leo este libro. Casi no me
habla; deja que me adelante a sus palabras. Mira alrededor tanto como hacia las
páginas que voy dando vuelta. Avanza, pero ¿conmigo? Quisiera contarle las
impresiones que me produce la lectura; pero me lo impide el saber que estaría
redundando. La compañía de un fantasma vuelve cómoda la soledad. Nada es como
el mundo que anda por ahí fuera cree. Mucho menos cuando apago la luz y él
sigue leyendo.
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Cómo me pudren los periodistas que
preguntan por las sensaciones del otro; sobre todo, en situaciones de muerte.
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Quien tuvo la idea de establecer el día
del amigo fue un visionario; se dio cuenta, antes que nadie más, de la pobreza
que se comería los últimos destellos del pensamiento.
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Las personas
buenas hablan bien.
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Cuando el artista necesita pertenecer a
un movimiento, los ojos se me entrecierran por sí mismos.
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Una persona es interesante cuando, aun
sabiendo que no hay futuro, cada mañana se lava los dientes.
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Salgo a dar una vuelta por el barrio y
nadie se asombra de que me salgan marcianos de la boca.
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Este país
está enfermo; por eso está perdido.
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El cinismo es
una de las mejores defensas contra la boludez.
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Lo que tu escritura necesita, me dijo
(era un experto), es una dosis de sincera demagogia; inyectásela y vas a ver
como, de la noche a la mañana, te van a empezar a salir secretarios de debajo
de las baldosas.
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Me fui a dormir y así fue como aparecía
en la placita de la iglesia; pero no como es ahora sino como era en los
sesenta. Estaba sentado en un banco de madera y, frente a mí, sobre la mesa,
que también era de madera, había un libro. Un poco más allá, unos chicos
jugaban a la pelota y el ruido que hacían me distrajo por un momento. Cuando
volví a mirar había un cuaderno en lugar de un libro. El padre Eduardo pasó
caminando por la vereda, que seguía siendo igual de angosta que entonces, en
dirección a la iglesia; iba pensativo, no saludaba a nadie como solía ser su
costumbre. Los chicos seguían jugando a la pelota y el libro había regresado a
la mesa. El sol se colaba entre las nubes; pudiera ser que fuera verano, pero
no hacía calor; frío tampoco. En las ramas del árbol que estaba a unos pasos,
el cohete Tor seguía enganchado desde la vacaciones de invierno. Patricia, mi
compañera de la escuela, quien no tenía nada que hacer por ahí ni había venido
nunca antes, se acercó a mi mesa y me preguntó qué hacía con este cuaderno si
las clases habían terminado hacía muchos años. Se fue enseguida y, cuando miré,
ahí estaba el libro. Sabía que aquello estaba en desequilibrio, pero no me moví
del banco; cualquier cosa que hiciera empeoraría todo. Al rato llegó la Silvia
y se sentó en el banco que estaba a mi derecha; apoyó la mano sobre el cuaderno
y la dejó ahí. Los chicos ya no estaban. El padre Eduardo había entrado a la
iglesia. Éramos la Silvia y yo; nadie más. Me acercó la boca a la oreja y me
dijo: “Maradona se murió... ahora podés fumar de nuevo.”
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Gano tiempo
en la mañana recorriendo lo que no me duele.
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Cuando el Finnegans de Joyce fue
publicado en 1939, los militares estadounidenses estaban convencidos de que se
trataba de un mensaje en clave del enemigo... estaban en lo cierto; nada más se
habían equivocado de enemigo.
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La mortalidad es todo un tema; sin
embargo, la muerte rara vez forma parte de una conversación; de hecho, cada vez
que lo he intentado, mi interlocutor se mostró visiblemente incómodo y hasta me
ha pasado que me cortaron el paso de plano. Es como si me dijeran: “Ya habrá
tiempo para pensar la muerte cuando estemos muertos.” Lo cual suena, si no
ridículo, por lo menos extraño. Por mi parte, encuentro que andar con la muerte
cerca, con su concepto, aun con el poco espacio que pudiera ocupar, me permite
ver el mundo de otra manera; la realidad se abre, como cuando descubro una
grieta en una piedra, y deja pasar... no sabría decir qué, pero tampoco podría
negarlo.
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Cada vez que me invitan a un encuentro
literario, especialmente cuando poético, me encuentro entre la espada y la
pared. Y esto es porque difícilmente podría alguien comprender todo lo que me
inunda.
Durante los
años 2002, 2003 y 2004, fui a casi todos los encuentros realizados en Baires y
alrededores; y digo “casi” no solamente porque los absolutos no son abrojo de
mi ropa sino porque, efectivamente, hubo algunos a los que elegí no ir (ya entonces, una campana de alarma me sonaba sobre el
hombro izquierdo; no muy fuerte, pero sonaba). Y no solamente era asiduo
concurrente, sino que hice grabaciones de las lecturas que los autores hacían
de sus obras; y no me refiero a la tecnología que proveen esos aparatitos que
gustan usar los periodistas para sus entrevistas, no; me refiero a grabaciones
casi profesionales, realizadas con mis porta-estudios y sobre cintas de cromo.
Mi intención era la de editar una audioteca con las voces de los autores puestas
a decir su obra... Esto no prosperó. Y no lo hizo porque me di cuenta, no
enseguida pero cosa de un año después de haber concluido una primera etapa, que
nadie estaba interesado en ellas.
Hay una
costumbre arraigada; y lo que afirma es que toda acción relacionada con el arte,
especialmente con la literatura, no es trabajo; y, así, queda cancelada la
posibilidad de ameritar un honorario. En consecuencia, cualquiera habría
aceptado de buena gana que le regalara una cassette con la grabación de su
lectura, y hasta se habría deshecho en agradecimientos, para al poco tiempo
dejarla por alguna parte de su escritorio, o biblioteca, preferiblemente detrás
de algunos libros de opacidad incuestionable. Nada digamos de pagar por ella.
Así fue que
dejé de lado aquellas grabaciones; llegué a editar algunas y a organizarlas
como para que se pudieran subir a la Internet, pero la mayoría han quedado en
bruto; digitalizadas pero en bruto, como para que las encuentre algún
arqueólogo que las organice de otro modo, y las vuelva a almacenar para que las
encuentre el próximo arqueólogo. Y así hasta que se apague el sol.
Luego, claro
estaban los micrófonos abiertos... Mucha gente les huye; y por motivos
sensatos. Ocurre que nueve de cada diez oradores resultan entusiastas de una
mediocridad que pone los pelos de punta (esto dicho desde el optimismo que me
caracteriza). Aun así, durante aquellos tres años me sostuve frente a esas
voces como un soldado de guardia, incólume ante truenos y huracanes de la más
baja laya. Hasta que, comencé a dar unos pasos al costado, cada vez que se
anunciaba que, luego de un receso de diez minutos se abriría el micrófono y que
los que quisieran leer se podían anotar en la hoja que estaba circulando por
las mesas. Al principio, con la excusa de prenderme un lucky, me iba hasta la
vereda y me quedaba ahí lo más que podía; luego, arrastrado por una suerte de
inercia benefactora, quienes salían, luego de terminado el evento, me
encontraban sentado en el cordón, mirando las estrellas o charlando con los
fantasmas. Alguien llegó a decirme: “Mirá que por cada diez, te estás perdiendo
uno que es bueno.” A lo que respondía yo, en el silencio de mi cabeza: “Con
gran placer me pierdo al nuevo Borges con tal de salvarme de los otros nueve.”
Pero lo de las
grabaciones no fue nada; tampoco lo del micrófono abierto. Lo que me resultó
contraproducente de verdad fue la sobredosis.
Así fue; de
tanto ir a los encuentros literarios sufrí una sobredosis y me enfermé
gravemente. Tanto que el médico (nuestro nunca suficientemente ponderado Dr F)
me sometió a un tratamiento de desintoxicación que duró seis meses. Y no he
regresado a ningún encuentro literario desde entonces, especialmente cuando es
de poesía (así se los suele llamar aun cuando la palabrita se las arregle para
escurrirse por todas partes). Más de diez años ya de completa distancia con
aquella toxicidad; vivo limpio de toda reunión que se excuse en las letras...
en realidad de toda que supere la media docena de personas, cualquiera su meta.
Así es como,
cada vez que alguien me invita a un encuentro literario (alguien que bien
podría ser la persona más bondadosa del planeta), me veo en la incómoda
situación de esquivar la invitación; no puedo dar explicaciones, claro... vos
sabés bien, además, que no soy propenso a ellas, me refiero a las
explicaciones, así que no me resulta para nada difícil. Pero igual me doy
cuenta de que mi cambiar el tema para no responder sirve una cucharada que hace
más densa la atmósfera. Sobre todo cuando quien me invita está convencido de
que son esas reuniones las que mantienen viva la poesía.
Por mi parte,
prefiero creer (o puede que se trate de confiar en ello) que la poesía tiene lo
que necesita para mantenerse por sí misma; caso contrario, puede que sea hora
de permitir que se muera de una vez y por fin.
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Una gran
puesta en escena hace que las cosas parezcan más de lo que son.
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Para agregar a la lista de palabras de
uso peligroso: pócima, insomne, nigromancia, coyuntura.
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Si hablara dentro de la misma modulación con
la que escribo un poema, no sería para nada raro que todo el que me viera se
preparara a tomar sus precauciones. Ahora bien, si hiciera eso mismo dentro de
un espacio preparado por alguna organización dedicada a la poesía, lo mío
pasaría tal como lo haría una acción común y corriente. Claro que, en este
último caso, cualquier efecto subversivo que anduviera navegando por mi palabra
habría sido neutralizado.
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Aparece una ballena donde no debería y el
mundo se paraliza... La verdad es que con tantos chicos a los que les vendría
bien un poco de atención, el futuro pinta mal.
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Leo los libros de estos escritores
buenos; y son tan auténticamente buenos que, cuando abro mi cuaderno, me doy
cuenta de que lo mío es una actividad personal, en extremo personal.
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Cuando quien habla (o escribe) va de
abstracción en abstracción, como quien pisa piedras para cruzar un arroyo (sin
mojarse), el gato se inquieta en su jaula.
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La bondad
vacía de inteligencia se vuelve alimento de la boludez.
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Lo peor de morirse es que cualquiera dice
cualquier cosa y no hay manera de darle una buena patada.
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“El trabajo
de un ciudadano es mantener la boca abierta.” (Günter Grass)
Quede claro que Grass habla de un
ciudadano inteligente, instruido y decente; combinación de especie en
extinción.
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La plegaria auténtica es ésa la cual
llevamos adelante aun cuando sabemos de antemano que nadie la escuchará.
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Que la gran mayoría de la gente se la
pase quejándose de los problemas en los que la mete alguien más es para
quedarse atónito; sobre todo con lo fácil que es mandar al generador de
problemas a vigilar el horizonte desde el carajo (y sin necesidad siquiera de
decírselo en tantas palabras). No hay duda de que quienes se quejan sienten,
bajo las sábanas, una irrenunciable atracción hacia esos problemas; y hacia las
personas que los patrocinan. Son los dueños del futuro.
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Me siento mucho mejor cuando hablo con
personas mayores que con tanto pendejo pelotudo.
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Debo de ser
uno de los pocos que, en persona, todavía inspiran ser tratados de usted.
El otro día, sábado, bien temprano, tuve
que salir a comprar algunas cosas y, como estaba por llover, no fui con la
bici. Así ocurrió que, con tiempo, decidí hacer el recorrido a pie. Iba por
Goyena y estaba cruzando Craig, cuando vi que tres muchachos estaban tomando
vino y cerveza, sentados en el umbral del edificio de la esquina, sentados o
puede que un tanto desparramados. Noté que me miraban acercarme y se sonreían.
Cuando estaba por pasarlos, uno de ellos, el que estaba entre los otros dos me
dijo: “Usted se parece a Facundo Cabral.” Yo, recién afeitado como estaba,
aminoré un poco el paso pero sin detenerme y le respondí: “Ha de ser porque soy
un poco rengo.” El del medio se rió, y enseguida los otros; y, cuando ya me iba
alejando, me dijo: “Usted es muy simpático.” Y zafé.
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Tengo estos pensamientos que, de
improviso, me interrumpen el paso y fingen no tener relación con nada en
particular; por ejemplo: hace unos momentos uno de ellos me ha informado que
adiós es una palabra que ya no tiene el peso que solía tener.
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Mi apuesta por la literatura proviene de
confiar en que se trata de algo más que de unos juegos de palabras.
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Encuentro que hay una cantidad apreciable
de gentes que exigen de otras que cierren la boca.
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Contrariamente a lo que me ha llegado,
cuando escribo, no soy un marino, o un pescador; lo mío se acerca más a quien
atiende un puesto de venta de pescado en el puerto.
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Todos los fines-de-semana me traen un
aire especial, un perfume, de tal modo que, al volver a mí, me despierta ese
recuerdo y puede, también, que algún otro el cual, en la superficie, pudiera
parecer ajeno. Así ha ocurrido con éste que aún no ha terminado.
Terminé de
leer hace unos instantes (son las 11:33 del domingo 23 de agosto) “The Cornish
Trilogy”, en la edición de Penguin que contiene tres libros, tres novelas: “The
Rebel Angels”, “What’s Bred in the Bone” y “The Lyre of Orpheus”; su autor es
Robertson Davies, un escritor canadiense (quien también fue actor) del que no
escucho hablar frecuentemente. Recomiendo con entusiasmo la lectura de los
libros de este autor, mejor si en inglés; caso contrario espero que las
traducciones (que las hay) estén a la altura (aunque ya sabemos...) Hace un año
(casi con exactitud, por supuesto, planeada) leí otro grupo de libros de él,
también publicados por Penguin: “The Deptford Trilogy”... sí; está claro que
tenía (murió en 1995) predilección por el número tres.
“The Lyre of
Orpheus” es (entre otras cosas) un homenaje a Hoffmann... otro autor de quien
no escucho hablar con frecuencia. Una parodia (en parte) al mundo del arte
escénico con una dosis importante de agudeza; atravesada por personajes de lo
más comunes, en el ámbito mencionado y también en el académico, sin excluir a
los intelectuales, y algunos villanos vivamente despreciables (por los cuales
agradezco sin fin). Las tres novelas me fueron llevando por los terrenos de una
universidad, luego por la vida de un artista plástico desde su nacimiento hasta
su muerte, pasando por la segunda guerra mundial; y, finalmente, por la
construcción de una ópera bajo la mirada implacable de los primeros momentos
del romanticismo. Y todo escrito de tal manera que no lo parece. Fueron casi
dos meses de lecturas nocturnas que han pasado al terreno de la nostalgia.
En la otra
vereda del fin-de-semana, estoy mirando “Moby Dick”, no la película de Huston
ni la más reciente con William Hurt, sino la de en medio, de 1998, con Patrick
Stewart. Ya la he visto varias veces, y estos días le ha tocado de nuevo. Por
supuesto, la película se ve obligada a trabajar con lo anecdótico o duraría
unas veinte horas (lo cual tendría un valor a ser considerado); pero tiene esos
momentos que me recuerdan el libro y aquella lectura, también durante las
noches, hacia fines de los noventa. Todavía hoy me pregunto qué habría pasado
con Ahab si hubiera conseguido matar a La Ballena.
Ahora bien, lo
que no entiendo es por qué la vocecita me dice que hay una relación entre
Davies y Melville, como si uno fuera la reencarnación del otro sin decirme cuál
de quién (dado que, y esto ya lo sabés, la flecha del tiempo no tiene peso en
estas cosas). Y, a pesar de no entenderlo, ahí están los dos, mirándome,
sentados en la escalera, cuando paso hacia el pasillo donde está la biblioteca
(parte de ella) y regreso; y no me hablan pero tienen en los ojos esa
insistencia que forma parte de la definición de un reflejo. Callados. Sin
moverse. Como si escribieran en el aire.
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No leo
publicaciones que hablen de fútbol o incluyan un horóscopo.
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Escuchar lo que dicen algunas gentes es
igual que pelar un huevo crudo con un cuchillo.
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Voy a necesitar que alguien me explique
cómo es esto de que ser varón o ser mujer resulta un mérito en sí mismo.
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Desde acá y
hasta acá, todo asunto es personal.
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Leo; y leo; y leo... y, cuando apago la
luz y mis ojos observan los detalles de la oscuridad, la vocecita me dice que
todavía me faltan algunos años.
- - -
Hay un área de equilibrios forzados en la
palabra “civilización”, y otras de la misma familia, que no termina de saltar
el cerco.
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Cuando no se puede distinguir a los
buenos de los malos, resulta una valiosa precaución suponer que no hay buenos.
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El próximo miércoles tengo mi cita anual
con mi médico (el estimadísimo Dr F); llevaré los estudios realizados durante
el último mes y saldré de su consultorio muy conforme si consigo que me dé un
nuevo certificado que me permita estirar mi bonus
track un año más sobre esta tierra de pocos.
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Putean contra el capitalismo para después
dejarse llevar de las narices por los servicios de noticias internacionales.
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El índice de la ignorancia se aprecia
mejor en las pequeñas cosas; por ejemplo, en este país hay un gasto enorme
sobre la palabra “gaucho” cuando se debería en realidad decir “paisano”.
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Los indignados de hoy me recuerdan a los
indignados de ayer; han pasado tantos años y la verdad es que no parecen haber
sido de mucha ayuda. Será por esto que digo que el alcance que da la Internet a
tanta indignación de hoy convoca dolores variopintos a reunirse en mi estómago.
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Tanto trabajo, tanto trabajo, tanto
trabajo... y todo para que al final tu nombre termine en la chapa que
identifica una calle.
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El azar me está regalando estos días de
invierno clásico; y puedo caminarlos a través del aire frío y bajo el sol;
justo hacia donde se me quedó la niñez.
- - -
Al igual que otras veces en los últimos
años, he comenzado a leer una antología de poemas; se trata de “Poems of Our Time” (una edición británica en la que Dent, de Londres, se asocia con
Everyman’s Library). El libro tuvo una primera edición en 1945, la cual fue
seleccionada por Richard Church y Mildred Bozman; la edición que tengo, la cual
es de 1963, fue actualizada (ampliada) hasta 1960 por Edith Sitwell. Esto
también ha pasado en las antologías que, como dije al comienzo, ya leí; me
refiero a que se trata de libros de mi niñez, de los años cuando estaba en la
escuela y comenzaba a entender de qué se trataba eso del conocimiento, su
valor, sus sorpresas. Así, entonces, cuando observo la lista de los autores
convocados y, al lado de cada nombre, la fecha de su nacimiento, me doy cuenta
de que (aun cuando no lo sepa fielmente, la sospecha está bien fundada) todos
han muerto ya. Así, también, se trata de eso, de nombres, y de la imagen que
puedo imaginar de ellos; lo cual viene a comprobar que los fantasmas sí
existen. Y que ahí vamos a su encuentro.
- - -
Todos defienden la libertad de expresión
hasta que ésta se vuelve contra las creencias personales.
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Abrí la caja que estaba entre las recién
llegadas y, al tope de tantos libros, estaba el de Charrière… y fue igual que
un fogonazo.
Fui por la 83 y doblé por la Avenida 2;
ni bien pasé ese línea irregular donde la vereda del vecino se terminaba, vi
que estabas en el jardín del frente de la casa, en la reposera.
Estabas leyendo Papillon, aquel ejemplar
heredado de tu hermana.
—Ya pronto lo termino —me dijiste,
entusiasmada—, esta noche o mañana —y enseguida me besaste no sin antes mirar
hacia la casa para ver si alguien nos estaba observando. Justo ahí, bajo la
ventana estaba la mesa donde tantas veces jugaríamos a la canasta y a la
escoba.
Tenías la bicicleta ya lista; apoyada
contra la columna que sostenía el alero.
La mía habríamos de ir a alquilarla a
pocas cuadras.
El verano era así.
Y nosotros saltábamos de una mancha de
sol a otra.
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Envidio la suerte de quienes se ocupan de
los problemas ajenos. No solamente saben lo que es mejor para el vecino, sino
que no tienen problemas personales que les quiten el tiempo.
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Por suerte, existe el dulce de
leche.
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Flota en el aire literario una suerte de
urgencia por definir el cómo, el porqué, el para qué... y otras agudezas referidas
al escribir. Como si los escritores obedecieran a un acuerdo cósmico que vaya a
saberse dónde se concretó. O puede que se trate simplemente de las ganas de
hacer flamear el ingenio o, al menos, la ocurrencia de ocasión.
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No es inusual que se lea mal a
Macedonio... esa forma de reír, mientras se cierra el libro, delata a
cualquiera.
- - -
Raúl Gustavo Aguirre se ha puesto de moda
en círculos literarios de paño y mate; falta ahora que alguno lea sus libros y
separe la paja del trigo.
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Después de tanto andar cuesta arriba, de
tantas idas y vueltas, de tanto sacrificio y dolor, nos quedaba un solo sugus;
el papel de ese envoltorio era lo único que nos separaba del fin-del-mundo.
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Recién terminé de ver la producción que
realizó este año la BBC basada en la obra de Priestley: “An Inspector Calls”… ¡Excelente!
El inspector es David Thewlis;
probablemente más conocido por su participación en las películas de Harry
Potter haciendo de Remus Lupin; también lo recuerdo caracterizado como distintos
rufianes de monta baja y alta.
Arthur Birling es Ken Stott (quien —no lo
puedo creer— es más joven que yo); lo recuerdo más que nada como Rebus, aunque
también participó en las películas del Hobbit.
Y la hermosa Miranda Richarson hace de la
detestable Mrs Birling... acá no me sorprende este escalofrío; prefiero
recordarla junto a Harry (no me sorprende que sea más joven que yo).
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No hay caso: las multitudes no se llevan
bien con mi zona de bienestar.
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Una frase nunca antes pronunciada:
Euforia papal.
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Este candidato tiene una seria confusión
entre los verbos “debatir” y “masturbarse”…
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“The past
is a foreign country: they do things differently there”...
Así comienza “The Go-between”, la novela de L.P.Hartley. Y podría haber escrito esas pocas
palabras y ninguna otra; y, aun así, se habría ganado un lugar entre los
mejores escritores.
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La literatura no cumple una función
social, no está capacitada para hacerlo; cualquiera que quiera usarla a ese fin
tiene garantizado el fracaso. La literatura puede expandir la mente del lector;
pero solamente si el lector desea expandirla. Ante quien busque ratificar sus
tendencias se volverá un cúmulo de recetas que a la literatura no le podrían
importar menos. Tratar de usar la literatura para esto o aquello me recuerda a
esa persona que, para asegurar la paz, se enlista en el ejército.
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